EPILOGO
Capítulo 1
Sweet Homecoming
–Que no… pasa de mí…– Goro le dio
un empujón al chico que iba con él, riéndose
y botando la pelota de baloncesto, girándola en un dedo después
a la vez que echaba un vistazo afuera por si veía a Seki.
–Mira… Mi novio…Yo me abro… – le dijo
a su amigo, mordiéndose un poco el labio donde tenía
un arito atravesado. – ¡Seki! – lo llamó.
Silbándole y sonriendo, corriendo hacia él porque
había estado unos días fuera por cuestiones de trabajo.
Lo alzó en brazos, besándolo y estrujándole
las nalgas.
– ¡Goro! Te extrañé, no sabes cuánto.
– se rió, besándolo varias veces y esperando
a que lo bajara, colocándose luego el cabello detrás
de la oreja para dejar ver su pendiente en forma de estrella. –
Estaba observando cómo jugabas, el baloncesto... es un deporte
muy erótico, ¿sabías?
– Lo será para ti que tienes la mente pervertida.
– se inclinó para besarlo de nuevo, apretándolo
después contra él y apretujándolo contra su
cuerpo antes de levantarlo de nuevo en brazos. Lo llevó al
coche y se sentó en el asiento del conductor. – Lo
conduzco yo. – dijo reído puesto que se acababa de
sacar el carnet de conducir hacía apenas dos días
y su padre no le había dejado usar el suyo. –Ahora
soy pro. Tengo carnet pero no tengo coche.
– Tienes el mío pero no lo estrelles... – se
metió con él observando cómo conducía
el llamativo coche rojo y recostándose en el asiento. Estaba
un poco cansado del vuelo. – Fue un éxito... creo que
volverán a llamarme.
– Claro que volverán a hacerlo. –le dijo el
chico, pasándose la mano por la cara para apartarse el flequillo
de delante de los ojos. – Pues nosotros hemos perdido el partido
y yo me he vuelto a lesionar…– se rió, mirándolo
de soslayo y luego a la carretera de nuevo ya que aún no
tenía mucha confianza en su conducción. –No
estaba concentrado de todos modos.
– ¿Cómo te has vuelto a lesionar? Ahora no
me lo voy a perdonar, baka. – lo miró, sentándose
derecho de nuevo. – Haré que te revise mi padre apenas
lleguemos.
– ¡No! – se rió, mirándolo de soslayo
y espantándose. – No quiero, que cuando me hace un
masaje en la pierna me parece que vaya a arrancármela….
Aún no comprendo cómo es que mi padre puede hacerlo
con él. No me mates…– se rió a carcajadas
y le apoyó una mano en el muslo.
– No te mates. Será que a Atsushi-san le gusta rudo.
No me mates tú... – se rió ahora, pasándose
las manos por el cabello. – Pero se supone que yo te cuide.
Y tienes que tener una carrera muy larga, así que no te puedes
andar lesionando.
–Ya… Pero estaba pensando en tus nalgas y así
no se puede. – se rió, apoyando la mano en el volante
de nuevo. –A mi padre le gusta rudo. Eso seguro. ¿O
es que no recuerdas lo que se escuchaba a través de las paredes
cuando vivíamos allí? Parecían osos…
No sé si es que se empotraban contra las paredes o es que
se caían de la cama pero a mí me daba pesadillas.
– Son osos... – se rió de nuevo, negando con
la cabeza. – Pero que yo recuerde... Nosotros tampoco somos
muy silenciosos. Lo sé porque cuando salíamos de la
habitación, mi padre siempre nos miraba como si quisiera
matarnos.
–Calla… así me daba esos masajes después…
tan relajantes…– bajó por la cuesta del garaje
y dejó el coche en la plaza. Sacando las llaves y mirándolo
a los ojos. – Plof…– dijo dejándolas caer
entre sus propias piernas.
– Uy... qué problema... – sonrió el chico
acercándose y metiendo la mano entre las mismas para coger
las llaves, deslizándola, con toda la intención, por
el sexo de Goro que cerró las piernas para que no sacase
la mano, sonriendo e inclinándose hacia él para besarlo.
– En el garaje… Aun no lo hemos hecho ¿no? –
preguntó enrojeciendo y mirándolo a los ojos. –Te
quiero. ¿Me quieres?
– Con toda mi alma. – sonrió Seki, sintiéndose
privilegiado de observar aquella mirada sincera de chico de pueblo
que guardaba sólo para él. Lo besó apasionadamente,
moviendo su mano para que lo rozase aún más. –
“Creo que le diré a mi padre que se retrasó
el vuelo...”
– “Baka…”– susurró, tirando
de él para subirlo encima de sus piernas, metiendo las manos
por dentro de los pantalones del chico y besándolo de nuevo.
– ¿Y quieres a Gorito?– preguntó de pronto,
sonriendo un poco diferentemente.
– Amo a Gorito... Pero cuando lo llamas así me confundes,
lo sabes. – se rió, desabrochándole el pantalón.
– Entonces seguirás amándolo aunque se haya
comido tus pantalones de látex azules…– miró
hacia abajo, enrojeciendo al ver que iba en serio con lo de hacerlo
en el garaje. – Seki… – se rió nervioso.
– ¿Y si hay cámaras?
– Oh por Dios... – suspiró, bajando la cabeza
ya que creía que hablaba en metáforas. Se recuperó
rápidamente sin embargo. – No lo sé... ¿Y
si le damos un día feliz al guardia de seguridad?
– Pues salgamos fuera del coche que aquí no tengo
espacio. – se rió, haciendo la travesura y como siempre
aceptando cualquier cosa que Seki le propusiera. Quería ser
insuperable para él y que nunca pudiera pensar en nadie más.
– Pero así le darás una mejor vista aún.
– se apeó, rodeando el coche para ir a abrazarlo. –
Y ¿si vienen a detenernos? ¿Qué dirás...?
– Hum…Que no me jodan cuando estoy ocupado. –
se rió, jugando y abrazándolo también. –
Está bien, seamos buenos y subamos a casa. Hay dos cosas
peludas que te echan de menos.
– Y una que merece un regaño... – se rió
seguro de que no podría reñirlo y separándose
para llevarlo de la mano. – Dios, no sabes cuánto te
he extrañado. Además, odio perderme tus partidos.
– Bueno pero mejor que no vinieras a ver como me lesionaba.
– se rió, rascándose la nuca y sonriendo después
mientras entraban en el ascensor. –Ya sólo me quedan
dos días de recuperación pero de todos modos hoy estuve
jugando. – se rió entre dientes, pasándose la
mano por el cabello para apartarse el flequillo de nuevo de delante
de la cara y salió con él hacia la puerta de casa.
– ¿Estás preparado para que te salten encima
dos chuchos de treinta kilos?
– Nunca pero no importa. Lo harán de todas maneras...
– se rió dejando que él abriese la puerta y
recibiendo a los dos lobos enormes que le saltaron alegremente como
si aún fueran cachorritos. – Gorito, ya sé lo
que hiciste. Sekito... – se rió acariciándolos
y recibiendo sus lamidas.
– Vale… Dejad de babear eso que es para mí.
– Goro tiró hacia atrás de los nerviosos animales
que estaban comenzando a aullar lastimeramente como contándoles
sus penas a su otro dueño. – Sh… a casa. –
los remolcó hacia adentro. Alzando una ceja al ver un cojín
destrozado en el suelo, mirando a Seki después. – Bueno…
Luego de que ¡ese! Se comiera la pata de la mesa… el
cojín no tiene importancia…– se rió, rascándose
la cabeza. –Debimos hacerle caso a tu padre cuando dijo que
teníamos que comprarnos una casa con jardín.
– Sí, bueno... Tal vez lo hagamos, ¿no? Me
están llegando más contratos y creo que este año
me contratarán en serio. – le confesó, refiriéndose
a la casa de modas que había estado utilizando sus servicios
en uno que otro desfile. – Compremos una casa que sea más
jardín que casa... con una piscina en forma de lago... –
sonrió, ya soñando un poco, pero aunque las pesadillas
habían desaparecido y ya no pensaba en eso, a veces deseaba
devolverle a Goro la tranquilidad de aquellos paisajes rurales.
– Pero seguro que luego tenemos que ir a la piscina sorteando
hoyos como pozos. – alzó una ceja de nuevo, subiéndose
por encima de uno de los lobos y abrazándose a su cuello
peludo, mordiéndole una oreja y dejando que lo tirase al
suelo para vengarse. – Babas no… – se quejó,
tirándole de los cachetes para apartarlo, riéndose
a más no poder.
– Babas sí... – se rió Seki lamiéndole
la otra mejilla aunque apartándose para que el lobo no lo
atacase a él. – No... A mí no, yo soy el padre
bueno... – continuó riéndose contento. Por más
sofisticado que se volviera todo, siempre volvía a ese estado
de alegría cuando regresaba a casa.
– Sálvame, papá bueno…– Goro se
escurrió bajo el perro que comenzaba a morderle el brazo
y se escondió detrás de Seki reído, cogiéndolo
como un fardo y corriendo con él al dormitorio, tirándose
con él sobre la cama y besándolo. Tiró de una
sábana para cubrirlos a ambos mientras le quitaba la ropa.
– Esto te sobra… y esto, y esto…– empezó
a enumerar mientras le quitaba prendas, sacando la cabeza de debajo
de las sábanas al escuchar el teléfono sonar. –
“No estamos…”– le pidió aunque de
sobra sabía que serían sus padres preocupados por
si Seki había llegado bien.
– “No seas malo, estarán preocupados. Y además...
no hay por qué susurrar.” – se rió ya
que no podrían escucharlos a menos que contestase el teléfono.
– Ya le digo que estoy cansado, ¿vale? – le prometió,
a pesar de que el teléfono había dejado de sonar.
Pero reanudó a los pocos minutos, el chico bajando de la
cama para ir a contestar.
Goro se giró en la cama boca abajo, siguiéndolo con
la mirada y apoyando la cara sobre la colcha. Le daba igual si era
egoísta, quería hacerlo con Seki, se había
matado la mano pensando en él toda la semana. Se quitó
la camiseta esperándolo sin levantarse.
– Seki… – dijo Okuma al otro lado. – Es
la tercera vez que llamo. – frunció el ceño,
dándole una calada al cigarro con cara de contrariedad. –
¿Para que tienes el teléfono móvil? ¿No
podías llamar al llegar?
– Lo siento, papá, no me comas... – sonrió
el chico enterneciéndose como siempre y pensando que lo iba
a abrazar en cuanto lo viera. – Fui a buscar a Goro y estoy
cansado, soy un inconsciente ya lo sé... Así que no
me lo digas. ¿Cómo está Atsushi-san?
– Aún no ha venido de la relojería, supongo
que ahora subirá… Ya sabes que cuando se le mete entre
ceja y ceja algo…– frunció el ceño, como
si él mismo no fuera un necio también. – Estás
cansado…– murmuró como medio suavizado.
Goro se levantó, sujetando a Seki por la cintura, bailando
a su espalda y rozándose contra sus nalgas, besándole
el cuello y bajando las manos por sus muslos. Riéndose y
molestando.
– Entonces descansa… Ya nos veremos después,
llámame cuando despiertes. Nada. – le dijo, colgando
el teléfono para que se fuera a descansar.
– Te quiero, apresurado... – sonrió colgando
el teléfono y girándose. – Qué bonito
show... Mi padre se va a preguntar por qué me veo aún
más cansado.
Goro se rió entre dientes, aproximándolo más
y sujetándole las nalgas. – No me lo explico…
– lo besó, bajando por su cuello sin dejar de moverse
contra él mientras lo llevaba hacia el dormitorio de nuevo.
Alzándolo a horcajadas sobre él y cerrando la puerta.

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