| Capítulo 10- No Alarms and No
Surprises
El chico de cabellos negros y ojos celestes se observó en
el espejo, una vez más intentando peinar su cabello como
todas las mañanas. Pero era inútil, ya sabia que sin
importar lo que hiciera, una vez estuviera fuera de su casa y lo
golpeara el viento, volvería a tomar su forma natural. Igual,
seguía intentándolo como si algo fuese a cambiar.
Salió de su casa despidiéndose cortésmente
de su tía, también como todas las mañanas.
No le pasaba desapercibido el hecho de que la ponía nerviosa,
pero tampoco le parecía de extrañar. Era demasiado
serio, demasiado callado para ser un chico de 17 años, o
para cualquier persona en realidad. Heizen nunca había sido
un niño muy activo que digamos, pero luego de lo sucedido,
su comportamiento se había vuelto casi autista. Claro que
por él, estaba perfecto así. Sabía quien era,
y sabía cómo era y no tenía intenciones de
cambiar. Las cosas estaban como debían estar.
Aún así, y sin saber exactamente por qué,
se había unido a una pandilla. Aún no podía
recordar qué motivo lo había hecho aceptar, y no comprendía
del todo por qué se reunía con ellos casi todos los
días, a pesar de permanecer la mayor parte del tiempo en
silencio.
Se preguntaba qué pensarían los demás si supieran
que el estudiante de notas perfectas, que jamás era grosero
con sus profesores, ni causaba problemas, estaba en una pandilla.
Era una total antítesis. Y por ende, prefería no pensar
demasiado en las razones. Si lograba continuar con aquello sin alterar
su balance, entonces no tenía por qué torturarse.
De alguna manera lograría que todo encajara, o simplemente
iría desapareciendo y las cosas tomarían su cauce
natural.
Se pasó una mano por el cabello, echando atrás, parte
del flequillo, que ya comenzaba a caer hacia delante, y continuó
caminando a paso tranquilo hacia la escuela. Después de todo,
no se levantaba tan temprano para correr.
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