Capítulo 52
Miracles Do Happen
Hayabusa abrió la puerta de la casa y lo hizo pasar
delante de él, quitándose los zapatos en la entrada. –Pasa… –
le abrió la puerta del salón para que esperase allí si quería.
–Iré a ver si mi hijo esta despierto… disculpa un momento… – abrió
un poco la puerta y miró hacia la cama para ver si se movía. Sabía
que no era muy normal andar despertando a tu hijo a esas horas,
pero no tenía muchas más opciones si deseaba hacerlo formar parte
de su vida… y lo deseaba.
Takara se giró en la cama, algo somnoliento, aunque
igual no conseguía dormirse del todo. Sonrió al ver a su padre
allí, en la puerta, sentándose y restregándose los ojos. – ¿Cómo
te fue?
–Está ahí, en el salón… no sabía si querrías verlo…
– se aproximó un poco más y le besó la frente, sonriendo levemente.
– Me fue muy bien, le he confesado que estoy enamorado de él…
– suspiró, pensando que le había costado un mundo confiar en que
la relación con un cliente pudiera funcionar.
– ¿Estás enamorado? – lo miró sorprendido, pero
sonriendo luego. – Quiero conocerlo...
– Vale…– sonrió levemente y se irguió. –Pero… no
vayas a ponerte nervioso y ser brusco… porque es muy sensible…
– le revolvió el cabello y encendió la luz, no había cuestión
en presentárselo a oscuras. – Sí… lo estoy… mal que me pese… Le
diré que venga, no te levantes…– fue a buscarlo al salón y lo
llamó desde el marco con una mano.
Toru acudió, nervioso. La verdad es que se había
distraído observando el lugar. Era muy distinto de su piso, muy
personal. Pero claro, tenía sentido. – ¿Estás seguro de que debo
entrar hasta acá...?
– Hola. – lo saludó el chico sentado con las piernas
cruzadas, en la cama, enrojeciendo a pesar de lo que había dicho
su padre. Ese chico no se veía mucho mayor que él mismo. – Soy
Takara.
– Yo soy Toru... – le sonrió el pelirrojo, nervioso
también.
Hayabusa le pasó la mano por el cabello al pelirrojo
y lo aproximó un poco a él para que no pasase tanta vergüenza,
acercándose a la cama de su hijo y sentándose con él. –Toru hace
años que me conoce… era mi cliente… – le explicó a su hijo, mostrándole
el anillo que llevaba en el dedo. –Es un regalo suyo…
El pelirrojo, poniéndose nervioso igual, y aclarando.
– Pero siempre... Estuve enamorado de tu padre...
– Es bonito. – sonrió Takara, pensando en realidad
que era algo grande pero le gustaba la piedra. Lo miró, frunciendo
un poco el ceño y luego relajándolo a la fuerza, recordando lo
que le había pedido su padre.
–Bueno… ya veo que sois los dos unos vergonzosos…
Así que ya os iréis conociendo… – suspiró, revolviéndose el cabello
con una mano y empujando a su hijo para que se acostase, besándole
la frente y tapándolo. –Duerme… Es muy tarde… – lo miró a los
ojos, suponiendo que para ambos era muy fuerte ver que eran casi
de la misma edad y cómo trataba a ambos.
– ¡No soy vergonzoso! Papá no baka... – protestó
el chico, aún rojo, pero sin moverse del sitio, Toru riendo un
poco.
A pesar de ser casi de su edad, parecía un niño.
Suponía que era distinto crecer así, junto a un padre como Hayabusa-san.
– Mucho gusto, Takara-kun.
–Vamos… – sujetó la mano de Toru mirando de nuevo
a Takara y sonriéndole antes de cerrar la puerta. Llevándose al
chico con él hacia el salón para que se sentase. – ¿Quieres tomar
algo?– le ofreció casi sintiéndose como si estuviera trabajando.
– Estoy seguro de que le has agradado… se pone muy nervioso… y…
– giró el tapón de cristal de una botella con la que iba a servirse
él mismo de todos modos. –Supongo que es un shock… ver a tu padre
con alguien que podría ir en tu clase… – Estaba preocupado, sentía
como si algo fuera mal. Tal vez de nuevo los fantasmas del pasado.
– De lo que tú bebas estará bien... – Toru se acercó
a él masajeándole los hombros y abrazándolo por detrás finalmente.
– Pero no tengo su edad... no por dentro. Tú... no me ves como
un chiquillo, ¿verdad?
– Claro que no… no– le sujetó el brazo con una mano,
mirando la botella de cristal y el líquido en el fondo. – Cuando
comencé a valerme por mí mismo… era más pequeño que él… tuve un
hijo… cuidé de él y de su madre como mejor supe… Puede que no
fuera el mejor modo, pero lo hice… Sé lo que es ser adulto a la
fuerza… Aunque no soy estúpido, sé que aún así tal vez soy demasiado
mayor para ti...
El chico negó con la cabeza enérgicamente. – No
digas eso... Jamás... Koya es el único chico de mi edad con el
que me relaciono. Sólo porque él me comprende... Pero los demás
chicos... jamás he podido relacionarme con ellos realmente. Vivimos
en mundos muy distintos.
El moreno se volteó despacio y le ofreció el vaso,
tocándole la mejilla con él. –Toru… ¿podemos hablar de algo?....
que me preocupa… Tal vez es una estupidez…
– Sí, claro... – sonrió por el frío del vaso, tomándolo
con ambas manos y separándose un poco. – Podemos hablar de lo
que quieras, Hayabusa-san.
– Siéntate…– se sentó en el sofá, llevándolo con
él tras coger el otro vaso, rodeándolo por los hombros para tocarle
el cabello mientras le hablaba. – … ¿hay alguien más?
– ¿Alguien más? ¿Lo dices por Koya? Sólo somos amigos...
– negó, observándolo y preguntándose si aún dudaba de él. Se bebió
casi todo el trago de un golpe, súbitamente nervioso.
– ¿No hay ningún cliente?... – lo miró serio, rozándole
el flequillo con suavidad y apartándoselo de la cara.
– ¿Un cliente? – le devolvió la mirada, preguntándose
si lo sabría de algún modo. – Bueno... hay uno nuevo que es bastante
agradable, pero... no es lo mismo tampoco.
–No es lo mismo… – repitió el mayor, pasándose la
mano por su propio cabello entre las mechas rubias. –De todos
modos… no te lo voy a pedir ahora… Sé que es demasiado pronto
para que quieras dejar tu trabajo así por así… pero ¿podrías dejar
de verlo a él?
– ¿A él? – suspiró, desviando la mirada. Era el
único cliente que lo trataba como un ser humano. – Sí, supongo
que si me lo pides tú, puedo hacerlo...
– No es tan importante ¿verdad? Sólo es un cliente…
– Sí, pero... Bueno, es el que me ofreció el empleo.
Y... – lo miró, deseando sincerarse. – No me siento tan mal cuando
lo hago con él. Y es un cliente seguro.
Hayabusa apretó un poco la mano sobre el respaldo,
rozándose los dedos con el pulgar, tenso. Eso era precisamente
lo que le preocupaba a él. –Entonces deja tu empleo… ven conmigo…
te buscaré algo…
–No quiero ser una carga para ti, Hayabusa-san...
– sonrió, desviando la mirada de nuevo. – No estás conmigo...
por lástima, ¿verdad?
– ¿Crees que estaría así de celoso si sintiera lástima
por ti?... – se rozó los labios con la mano, sonriendo, aunque
no estaba contento, más bien tenso.
– ¿Estás celoso? – lo miró, sonriendo un poco. –
No tienes por qué...
– Sí… sí tengo por qué… es hombre… te desea… y puede
conseguirte… y yo no quiero… – lo abrazó contra él con suavidad.
– Te quiero sólo para mí… antes de que sea demasiado tarde…
– Demasiado tarde... Tampoco tengo fecha de expiración...
– se rió suavemente, abrazándolo de vuelta, y sintiéndose conmovido.
– Está bien... dejaré de verlo, por ti, Hayabusa-san...
– Demasiado tarde… significa que no quiero que puedas
llegar a enamorarte de él y dejarme… – lo miró, pensando que estaba
cayendo más y más profundamente por él. Rozó su cara contra la
del chico, apretándolo más contra él, besándolo con suavidad,
acariciando su nuca y sujetándola, cerrando los ojos y recostándolo
un poco en el asiento. Esta vez no llamaría nadie a la puerta
para salvarlo de arriesgarse de nuevo.
Toru rodeó su cuello con los brazos, devolviéndole
el beso. Se sentía intoxicado, el que Hayabusa-san lo amase de
aquella manera. No era posible. Deslizó las manos un poco por
su espalda, sin querer cerrar los ojos. Se le iba a salir el corazón
del pecho.
–Toru… – lo miró a los ojos, rozando sus labios
contra los suyos y observándolo. – Te tengo miedo… – se rió con
suavidad, subiendo la mano por dentro de su camiseta para acariciarle
el pecho suavemente.
– ¿A mí? No soy peligroso... – se rió también, acariciándole
el cabello, su pecho moviéndose agitado. – No te haré daño...
– ¿No?– lo besó de nuevo, su mano pasando bajo su
espalda y alzándolo un poco del sofá para pegarlo más a él. –Ya
me está doliendo…
– Mentiroso... – sonrió, enrojeciendo por haberle
dicho eso a Hayabusa, y pasando a lamer su cuello como para ocultarlo.
– Hm… no… – sonrió, abriéndose de todo la camisa
y alzándole la camiseta, besando su abdomen y cada marca rosada
en su piel, cubriéndola con una suya. Le sujetó las nalgas con
la mano, apretándoselas, oliendo su piel y sonriendo más.
– Hayabusa-san... – sonrió contra su cuello, sintiendo
la piel encendida. Ya ni recordaba que alguna vez lo hubiesen
tocado así... Sin buscar solamente el placer sexual. Cerró los
ojos por fin, succionando su cuello de nuevo, abrazándose más
a él, lamiendo su piel.
El moreno bajó un poco más la cabeza, dejándolo
hacer y revolviéndose el cabello contra el sofá, tensando los
músculos del cuello por el placer. No era sólo placer físico.
Se sacó la camisa, tirándola al suelo y sacándole la camiseta,
sintiendo el calor de su cuerpo, la suavidad de su piel, sus manos
acariciando su espalda como calculando sus formas. –Eres precioso…
Toru....
– Hayabusa-san... – sonrió el chico enrojeciendo
como si tuviera de qué avergonzarse a esas alturas. Bajó sus manos
por el abdomen del moreno, desabrochando sus pantalones, y bajándolos,
acariciándolo un poco, sin dejar de mirarlo a los ojos. – Te amo...
–Yo a ti…– deslizó la mano por su brazo, acariciándolo
y siguiéndolo hasta su mano, deslizando ambas por dentro de su
pantalón, haciéndolo acariciar su sexo. Su otra mano subiendo
por la pierna del pelirrojo y abriéndole el pantalón también.
Lo miró a los ojos entre el cabello despeinado, besándolo profundamente,
su mano pasando bajo la ropa interior. – “¿Vamos a mi cuarto?…”
El chico asintió, pensando que se veía aún más guapo
con el cabello así. Nunca hubiera podido imaginárselo despeinado,
no le había cuadrado, pero ahora... Se lo espelucó más, riendo,
mientras seguía acariciando su sexo con la otra mano.
– Así no me vas a dejar levantarme… – se rió, entrecerrando
los ojos porque lo despeinase. – ¿A ti también te gusto más así?–
preguntó, cogiéndolo en brazos y abriendo la puerta de su cuarto
con la rodilla, recostándolo en la cama y subiendo tan sólo un
poco, la intensidad de la luz. Se apoyó con la espalda contra
el armario frente a la cama, sonriendo aún mientras se bajaba
el pantalón. –Ven…
– Hayabusa-san... me siento privilegiado... – sonrió,
acercándose lentamente. – Y decías que no querría ver cómo eras
fuera del club... – se colocó un mechón de cabello tras de la
oreja, besándolo y bajando por su pecho y su abdomen, hasta llegar
a su sexo.
– Eso no… – se estremeció un poco, alzándolo para
que se pusiese de pie frente a él, besándolo de nuevo y bajando
las manos a sus nalgas, dejando resbalar el pantalón por sus piernas,
alzándolo de golpe para cogerlo en brazos, sus labios rozando
su piel para lamer su cuello. –Lo que quiero es que me abraces…
– Lo siento, viejos hábitos... – sonrió, con algo
de tristeza, aunque en realidad era por lo extraño de la situación
para él. Se abrazó con fuerza, respirando pesado, y cerrando los
ojos.
– No importa… así lo harás mejor… – el moreno lo
miró a los ojos y sonrió, besándolo otra vez, dejándolo en el
suelo, bajando él por su cuerpo, besando cada zona de su piel,
lamiendo sus caderas y arrodillándose a sus pies. Su lengua recorriendo
caliente su sexo, sus manos apretando sus nalgas y moviéndolo
dentro de él contra su lengua.
– Hayabusa-san... – gimió, sujetando con suavidad
su cabello, incrédulo. Siempre era él quien hacía aquello. Pero
esto era distinto, podía sentir su lengua envolviéndolo, de esa
manera tan apasionada y delicada a la vez. Amándolo.
El moreno se coló entre sus piernas, pasando a su
espalda y arrastrando la lengua entre sus nalgas, lamiendo dentro
de él profundamente y acariciando sus piernas con las manos cerradas
en torno a ellas, apretándolas y sintiendo cómo temblaba. Se levantó
poco a poco, besando su espalda y su nuca, abrazándolo con fuerza
y tocando sus pezones mientras su otra mano masajeaba su sexo,
el propio rozándose entre sus nalgas, haciéndolo jadear caliente
contra su piel. –“Te amo…” – susurró contra uno de sus orejas,
mordiéndola con suavidad y penetrándolo profundamente. Empujándolo
contra los espejos del armario.
Toru abrió los ojos, observándose contra el espejo,
observando a Hayabusa-san, sus manos, su cuerpo tras él. – “Te
amo” – susurró también, serio, excitado y a la vez extasiado.
Le parecía una de sus fantasías. Sus manos eran cálidas.
Hayabusa le sujetó la cara con una mano, girándolo
para que lo besase y moviéndose dentro de él, jadeando contra
sus labios, respirando con fuerza. Salió de su cuerpo, tomándolo
a horcajadas de nuevo, penetrándolo con fuerza y moviéndolo sobre
su sexo, mirándolo a los ojos con deseo, moviendo un poco la cara
para apartarse el cabello de los ojos. –“Quiero escucharte disfrutarlo…
Toru…”
El pelirrojo asintió, sonriendo, entreabriendo los
labios, y dejando escapar los gemidos. Ya estaba jadeando de todas
maneras. Lo besó, brevemente, sujetándose a él, sintiendo cómo
lo penetraba con profundidad, su propio sexo golpeando contra
sus abdominales. – Hayabusa-san... te amo... te amoooh...
El moreno lo apretó, manteniéndose profundo dentro
de él y acostándolo en la cama bajo su cuerpo, descargando su
peso por completo sobre él, besándolo de nuevo y jugando con su
sexo suavemente para que no se corriese. Sus labios bajando por
su cuello, succionándolo mientras se movía dentro de él con más
fuerza cada vez, sujetándose con una mano en el respaldo de la
cama para poder verlo mejor, el sudor resbalando por los músculos
dorados en su espalda. Sus ojos observándolo ahora con sólo deseo
reflejado en sus pupilas.
– Hayabusa... san... – gimió el chico, en un tono
de voz más suave, dominado por la pasión y los sentimientos, perdiéndose
en aquellos ojos violeta que tantas veces había imaginado observándolo
así. No se comparaba con la realidad. Su cuerpo se sentía afiebrado,
su sexo pulsando con fuerza. Dejó escapar un gemido algo fuerte,
echando la cabeza hacia atrás por un momento, abandonándose.
– “Precioso…”– susurró el moreno contra su cuello,
lamiéndolo hasta su quijada y mordiéndosela con suavidad. Lamió
sus labios, separándose de nuevo para moverse mejor dentro de
él, apretando su sexo con fuerza, ayudándolo y entrecerrando los
ojos, observando su rostro. No quería perderse ni un gesto. –Toru…
¡ng!
– Hayabusa-san... – el chico abrió los ojos, alzando
la mirada, sonriendo enrojecido por el esfuerzo, y apretándose
contra él. Lo abrazó con fuerza contra sí, para crear fricción
contra su sexo. Y también para poder acariciar su espalda. Esa
espalda fuerte que parecía poder protegerlo de todo. Lo besó de
nuevo, moviéndose contra él, apretando su sexo dentro de su cuerpo.
Hayabusa, besándolo también, sus labios pareciendo
desear devorar los del chico, su mano apretada entre los cuerpos
de ambos, soltando el sexo del chico para abrazarlo con fuerza
también, revolviendo su cabello y observándolo a los ojos de nuevo
sin dejar de besarlo. – ¡Nhg!...– lo apretó más contra él, moviéndose
dentro de él enfebrecido.
– Ha... Ha... Hayabusa-san... – le advirtió el chico,
sin poder contenerse más ante su manera de moverse contra su cuerpo,
su sexo derramando el semen entre ambos, mientras Toru se estremecía
con violencia, aferrándose al moreno, succionando su lengua a
pesar de los gemidos.
– “Toruh…” – el moreno se dejó ir por fin, sintiendo
que se le iba la vida con lo que estaba sintiendo, empujando la
lengua con fuerza en su boca mientras el semen se derramaba dentro
del chico y entre sus piernas, resbalando por sus nalgas. Su abdomen
empapándose en el semen del pelirrojo. Lo siguió besando hasta
que se tranquilizó, respirando con fuerza aún contra sus labios
y observando su rostro rojo y mojado, sonriendo y echándole el
cabello hacia atrás.
– Hayabusa-san... – sonrió el chico, volviendo a
repetir aquel nombre en un tono completamente extasiado. Se rió
un poco, sin poder evitarlo, estaba demasiado feliz. – Me voy
a quedar a dormir contigo... – murmuró, como convenciéndose a
sí mismo.
–Sí… – se rió pensando que se había escuchado un
poco infantil, pero lo adoraba. Se giró para subirlo sobre su
cuerpo, sujetándole la cara y besándolo superficialmente aunque
largo rato, abrazándolo después con fuerza y sintiéndose estúpido
por estar feliz por algo… que se veía tan simple, pero no lo era.
Que alguien te amase realmente… sentir que eso podía suceder,
no era simple, era casi un milagro.

Continua leyendo!