Capítulo 59
Close Your Eyes, Nothing’s Real
Toru estiró los brazos, desperezándose, pensativo.
Hayabusa-san aún estaba trabajando, y seguía sintiéndose un poco
mal por lo sucedido con Murakami-san. No había deseado hacerle
daño, no lo comprendía. Se meció un poco en el columpio del parque,
preguntándose hasta cuando iba a demorar Koya. Sabía que estaba
con un cliente por el mensaje que le había dejado. Se rascó la
cabeza, preparándose al ver a los chicos que se acercaban, uno
de ellos silbándole. Pero no pensaba hacerlo más, seguro se iban
a poner pesados cuando les dijera que no.
Uno de ellos se apoyó con las manos en las cadenas
del columpio. – ¿Y qué hace un chico como tú tan sólo aquí?...
– ¿Cuánto cobras, eh?... – le preguntó el otro que
se veía que iba mucho más al grano, sujetándole la mandíbula con
la mano.
Toru se liberó, con un gesto suave, sonriendo un
poco por no parecer descortés. – Lo siento, pero no estoy trabajando
esta noche... – alzó la mirada al que sujetaba el columpio, notando
que no parecía querer quitarse.
– No trabaja esta noche…– le dijo el otro que se
paraba a su espalda casi al instante de recibir aquella contestación,
el moreno que sujetaba las cadenas haciéndole un gesto con la
cabeza.
El otro le sujetó los pezones con los dedos a través
de la ropa. Estrujándoselos un poco. –Vosotros siempre trabajáis.
– ¡Oye! – Toru se sacudió, intentando ponerse de
pie, y siendo detenido por el chico que se encontraba frente a
él. – Ya no hago esto, tendrán que buscarse a otro...
– ¿A otro? – le preguntó el chico apretándole una
muñeca con demasiada fuerza.
– Déjame ir... – le pidió el pelirrojo, asustado,
pensando en Koya. Pero no le darían oportunidad de llamarlo así.
– Sácalo de ahí – el otro tiró hacia atrás de él,
llevándolo hacia los matorrales y tapándole la boca. El que estaba
de pie, grabándolo con una cámara pequeña. –No te pongas así…
si vas a ser una estrella… sonríe…– se rió, observando cómo su
cómplice le empujaba la pañoleta en la boca.
Le abrió los pantalones, sujetando la cámara de
todos modos mientras el otro chico amarraba los brazos de Toru.
– ¡Mpf...! – protestó el chico, revolviéndose, aún
tratando de zafarse. Observando la cámara como si se tratase de
algún objeto mortífero. Sintió cómo el chico empujaba dos dedos
dentro de su cuerpo, sin ninguna ceremonia, el otro riendo. Dejó
escapar un grito ahogado contra la pañoleta, intentando levantarse
a como diera lugar.
– ¡Para quieto!– el de la cámara le pegó un puñetazo
en la cara, el otro sujetándole los tobillos para abrirle bien
las piernas, mientras el moreno le separaba las nalgas, la cámara
filmando su ano.
– Va… Métesela ya… no te enrolles… Está pasando
gente… – lo apresuró el otro que se reía cada dos por tres como
si estuviera drogado. Sacando su sexo y empezando a tocarse contra
la cara del pelirrojo. Toru apretando los ojos, tratando de rehuirle.
Se sentía asqueado con aquello, ni siquiera podía
respirar bien por la ansiedad. Aún continuaba tratando de resistirse
a pesar del golpe que lo había dejado medio aturdido. Lanzando
otro grito al sentir cómo el sexo de su atacante entraba en su
tenso ano, con fuerza, su peso sofocándolo.
– ¡Hmpf...! ¡Mm! – protestó, las lágrimas recorriendo
sus mejillas, por el dolor y el miedo, el otro chico sujetándolo
por el cabello con fuerza, para obligarlo a sentir aquel nauseabundo
sexo.
El chico de la cámara le golpeó la cara de nuevo,
apretándole la nariz para que no le quedase más remedio que abrir
la boca al sexo de su compañero, que se introdujo brutalmente
en su boca. –No vayas a vomitarle encima. – se empujó mas fuertemente,
acercando la cámara a su rostro y golpeándole las nalgas con la
mano ahora, tan fuerte que su piel restallaba enrojeciendo al
igual que la mano del agresor.
El otro se frotó contra su cara de nuevo, empujándola
en su boca una vez más y jadeando mientras se corría dentro de
esta, haciendo que tragase su semen quisiera o no, sintiéndolo
toser y agobiándolo aún más con su sexo.
Toru tuvo que hacer un gran esfuerzo para no vomitar
al sentir aquel sabor asqueroso llenarle la boca y la garganta,
dejándolo sin respiración, el sexo golpeando contra el cielo de
su boca, aún moviéndose en su interior a pesar de que ya se hubiese
corrido. Cerró los ojos, temblando, dejando de luchar un poco,
no tenía sentido. Lo único que esperaba era que lo dejaran en
paz una vez hubiesen terminado. El otro chico continuaba moviéndose
salvaje dentro de él, le dolía, le dolía mucho.
Se levantó por fin, corriéndose por encima de su
cara y filmándolo todo, riéndose mientras jadeaba y el otro le
abría la boca al pelirrojo. – Mejor… te hubiera sido hacerlo por
las buenas… – se rió el chico. Sacudiéndosela y meándole por encima,
de la cara y el cabello, mojándole la camisa y subiéndose la cremallera.
– Vámonos.
– Ah… y ve a la policía… sabes que estaremos en
la calle en dos días… somos menores… – el otro le pegó una patada
en el estómago y le pisó de golpe una pierna. –Vámonos… ¿lo has
grabado todo?
– Todo…– le dijo el otro, mostrándole en la cámara.
Toru se giró de lado, sollozando, soltándose las
manos con algo de furia. Tenían razón, no podía hacer nada. A
la policía no le importaría siquiera tratándose de un prostituto.
Se sentía asqueroso, avergonzado, y todo le dolía. Se restregó
el rostro como si quisiera arrancarse la piel. Tenía que irse
de allí.
Se sentó, aún limpiándose el rostro, buscando su
móvil. No sabía qué hacer, no podía ver a Hayabusa-san así...
Marcó el número de Koya, pero seguía con la grabadora. Seguro
no se daría ni cuenta. Se pasó la mano por el cabello, sin poder
dejar de llorar, aunque se sentía como un estúpido. Necesitaba
estar con alguien, necesitaba... Antes de que se diera cuenta,
estaba marcando el número de Murakami, le temblaban los dedos.
Seguro lo molestaba.
– ¿Toru?... – el moreno se sacó el cigarro de los
labios, apartando un poco el portátil en la mesa del escritorio.
No se esperaba una llamada suya y no contestaba… Le parecía estar
llorando. – ¿Dónde estás, Toru?... – preguntó sin comprender por
qué ya estaba de pie y cogiendo el abrigo.
–Murakami-san... – susurró el chico, tratando de
controlarse. – Estoy... en el parque, cerca de donde vivo... Me
atacaron... – le explicó, por no dejarlo en el aire. – Lo siento...
Murakami-san...
– Ahora voy – le colgó. Saliendo del hotel a toda
prisa, frunciendo el ceño sin percatarse de que lo hacía, sin
querer pensar en por qué acudía a él en lugar de Hayabusa.
Se subió al coche, apresurándose todo lo posible
en llegar y circulando despacio por los alrededores del parque,
buscándolo con la mirada y aparcando, ya que no lo veía. Seguramente
estaba escondido… o herido… No tenía idea. Cogió el móvil para
llamarlo de nuevo y entonces lo vio entre los matorrales, acercándose
y sacándose el abrigo para cubrirlo. Hedía a orines y su aspecto
era completamente deplorable, estaba golpeado incluso. Lo cubrió
de todos modos y lo miró furioso aunque no con él. – ¿Estás herido?
– No lo creo, sólo... me duele... – intentó sonreír
a pesar de que era imposible por cómo se sentía. No se le había
pasado por alto la mirada de Murakami-san. ¿Estaría enfadado porque
lo hubiese llamado? – No supe... a quien más acudir.
– No es un problema, Toru. – Lo cogió en brazos
y lo llevó al coche, subiéndose a su lado. – Te llevaré al médico.
– No quiero ir al médico... – protestó, mirando
por la ventana, sollozando un poco de nuevo. – Sólo quiero estar
en un lugar tranquilo, ¿está bien?
– Está bien… – le concedió, apretando la mano en
el cuero del cambio de marchas y volviendo al hotel. Era consciente
de cómo lo observarían al llegar con un chico así… Pero no le
importaba un mínimo, no podían echarlo, con sus relaciones con
la dueña. Lo miró de soslayo y le tocó la quijada con un dedo,
bajando la mano y sujetando la suya mientras conducía. – ¿Vas
a denunciarlo?
Toru bajó el rostro, negando con la cabeza. – No
tiene sentido, no me creerían, o no les importará. Y aún si lo
hacen... – se echó a reír de pronto, aunque continuaba llorando.
– Hubiera preferido... que mi carrera terminase contigo. Era mi
plan.
– Podías haberte quedado en mi cuarto si no tenias
a donde ir. – le reprendió, aunque sabía que no era el mejor momento.
Dejándole el coche al aparcacoches y llevándolo en brazos.
Uno de los botones se acercó de inmediato, Murakami
mirándolo con gesto de que no se acercase más. No quería que Toru
se sintiese aún más humillado percibiendo miradas de lástima o
aún peor. – ¿Está… bien?– preguntó el chico que se había quedado
congelado a medio camino por el gesto del moreno.
–Muy bien, gracias, sólo está dormido… – le indicó,
subiendo en el ascensor hasta su cuarto y dejando al chico en
la cama.
Se acercó a él y le dio la mano. –Vamos… tienes
que limpiarte…
– Sí... Tenía a donde ir, Murakami-san... sólo estaba
paseando... – suspiró, pensando que no era muy prudente de su
parte lo que había hecho, pero luego de todos estos años, había
sentido que por fin tenía el control de su situación. – Lo siento...
– Está bien… No tienes por qué disculparte, esto
no ha sido culpa tuya… – lo levantó, viendo que no hacía nada
por moverse y llevándolo sujeto contra él hasta el baño, desnudándolo,
quitándose la camisa para no mojarse mientras lo lavaba. Estaba
como en estado de trauma, claro que no era para menos. Tenía las
costillas moradas, la pierna… la cara magullada y una nalga amoratada.
Apretó las mandíbulas sintiéndose inútil por no poder hacer nada
contra aquello. – ¿Se corrieron dentro?– preguntó, limpiándole
entre las piernas y notando cómo se movía por el dolor.
– No... sólo en mi boca y encima... – lo miró, preguntándose
si debía estar agradecido por eso. Seguro que sí. – Lo filmaron
todo... – comentó, sin sentir que tuviese relevancia alguna excepto
para su vergüenza. Empezó a lavarse también, poco a poco, cada
vez restregándose con más fuerza.
– Para… no hagas eso… – le sujetó la mano, limpiándolo
con delicadeza. –Ya está… ya no estás sucio… estás limpio…– cerró
el agua y lo cubrió con un albornoz que le quedaba gigantesco.
Tomándolo en brazos de nuevo y acostándolo en la cama. Abrió el
armario para ponerse otra camisa y lo miró, guardándose las manos
en los bolsillos y cogiendo el teléfono para pedir que le subieran
una tila.
– Hayabusa-san... no puede verme así... – murmuró,
girándose de lado, porque le dolía la nalga, sintiéndose inútil,
débil. No había cambiado en nada, nada cambiaba jamás.
– A él no le importará… cómo te veas, sólo si te
encuentras bien… – murmuró, más bien pensando que de no ser así,
lo sacaría de una patada. Entró en el baño y se sentó en la cama,
poniéndole crema en el costado y después en la nalga, era la primera
vez que cuidaba de alguien. ¿Por qué tenía que ser de otro?
– Te dije que eras amable... – sonrió, cerrando
los ojos y dejándose hacer. Tal vez estaba siendo cruel además.
– Me siento... como si quisiera esconderme del mundo.
– ¿Y te escondes conmigo?– preguntó, sintiéndose
extraño y levantándose para ir a buscar la tila, cerrando la puerta
de nuevo sin mediar palabra, revolviéndola para que se enfriase.
– Bébete esto… Te hará bien… – le pidió, agachándose un poco para
coger el móvil del chico y apagarlo por si se quedaba dormido,
el mismo sonando en su mano. Sintió el impulso de apagarlo de
inmediato al ver el nombre del que realizaba la llamada.
Toru lo observó, nervioso, bebiendo apenas un sorbo
de té, y extendiendo la mano. – ¿Es...?– tragó más nervioso aún
al ver la pantalla, sin atreverse a contestar aún.
– Sí… ¿vas a coger?– preguntó, deseando que dijera
que no, pese a que sabía que estaba mal.
– Debería, ¿no es así? – sonrió, pensando que con
él no se escondía tampoco. Lo que deseaba era desaparecer. Contestó
por fin, su voz temblorosa, insegura. – Ha... ¿Hayabusa-san?
– Toru… es muy tarde… ¿aún no has acabado?– se apoyó
en el coche, esperando a ver si le decía si podía ir a buscarlo.
Temiéndose que no quisiera verlo después de lo de ayer.
– No... Sí, es que... Hayabusa-san... – susurró,
sintiendo que le bajaban las lágrimas de nuevo por el rostro.
– Toru… ¿Qué sucede? ¿Estás llorando?– deslizó la
mano por el tejado del coche, preocupado.
El chico se limpió las lágrimas, mirando a Murakami-san,
sintiéndose como una mierda, aún más todavía. – Estoy con Murakami-san...
no es lo que piensas. Él sólo... me ayudó...
– ¿A qué?– preguntó, nervioso aunque sin querer
saltar a conclusiones. Ni siquiera comprendía qué tenía que ver
Murakami-san en todo aquello.
– Fui... atacado. No quiero que me veas así... –
le pidió, bajando el rostro, sollozando un poco. – No quería que
me vieras, por eso...
– Está bien… pero quiero verte… no entiendo… – se
quedó callado a pesar de que estaba un tanto frenético por ver
su estado, recordando lo que le había dicho sobre un cliente que
le agradaba y comprendiendo de pronto. Como si le cayese un peso
más encima. – ¿Dónde estás? Iré a buscarte…
– En el hotel... – miró a Murakami preguntándose
si le molestaba, mientras murmuraba el nombre del lugar. – Yo...
yo bajaré, no importa...
– Está bien… ahora voy… pero espérame en el vestíbulo
al menos… – cerró el teléfono, nervioso por más de un motivo,
aunque en aquel momento, lo que más le preocupaba era el estado
de Toru. ¿Por qué no lo había llamado a él?...
Murakami lo observó, levantándose de la cama y ofreciéndole
un yukata ya que no tenía nada más que pudiera ponerse sin quedar
ridículamente enorme. Se sentía imbécil… ¿Por qué no hacía nada?...
¿Por qué dejaba que se lo arrebatasen así?
– Gracias, Murakami-san. En serio eres... – el chico
le besó la mejilla, con mucha suavidad, colocándose el yukata
luego. No quería incomodarlo más. Ya había sido suficiente con
llamarlo en un momento así, sabiendo lo que sentía.
El moreno le sujetó los brazos con fuerza, mirándolo
a los ojos y notando su gesto asustado, después de lo sucedido.
Aflojó las manos poco a poco y se inclinó para besarle los labios
suavemente, apretándolo contra él, ahora sí. Era la última vez
que lo tendría entre sus brazos… y aún si era por un motivo como
aquel… aún así…
– Murakami-san... – susurró el chico en cuanto se
rompió el beso, temblando un poco y negando con la cabeza. – Te...
Tengo que irme... Gracias por todo... Y lo siento.
Murakami lo dejó ir, apretando las mandíbulas. –No
quiero que te vayas…– le tocó la mano y dio unos pasos al ver
que perdía el contacto, se la sujetó de pronto. –No te vayas Toru
– Tengo que irme. Hayabusa-san viene a buscarme...
Ya hablamos de esto... – lo miró, sintiéndose vulnerable. No quería
lastimarlo más, había sido un error acudir a él. Un error horrible.
Y se sentía demasiado débil.
– Comprendo – lo soltó. Dejándolo ir por fin y de
nuevo sintiéndose ridículo, entreabriendo los labios cuando se
cerró la puerta, apretando la mano y golpeando el puño contra
la pared. Los nudillos cubiertos de sangre, no sentía el dolor…
ahora se encontraba un poco mejor…
Hayabusa, se levantó de nuevo del sofá, sin poder
estarse quieto un segundo, preguntándose si debía llamarlo de
nuevo, aunque no quería ser indiscreto con su empleo si estaba
con un cliente… a pesar de lo que habían hablado…
Toru observó la puerta, sintiendo un golpe en el
pecho, no sabía por qué lo afectaba así. Bajó hasta el vestíbulo,
observando a Hayabusa-san, se veía preocupado. No recordaba haberlo
visto así nunca. – Hayabusa-san...
– Toru…– fue hasta él, observando su rostro golpeado
y abrazándolo. – ¿Estás bien? ¿Qué ocurrió?– le preguntó preocupado,
llevándolo con él hacia el coche y sacándose la chaqueta para
ponérsela por encima.
– Me atacaron... estaba en el parque... – le explicó,
entrando en el coche, y recostándose contra el asiento. ¿Por qué
seguía pensando en Murakami? – Hayabusa-san... no quería que me
vieras así, realmente... no quería. – cerró los ojos, dejando
que las lágrimas resbalasen de nuevo. No podía evitarlo, sentía
ganas de llorar a cada dos segundos.
– ¿Quién? ¿Los conocías?– preguntó, sin poder arrancar
el coche, abrazándolo contra él y acariciándole el cabello. –No
te preocupes… no es tu culpa… como para que sientas vergüenza…
– Pero es que yo.... siempre he querido verme perfecto
para ti... – se echó a llorar, sujetándose de su ropa y apretando
los párpados. – Soy una basura...
– No, claro que no lo eres… Ellos son una basura…
– lo subió sobre sus piernas, abrazándolo mejor y cobijándolo
contra él. – Escucha… estás perfecto… tan precioso como siempre…
– le besó la magulladura del rostro, notando que no le contestaba
a si los conocía, suponía que sólo quería olvidarse de aquello.
–Te he conseguido un empleo… así que se acabó esto… ¿vale?...
Esto no sucederá nunca más… – lo apretó contra él, cerrando los
ojos y deseando tener las palabras que lo calmasen.
– Ya... lo había dejado, Hayabusa-san... – sonrió
un poco, sin abrir los ojos. – No quería serte infiel... Yo sólo
estaba dando un paseo...
– No importa… Ya no volverás a estar solo a esas
horas de la noche… Saldrás a las ocho de la tarde… – quiso distraerlo
con la conversación, hacer que dejase de pensar en aquello. No
llevaba un cartel en el cuello que dijese que se prostituía, era
por la zona en la que estaba… la ropa que llevaba… pero podían
cambiar eso. –Ven a vivir conmigo, Toru…
– Hayabusa-san... – el chico lo miró, agradecido.
No sabía qué responderle, no podía pensar en esos momentos. –
No lo sé... Es demasiado... – apoyó la cabeza en sus manos, cerrando
los ojos. La chaqueta olía a él. – Pero no quiero estar solo esta
noche.
– No iba a dejarte solo… – le besó el cabello, mirando
a la carretera. Sentía un vacío increíble en el estómago… Le parecía
que sus palabras no le llegaban… No deseaba estar con él esa noche…
deseaba estar con alguien. Le puso el cinturón y giró la llave
del coche para llevarlo a casa con él. Aquella sensación… no iba
a desaparecer… Miró hacia las ventanas del hotel, podía ver el
perfil de aquel hombre mirando por la ventana.
Toru se recostó contra su ventana, mirando hacia
fuera. Se sentía extraño, como si no perteneciera. Miró a Hayabusa
por el reflejo, sonriendo un poco. Se veía muy preocupado. – Si
esto hubiera pasado antes... no me habría aparecido por el Olimpo
como en dos meses.
–Y yo te habría llamado… pensaría que estabas enfadado
conmigo… – suspiró con suavidad y lo miró de soslayo, sonriéndole
levemente también. – Me hubiera gustado que me llamases a mí,
Toru…
– Debí haberlo hecho, pero ya te dije, no quería
que me vieras. Aún ahora, no quiero... Tengo miedo de que veas
mi realidad. – contestó, desviando la mirada de nuevo, suspirando.
–Ya te he dicho que eso se va a acabar… – pasó la
mano por el volante un poco, pensativo. –Mañana avisaré de que
no puedes ir a la entrevista y la dejarán para dentro de dos días…
– Hayabusa-san... aún ni siquiera me has dicho de
qué es el empleo... – lo miró de nuevo, sonriendo. Sabía que intentaba
protegerlo, ayudarlo.
– De dependiente en una tienda de trajes de caballero…
Los dueños me conocen y no les importa hacerme el favor. Estaban
buscando a alguien para la temporada de verano. Tendrás que llevar
traje… pero ya te he comprado uno…
– Yo no creo poder trabajar en algo así... – suspiró,
pensando que si lo aceptaban, seguro lo despedirían luego. – Nunca
he usado un traje en mi vida...
– No importa… sólo es como cualquier otra prenda…
– lo miró de soslayo, preguntándose si le iba a poner “peros”
a todo. –Y sí podrás, sólo tienes que atender a hombres, mostrarles
trajes, sonreír y tomarles medidas… todo el mundo puede hacer
eso…
– ¿Estás molesto conmigo, Hayabusa-san? – le preguntó
por la manera en la que le hablaba. Hasta le hubiera parecido
algo gracioso si no se sintiera como se sentía. – No era mi intención
molestarte.
– No, sólo estoy celoso, lo siento… – le explicó
sinceramente, aparcando el coche frente a la entrada de la casa,
bajándose antes para abrirle la puerta y acompañarlo. – ¿Tienes
frío?
– Un poco... – suspiró, caminando a su lado, con
algo de lentitud. – Te agradezco que seas así conmigo... – bajó
la mirada a su alianza, recostándose un poco contra él.
– No tienes que agradecérmelo, lo hago porque te
quiero… es todo… – lo llevó con él hacia el edificio, apoyándolo
en su pecho mientras subían en el ascensor y acariciándole el
cabello, besándoselo y entrecerrando los ojos ligeramente. –Vamos…
– casi susurró al llegar a la planta, abriendo la casa para que
pasase.
– Y ¿tu hijo? No puede verme así... No le digas,
por favor. – le pidió, preocupándose de pronto, y girándose al
entrar a la casa.
– Está bien… no le diré nada… sólo voy a avisarle
de que ya estoy en casa…– lo llevó a su cuarto y le besó la frente,
sentándolo en la cama. – Ahora regreso…
Entró en el cuarto de su hijo y le cogió un pijama,
acercándose para ver si estaba dormido y besándole la mejilla.
– Te cojo un pijama…– miró la hora, preocupándose. – Deberías
dormir, Takara… – se sentó a su lado, observándolo. Debía ir con
Toru, pero su hijo… era más importante que nadie. – ¿Estás bien?
– Sí... ya me dormía – protestó, aunque no era cierto.
No podía dejar de pensar en Kenzo, en cómo le había rechazado
cualquier intento de cita. Claro, estaba muy ocupado, pero...
¿no sería que estaba molesto con él por lo de querer presentarle
a su padre? – ¿Toru se queda de nuevo?
– Sí… se encuentra un poco mal… Te he cogido un
pijama… Mañana te compraré otro– se disculpó, besándole la mejilla
de nuevo y abrazándolo de pronto, recostándose un poco sobre él.
– No me importa... – sonrió, pensando de nuevo que
era un padre baka y abrazándolo de vuelta. – ¿Sucede algo? ¿No
deberías ir con él?
– Ya voy… – suspiró con fuerza, besándole el cuello
y levantándose. – No pasa nada…– le tranquilizó pese a que no
era así. Saliendo del cuarto y volviendo a su dormitorio. – Ponte
esto… es de mi hijo…– lo dejó sobre la cama, mirando al pelirrojo.
No le hacía nada de gracia que llevase la ropa de Murakami-san.
– No era necesario... – le sonrió, girándose y quitándose
el yukata sin ninguna deliberación, empezando por ponerse los
pantalones, haciendo un gesto de dolor al alzar la pierna. Seguía
sintiéndose frío por dentro.
El moreno frunció un poco el ceño al ver su gesto
y se aproximó, vistiéndolo él y sujetándolo en brazos, apretándolo
un poco antes de besarlo con suavidad. Se sentó en la cama con
el chico sobre él, acurrucándolo. – ¿Tienes hambre… o lo que sea?
– No, estoy bien... No podría comer de todas maneras...
– contestó, sincero, cerrando los ojos. – Te demoraste... Tu hijo,
¿estaba despierto?
– Sí… siempre me espera despierto… pero tranquilo,
sólo le he dicho que te encontrabas un poco mal… nada más… – lo
tranquilizó. – Toru… ese cliente especial… era Murakami-san… ¿no?
Del que me hablaste el otro día…
El chico asintió con lentitud. – Creí que lo sabías...
que lo habías adivinado... – murmuró, un poco nervioso.
– No… no lo sabía, pero es igual… – se quedó callado,
en silencio, el corazón estaba acelerado en su pecho. No se estaba
preocupando por lo que debía, pero también sabía que no podía
hacer nada por él. ¿Qué hacer? Salvo abrazarlo.
– No te importa entonces... No supe a quien más
llamar. Koya estaba con un cliente... – suspiró, sonriendo un
poco. – Se va a preocupar...
– Llámalo… – se sacó el teléfono móvil del bolsillo
y se lo entregó al chico para que lo llamase, observándolo sin
saber qué decir. –Me importa… – admitió. – ¿Pero qué quieres que
haga?
– Nada... lo siento... – bajó la mirada, aceptando
el móvil. Había dejado el suyo en el hotel. Marcó el número de
Koya, pensativo.
......
Hayabusa esperó a que acabase de explicarle al chico,
observando cómo se ponía de nuevo, por volver a hablar de eso,
apretándolo un poco más contra sí y sujetando el teléfono cuando
se lo devolvió. –Lo siento… – se disculpó, sabiendo que seguía
nervioso por lo que no era. Acariciándole la mejilla con suavidad.
– ¿Tenías mucho miedo?...– preguntó, aunque le era obvio, sólo
por si quería desahogarse.
Toru asintió, temblando un poco. – Pensaba... Hay
muchos chicos que desaparecen, ¿lo sabes? Por eso... O que me
hicieran algo más... – lo miró a los ojos, pensando que era extraño,
estar hablando con Hayabusa-san de algo así.
–Dios… – lo apretó un poco más, besándole una mejilla.
– Debí haber salido antes e ir a buscarte… Lo siento, Toru…– apretujó
su cabello, sintiéndose fatal por haber pasado aquel tiempo con
Tsubasa, era culpa suya, si aquello había sucedido, por no estar
para él.
– No, claro que no... No es tu culpa. Yo tampoco
tenía por qué estar allí. Suelo recoger clientes allí. Viejas
costumbres, supongo... – suspiró, sintiéndose bien en ese abrazo,
cerrando los ojos. – Hayabusa-san... no es tu responsabilidad...
–Querría que lo fuera. – susurró casi, observando
su rostro delicado. –Te quiero…
– Hayabusa-san... – alzó su mirada, observando aquellos
ojos violeta que tanto le habían atraído. – Yo también te quiero...
– ¿Estás seguro?... – le preguntó, las palabras
de Tsubasa-san resonando en su mente, el olor de la ropa de aquel
hombre en el chico cuando lo había abrazado… – Quiero ser tu todo…
no quiero ver tus cosas buenas… y que le des las malas a otros…
Lo quiero todo… Toru…
El chico bajó el rostro, confundido. – Hayabusa-san...
no sé qué decirte. Ha sido un día... Te quiero, pero... me siento
terrible... – se echó a llorar de nuevo, maldiciéndose a sí mismo
por ser tan débil. – No sé lo que estoy haciendo, no sé por qué
siempre sucede esto... Hayabusa-san, ¿realmente me quieres tanto?
¿Por qué?
– Porque estoy enamorado… creí que tú sentías lo
mismo… – murmuró serio, apoyándose en el respaldo de la cama,
sintiendo que le había arrebatado a aquel chico a otro hombre…
cuando se suponía que él era su pareja. Sabía que había sido un
día terrible para él pero… seguía sin sentir que le llegase…
– Hayabusa-san... Yo también... – le tocó el rostro,
acariciándolo con suavidad, deslizando su mano por él. – Yo no
sé... lo que siento ahora. Sólo siento que debería desaparecer.
Pero tampoco creo ser... quien tú quieres que sea.
El moreno miró al techo sin decir nada, sintiéndose
como si le estuvieran estrujando el corazón en el pecho, quería
irse de allí… De nuevo estaba repitiéndose la misma historia,
no quería escuchar excusas para culparlo a él de los sentimientos
de los demás cuando lo conocían de verdad. No le servía tampoco
culpar a aquel desgraciado incidente, si querías a alguien… lo
querías… sin importar lo que sucediese en el camino. –Tal vez
no quieres serlo…
– O tal vez sí... No tienes idea... de cuanto quiero
serlo. Pero no lo soy... – bajó la mirada porque no soportaba
mirar esos ojos, ahora. No podía. – Y tú eres perfecto... Eres...
no sé ni cómo explicarlo. Eres todo lo que siempre he deseado...
–Entonces… ¿Por qué estas aquí conmigo… deseando
estar con él? ¿Crees que no puedo sentirlo? Mis palabras no te
llegan… porque tu corazón no está conmigo… Toru… creí que al menos…
podría soñar unos días más…– alzó la cara un poco, aguantándose
y respirando profundamente.
– Lo siento, no quise... no quiero... – dejó resbalar
las lágrimas por su rostro de nuevo, temblando, odiando aquello.
Se quería morir. – Yo quise darte algo especial... Es mi culpa,
por querer ser quien no soy. Lo mejor es que me vaya.
– ¡No!– lo apretó contra él, sintiéndose patético.
– Dime que no sientes nada por él… – lo miró a los ojos. – Que
no lo amas…
El chico negó con la cabeza, abrazándolo de vuelta,
y preguntándose si no estaba cometiendo un error. – No sé ni lo
que siento, sólo... que no quiero lastimarte más. No es justo...
– “No sabes lo que sientes…” –el moreno permaneció
inmóvil en la cama. Se sentía muerto por dentro, sólo dejó resbalar
sus manos de los brazos de Toru, dejándolas sobre sus piernas
y apretando las mandíbulas tanto que dolía. Tenía la vista borrosa
y sabía que de haber cerrado los ojos, las lágrimas habrían bajado
por sus mejillas.
– Hayabusa-san... – el chico lo miró, sin saber
qué más decirle. Sólo le estaba haciendo daño, eso era obvio.
– Hace unos días... antes de todo esto... estaba hablando con
Koya, y empecé a llorar. Porque tenía miedo de que no me quisieras...
No es tu culpa que haya decidido actuar así... intentando ser
esto... Tú has sido...
– No es verdad… y lo sabes… esto no es por ti ni
por mí…. Esto es por él… ¿verdad?... Querías que te quisiera…
porque él no estaba aquí… pero ahora… que yo te quiera… ya no
tiene el mismo precio… – lo miró a los ojos, aunque le avergonzaba
verse de ese modo.
– Aún siento que es mi culpa... – suspiró el chico,
porque se sentía peor aún que antes. – Yo no pensé que algo así
sucedería. Estaba convencido...
–Yo… quise estarlo… quise alejarte de tus clientes…
y aún así… no me dio tiempo… – negó con la cabeza, acariciándole
los brazos con las manos y riendo suavemente a pesar de que ya
le bajaba una lágrima por la mejilla, no había podido contenerla
mas. –No lo entiendo… por qué… siempre me ocurre esto… Por qué
puedo conseguir que todos se enamoren de mí… y sin embargo no
puedo conseguir que nadie me ame…
– Eso no es cierto. Eres... especial. Lo sé. – le
tocó el rostro, limpiándole la lágrima con suavidad. – Pero no
puedes forzar el amor. No es tu culpa... Y no significa que no
me importes, o que no me duela esto...
– Ya sé que te duele… y ya sé que te importo… pero
no era eso lo que yo buscaba en ti… Estoy cansado… de este rechazo…
La culpa fue mía por intentarlo de nuevo… Siempre supe que sólo
debías ser mi cliente si quería que permanecieses a mi lado, diciéndome
que me querías… – negó un poco con la cabeza, la respiración le
temblaba. – Deberías estar… con quien deseas ahora, es un momento
difícil para ti también…
– Siempre es un momento difícil para mí... – sonrió
un poco, acariciándolo. – Ahora mismo... no quiero irme de tu
lado. Es estúpido, ¿verdad?
– No lo sé… no sé lo que es lógico y lo que no…
ya no sé nada… nunca es fácil… para nadie…– se recostó en la cama
con él, acariciándole el pecho por encima de la camiseta del pijama,
olía a Takara… aquella ropa… le reconfortaba y no sabía si eso
era aún más patético. – Mi hijo dijo que no le importaba que usaras
su pijama…
– Tu hijo es tan amable como tú... aunque no lo
parezca – sonrió, acariciándole el cabello. No deseaba verlo sufrir,
le había entregado tanto...
– Sólo es tímido… – lo disculpó, aunque sabía que
podía lucir borde. No quería seguir hablando de aquel adiós… o
de que Toru no lo quería, de que había fracasado de nuevo… de
que ya no quería seguir adelante… y aún así… –Alguien me dijo
que esto no saldría bien… y me dolió, me hizo sentirme furioso…
Ahora sé por qué dolió tanto… sólo las verdades duelen… las mentiras…
se las lleva el viento…
– Las verdades... – repitió el chico, pensando en
Murakami y en Hayabusa luego, abrazándolo contra sí. No sabía
ni lo que estaba haciendo ya. – Todo esto es mi culpa.
– No… ¿de qué tienes la culpa? ¿De pensar que estabas
enamorado de mí? Ese era mi trabajo… hacer que lo pensases… Te
has confundido y ahora lo sabes… – se quitó el anillo del dedo
y se lo dio. – Toma… tal vez puedas venderlo aún… seguro que fue
muy caro…
– No... – lo rechazó colocando su mano sobre la
del moreno, negando desesperado. – No la quiero de vuelta... Eso...
era para ti. La compré para ti.
–Lo compraste porque creías que me querías… Pero
ahora ya no lo crees ¿no es así? Te arrepentirás si no lo aceptas.
¿Por qué querrías haberte gastado este dinero en mí?...
– Yo... no sé lo que creo. Yo nunca... me arrepentiría
de lo que pasó. Aunque suene cruel... – lo miró a los ojos, apretando
su mano. – No me interesa el dinero.
Hayabusa miró la piedra azul en su mano, entrecerrando
los ojos, sólo le haría daño seguir usándolo. Se lo puso de nuevo,
para que dejase se mirarlo así, apoyando la cara en el colchón.
Lo cierto es que quería estar solo, estar solo y… sí, llorar…
como un niño… – No sabes lo que crees… Si no lo sabes es que no
me quieres, después de tanto tiempo que nos conocemos, no hace
dos días, Toru… Tantas veces que me has dicho que me amabas… que
estabas enamorado de mí… y ahora no sabes lo que crees… Si tú
lo dices… tendré que creerte… que no lo sabes… y que no es sólo
miedo, a quedarte sin ninguno de los dos por culpa de no conformarte
conmigo – lo miró a los ojos pensando: el cliente siempre tiene
la razón.
– No hables así, no tengo miedo de... Si me quedase
contigo... no me estaría conformando. Ahora mismo... es tan difícil
irme. Siento que me falta el aire y... – se cubrió el rostro con
las manos, sollozando. – Sí tengo miedo.
– ¿De que?... – preguntó, observando cómo lloraba
y entrecerrando los ojos un poco al cabello que caía sobre su
propio rostro.
– De cometer un error... sólo por cómo me siento
ahora... – contestó, sin alzar la mirada.
– Sólo habrá un ahora… esto no se trata de cual
te conviene más, sólo de a cual amas… Mírame a los ojos… – le
sujetó la cara con la mano, haciendo que lo mirase, apretando
las mandíbulas al aspecto de su rostro golpeado y cubierto de
lágrimas. – ¿Me amas?
El chico hizo una pausa observándolo, intentando
buscar en su corazón. Pensando en Murakami-san, en cómo lo había
tratado, en su mirada al alejarse. Y luego en Hayabusa-san, en
la manera en la que siempre lo había hecho sonreír, la forma delicada
en la que lo trataba, la manera como era con su hijo. Incluso
sentía ganas de sonreír un poco, ahora. Aún así, él tenía razón,
no se dudaba cuando se amaba a alguien. Alzó la mirada de nuevo,
observando sus ojos violeta. – Quisiera decir que sí, pero...
la respuesta es no. Te quiero... mucho, no sabes cuanto, pero
no... como debería querer a mi pareja... Y tú mereces... mucho
más de lo que yo puedo darte...
Hayabusa lo soltó. Había deseado… había rogado que
le dijese que sí, sentir que él se equivocaba, que estaba saltando
a conclusiones… No, siempre había sido muy inteligente… Bajó la
mirada. El corazón retumbando en su pecho, su propia mente repitiéndole
lo estúpido que había sido, la cantidad de veces que su corazón
le había advertido que no se abriese a Toru… que sólo podía estar
con él en aquella fantasía dentro del Olimpo... – Es curioso…
debo merecerme mucho… porque todo el mundo tiene un buen motivo
para quererme y sin embargo no sentirse merecedores de mí… Supongo
que es la mejor manera de decirme que no… por eso es la que todos
repiten… La odio… – se rió, girándose hacia el techo y tapándose
la cara con la mano, apretándose las sienes con fuerza.
– Pero yo realmente... siento que no te merezco.
Hayabusa-san... – lo tocó con dos dedos, temblorosos, nervioso.
– ¿Qué sucede si te digo que no es cierto? Que en el momento en
que dije esas palabras... supe que estaba cometiendo un error...
No quiero perderte...
– ¿Que no quieres perderme? ¿A mí? ¿O al host?
No comprendo… no te comprendo… y estoy… cansado de que me rechacen
y encima me digan gilipolleces… como si me rechazasen para hacerme
un favor. Si quieres hacerme un favor… ¡Dime que me amas! ¡Maldita
sea! Yo diré si te merezco o no… ¡Es igual!– apartó la mano de
su rostro, frunciendo el ceño. – Cuando amas a alguien no te importa
si lo mereces… lo quieres a tu lado y punto… ¡Estoy seguro de
que cualquiera sabe eso!
– ¡Yo no lo sé! ¡No soy como tú! No puedo vivir
así... – el chico se puso de pie, realmente lastimado ahora, alejándose
un poco. – ¡Sí te amo! Pero no quiero... no puedo... No quiero
que me protejas todo el tiempo, o que decidas las cosas por mí,
por más buenas intenciones que tengas... Quiero que me ames, con
defectos, con mi mal juicio y mis malos modales... Y a ti, probablemente,
no te guste ese Toru...
Hayabusa lo miró, no se lo podía creer. – ¿Que
te proteja todo el tiempo? ¿Cómo cuando? Sólo nos hemos visto
una noche… y ahora… desde que estamos juntos… ¿Qué decida las
cosas por ti? Sí… tienes razón te busque un empleo porque pensé
que era lo que querías o al menos eso decías tú, querías dejar
la prostitución y a la vez no ser una carga para mí… Quiero que
me digas exactamente… qué has fantaseado… ¿Cuándo te he estado
protegiendo todo el tiempo?... Agobiando, imagino que debería
traducir… ¿y qué es exactamente lo que he decidido por ti?...
– Tú decidiste el empleo, incluso me compraste un
traje... No me preguntaste si me interesaba siquiera... – lo miró
a los ojos, suspirando. – No tiene caso, supongo que es mi culpa
de nuevo. Es sólo que siento...
– Me dijiste que odiabas tu empleo, así que supuse
que cualquier empleo digno te parecería bien, sin exquisiteces,
un empleo y punto. Hice el favor de comprarte un traje para que
no tuvieras que sentirte avergonzado de no tener con qué vestirte…
qué mala persona soy… Siento no haberte podido extender una carta
de empleos, sólo pude conseguir eso… Me siento imbécil… Mejor
me hubiera quedado en la cama en lugar de salir a pedir favores
por alguien que no los agradece… No sé qué es lo que sientes…
Sólo sé… que primero dices que soy demasiado para ti y después
que te molesta mi modo de ser… no te aclaras, no sabes como rechazarme
mejor y vas probando todo lo que se te ocurre… ¿es eso?
– No... Sólo soy yo. – empezó a sollozar de nuevo,
sin poder evitarlo, sintiéndose como una basura otra vez y girándose.
– Ya me voy, sólo te hago daño.
– No te puedes ir así… te duele… – lo sujetó, por
los hombros, observando su espalda y tragando saliva, aún tenso
por la discusión, sin saber si debía dejarlo ir. Sabía que Toru
no lo amaba… Sólo sentía que no sabía que decirle para que no
se sintiera tan mal… se aproximó a él, rodeándole el pecho. –
Toru… cuando estabas con Murakami-san… y te llamé… ¿querías venir
conmigo o realmente deseabas quedarte con él?
– Quería desaparecer... – sonrió a pesar de todo,
pensando “como ahora...” – No quería que vieras esa parte de mí,
porque quería mantener una ilusión... Pero sólo era una ilusión,
¿verdad? Tonterías mías.
– ¿No te das cuenta? ¿De por qué estoy así?....
– apoyó los labios en su cabello, apretándolo más contra él. –
¿No te das cuenta de por qué no quiero que te vayas, Toru?
– Porque me amas... pero no me conoces, Hayabusa-san,
y eso es mi culpa. – suspiró, sin moverse. – Y por dentro... no
soy así... Sólo te haré más daño.
– No hay nada que pueda decir o hacer ¿verdad? No
voy a detenerte…
– No sería justo.... para ninguno de los dos. –
negó con la cabeza, aún sintiéndose como una mierda. Pero no podía
seguir negándolo, ya lo había intentando y sólo lo había destruido
más. – Tú siempre has tenido razón. – se quitó la alianza que
le había regalado, girándose y entregándosela. – Dale eso a alguien
que la valore realmente. Siento... haber sido tan idiota.
Hayabusa la miró y le sujetó la mano, volviendo
a colocarla en su dedo. – No… Yo ya se la he dado a la persona
que amo… estoy seguro… de que lo he hecho…
El chico lo miró a los ojos, tratando de controlarse.
– Yo nunca quise lastimarte...
– Quédate conmigo… No quiero una despedida… – lo
miró a los ojos también, sentándose en la cama sin soltarle las
manos. – Lo siento…– apoyó la cara contra su abdomen, abrazándolo
contra él con fuerza.
– Hayabusa-san... – le acarició el cabello, abrazándolo
de vuelta con la otra mano. – No quiero verte así... Tú eres orgulloso
y especial... Tú no le ruegas a nadie...
El moreno lo soltó con suavidad, mirándolo. – Quédate… Es muy
tarde… – se levantó cogiendo el traje y dejándoselo sobre la cama.
– Puedes llevártelo, no tienes ropa… Iré… a dormir con mi hijo…
no te vayas…
– Hayabusa-san... – negó con la cabeza, dejando
que las lágrimas continuasen su camino, pero sentándose en la
cama. No podía pensar, no podía sentir, sólo estaba agotado.
– Perdóname… – se sentó a su lado y lo abrazó. –Después
de todo lo que te ha ocurrido… del miedo que has pasado… yo no
he hecho más que empeorarlo todo con mis celos… Perdóname… Toru…
– lo apretó con fuerza. ¿Cómo había podido ponerse así? Estaba
demasiado furioso, Toru tenía razón… Él no era así, pero cuando
perdía los nervios… Toru… era un niño… asustado…
– No... Yo... Yo sólo he creado problemas. Es mi
culpa... – murmuró, cerrando los ojos. – No importa, soy un idiota...
– No… sólo estás asustado… lo que ha sucedido… el
enfrentarte a cambiar tu vida también… Todo eso asusta…– sonrió
levemente aunque le costaba un mundo, deseando ser el apoyo que
siempre había sido para él. Volver a serle útil. Le acarició la
mejilla con suavidad y lo cogió en brazos. – Sea como sea… yo
siempre voy a escucharte, Toru…
– Yo sólo quiero que seas tú... Sé lo que haces,
lo puedo ver... – sonrió, cerrando los ojos. – Hayabusa-san...
hay cosas que no te he dicho acerca de mí...
– Habrá tiempo… para que me las digas todas… ¿crees
que me he rendido? No… este soy yo… tú lo sabes… Pero yo también
me enfado incluso si no tengo derecho… también lo hago y también
me celo… – sonrió de nuevo levemente y le besó los labios con
suavidad. –Ya te lo dije… tú me das miedo…
– A mí todo me da miedo... – se rió con suavidad,
aunque exhausto y sin abrir los ojos. – Puede que cambies de opinión,
cuando me conozcas mejor... por eso no quería que lo hicieras
antes...
– No lo vamos a saber esta noche… porque estamos
muy cansados… – se recostó sin soltarlo, tapándolo con una sábana
y besándole la frente. Jugando con su mano en la espalda del chico.
– Deja que te proteja… al menos esta noche…
– Hayabusa-san... – el chico se pegó a él, suspirando.
¿Podía quedarse así? ¿Podía permanecer así para siempre?

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