Capítulo 5- The Fall
Luzbel suspiró armándose de valor y aferrándose
a toda su furia con tal de no sentir el dolor, con tal de no sentir
nada más. Sólo aquello que lo empujaba hacia delante
y le permitía continuar, no iba a dejarse vencer. - ¿Están
listos? – le preguntó al ejército de ángeles
rebeldes que había reunido con la fiel ayuda de Samael y
la dudosa de Sariel. – Si alguno tiene dudas que lo diga ahora
y no interfiera....... – advirtió mirándolos
serio, amenazador.
- Yo estoy listo! – exclamó Sariel como si fueran
a una celebración. Lo cierto es que no estaba seguro de que
fuera lo mejor, pero aún así, quería ver qué
sucedería.
-¿Listo para matar a tus hermanos, Sariel?- Samael lo miró
de soslayo sonriendo levemente y pasando frente a él porque
lo dijera o no, le preocupaba su decisión a la hora de tener
que herir a otro ángel. El moreno se paró al lado
de Luzbel y extendió la mano para dejar aparecer una lanza
envuelta en rayos de tormenta y el cielo entero comenzó a
oscurecerse –Listo…
Las legiones de demonios respondieron casi al unísono a
espaldas de quien ahora los comandaba, Luzbel, quien había
desafiado a Dios. Camadai extendió sus alas emplazándose
tras su nuevo señor Samael y portando una espada.
Los ángeles se alarmaron al ver el cielo oscurecer y al
escuchar el sonido de la tormenta, más Dios trato de calmarlos
e infundirles fuerzas con sus palabras.
Miguel quien comandaba legiones enteras de ángeles fieles
a Dios fue seguido por ellos hasta las mismas puertas del cielo
donde Auriel guardaba de la entrada de los infieles.
Sariel sonrió, observando a Samael y guardándose
esa respuesta para sí mismo, acercándose también
a ambos, y observando cómo Luzbel hacía aparecer en
su mano una espada hecha de luz, la gemela de la que debía
de llevar Miguel. Se giró, funciendo el ceño y extendiendo
sus alas antes de echar a volar, dando el grito de guerra. –
No serviré a Dios!!!!!!!!!!”
- Ha comenzado.... – susurró Auriel, preparándose,
y respirando un poco nervioso, al ver la multitud de ángeles
que se acercaban en son de guerra a gran velocidad, Luzbel al frente.
Le dirigió una mirada a Miguel esperando que diera la orden.
-Nadie es como Dios! Luzbel!- Miguel atravesó la entrada
con las legiones de ángeles que lo seguían, escuchando
los gritos de sus hermanos, tanto los traidores como los fieles
a Dios. Sobrevoló lanzándose contra ellos, blandiendo
la espada de fuego y el escudo de Dios.
Su espada se cruzó con la lanza de Samael y el moreno, quien
había tomado la responsabilidad de atravesar las puertas
del cielo. Lo apartó como pudo y voló sobre él
haciendo que se encontrase cara a cara con Luzbel, mientras se abalanzaba
sobre Auriel haciendo que los rayos de la tormenta lo envolvieran
mientras clavaba la lanza en una de sus alas.
El albino gritó, sorprendido por la intensidad del dolor,
la sangre tiñendo el blanco de sus plumas, aún así
sujetando la lanza y arrancándola de la herida con otro grito,
antes de ponerse de pie, cruzando su propia espada de fuego contra
aquella lanza. Si el moreno estaba decidido a entrar, así
mismo él estaba decidido a no dejarle pasar.
Luzbel arremetió contra Miguel logrando rozarle el rostro
y girándose de nuevo, ahora enceguecido completamente por
su furia y el calor de la batalla. – Fui antes que tú,
antes que todos, no podrás vencerme....
-Estás ciego de orgullo Luzbel! No eres como Dios y no podrás
pasar!- el rubio sintió que la sangre resbalaba por una de
sus mejillas y cómo esta misma sentía el calor del
fuego. Su espada tomó la apariencia de una lanza y la giró
entre los brazos golpeando al ángel con ella y retrocediendo
después para cortarle el cuello con la punta –Arrepiente
y detén esta locura! Dios te perdonará si lo haces!
¿Es que no lo escuchas? ¿No te duele su dolor?! ¿No
lo sientes?!
Samael sintió cómo su lanza salía despedida
por la embestida de Auriel y extendió la mano y la bajó
de nuevo golpeando a Auriel con toda la intensidad de su ira y su
odio a Dios, envolviendo su estómago en un mar de relámpagos
y fuego. Se abalanzó sobre él con su propio cuerpo
y sujetó sus alas desgarrándolas con sus propias manos,
decidido a darle muerte. Su propio cuerpo envuelto en una luz azulada
de electricidad –Defiende al dictador y muere por él!
- No moriré...... debo asegurarme...de que nadie salga lastimado!
– le aseguró el chico creando un escudo invisible para
empujarlo de encima suyo, jadeando por el esfuerzo y el dolor terrible
que envolvía sus alas. – Aquel a quien desprecias....
no desea que te haga daño – le aseguró, lanzándose
contra él, aunque sin extender sus alas malheridas, retirando
el escudo para atacarlo con la espada nuevamente, intentando inmovilizarlo.
- Cállate! ¿Qué sabes tú de dolor?!
Ni siquiera sabes por qué estás peleando! –
Luzbel sujetó la lanza, apartándola de su cuello y
apretándola sin importarse si se hacía daño
a sí mismo, ni siquiera lo sentía. - ¿Acaso
sabes lo que sucede aquí? ¿Acaso te lo explicó?
No, ¿verdad? – sonrió, ahora empujando la lanza
a un lado y arremetiendo contra su cuerpo, para golpearlo.
Mientras, Sariel había logrado confundirse entre los demás,
evitando peleas fingiendo ante unos y otros. Lo cierto es que no
le iba bien eso de pelear, claro y jamás había imaginado
que aquella guerra fuese tan sangrienta. Se sentía asustado
y confundido.
-Sé lo suficiente, sé que has desafiado a Dios, a
tu padre y que has llegado con tu… horda infernal para matar
a tus hermanos! No amas a Dios!- el rubio se levantó del
suelo rápidamente alzándose con las alas y arremetiendo
contra la espalda de Luzbel cortando dos de sus alas de cuajo con
la punta de la lanza –Serás expulsado del cielo!
Samael cayó hacia atrás sintiendo cómo la
espada se clavaba en su pecho y dejó escapar un alarido de
dolor revolviéndose bajo él. Clavó los dedos
en la tierra sangrando sobre la misma y golpeándolo con las
alas mientras tosía y de sus labios se derramaba su sangre
también.
El rubio gritó, llevándose la mano a donde antes
habían estado sus alas, y cayendo de rodillas al suelo, aún
más lastimado de lo que parecía. – No lo amo....
¿qué no... lo amo?.... –jadeó, sintiendo
cómo la sangre caliente seguía derramándose,
y levantándose de nuevo, atacando ahora ciegamente, gritando.
–Tú no sabes nada! No sabes nada!!!!!!!!
- Basta.... – Sariel susurró, observándolos,
y pensando que tendría que intervenir si no quería
que se matasen.
- Sariel!!!!!!!! – escuchó que le gritaba un ángel,
abalanzándose hacia él, y moviéndolo justo
a tiempo para que la lanza que estaba a punto de atravesarlo, sólo
le arañase un brazo.
Auriel se puso de pie como pudo sin mover su espada de la herida,
sangrando sobre el moreno y aún así, sonriéndole
un poco. – No voy a matarte.... Dios no lo desea así
y yo tampoco..... Ahora, arrepiéntete de todo esto y podrás
permanecer aquí....
-No me arrepiento… de nada…- Samael lo miró
a los ojos sintiendo un sudor frío de cómo las fuerzas
le abandonaban y de nuevo tosiendo sangre de forma convulsionada.
Apretó las mandíbulas –y no quiero tu compasión!-
se sujetó a las manos de Auriel con fuerza atravesándose
más con su espada tratando de matarse y cayendo hacia atrás
contra la tierra deslizando las manos mojadas en sangre por las
del ángel.
Miguel golpeó a Luzbel con todas sus fuerzas con la lanza
haciéndolo caer al suelo de espaldas y se lanzó sobre
él, atravesándolo con ella en el pecho en mitad de
aquel fragor de la lucha y temiendo por su propia vida –Eres
un traidor!
Dios se levantó entonces sintiendo el terrible dolor de
Luzbel sin poder soportar un sólo minuto más. Ordenó
a sus fieles perdonar la vida de los ángeles traidores y
hacerlos caer al infierno donde habían de ser desterrados.
- Realmente, lo siento.... – susurró Auriel de forma
triste, retirando la espada y acercándose para empujarlo
hacia el infierno, quisiera o no, rezando una oración por
él y por todos los que caían ese día.
- No! – Luzbel trató de luchar una vez más,
cayendo sin remedio ante la fuerza de Miguel, sintiendo como las
llamas lo rodeaban, el dolor intenso en su cuerpo, en su alma, y
escuchando los gritos de sus compañeros a su alrededor. Las
lágrimas por fin escaparon de sus ojos, y en ese momento
maldijo a Dios, furioso, a pesar de que no podía evitar desear
ser abrazado por Él.
Samael se giró sobre su propio cuerpo notando sus heridas
curadas e incluso cómo aquel ángel oraba por él.
Dejó escapar un grito de rabia, furioso por su derrota y
más aún por la misericordia de Auriel. Se llevó
las manos al cabello gritando ahora de dolor y sintiendo cómo
su cuerpo se transformaba, unos cuernos negros asomando cada vez
mas entre las hebras azabache y sus plumas blancas calcinadas eran
sustituidas por unas negras. Miró a su alrededor sin poder
levantarse del suelo cómo ocurría lo mismo con los
otros ángeles y se rió de la misericordia de Dios,
lo odió como jamás antes lo había hecho. Pero
también se irguió mirando a su alrededor buscando
a Luzbel y percatándose de que aquel era su reino. Como el
cielo había sido siempre el reino de Dios.
El chico, ahora moreno, se irguió sobre sus mano, cansado,
dolorido, unas enormes alas negras, para nada angelicales, sin plumas
y más parecidas a las alas de un dragón o un murciélago,
alzándose en donde antes habían estado aquellas hermosas
alas blancas y resplandecientes. Se llevó la mano a la cabeza
sintiendo los cuernos que acababan de salir por entre su cabello,
y se recostó contra la roca, sonriendo y mirando a su alrededor.
¿Así que este era su castigo? De aquel que había
dicho que siempre estaría a su lado. Pues era seguro que
allí no estaba.
Samael se aproximó hasta él en silencio y se dejó
caer a su lado en la roca observándolo fijamente –Ahora
eres aún más hermoso… y libre… este es
tu reino…- susurró por último en uno de sus
oídos –Nuestro reino…- corrigió levantándose
de nuevo y caminando entre la tierra árida.
- Nuestro reino... – repitió el demonio, observándolo
alejarse y sonriendo agradecidamente, finalmente poniéndose
de pie. No iba a perder su dignidad, y no iba a rendirse tan fácilmente.
Ahora menos que nunca. Miró a su alrededor, notando que el
único al que no veía era a Sariel, pero no le molestaba.
Era obvio que no había estado preparado. – Escuchen
todos! Dejen de lamentarse y alcen sus cabezas, orgullosos. Este
es nuestro reino ahora y no les daremos lo que desean. Tampoco descansaremos
hasta que hayamos conseguido triunfar.
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