Capítulo 62
Emptiness
– Koya... – Toru se cubrió el rostro con las manos,
dejándose caer en la cama del chico, a su lado. – Soy un imbécil,
¿no es así?
– No… ¿Por qué? No tienes que estar con alguien
que no amas… – lo abrazó, acariciándole la cara con suavidad.
– Creíste que sí… pero ¿quien te lo hizo creer?... No te culpes…
sólo es algo que… sucedió… ¿Te gusta ese otro hombre?... El cliente
ese… ¿es por eso que no puedes ser feliz con Hayabusa?
Toru asintió, mirándolo y bajando las manos de sus
ojos llorosos. – Pero Hayabusa-san es tan... Él sólo quería hacerme
feliz, y le dije cosas estúpidas. Lo hice sentir mal...
–Él también te hizo sentir mal… que le den por el
culo… Después de lo que te ocurrió, debería haber sido mas considerado…
– protestó, apretándolo contra él. – Ha sido así… por algo… Eso
ha sucedido por un motivo, estoy seguro… – le besó la frente,
sonriendo un poco. Eso quería creer…siempre se decía lo mismo
aún y cuando las cosas le iban siempre peor…
– Siempre dices eso... – se rió, con suavidad, pensando
que el motivo estaba claro. Era por él, por sus tonterías y su
indecisión. – Pero no hables así de Hayabusa-san... Debí comprenderlo...
Él sólo intentaba ayudarme, y yo... me desesperé. Lo hice todo
peor.
– Bueno… como sea, yo le voy a echar la culpa al
otro siempre, como si es Buda…– lo miró a los ojos y le apartó
el cabello del rostro. – Deja de pensar en él… Te gusta ese otro
hombre ¿no? Pues ya sabes lo que tienes que hacer… Si yo estuviera
enamorado… lo daría todo…
– ¿Qué pasa si está enfadado? Yo me fui... a pesar
de que me pidió que no lo hiciera, a pesar de que vino en mi ayuda,
y me trató así... sin esperar nada a cambio... – le devolvió la
mirada, sintiendo que siempre podía confiar en Koya, siempre estaba
para él. – ¿Qué tal si ya se fue?
– ¿Se iba a ir?– preguntó el moreno, abriendo un
poco la boca, aunque le hubiera gustado no ser tan expresivo.
– Porque lo rechacé, dijo que se iría antes... En
realidad... ni siquiera lo pensé al llamarlo. Que hubiese podido
no haber estado... – sonrió ligeramente, pensativo. Aún llevaba
la alianza de Hayabusa-san en el dedo. No había sido capaz de
quitársela, pero seguro eso no le haría mucha gracia a alguien
como Murakami-san.
– ¿Y qué haces? Te has dado cuenta de que estabas
enamorado de la persona equivocada… que amas a otro hombre y puede
haberse ido… y te quedas aquí sentado llorando… – se arrodilló
en la cama y le sujetó los hombros. – ¡Ve a buscarlo!
– Pero ¿qué pasa si ya no me quiere? Si lo lastimé
también... – protestó, sintiendo que era un cobarde, pero no podía
evitarlo, lo era.
– ¿Y qué pasa si nunca lo averiguas por miedo? ¿Y
si pierdes al hombre de tu vida por miedo? No te lo podrás perdonar
jamás… – le sujetó las manos y lo miró a los ojos. – Estás seguro
esta vez ¿verdad?
Toru asintió, sonriendo un poco, sin poder evitarlo,
sintiendo algo de esperanza de pronto. – Pero... ¿vienes conmigo,
verdad, Koya? Porque si me dice que no...
– Claro… – sonrió y se levantó, calzándose a las
prisas –Vamos, Toru… no puedes dejar que se vaya así…
El chico sonrió abrazándolo y besándole una mejilla.
– Gracias, Koya, no sé qué haría sin ti...
…….
Koya corrió con el pelirrojo de la mano. La gente
los había mirado peor que nunca, habían pasado empujando a todo
el que se habían encontrado delante hasta llegar al hotel, entrando
en la enorme sala del recibidor, caminando hasta donde estaba
el encargado. – ¿Puede… anunciarle una visita…. a Murakami-san,
por favor?... –preguntó el moreno por su amigo ya que ambos trataban
de recuperar la respiración.
– ¿Murakami-san?...– el hombre los miró con desprecio
–Esta mañana pidió que le bajasen las maletas y abandonó el hotel…
Los ojos del pelirrojo, cambiaron de expresión enseguida.
Sentía como si le hubieran clavado una espada en el corazón. Los
había perdido a ambos... – Me lo tengo merecido... – murmuró,
bajando la cabeza y sujetándose de la camiseta de Koya. – Vámonos,
por favor...
– No… calla… – lo abrazó con fuerza, saliendo del
hotel despacio. No quería que llorase… no… Quería que al menos
uno de los dos fuera feliz… – Son… las doce y media, los vuelos
se retrasan ¿verdad? Vamos… vamos al aeropuerto… – le pidió, sujetando
su mano y tirando de él. –Cogeremos un taxi.
– Se fue esta mañana... No se puede haber retrasado
tanto... – negó con la cabeza aunque no tenía fuerzas para resistirse.
– Y si se fue... es que ya no le interesa.
– Si se fue… tal vez es porque… no quiere estar
aquí viéndote con otro. No puede haberte dejado de querer en un
sólo día, eso no es posible…– el moreno paró a un taxi arrastrándolo
con él. –Al aeropuerto, por favor…– pidió mirando luego al pelirrojo.
– ¡Ya sé!... Tu móvil… te lo dejaste en el hotel ¿no? Lo tiene
él…
– Debí preguntar en el hotel... Seguro lo dejó allí...
– sonrió, preguntándose para qué se iba a llevar su móvil. – Esto...
es una tontería.
Koya telefoneó, esperando nervioso como si fuera
su enamorado y no el de Toru. – Sale el contestador… – explicó
desanimado. – ¿No te sabes el suyo?...
– Lo tenía apuntado en mi móvil... – negó con la
cabeza, las lágrimas amenazando con bajar por sus mejillas. Sólo
quería regresar a la habitación de Koya y que lo abrazase por
horas. Seguro estaba siendo egoísta de nuevo.
– No llores… lo encontraremos… te lo prometo… ¿vale?
Si no… seguro… ¡puedo conseguir su teléfono!… Le pediré a Hide
que nos ayude… – lo abrazó, sin hacer caso a las miradas del taxista,
besándole el cabello.
– Eres un tonto, Koya... No vamos a lograr nada,
yo ya lo sé... Lo he echado todo a perder... – susurró, sollozando
un poco sin poder evitarlo. No quería saber nada más de nadie,
quería morirse.
– No es verdad… – el moreno lo miró, sintiendo ganas
de llorar también, como siempre que Toru lloraba. –Lo lograremos…–
dijo a pesar de estar casi convencido de que no.
Sin embargo, Murakami había embarcado en el avión
hacía más de una hora. Abrió la mano, observó las nubes por la
ventana, sujetando un cigarro apagado en los labios y cerrando
los ojos, deseando dormirse… y olvidarse de todo…
......
– Te lo dije, sabía que no llegaríamos a tiempo... Lo perdí....
– sollozó Toru, contra el hombro de Koya, apretándose contra el
chico, temblando. – No sirvo para nada, debería morirme. Debieron
matarme anoche...
– No… – Koya lo abrazó contra él, llorando también
y sintiendo que los dos eran una escoria. Apretándolo con más
fuerza sin hacer caso de las miradas. – Yo te necesito…
– Koya... – susurró el chico, sin separarse. De
nuevo lo mismo, seguiría así hasta el día de su muerte. Aún prostituyéndose
y solo. Era su culpa. Pero ahora ya no tenía nada. Sólo a Koya.

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