Capítulo
56
Afraid of Bunnies
Okuma miró de nuevo la señal luminosa del depósito.
Pitaba a cada rato desde hacía ya tiempo y el coche comenzaba
a renquear con sus últimas gotas en la mezcla. Se caló
por fin, observó cómo Atsushi trataba de arrancarlo
de nuevo, pero era inútil.
Le apoyó la mano en el brazo. – Déjalo…
no hay más. – observó su reloj en la muñeca,
eran las ocho de la mañana y los chicos seguían dormidos
atrás, abrazados con el mismo gesto que los lobitos que dormían
entre ellos. Okuma tocó el hombro de su hijo para despertarlo.
– Mucho me temo que debemos coger el coche de San Fernando.
Seki lo miró desesperanzado, abrazando a Goro contra sí
como si fuera su manta de protección y suspirando, mientras
Atsushi revisaba que no se le quedase nada que pudieran necesitar
luego.
– Vamos, chicos... no es tan malo. Ya hemos recorrido bastante
camino. – intentó animarlos aunque ni él mismo
se sentía muy animado.
– No… no me digas que tenemos que seguir a pie…–
Goro se quedó sobre Seki, abrazándose más a
él y bebiendo un poco para tomarse la pastilla que acababa
de darle Okuma. Había pensado que lo odiaría pero
no, al revés, parecía realmente preocupado por él.
Seguramente era por su padre pero de todos modos le hacía
ilusión. Cualquier cosa se la hacía en aquella situación.
El doctor cogió el agua y la comida que habían comprado
en la carretera y se la colgó al hombro. – Atsushi…–
lo llamó con una mano, empujando el coche desde atrás
y dirigiéndolo hacia el despeñadero al que daba la
estrecha carretera.
El moreno se acercó, ayudándolo con cara de pesadez,
no por tener que hacer aquel esfuerzo, sino porque aquello lo hacía
sentir aún más la desesperación de quedarse
sin un vehículo.
– Ven... vamos a ver cómo cae... – le sonrió
Seki a Goro, intentando entretener su mente y la del chico con aquello,
sujetando a uno de los lobitos contra su pecho. – Yo nunca
he visto algo así...
– Ni yo pero seguro que…
– No… no va a explotar como en las películas.
– adivinó Okuma, observando el mismo y sujetando a
Atsushi porque sí del brazo. – Para eso deberían
darse demasiadas casualidades.
El coche simplemente rodó por el despeñadero, golpeándose
y soltando líquido oscuro a su paso por las rocas, chirriando
con un gran estruendo de metales retorcidos y abollados.
– Hum… – Goro se metió un trozo de pan
en la boca, decepcionado en realidad y comenzando a caminar por
la carretera adelante. Sujetando la mano de Seki y tratando de pensar
en ello como un paseo o una aventura.
– Por el bosque. Salid de la carretera. – les ordenó
Okuma, frunciendo el ceño y pensando que era obvio.
– Ya, ya... No seas gruñón. – le contestó
Seki aún tratando de aligerar la situación. No quería
ni pensar en la noche anterior, sabía que perdería
todos sus ánimos. No podría continuar así.
– No protestéis vosotros, no lo hacemos por reñir.
Es lo más seguro. – casi los riñó Atsushi
de todas maneras, preguntando de pronto porque se preocupaba. –
¿Te duele, Goro? ¿Quieres apoyarte en mí?
– Estoy bien, papá. Ya no sangra. – el moreno
le sonrió, cogiendo una manzana de un árbol y otra
para Seki, comiéndosela distraídamente, enrojeciendo
un poco de pronto y aproximándose a su novio para susurrar.
–“¿Te cuento algo?”
– “Dime, yo te escucho lo que quieras.” –
le sonrió el chico, pensando que se veía encantador
así. Era como si se estuviera enamorando de él de
nuevo.
– “Soñé contigo…” –
se rió en bajo, apretándole la mano y luego sujetándolo
de la cintura para aproximarlo más.
– “¿Anoche?” – sonrió, dándole
un beso en la mejilla y mirando a su padre luego pero estaba entretenido
con Atsushi.
– “Anoche…”– el moreno se rió,
mordiendo la manzana y mirando a otro lado igual de rojo, observando
después a Seki. –“Estas muy guapo…”
– “Estás loco, me veo horrible...” –
se rió el chico acomodándose el cabello con una mano
aún así, en un gesto de vanidad. No podía esperar
a llegar a Tokio y darse un baño largo, cambiarse de ropa,
dormir tranquilo por fin...
– “No es verdad… te ves muy guapo igual.”–
le besó la mejilla, sonriendo y apretujándolo contra
él. – “Cuando estemos en Tokio y vayamos a tu
casa, podremos hacerlo en tu cama.”– se rió rojo
porque le daba morbo.
Okuma ya mirándolos sospechoso por tanto secretismo, risita
y mejilla roja.
Seki se rió en bajito también, dejándose apretujar.
– “En mi cama, en la bañera... en muchos lugares
más.”
– Goro, Seki... Estad... – Atsushi carraspeó
porque ya los veía venir pero por otro lado no quería
ponerlos nerviosos diciéndoles que estuvieran atentos. Necesitaban
algo de tranquilidad, incluso ellos dos. – No os alejéis
mucho... – comentó por fin, mirando a Okuma y suspirando.
Goro se giró rojo a más no poder. – Sí,
papá… Si estamos delante… ya nos véis…
– De tal palo tal astilla, supongo. – comentó
Okuma, frunciendo un poco el ceño y recordando ciertas cosas
poco adecuadas para el momento seguramente. Pero de todos modos
no ganaban nada agobiándose las 24 horas del día.
– ¿Qué quiere decir eso? – Atsushi frunció
el ceño, enrojeciendo un poco y desviando la mirada luego,
cambiando el tema. – Son chicos, es natural.
Seki se rió en bajito, igual dándole otro beso en
la mejilla a Goro.
–Ya. – Okuma lo miró de soslayo y le dio una
soberana nalgada. Alzando la mano para coger después una
manzana en el mismo árbol que Goro, sonriendo de medio lado.
– No hagas eso... y delante de los chicos. Okuma... –
lo miró más rojo aún y tomando otras dos manzanas.
– ¡Seki! – lo llamó para que girase, lanzándosela
ya que Goro andaba tan distraído.
– ¡Gracias! – sonrió el chico atrapándola
aunque por poco se le cae.
– Estamos detrás, no delante…– Okuma se
burló de él, aún así serio, sujetándolo
por la trabilla de los jeans. – Me pregunto si a “Atsushi
le ponen las mismas cosas que a Frey…tan pervertido…
Tal vez es tu yo interior, desinhibido y oscuro…” –
continuó serio, molestándolo tanto como podía.
Sabía que eso sólo podía significar una cosa
sobre sí mismo. Que tenía ganas de “guerra”
aunque no pudiera ser.
– Claro... “Claro que no. No es lo mismo. Estaba drogado
y...” – respiró con fuerza, frunciendo el ceño
y sin terminar la frase. Incluso como Frey había preferido
pasar la noche con Okuma a pasarla con Naoko. – “Yo
no soy ningún Frey.”
– No, pero te sentaba muy bien la túnica. –
le dijo por meterse un poco con él. Aunque el recordarlo
había acabado por dañarlo a él mismo. Miró
un momento adelante y luego le rozó la cara con la suya,
raspándole la mandíbula con su incipiente barba y
mordiéndole el hueso de la quijada después. –
“Mierda…”– susurró, apartándose
con el ceño más fruncido aún.
– “Okuma...” – protestó el moreno
también porque lo descontrolaba. No era una buena idea en
esas circunstancias. Y no sabía por qué tenía
que ponerse así si se estaba metiendo con él. –
“Cuando lleguemos a Tokio.”
– No he dicho nada. – el doctor lo miró de soslayo,
frunciendo el ceño y guardándose las manos en los
bolsillos, cogiendo un cigarro y encendiéndolo. Puede que
gastarse el dinero en aquel paquete no fuera buena idea pero realmente
necesitaba nicotina… Tanto como necesitaba a ese hombre bajo
su cuerpo. Suspiró con fuerza, casi gruñendo en protesta
a sí mismo.
Goro se giró a mirarlos un momento y le sonrió a
su padre, al ver la cara de mala leche que tenían ambos.
Sin comprender el verdadero motivo y por supuesto malentendiéndolo.
– Están preocupados…– le dijo a Seki.
– Sí, mucho. Pero es normal, yo también...
Me tenso pero prefiero no pensar en eso. – le sonrió
el chico sin comprenderlos tampoco. – Por eso prefiero hablar
contigo del futuro o de cualquier cosa. – le mostró
un trocito de manzana a su lobito que lo olió con cara de
que no le atraía mucho pero se lo comió de todas maneras.
–Yo también. No quiero pensar en eso todo el tiempo
o no tendría aliento ni para seguir caminando. – Goro
bajó la vista, deseando ser como su cachorrito que jamás
se estaba quieto.
– ¿Estas cansado? No has dormido. – Okuma miró
a Atsushi, sacándose el cigarro de los labios para dejar
salir el humo.
– Estoy bien... – le aseguró aunque sí
que estaba cansado. Pero se sentía en parte responsable por
todo aquello. – Ya descansaré... cuando lleguemos a
algún lugar seguro. ¿No estás cansado tú?
– No. – lo rodeó por los hombros, apretándole
un poco la nuca y mirando adelante, tratando de buscar con la mirada
un buen sitio para que Atsushi pudiera descansar un poco y dormir.
La verdad es que no veía nada sin gafas.
– ¿Estamos muy lejos de Tokio? – preguntó
Goro, mirando atrás de soslayo.
– Tenemos que llegar a una estación de ferrocarril.
– le explicó Okuma, preguntándose qué
iban a hacer sin papeles, sin dinero… Al menos tendrían
para los billetes.
– Okuma... tenemos que seguir... –le insistió
Atsushi porque ya le veía las intenciones. No se encontraba
tan débil y no quería una repetición de la
noche anterior. Tal parecía que no se rendían.
– Yo sólo veo bosque... y más bosque... –
comentó Seki seguro de que iban a llegar dentro de un mes.
– Me siento un hobbit. – Goro se rió sin poder
evitarlo, mirando adelante también, pero sí, sólo
veía árboles y árboles, pero al fondo creía
ver un sendero. –Allá ahí un sendero. ¿Cuánto
crees que tardemos en llegar allí, papá?
– Si seguimos así, podríamos llegar para la
noche... – suspiró, pensando que de todas maneras,
todo estaría cerrado a esas horas. Sonrió un poco
sin poder evitarlo, aliviado de tener a su hijo de vuelta.
– Entonces podríamos parar a comer o algo. O por
la noche a dormir… No podemos ir caminando a oscuras con una
linterna en la mano, haciendo señales de “Estamos aquí…”–
Goro suspiró revolviéndose el cabello.
– Sí, y tu padre se caerá de sueño antes,
además…
– Y yo no estoy acostumbrado a estas cosas... se me van a
morir los pies... – se rió Seki aunque odiaba estar
tan lejos. Quería estar en la comodidad y seguridad de su
propio cuarto tan pronto como le fuese posible.
– Bien, bien, descansaremos... – accedió Atsushi
aunque con el ceño fruncido. Tampoco quería castigarlos
a todos.
– Si no me doliera la herida te llevaría a caballito.
– Goro miró a Seki, sonriendo levemente y pasándole
la mano por el cabello. – Luego te daré un masaje en
los pies. – dijo reído y pensando que era una diva.
– Vale, pero ¿sabes algo de reflexología? –
se rió un poco maldito, seguro de que no sabía a qué
se refería en realidad.
– No se lo que es la reflesolo…lo que sea…–
se rió, empujándolo un poco. –Ya no te hago
un masaje.
– Baka... – se rió, halándolo con suavidad
para susurrar en su oído. – “Es que dicen que
tocando ciertos nervios del pie... puedes hacer que la otra persona
tenga un orgasmo...”– le besó la oreja soltándolo.
– Oh…– el moreno lo miró rojo. Okuma lanzándole
una manzana verde y pequeñita a su hijo en el culo.
– No llevo gafas pero escucho muy bien. – le advirtió.
Ni quería imaginarse esas cosas.
– Era para ver si te sentías bien, papá...
– sonrió Seki girándose y añadiendo de
manera maldita a pesar de que no sabía nada. – Yo también
escucho muy bien...
Atsushi enrojeció, mirando a Okuma como si quisiera pegarle
y riñendo a los chicos. – Compórtense, un poco
más de respeto...
Okuma lo miró a los ojos como retándolo a que le
dijera algo encima de lo caliente que estaba. En todos los sentidos.
Alzando una ceja y dejando salir el humo entre los labios casi deteniéndose.
Goro los miró, alzando las cejas sin saber de qué
iba la cosa y luego miró a Seki, de pronto preocupándose
por si se iban a poner a discutir o algo.
Seki le sonrió sin embargo conociendo muy bien a su padre
y pensando que estaba tan despistado como siempre, pero Atsushi
sólo lo miró, exhalando y haciéndose el loco.
– Ya descansamos...
– Descansemos. – sentenció el mayor, sentándose
entre las hierbas y apoyando la espalda contra un árbol.
Goro alzó una ceja, sentándose también y mirando
a Seki de nuevo. – Tengo hambre.
– Claro... Yo también... Papá... – el
chico lo miró preguntándose si estaba demasiado distraído
como para percatarse de aquello.
– Okuma, tú tienes la comida. – le recordó
Atsushi, aún serio, preguntándose si estaba molesto
o algo así.
– Está ahí. – el moreno señaló
la bolsa como queriendo decirles que se comieran lo que les diera
la gana y no lo molestaran, cruzando los brazos bajo el pecho y
cerrando los ojos para tratar de dormir un poco. – Deberíamos
haber seguido caminando hasta que no pudiésemos más.
Desayunad y sigamos
– Yo pensaba lo mismo. – suspiró Atsushi como
protestando, aún así, tomando la bolsa para pasársela
a su hijo. No tenía hambre aún, más bien tenía
sueño. Por eso mismo no había querido detenerse, sabía
que lo atacaría.
– Pero tengo hambre. – Goro protestó, cogiendo
la bolsa y tomando un trozo de pan, metiéndole fiambre dentro
y comiendo mano a mano con los cachorritos.
Okuma tiró de Atsushi hacia atrás con él,
recostándolo contra su pecho. –Duerme.
– Goro... No dejes que se lo coman todo... – le riñó
el moreno, suspirando y cerrando los ojos contra el reconfortante
calor del pecho de Okuma. No podía evitarlo, lo hacía
sentir bien.
– Y déjame a mí también... – se
rió Seki, comiendo a su vez y acercándose a Goro para
susurrarle con una sonrisa maliciosa. – “Se ven tiernos,
¿no?”
El doctor apoyó la mano en la cara de Atsushi, acariciándole
la mandíbula y sintiendo su forma mientras trataba de trasponerse
un poco pese a que no pensaba dormirse.
– “Aj… no…”– Goro arrugó
un poco la nariz, comiendo después, sintiendo que le daba
la risa. – “Pero parecen osos…”
– “Son osos... ¿no ves cómo se gruñen?”
– lo molestó el chico, haciéndole cosquillas
y mordiendo el trozo de pan que tenía Goro en la mano.
Goro le gruñó para jugar con él. – Eso
era mío. – le mordió el hombro y luego se acercó
a susurrarle. – “Por mí ya se podían dormir
un poquito…”
– “Yo creo que lo harán, Atsushi-san ya cayó...
Falta mi padre...” – se rió, empujándolo
un poco y gruñéndole, los lobitos mirándolos
intrigados antes de seguir comiendo.
– “Pero tu padre no… él siempre me vigila…
Me creepeo…” – se rió, jugando con el cabello
de Seki.
– “Ya... no le hagas caso, sólo se preocupa.”
– le sonrió aunque sabía muy bien por qué
lo hacía. Era algo difícil de dejar atrás por
más que lo intentase. Pero por lo menos, él estaba
convencido de que Goro era Goro y seguiría siéndolo
aunque... lo había impresionado por su forma de moverse la
noche anterior.
– Me da un poco de miedo estar aquí parados…
en medio de este bosque… Hay sonidos extraños por todos
lados…– el moreno apoyó su espalda contra el
tronco también. – Si no fuera porque fuimos mirando
por el retrovisor todo el tiempo… Ya no me fío de nada.
– No va a suceder nada más... No nos siguieron. Tampoco...
– le acarició el cabello, aunque él se ponía
más nervioso. – Cuando estemos en Tokio, será
como si nada de esto hubiera sucedido. – Giró el rostro
con rapidez porque había escuchado una ramita quebrarse pero
seguramente era algún animal.
– ¿Ves? Tú también estás asustado.
– Goro le dio la mano, haciéndolo levantarse y caminando
hacia sus padres, sentándose al lado del suyo y tocándole
una mano sin despertarlo. Okuma los miró y volvió
a cerrar los ojos en duermevela.
– Tranquilos… Eso no era una persona… sería
un conejo…
– Ya, pero me dan miedo los conejos... – bromeó
Seki, sujetándose de la mano de Goro de todas maneras. Siempre
había pensado que si estuviera en una película de
miedo, se echaría a correr y no se detendría hasta
llegar a la luna.

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