| Capítulo 7- Because I Find You
Attractive
Camadai se dirigió al extremo contrario al que Sariel caminaba
y se escondió entre la arboleda apoyando una mano en el suelo.
La tierra retumbó levemente antes de que su propio reflejo
azulado apareciese ante Sariel y los ángeles que guardaban
la entrada al Edén. Lo sujetó por atrás con
una sonrisa burlona y sus alas afiladas como cuchillas se deslizaron
por la piel del ángel arañándola.
- Ah! – el ángel cayó de rodillas, exagerando
un poco, aunque por otra parte maldiciendo su propio plan, y gritando.
– Un demonio! Un demonio ha infiltrado el cielo! Deténganlo!
– se abstuvo de sonreír al verlos apresurarse tras
el reflejo de Camadai, dejándole el verdadero camino abierto.
Miguel se detuvo frente al ángel, distraído al ver
sus heridas mientras Camadai se adentraba dispuesto a cumplir la
misión que le habían concedido. El arcángel
de cabello platino se agachó frente a él -¿Puedes
levantarte?- preguntó preocupado por su estado y finalmente
alzándolo en brazos y llevándolo con él al
cielo –Vigilad la puerta!- ordenó más preocupado
de cuidar de aquel ángel herido que sin duda era fiel a Dios.
- Gracias.... no es tan grave. Es sólo que no me acostumbro
al dolor. – le respondió lo que era absolutamente cierto
y procurando no mirar hacia donde había pasado Camadai, por
no delatarlo.
-Comprendo, no es algo a lo que deberías acostumbrarte-
el rubio lo dejó con cuidado sobre la hierba mientras empapaba
un trozo de su propia ropa en agua y le limpiaba las heridas –No
tengo nada mejor… tal vez…- se quedó con la mano
apoyada en su muslo preguntándose por qué le temblaba
la mano -Debería… buscar a Auriel y que él se
ocupase- sentenció levantándose.
- No.... – el chico se inclinó hacia delante, sujetando
su mano con ambas suyas, luego de notar ese ligero temblor. –
Quédate conmigo.... por favor – le pidió con
su mejor cara de inocencia.
-Bueno, está bien…- se sentó de nuevo, suspirando
serio e incómodo por no haber podido ser sustituido por Auriel
en aquello, era más apropiado, sin dudarlo, él podría
curar sus heridas. Se quedó mirando sus manos sin ser capaz
de sacar la suya de entre estas por no parecerle desagradable a
pesar de que se sentía nervioso -¿Estás asustado?
- No si estás conmigo – negó, sonriendo un
poco y halándolo para que se sentase a su lado. Lo cierto
es que le parecía muy atractivo y más si iba a poner
esa cara.
-¿De dónde venías?- preguntó no por
desconfianza, si no porque prefería cambiar de tema. Giró
el rostro hacia él, mirándolo a los ojos y observando
su sonrisa igual de serio pensando que debía de ser muy cariñoso,
pero a cada paso lo incomodaba más.
- Sólo daba un paseo, quería ver cómo eran
las cosas allá afuera. Ya sabes que soy muy curioso. –
le continuó sonriendo y sosteniéndole la mirada como
si no fuese culpable de nada.
-No sé… ¿nos conocíamos? Lo siento…
no lo recuerdo…- lo miró a los ojos preguntándose
si había estado a su lado en la legión durante la
guerra –De todos modos no deberías salir, es peligroso-
desvió la mirada a su propio cuerpo –Un momento…-
apartó la mano de entre las suyas colocándose la túnica
en la cintura aunque sólo había sido como excusa.
Se cruzó de brazos como si hubiera olvidado darle la mano
de nuevo y carraspeo sin saber que más decir mirando al frente.
- No lo sé, creí que todos lo sabían –
le contestó, refiriéndose a lo de su curiosidad. –
Y no tengo miedo, Dios me protegerá. – sonrió,
apoyándose en su hombro.
Miguel sonrió levemente pensando en que aquello era cierto,
no había por qué preocuparse de ese modo y luego bajó
la vista mirando a lado preguntándose por qué se ponía
tan nervioso, casi parecía estar rechazándolo. Le
pasó la mano por el cabello como calmándolo aunque
en realidad ahora no se veía nada nervioso -¿Cuál
es tu ocupación?- preguntó notando que casi parecía
estar interrogándolo, pero el silencio entre ambos le incomodaba.
- Soy el encargado de castigar a los ángeles que se alejan
del camino de Dios. De ahora en adelante.... – murmuró,
porque por supuesto, antes de la guerra, eso jamás había
sucedido, y su cargo había sido solamente hipotético.
No le agradaba el tener que castigar a sus hermanos sólo
porque estuviesen en desacuerdo.
-Me alegra ver que el Señor ha depositado una labor de tanta
confianza sobre tus hombros, sin duda ha de confiar mucho en ti-
lo miró aunque no le veía el rostro así como
se había apoyado sobre el. Bajó la mano apoyándola
sobre la hierba de nuevo –Tu nombre…
- Sariel... – susurró, acercándose más,
a propósito, aunque se había sentido un tanto consciente
de sí mismo con eso de que el Señor confiaba en él.
Miguel observó cómo se aproximaba a su pecho. Nunca
había estado tan próximo a nadie que no fueran los
abrazos de Dios o en todo caso de Auriel, pero se sentía
diferente y la incomodad crecía a medida que la distancia
se estrechaba -¿Por qué te acercas tanto?- preguntó
sin poder contenerse aunque seguía hablando en tono serio
y para nada tratando de herirlo.
- ¿Por qué? Te encuentro atractivo, por eso. Estoy
seguro de que no soy el único... - - se inclinó aún
más hacia él, sin dejar de sonreír y preguntándose
cómo se sentiría un beso suyo.
-¿Atractivo?- se echó un poco hacia atrás
mirándolo a los ojos y después su sonrisa confundido
sobre acerca de cómo se sentía y dado que jamás
se había sentido así, preguntándose si sería
algún pecado. No, no parecía haber nada malo en aquello
y además Sariel tenía aquella importante misión,
no era como que pudiera desconfiar de él si Dios confiaba
tanto –Tú también eres muy… hermoso- susurró
preguntándose si era la respuesta adecuada.
El chico sonrió, observando sus ojos plateados y sus labios,
susurrando. – Bésame entonces. ¿Alguna vez....
has besado a alguien? – le preguntó, mirando sus ojos
de nuevo y moviendo suavemente las alas.
-No, nunca…¿y tú?- extendió un poco
las alas también, sintiéndose nervioso y mirándolo
aún terriblemente serio -¿Eso no es un pecado?- preguntó
clavando la mirada en la suya recordando haber visto a Luzbel y
a Dios besarse. Claro, que ellos se amaban –Creo que es un
pecado- le apoyó la mano en los labios preguntándose
si era algún tipo de prueba.
- ¿Por qué sería un pecado? Besar a alguien....
es algo hermoso, me parece a mí. Incluso Dios lo ha hecho
– le sonrió, besándole la mano igual, y guardándose
para sí, si había besado antes o no.
-Pero Dios amaba a Luzbel y yo no te conozco apenas- lo miró
a los ojos subiendo la mirada de sus labios y su mano, sintiendo
un cosquilleo en los dedos –No es que no te quiera- aseguró
luego muy serio apartando la mano y rozándose los dedos con
el pulgar. Le besó la frente con suavidad levantándose,
seguro de consultar aquellas dudas con Auriel –Ya estás
bien ¿cierto?- preguntó después sin ser capaz
de dejarlo sin más allí sólo.
- ¿Cómo no estarlo con tan tierno cuidado? –
asintió, levantándose para seguir su camino, pero
deteniéndose para preguntar. – Y entonces.... ¿nunca
has amado a nadie Miguel?
-Amo a Dios- lo miró a los ojos sin moverse del lugar y
sacudió las alas con fuerza colocándose las plumas
–Aunque no de ese modo… de ese modo nunca ¿tú
sí?- preguntó por ver si esta vez le iba a contestar.
Sariel negó con la cabeza, por un momento pensando en confundirlo
más, y decidiendo no llegar tan lejos. – No, nunca,
pero me gustaría. Suena maravilloso, ¿no crees?
-Maravilloso… y terriblemente doloroso también…
- el rubio lo miró a los ojos algo apesadumbrado al recordar
el estado anímico de Dios tras el abandono de Luzbel.
- No tiene por qué ser así. No a todo el mundo le
sucede igual- sonrió, él mismo pensando no sólo
en Dios, si no también en Lucifer, y acercándose de
nuevo como si no se decidiera a irse del todo. - ¿Tienes
miedo de enamorarte, Miguel?
-No tengo miedo- lo miró bajando un poco la cara para observar
sus ojos directamente sin retroceder lo más mínimo
en parte por demostrar sus palabras contrariando a su nerviosismo
-¿Y tú?
- Hum..... no, ya te dije que me gustaría. – se rió
observando aquel gesto de seriedad en su rostro. – No es algo
malo, tampoco me mires así....
-A veces incluso los anhelos más intensos pueden provocar
temor…- lo miró a los ojos sin comprender qué
ocurría con su forma de mirar y le pasó la mano por
el cabello, abrazándolo por no verse distante.
Sariel lo abrazó de vuelta, pensando que de veras, los abrazos
entre ángeles y demonios tenían un aura muy distinta,
pero le agradaban ambos de todas maneras. – No temo, porque
estoy seguro de que aquel que me ame, me amará como soy.
Es todo lo que me preocuparía... Pero quiero experimentarlo
todo.
-¿Todo?- Miguel se apartó un poco y bajó la
vista mirando a sus ojos mientras le sujetaba los hombros sin poder
evitar ser precavido.
- Todo lo que Dios ha creado, por supuesto – le sonrió,
poniéndose alerta para que no lo fuese a descubrir. Claro,
que no estaba mintiendo, si Dios lo había creado todo absolutamente.
-Dios ha creado muchas cosas… incluso a los demonios…
y seguro que ellos también tienen un buen motivo para su
existencia si así Dios lo ha dispuesto- lo miró a
los ojos acariciándole un hombro un poco preocupado porque
pudiera desviarse –pero no debes caer en ese tipo de tentaciones
Sariel…
- Así que ¿no desprecias a los demonios? –
preguntó intrigado porque asumía que la mayoría
de los ángeles lo hacía. – Yo nunca mataría
ni lastimaría a uno de mis hermanos... – murmuró,
lo que era cierto y de paso, le ayudaba a desviar la pregunta.
-Yo no soy quien para despreciar a mis hermanos si Dios les ha
perdonado la vida… entonces yo también… pero
acabaré con quien el señor me lo ordene pues su juicio
siempre es justo- suspiró pensando que lo veía un
poco confundido y le rodeó los hombros con un brazo –Acompáñame
junto a Auriel, él sanará tus heridas y te ayudará…
- Sí, claro... – le sonrió internamente pensando
que no necesitaba ayuda. Ese era el problema con los ángeles,
no podías divertirte sin que te dieran un sermón.
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