| Capítulo 11- No Sword Stronger
Than My Heart
Samael extendió las doce alas negras sacudiéndolas
y desplegándolas al enterarse de las noticias del pacto de
Lucifer y sin embargo deseando ardientemente desobedecer aquel pacto
antes que ninguna otra cosa –Recuerda tu promesa… antes
de prometerle a Dios todas esas cosas me prometiste a mí
que podría matar a Auriel… ¿me lo negarás
ahora?
Lucifer negó con la cabeza, imaginando lo que eso supondría.
– Yo hice una promesa que cumpliré al pie de la letra,
tal y como le dije a Yavé. Tú no has prometido nada,
y aunque eres de mi reino y estás bajo mi mandato, sigues
siendo libre. Después de esto, necesito que te ciñas
al pacto, tan sólo porque te quiero a mi lado cuando triunfemos,
y no deseo que te condene. Es gracias a ti que he podido soportar
todo esto........ – le sonrió ligeramente, colocando
una mano sobre su hombro y mirándolo a los ojos. –
Incluso este pacto fue tu idea. Y también debo mantener mi
promesa contigo. Ve y haz lo que tengas que hacer. ¿Comprendes
lo que quiero decir?
-Me haré responsable de mis actos ante Dios… no me
importa la condenación si Auriel muere con ello, merecerá
la pena- lo miró a los ojos también y bajó
el rostro besándole los labios superficialmente y cerrando
los ojos sintiendo que irradiaba calor. Sonrió separándose
y preguntándose si aquello era por haber estado con Dios.
El ángel caído se dirigió alzándose
entre las tierras áridas y el fuego del infierno hasta sus
mismísimas puertas, sus dedos se enredaron en el metal de
los barrotes y observó a Auriel a través de ellos,
extendiendo las alas agitado interiormente –Auriel…
- Samael.... – el albino lo reconoció enseguida acercándose
un poco aunque no demasiado y sonriéndole como si fuesen
viejos amigos. – No se supone que estés aquí.
¿Deseas hablar con Dios? – le preguntó esperanzado,
a pesar de dudarlo por el gesto del moreno.
-No podemos salir hasta que Adán y Eva procreen… y
se asienten ¿no es así? Salvo para eso mismo…-
sus ojos se entrecerraron observando al ángel y apretó
los barrotes conteniendo su furia y sus palabras –De todos
modos, esto es el infierno, puertas o no, puedo estar aquí
si lo deseo.
- Supongo que tienes razón, siento haber hablado de manera
apresurada. ¿Qué es lo que deseas entonces, Samael?
– lo observó atento, aunque sin dejar de sonreír.
-Déjame salir- lo miró a los ojos plegando las alas
de nuevo –Necesito hablarle… ¿ por qué
no confías en mí?
- Porque eres un demonio, Samael. Y porque puedes hablar a través
de estas puertas, te escucho perfectamente. – continuó,
observándolo, sintiéndose algo mal por el moreno y
preguntándose si actuaba adecuadamente. Claro que no podía
dejar la guardia abajo, pero si deseaba arrepentirse, tal vez lo
echara a perder por no confiar en él.
-Necesito ver a Dios… debes dejarme salir…- lo miró
sin inmutarse lo más mínimo -¿Acaso no deberías
estar ofreciéndome tu otra mejilla?
- Pero también es mi misión el no permitir que nadie
salga del infierno sin el permiso expreso de Dios mismo. Si realmente
deseas hablar con Él, yo le diré, y vendrá
a verte.
Samael lo miró a los ojos sintiendo que lo desesperaba al
igual que Dios mismo. De hecho, le recordaba a Él, incluso
su presencia, su brillo, su olor le recordaba al Señor -¿Me
tienes miedo?
- No te tengo miedo, pues Dios me protegería en caso de
que intentases algo. Pero no deseo incumplir sus órdenes,
más es cierto que te recibirá con los brazos abiertos
si deseas arrepentirte. – le sonrió el ángel
de nuevo, sintiendo que su corazón se ablandaba.
El moreno bajó la vista notando que el cabello le caía
sobre el rostro ocultándolo y dibujó una sonrisa -
¿Por qué no me abrazas Auriel? Tú trataste
de matarme…
- Por supuesto que no lo hice. Incluso intenté no hacerte
daño, pero era la única manera de detenerte.... –
se agachó, observándolo y deseando de pronto levantar
su rostro con una mano, pero al estar separados por las puertas,
no podría hacerlo. – Dios me lo pidió y de todas
maneras, no habría podido hacer otra cosa. Lo tomé
como mi misión personal, el no matar ni permitir que mis
hermanos fuesen asesinados. Aún así.... muchos murieron
– murmuró, ya sin sonreír y con la voz casi
en un susurro.
-Déjame salir- lo miró a los ojos desesperado aunque
no por los motivos que seguramente el ángel pensaría
–Acompáñame tú junto a Dios…perdóname
tú y demuéstrame que Él lo hará…
Auriel se quedó mirando sus ojos, sintiendo ante aquella
mirada, que sin duda, era sincero y le sonrió nuevamente
poniéndose de pie. – Aquel que busca el perdón
y el amor de Dios, no necesitará rogar para que se le abran
las puertas del Cielo. – respondió, en cierta manera,
orando por él, y girando la llave en la cerradura, permitiéndole
la entrada.
Samael salió lentamente y empujó las puertas a su
espalda mirándolo de soslayo y sacudiendo las alas, sonriendo
abiertamente mientras se aproximaba a él. Lo abrazó
rodeándolo con sus alas y atravesándole entonces la
espalda con sus propios dedos, enterrándolos en su carne
y asiéndole sentir la electricidad que corría por
su cuerpo.
El ángel emitió un sonido leve, aún demasiado
sorprendido para comprender lo que acababa de pasar, sujetándose
a sus ropas, y susurrando. - Samael.... – extendiendo sus
propias alas para intentar separarse de él, a pesar de todo,
sin desear matarlo.
El moreno lo miró a los ojos sonriendo y apretándolo
más contra él mientras empujaba los dedos en su cuerpo
de forma más profunda –Vas a morir Auriel… debiste
haberme matado cuando tuviste la ocasión.
El albino gritó, jadeando luego y susurrando con esfuerzo.
– No moriré.... y no te mataré.... – Hizo
brillar todo su cuerpo, transmitiéndole aquel sentimiento
de calor al moreno, intentando hacerlo comprender, finalmente produciendo
su espada para apartarlo de sí, logrando que lo soltase hiriendo
su pecho, apenas superficialmente, sin embargo el moreno se abalanzó
sobre él de nuevo desplegando sus alas sin importarle el
corte, sólo le preocupaba su furia.
Por un momento se había preguntado si realmente aquel ángel
era lo que tanto se predicaba pero estaba claro que no, su pecho
estaba sangrando y eso era más que suficiente como muestra.
Le sujetó la mano en la que sujetaba la espada con ambas
suyas -¿Dónde está tu Dios ahora? Cordero…
- Dentro de mí................ y dentro de ti – le
sonrió a pesar del terrible dolor, extendiendo sus alas para
elevarse un poco, haciendo que las llamas de su espada también
se elevasen, creando un calor insoportable entre ambos.
Samael alzó una mano oscureciendo aún más
aquel cielo negro, inundándolo todo de olor a azufre, el
sonido de los truenos retumbaba en sus oídos, su cuerpo sentía
un calor insoportable a pesar de ser un demonio –Ya me arrojaste
a las llamas una vez Auriel! Arroja las llamas a mí ahora!
Dios está cruzado de brazos ante tu sufrimiento! Mátame
porque si no, tú morirás… no me importará
morir por eso! Te odio… tanto como a Él…- susurró
mirando sus ojos fijamente y sujetando su cuello para estrangularlo
envolviéndolo en aquellos rayos.
El ángel continuó mirándolo aún mientras
las llamas se apagaban en su mano para intentar soltarse de aquel
estrangulamiento, hablándole ahora directamente a través
de su mente, que seguía calma a pesar de la situación.
– No me odias, y no lo odias.... puedo sentirlo........ No
te mataré.......... – hizo arder aún más
su aura inundándolo de aquella luz quisiera o no, haciéndolo
sentir su amor, aferrándose desesperadamente a sus ideales,
creyendo en la bondad que debía existir en él como
hijo del creador, por más que la negara.
-¿No?- lo miró a los ojos aunque su corazón
dudaba, pero su la sangre corría agitada por todo su cuerpo
–Demuéstramelo… muriendo… muere por mí…
Miguel, enviado por Dios, atravesó el cielo oscuro rápidamente
lanzando fuego sobre el demonio e inflamando sus llamas mientras
descendía sobre él dispuesto a atravesarlo con su
espada sin que Samael se apartase, pretendiendo llevarse con él
a Auriel aunque fuera lo último que hiciera.
- No.... – Auriel desvió sus ojos hacia el otro ángel,
apenas consiguiendo hablar con la voz ronca por la manera en la
que Samael apretaba su garganta, pero aún no lo mataba aunque
ya debía haberlo hecho y eso le daba esperanzas. Volvió
a mirarlo, sintiéndose débil, aún así,
sonriéndole y alzando sus brazos para pegarlo a él,
decidido a aceptar su propuesta si eso tenía que hacer.
El arcángel se detuvo sintiendo su corazón agitado
en la boca por el peligro y el sacrifico de aquel al que consideraba
su guía y maestro. Como Dios le pedía que lo escuchase…
se quedó observando sin poder siquiera pensar claramente,
sólo sintiendo que una lágrima rodaba por su mejilla
–Auriel…- susurró seguro de la suerte que correría.
Samael aflojó el apriete al sentir cómo lo abrazaba,
sintiéndose confundido y frustrado, deseando acabar con él
y sobrecogido a la vez. Lo miró a los ojos apartándose
de golpe y volviendo al infierno sin poder matarlo, contrariado
por hallarse con lo que pensaba que no existía.
Auriel se dejó caer, agotado, a pesar de eso, sonriendo
sinceramente alegre por haber logrado aquello, por haber recibido
aquella confirmación de Su bondad, y cerró los ojos,
susurrando a sabiendas de que lo escucharía, si no con sus
oídos, con su corazón. – Miguel.... estoy bien,
aún hay esperanzas.
Miguel descendió rápidamente y lo tomó en
brazos volviendo al cielo con él, para llevarlo junto a Dios
y avisando para que vigilasen la puerta al infierno mientras se
recuperaba, demasiado sobrecogido por el sacrificio de su hermano
y lo mucho que había conseguido con su bondad.
Dios lo recibió sonriendo y lo acogió en sus brazos
curando sus heridas inmediatamente –Estoy muy orgulloso de
ti Auriel…
- Gracias, pero sólo hice lo que me has enseñado
– le sonrió el albino, maravillado como siempre ante
su luz y aquella manera tan grácil de hacer las cosas. –
Siguen siendo nuestros hermanos, estoy seguro de que se arrepentirán.
-Estoy seguro, Auriel… y nuestra ayuda es importante, nuestro
amor… y paciencia… descansa ahora… Miguel se ocupará
de todo…- el moreno miró a Miguel que acarició
el cabello del albino sonriendo levemente antes de salir a cumplir
con su cargo deseando tener su valor y fortaleza llegado el momento.
Yavé acomodó a Auriel contra su pecho besándole
la frente y rodeándolo con sus brazos mientras lo miraba
a los ojos –Sé fuerte, Auriel… que nunca tengas
que arrepentirte de tus actos, que nunca tengas que bajar tu mirada
frente a la mía…- le sonrió con suavidad calmándolo
y ofreciéndole su calor.
- No te defraudaré. Mi única razón para bajar
la mirada será el respeto. Estoy a tu disposición
como siempre. – sonrió, cerrando los ojos precisamente
porque era Él quien se lo pedía, y sintiéndose
reconfortado por aquel calor y aquella paz infinita.
|