Capítulo 79
So Just Give Up
–Kenzo... ¡Kenzo! – Hide salió a la calle, sujetándolo
por el brazo para que se detuviera. – Kenzo, ¿qué sucede? ¿A dónde
vas?
El pelirrojo lo miró a los ojos, por poco soltándose
a lo bruto y sin ser capaz al ver aquellos ojos violeta. – ¿Es
que no lo has visto? ¿Por qué me hablas?...
– ¿Cómo que por qué? ¿Qué cosa hiciste, Kenzo? Dime
que no es lo que estoy pensando... – le devolvió la mirada, serio,
nervioso, en realidad.
– Es lo que estás pensando… – sonrió de medio lado,
apartándose un poco más. Necesitaba irse ya… No tenía ganas de
que lo golpeasen de nuevo… No él.
– Kenzo... – la mano del rubio se alzó en el aire,
lista para darle una bofetada. Sin embargo se detuvo en medio
ademán, bajándola y en vez de eso, sujetándolo por la camisa,
remeciéndolo. – ¡¿Cómo puedes ser tan idiota?! ¿Qué te sucede?!
¡Te dije que lo dejaras ir!
– ¡Déjame!– lo soltó de él, los botones de la camisa
saltando. Se golpeó con la espalda contra la pared y lo empujó
– ¡Tú no tienes ni idea!
–– ¡¿De qué?! ¡¿De que te estás portando como un
idiota?! ¡¿De que me has estado mintiendo?! ¡No, no tenía idea!
– exclamó, tanto enfadado como dolido. – ¿Qué ganaste con esto,
eh? ¿Lastimar a Hayabusa-san? ¿A su hijo? ¿A mí? A ti no te duele,
¿verdad? – le preguntó claramente siendo sarcástico.
– No, no me duele. ¿Por qué debería? Yo no he perdido
nada… Es lo que pasa… cuando no tienes nada… Que puedes hacer
lo que quieras… sin riesgos…– lo miró a los ojos, tratando de
verse impasible, de echarlo lejos de él a pesar de que no lo deseaba
realmente. No sabía que demonios estaba haciendo. –Hayabusa… Por
mí puede morirse.
– Como que voy a creerte... Debería irme y dejarte
aquí, para que aprendas... si se puede perder o no. – se acercó
de todas maneras, cada vez más. No iba a dejarlo así como así,
aunque le estuviera hirviendo la sangre. – Tú no quieres esto...
Te estás portando como un niño... Y olvidas que te conozco.
Kenzo se quedó en silencio, bajando la cabeza, sintiendo
el cabello delante del rostro. –Pégame…
Hideyoshi se quedó observándolo en silencio. Debería
pero no quería hacerlo. Mucho menos si se lo pedía así. – No.
– ¡¡Pégame!! ¡Eres mi amigo ¿no?!– lo miró a los
ojos, apretando las mandíbulas.
– ¿Eso creíste que éramos? ¿Cuántas veces tengo
que decirte que te amo? – apoyó una mano en la pared, bajando
la cabeza. – ¿Por qué quieres que te pegue? ¿Te hará sentir mejor?
Si eso quieres, lo haré, pero... no más juegos. No vas a usar
esto como una excusa para huir.
Kenzo lo miró a los ojos serio, respirando con fuerza.
– Quiero llorar…
– Entonces hazlo... tonto... – suspiró, pensando
que al fin se sinceraba y sujetándolo por la nuca con suavidad,
para abrazarlo contra sí. – No voy a dejar que te destruyas...
El pelirrojo se dejó abrazar, tenso, sin poder pronunciar
palabra. Hideyoshi no lo comprendía, nadie lo hacía… Nadie podría
comprender su frustración… –Cómo me gustaría poder desmoronarme…
pero no sé hacerlo…
– Desmoronarte es fácil... Lo difícil es volverte
a poner de pie... – susurró el chico, acariciando su cabello con
una mano. Le dolía verlo así, le dolía que le hubiera mentido
también, pero no era el momento para eso. – Vamos a casa... Allí
podrás desmoronarte todo lo que quieras sin temor...
– No voy a hacerlo… No sé cómo… – caminó con la
cabeza baja, consciente de que el rubio seguramente sólo sentía
piedad por él. Seguramente lo odiaba también a pesar de todo lo
que había dicho sobre permanecer a su lado.
– Todo el mundo sabe cómo hacer eso... Es algo inherente
en los seres humanos. – le sonrió un poco, pensando que ya se
veía bastante desmoronado en realidad. Tatsuya-san seguramente
lo querría matar, pero ya se disculparía. No podía dejar a Kenzo
solo en esos momentos.
– Me voy a ir, Hideyoshi… Me voy de aquí… – se guardó
las manos en los pantalones. Cogiendo un cigarro y encendiéndolo
entre los labios.
– ¿A dónde? No puedes seguir huyendo, Kenzo... –
Hideyoshi caminó a su lado observándolo, sin tocarlo. Sabía que
intentaba verse compuesto.
– A otra ciudad. No voy a seguir aquí... Tengo orgullo.
– miró al cielo, observando las estrellas. –Ni siquiera me gusta
este empleo.
– Orgullo... – suspiró, pensando que le hubiera
gustado que se disculpase. Si Hayabusa hubiera sabido antes que
era su hijo... Suspiró, pasándose la mano por el cabello. – Y
¿de qué vas a trabajar? ¿Crees que puedas conseguirme un trabajo
a mí también?
Kenzo se rió, mirándolo de soslayo. – ¿Es que quieres
venir conmigo?... ¿Después de lo que te hice?...
– Kenzo... a menos que puedas mirarme a los ojos
y decirme sin un atisbo de duda que no me quieres... No te vas
a deshacer de mí. – se encogió de hombros, sonriéndole. – Y en
cuanto a lo que me hiciste... Ya te llegará la cuenta, no te preocupes
por eso ahora.
El pelirrojo lo miró a los ojos. – Te amo… ya lo
sabes… desde… Según te vi, me comencé a enamorar de ti. – apartó
la mirada, caminando de nuevo, sintiéndose cansado. – Quiero que
vengas conmigo…
– Lo sabía... No te pudiste resistir, ¿eh? – se
rió, contento de que lo reconociera. – Pero si vuelves a engañarme
o a hacer algo estúpido... Mejor no te duermas.
– ¿Me cortarás el pinganillo?... Con lo mucho que
te gusta… – abrió el portal, sin creerse que eso hubiera sucedido,
observando su labio partido y la ceja reventada como prueba de
que no había sido una pesadilla. – Podría ser boxeador… mi viejo…–
se sujetó la mandíbula. Moviéndola y escuchándola crujir.
– Te lo merecías... – suspiró, sin guardarse su
opinión sincera, como siempre. – Espero que ese chico esté bien...
Y no soy tan gore, más bien pensaba afeitarte todo el pelo del
cuerpo.
– Si eso te pone…– se burló, más que nada por llevar
la razón. – El chaval… estará bien… lo vi con otro… Mejor para
él… Por eso pensé que debía llegar más lejos… Es igual…
– No quiero saber los detalles. Es lo mejor para
ti... – el rubio frunció el ceño, dirigiéndose a la cocina para
buscar una bolsa de hielo.
Kenzo sonrió de medio lado, sentándose en la mesa
de la cocina. – Si yo te hubiera visto con otro… lo habría matado…
– No me tientes... – le sonrió ligeramente, acercándose
y colocando la bolsa de hielo sobre su ceja, observando su reacción.
– La próxima vez, hazme caso.
El pelirrojo frunció un poco el ceño. – Sé más delicado
¿quieres?... La tortura no te llevará a nada. – lo miró. Un poco
oculto por la bolsa. – ¿No te vas a ir?
– Claro que sí, nos vamos a ir juntos, ¿no? Y vas
a tener que soportarme de este humor por un tiempo... – bromeó,
aunque parte de aquello iba en serio.
– Comprensible. – sentenció el pelirrojo que ni
siquiera comprendía por qué estaba aún allí. Observó la lámpara
durante largo rato sin decir nada, entrecerrando los ojos y tumbándose
en la mesa, girándose y tapándose con un brazo. Agitándose un
poco y mordiéndose el labio. Asustado y sorprendido de estar llorando
de verdad… sin teatro alguno… después de tantísimo tiempo…
Hide apretó la bolsa de hielo en su mano, dejándola
a un lado para abrazarlo con fuerza. Era casi demoledor verlo
así pero estaba seguro de que era lo mejor. Le ayudaría desahogarse.
– “Yo nunca te voy a dejar de amar, Kenzo. Recuerda que te dije
que regresaría contigo aunque me enfadase...”
Kenzo sólo lo abrazó contra él, apretándolo con
fuerza, mordiéndole la camiseta. – No… porque no vas a irte… yo
no te dejo… y no puedes conmigo… – le golpeó la espalda con la
palma de la mano, sujetando después su camiseta también, arañándole
un poco con los dedos en la piel, hundiendo la cara en su pecho.
– Te sorprenderías... Pero no, me quedo porque así
lo deseo. – lo apretó de vuelta, acariciando su cabello. – Vamos
a Tokio, soy de allá, ¿sabes? Es hora de que regrese...
El pelirrojo asintió con la cabeza. Apretando aún
más los dientes en la tela, tranquilizándose poco a poco hasta
dejarse caer de nuevo en la mesa, observándolo y limpiándose la
cara. Alzó mano y le apretó las mejillas para ponerle cara de
pececito.
Hideyoshi se rió de aquella manera, sintiendo que
le perdonaría cualquier cosa, aunque no sin un regaño. Se acercó
para besarlo así mismo, con cuidado de no hacerle daño a la cortada
en su labio.
Kenzo le soltó las mejillas. Besándolo con suavidad,
sin dejar de observarlo. Se sentó en la mesa y lo abrazó. – ¿Eres
de Tokio?...
– ¿No te lo había dicho? – contestó, con aire distraído.
– Sí, soy de Tokio. Así que estarías en mi terreno.
– No me das miedo… ni con un hacha…– le sujetó la
mano, caminando hacia la cama y tirándose, mientras lo arrastraba
sobre él, rodeándolo con un brazo para quitarle la camiseta. Se
giró de lado, apoyando el rostro entre sus pectorales, oliéndolo.
– Qué mal hueles…
– ¿Ah, sí? Iré a darme una ducha entonces... solo...
– lo amenazó, riendo un poco. – Y yo con un hacha... me doy miedo
a mí mismo.
– No – lo apretó con los brazos, rodeándolo con
una pierna. – No tienes permiso…
– No necesito tu permiso para usar un hacha... –bromeó
de nuevo, colocando sus labios contra el cuello del pelirrojo.

Continua leyendo!