Capítulo
55
Midnight Runners
Goro seguía mirando a Seki fijamente desde que se había
duchado ya que encima no le había dejado ir por culpa de
la herida. Okuma le había dicho que no podía más
que lavarse. Le apoyó la mano en la mejilla, acariciándosela
como hipnotizado. –Seguro que maldices haber venido.
Seki lo miró, sonriendo un poco sin poder contenerse ahora
que estaba normal. – Sólo un poco... pero no del todo...
– se le pegó en la cama, abrazándolo con cuidado.
– Es difícil pensar ahora pero hay muchas cosas buenas
aquí.
– Pero ninguna es tan buena como malas son las malas. –
se quedó mirándolo y se rió alzando una ceja.
– Ni yo me comprendí. ¿Volví a hacerte
daño? Seki, dime la verdad.
El chico negó con la cabeza. – No me hiciste daño
físico... No te preocupes por eso. Creo que soy el único
no lastimado. – se rió aunque todavía se acordaba
del latigazo que le había caído de parte de Atsushi.
– Tú eres más bueno que cualquier cosa mala.
– se rió porque tampoco tenía mucho sentido
eso.
– Tú estás más bueno que nada. –
se rió también, acariciándole el cabello. –
Te quiero mucho. – le besó los labios con suavidad,
entrecerrando los ojos. – Ahora vamos a estar todos juntos
y eso es bueno. Pero me había hecho mis ilusiones de vivir
tú y yo solos. – se rió porque uno de los lobitos
le lamía un pie y lo apartó un poco. – Duerme.
– No quiere... – se rió Seki porque el otro
estaba casi roncando. – Da igual, en algún momento
lo haremos...Cuando seamos mayores. Creo que tu padre y el mío
van a querer estar solos también. – le tocó
el rostro observando aquellos ojos grises, tan gentiles. –
Me alegra tenerte de vuelta... No tienes idea.
– No, no la tengo. – confesó. –Y creo
que no quiero tenerla. No quiero saber lo que hice. Me siento mal.
En el coche… creo que recordé algo más y no
puede ser, prefiero no saberlo nunca y olvidarme de esto. Lo siento…
Es egoísta ¿verdad? – lo miró a los ojos
sintiéndose culpable.
– No lo es. Yo prefiero que seas así... Y no tienes
por qué recordar cosas que te hacen daño. –
le acarició el rostro bajando por su cuello y su pecho luego.
– Yo quiero que siempre seas el Goro del que me enamoré.
El que amo... Y una vez que lleguemos a Tokio, no vas a tener que
volver a pensar en esto nunca más.
– Vale, porque creo que si algún día me enterase
de todo lo que sucedió allí, no iba a poder volver
a ser el de siempre. Siento algo… como un nudo en el estómago
cuando pienso ello. – siguió el movimiento de su mano
y sonrió un poco. –Seki…– se rió
enrojeciendo profundamente. – No sé qué me pasa
que estoy un poco así… Así que mejor no me sobes
mucho.
– Vale... – se rió dejando quieta la mano, pensando
que no le importaba aquel deseo en él, siempre y cuando proviniera
del Goro verdadero. – Cuando estemos en Tokio... te voy a
hacer una transformación. Así será como si
empezaras de nuevo, ¿quieres?
– Vale… pero no me pongas gay. – dijo reído.
– Me quiero poner un piercing… ¿Te gustan?–
le preguntó, distrayéndose con fantasear.
– Me encantan. Tal vez yo me ponga uno, lo hacemos juntos.
– lo alentó, negando con la cabeza luego. – Y
no te voy a poner gay, a mí me gustas muy masculino. Por
eso me atrajiste.
– ¿Sí?– se rió, enrojeciendo de
nuevo. – Baka… A mí me atrajiste por todo, era
la primera vez que veía a alguien tan impresionante en directo.
Aún no me puedo creer que seamos novios de verdad.
– Pues créelo. Yo tampoco podía creer que hubiera
alguien tan dulce como tú... – sonrió intentando
con todas sus fuerzas no recordar cómo lo había tratado
aquella noche. – Mis amigos no se lo van a creer. –
le aseguró, preguntándose ahora si Goro no extrañaría
a sus amigos. Y si también estarían en eso.
– Tus amigos pensarán que soy de pueblo y se meterán
conmigo, baka… Voy a odiar a tu ex cuando lo vea. –
se rió, besándolo superficialmente. – Pero por
otra parte sí quisiera que nos viese, para que se joda.
– Eso, que se joda. Y mis amigos te van a encontrar encantador.
No tienen opción. – se rió, besándole
con suavidad los labios. – Te amo, Goro... Más que
nunca.
–Yo a ti… mucho… Ya no puedo amarte más
de lo que ya lo hacía. Para mí eres como… un
sueño. Todo lo que había soñado y más.
– lo besó otra vez, cerrando los ojos y girándose
completamente mimoso, ignorando el dolor a cambio de abrazarlo más.
Seki se pegó un poco a él, besándole la frente
ahora, mirándolo de aquella manera completamente enamorada.
Había pensado que le iba a resultar difícil volver
a verlo así pero no podía evitar enternecerse. No
le importaba nada más. Si Goro lo olvidaba, él también
iba a olvidarlo. No volvería a hablar de ello.
…….
Goro se movió en la cama, inquieto por el dolor y apoyándose
en una mano, tomándose las pastillas que Okuma le había
mandado administrarse en caso de que le doliese demasiado. Se levantó
al baño, a ponerse un poco de agua, mirándose al espejo
y sonriendo al escuchar a uno de los lobitos aullando. –Shh…
baka… que os metimos a escondidas…
Seki entreabrió un ojo, despertado por el lobito, y moviéndose
en la cama al observar una silueta dibujada contra la ventana. –
¿Go...ro? – preguntó somnoliento, lanzando un
grito al ver que algo se le venía encima, girándose
aceleradamente y perdiendo un mechón de cabello gracias al
cuchillo que acababa de enterrarse en la almohada, los lobitos corriendo
asustados hacia el baño.
– ¡Seki! – El moreno entró en la sala,
observando al hombre sonriente de mirada enajenada que lo miraba
con cierto fanatismo.
–Ven, Cerunnos… vuelve con nosotros…– dijo
antes de mover la mano nerviosamente y tratar de clavarle el cuchillo
a Seki otra vez.
Goro le lanzó un cenicero de cristal porque era lo que tenía
más a mano, cogiendo a Seki y asegurándose de que
los lobitos lo seguían, atrapando a uno del pellejo. –
¡Papá! ¡Okuma-san!
Okuma se levantó de la cama, tratando de abrir la puerta
a toda prisa, pero estaba cerrada. La sacudió violentamente,
cargando contra ella y desesperándose al ver que no se abría,
cargando de nuevo hasta que consiguió que se abriese de par
en par gracias a la ayuda de Atsushi.
– ¡Seki, Goro! – los apartó, apuntando
a aquel hombre con el arma que no había apartado de él
en toda la noche. – Quieto ahí.
El hombre se rió, lanzando el cuchillo sin más hacia
ellos y abalanzándose, por poco atravesándole el pecho
y en lugar de eso clavándose en el músculo del brazo.
Le pegó dos tiros como reflejo instantáneo.
– ¡Okuma! – Atsushi lo sostuvo al ver que el
hombre caía al piso, para que no se fuese a ir hacia atrás
con el impacto.
– ¡El arma! La dejé bajo la almohada... –
le indicó Seki, que sujetaba al segundo lobito, Atsushi tomándola
y acercándose a la ventana con cuidado, escuchando los ruidos
afuera. – Vienen más...
– Mierda. – Okuma se vendó el brazo con un trozo
de ropa del hombre que acababa de matar, atándoselo con fuerza
y aún así rebuscando fríamente su cartera para
desvalijarla. De poco les iba a servir salir de allí si no
tenían cómo huir. Buscó unas llaves pero nada,
no tenía llaves de vehículo alguno.
– ¡¿Qué hacemos?! – preguntó
Goro asustado, cogiendo el cuchillo que Okuma había tirado,
al menos era algo. Se asomó a la ventana con su padre para
ver cuantos había y el cristal de esta reventó en
aquel momento por una piedra de considerables dimensiones.
– ¡Goro! – Atsushi lo cubrió, apartándolo
y sacándolo del campo de vista, recibiendo algunas cortadas
a causa de los vidrios rotos pero ni siquiera las sentía
de lo asustado que estaba. – ¡Vayamos a nuestro cuarto!
¡A lo mejor hay otra puerta allí!
Seki apretó al lobito en sus brazos, agachándose
por si acaso, y acercándose a su padre, esperando a Goro
y a Atsushi. – ¿Y el coche? ¿Por qué
no vamos al coche?
– Porque habría que salir atravesando por donde están
ellos. – Okuma se lo llevó con él. – ¡Deprisa!
¡Id con Atsushi! – les gritó de pronto al ver
que lanzaban bolas de paños ardiendo dentro del cuarto. Querían
hacerlos salir… como fuera.
Entró en el baño, arrancando las sábanas a
su paso. Sabía que allí había una ventana aunque
no fuera demasiado grande. La abrió para que pudiese salir
parte del humo mientras empapaba las mantas y las llevaba a rastras
consigo al otro cuarto. Tapió el bajo de la puerta con una
de ellas y tiró las otras a un lado.
– ¿Y ahora qué?– preguntó Goro,
apoyándose en la pared sin querer hacer manifiesto de su
dolor incipiente. Efectivamente allí no había puerta
alguna. Sólo una ventana que daba al exterior.
– Habrá que salir por la ventana. – Okuma se
acercó, viendo sus posibilidades de hacer aquello y comenzando
a sentir el calor del fuego, el olor de la gasolina. A aquellas
personas fanáticas no les importaba nada, ni siquiera salvar
sus propias pertenencias.
– Vosotros id primero, chicos... – Atsushi le entregó
el arma a Seki, apretándole el puño contra la misma.
No quería ponerlo en peligro, ni a Goro, pero eran los que
más posibilidades tenían de escapar. – ¡Rápido!
Si ves algo sospechoso, dispara, ¿entiendes? – lo urgió,
alzándolo un poco para ayudarlo, el chico protestando.
– Pero... – se quejó, asustado de que su padre
no fuera con él. De lo que había afuera.
– ¡Vamos! Buscad un coche, rápido. – le
insistió Okuma, empujándolo un poco para que saliera
de una vez, Goro mirándolos asustado y finalmente saliendo
con Seki. Corriendo con él de la mano y aguantándose
el dolor del costado como podía. Estaba lleno de humo y no
veía bien. ¿Hacia donde debían correr?
El moreno ayudó a salir a Atsushi, contando que corriese
a donde estaban los chicos lo antes posible. Salió tras ellos,
sujetando el brazo de Atsushi con una mano al pasar por su lado.
Maldita sea… No los veía y no podía gritar por
ellos. Escuchaba pasos entre el humo estaba seguro que no se trataba
sólo de las dos personas que eran Seki y Goro.
– “Seki…” – Goro le apretó
la mano asustado, cuando menos lo esperaba recibiendo un golpe desde
atrás que parecía haber ido dirigido contra la cabeza
de Seki. Le golpeó el hombro ya que lo había apartado
con unos reflejos pasmosos y blandió el cuchillo como si
llevase toda una vida usándolo.
Los gritos manaron de la boca del hombre suyo brazo había
caído al suelo con un ruido morboso, salpicándolo
todo de sangre. El moreno corrió con Seki de la cintura,
tratando de abrir algún coche como le había pedido
Okuma, sujetando el cuchillo con los dientes sin querer pensar de
donde había sacado aquel diestro manejo con el arma.
El chico dejándose llevar, aún sujetando a los lobitos
con una mano, intentando sujetar bien el arma con la otra, mirando
a todos lados espantado, mientras Goro intentaba abrir los autos.
– Por allá... – indicó Atsushi al escuchar
el grito de aquel hombre, intentando no hacer ruido al pisar, completamente
preocupado por los chicos. Se giró con rapidez, intentando
esquivar el ataque pero el hombre lo tiró al suelo, atacándolo
con aquel puñal, sonriendo de manera maniática.
– ¡Tu reino se acabó, Freyr! – le gritó,
mientras el moreno intentaba evitar que le clavase el puñal.
– ¡Okuma! ¡Dispárale! – le pidió
aún forcejeando con todas sus fuerzas, una parte de su mente
deseando acabar con él sólo para poder proteger a
Goro.
El moreno sin embargo le apretó la mano que sujetaba el
cuchillo junto a Atsushi. ¿Qué podía hacer
contra ambos? Nada. El hombre la dejó caer para acto seguido
comenzar a vomitar sangre por la boca tras recibir la puñalada
en la espalda por parte de Okuma. – Necesito las balas. –
zanjó su explicación, ayudándolo a levantarse
y corriendo en busca de sus hijos antes de que se alejasen más.
– ¡Seki! – se atrevió a llamar, las luces
de un auto encendiéndose para poco después recibir
un golpe en los cristales.
Goro cubrió a Seki contra él para protegerlo, haciendo
sonar el claxon para decirles a sus padres “y sin querer a
todo quien quisiera saberlo” donde estaban.
Seki gritando al ver a los hombres que se acercaban, corriendo,
apuntándolos y por poco halando el gatillo, hasta que escuchó
al voz de Atsushi. – ¡Seki, no! ¡Somos nosotros!
Claro que no venían solos, pero al menos habían tenido
la suerte de encontrarse cerca. Atsushi entró, colocándose
tras el asiento del conductor esta vez ya que estaba consciente
de la situación de Okuma. Estiró la mano para ayudar
al moreno a entrar con más rapidez, abriendo la boca al ver
al hombre que estaba a punto de atacarlo.
El disparo sonó, la cabeza de aquel hombre pareciendo explotar
de manera irregular por lo impreciso del mismo, derramando su sangriento
contenido mientras su cuerpo caía al suelo. Los ojos de Seki
desorbitados, sus manos temblando aunque no soltaba el arma.
Okuma se la quitó de las manos, Goro abrazándolo
contra él mientras su padre pisaba el pedal arrancando el
coche de golpe. Prendiendo los antiniebla, tratando de ver algo
entre aquella humareda. Ahora ya comprendía la realidad de
todo aquello, ahora ya veía de lo que estaban huyendo.
– Esperemos que no nos sigan. ¡Dios! – se sorprendió
al notar que chocaban contra algo, un cuerpo pasó por encima
del capó antes de rodar a un lado, dejando una estela de
sangre y vísceras por la chapa del coche. – Salgamos
de aquí. – dijo, señalándole a Atsushi
el inicio de la carretera ya lejos del humo.
El moreno asintió, él mismo conduciendo como un maniático
ahora, pero decidido a salir de allí. A protegerlos esta
vez. Giró la rueda saliendo a la carretera como alma que
lleva el diablo, Seki abrazado a Goro en el asiento de atrás,
los lobitos moviéndose y aullando inquietos a sus pies.
Un coche salió tras de ellos, las luces brillantes, persiguiéndolos.
Casi se sentía como un deja vu.
– Joder…– murmuró Okuma, asomándose
por la ventana y pegando un tiro hacia el coche, el mismo fallando
estrepitosamente ya que no tenía gafas. –Maldita sea.
– se quejó, disparando de nuevo y acertando en el cristal.
El conductor soltó el volante haciendo que el coche se detuviese
mientras pisaba el freno inconscientemente, provocando que el coche
que los seguía detrás se empotrase contra él,
creando un estruendo de crujir de metales. Tal parecía que
tras ellos iban dejando un rastro de muertos.
Goro jamás hubiera imaginado que su vida pudiera llegar
a ser así de caótica, aquello parecía una película
de terror. Pasó los labios por la frente de Seki con suavidad,
dejando por fin el cuchillo que aferraba a un lado.
Atsushi sin dejar de conducir en ningún momento, más
concentrado en alejarse de allí que en ninguna otra cosa.
No podían seguirlos eternamente y él era capaz de
matarlos a todos si era necesario. No iba a permitir que les hicieran
más daño. A ninguno de los tres.

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