Capítulo
54
Love, Survival and Fear
Okuma se pasó la mano por la cara, seguía sin estar
muy convencido de dejar a su hijo sólo en el cuarto con Goro.
Más bien nada, hubiese preferido quedarse él con Goro
y Seki con Atsushi. Sabía que debía asearse y cambiarse
pero en lugar de eso, estaba fumando sin parar y metiendo la tarjeta
del teléfono móvil que habían comprado. Desgraciadamente,
casi como si el destino se echase sobre ellos, no tenía cobertura
para llamar a nadie que pudiera ayudarlos.
Atsushi salió del baño, secándose con la toalla
del motel, aliviado de quitarse todo ese sucio de encima, y tan
sólo vestido con la bata. Se sentó en la cama, observando
a Okuma, subiendo un poco su pierna para descansar la herida del
pie. – Deberías tomar un baño también...
Puedo vigilar a Goro si quieres, pero sé que no hará
nada.
–Ya lo se. – neceó, mirándolo y haciéndole
un gesto para que se levantase. –Voy a ducharme, y tú
vienes conmigo. – cogió una silla para llevarla al
baño y que pudiese descansar de todos modos.
– Bien... – murmuró, pensando que estaba empezando
a sonar como ella. Claro, no era la misma situación, pero
tampoco era algo que lo hacía feliz. A pesar de todo, lo
comprendía.
El moreno se desnudó y se metió en la ducha sin quitarle
la vista de encima, suspirando con fuerza y rindiéndose mentalmente
al agua caliente, bajando la cabeza, dejando que le mojase la nuca.
– No me lo creo… que se hayan rendido…
– Yo tampoco... pero estamos lejos... no les será
tan fácil... – suspiró Atsushi recostándose
contra el respaldar, dejando la pierna estirada. – Y les costaría
trabajo llevarnos de vuelta.
– Ya lo creo. – murmuró, saliendo de la ducha
y secándose sin querer perder más tiempo en aquello.
Le apoyó la toalla en la cabeza y empezó a vestirse,
suspirando o más bien casi gruñendo frente al espejo
empañado mientras trataba de afeitarse.
Atsushi se apartó la toalla de la cabeza, dejando que resbalase
a sus hombros, observando al moreno, sin rastro ya de ninguna animosidad
en sus ojos. – Lo siento.
Okuma lo miró, limpiando la cuchilla y pasándosela
otra vez por la mandíbula, siguiendo con aquello como si
no le hubiera dicho nada, discutiendo consigo mismo y apoyando las
manos en el lavabo, apretando un poco la loza con fuerza, nada.
–Ya lo sabes…– le dijo, frunciendo el ceño
ligeramente y cogiéndolo en brazos para recostarlo en la
cama y que descansase.
– Ya ¿lo sé? – el moreno se dejó
llevar, enrojeciendo un poco y girándose de medio lado. –
Sé que no confías en mí. ¿Piensas que
estoy loco, Okuma?
– No, pienso que te han drogado y que eres un cabronazo.
– se tiró a su lado, encendiendo un cigarro y mirándolo
a los ojos serio. – Tenías semejante harén y
no me decías nada.
– No sabía nada, no lo sé... – se llevó
una mano a la cabeza sin comprender. – Además sólo
estuve con ella... Estoy seguro.
– Suficiente. – murmuró ahora sí, frunciendo
el ceño gravemente. – ¿Lo recuerdas todo?
– Aún hay partes borrosas... – le contestó,
frunciendo el ceño también como reflejo. – No
comprendo por qué no recordaba. ¿Acaso estaba drogado
todo este tiempo? Es imposible... Okuma, si lo hubiera sabido antes,
te juro...
– Lo sé. – el moreno se giró para echar
la ceniza en el recipiente metálico. – Al parecer sí
que tendrás que ir a Tokio, quieras que no. Te agradará
saber que destrocé el reloj.
– Ya pensaba ir... – se echó a reír sin
poder evitarlo, contestando. – Pero me siguen gustando...
los relojes... – continuó riéndose sintiendo
que le salían las lágrimas, sus risas convirtiéndose
en sollozos. El moreno se cubrió el rostro, intentando controlarse.
Okuma frunció el ceño, dejando el cigarro en el cenicero
y girándose para rodearlo con un brazo por la cintura, apretándolo
contra él y abrazándolo por completo. Rozó
la cara contra su cuello, besándoselo. – Para. Estamos
vivos. No hay motivos para llorar.
– Estoy cansado... Toda mi vida ha sido una mentira, ¿no
entiendes? – se aferró a Okuma, sin poder dejar de
sollozar. – ¿Qué le voy a decir a Goro? ¿Que
su madre es una...? – se mordió el labio inferior,
apretando los párpados. – Lo siento... Me estoy comportando
como un chiquillo... Tienes razón...
– Le dirás que su madre está mal de la cabeza
y Goro no ahondará más en eso porque te quiere. Y
porque comprende. – le apretó el cabello con la mano,
estrujándoselo un poco. – Tu hijo no es una mentira.
¿Quién lo crió así? ¿Esas locas?
No, fuiste tú y es un buen chico. Es valiente y es muy fuerte,
ni siquiera sé como aguanta esa herida como si nada. –
lo hizo mirarle a los ojos fijamente y le sujetó un poco
la mandíbula. – Aún tienes mucha vida por delante,
si el pasado es mentira o no… no importa.
– Gracias... – los ojos grises del moreno se aferraron
a la mirada azul de Okuma como si fuera su única salvación.
– Goro es... Goro ha estado entrenando todos estos años,
con tantos golpes que se ha dado. – se rió ligeramente,
secándose el rostro con una mano, serio de nuevo. –
Goro es lo único real que tengo. Goro... y tú.
– Y Seki. – le dijo, apoyándose en la almohada
porque estaba agotado. Cerró los ojos girándose de
frente y apretándose una sien con los dedos porque sentía
una migraña amenazándole. – Cuando volvamos
a Tokio, no te vas poder sentar en una semana. – le amenazó.
– Tú no te vas a querer levantar... – le devolvió,
igual de serio, sonriendo un poco para sí. – ¿Crees
que Seki esté bien?
– Voy a ver. – se levantó con los brazos, paranoico
porque eso mismo le estaba inquietando aunque probablemente Atsushi
no se refería a ahora. Lo miró y se dejó caer
de nuevo. – Sí, estará bien.
– Goro está bien... Sólo está confundido.
– suspiró Atsushi, deseando tranquilizarlo. –
Ha pasado menos tiempo afectado que yo, así que...
– Lo sé. – se pasó la mano por la frente
de nuevo. Resoplando con fuerza y mirándolo de soslayo. –
Atsushi… ¿Todas esas chicas... no serían por
casualidad hijas tuyas, verdad?
– ¿Qué? Claro que no... ¿Cómo
voy a tener tantas hijas? – negó enérgicamente,
recordando cómo aquella chica había llamado a Naoko
“madre” y sintiendo un escalofrío recorrerle
la espina dorsal. – Claro que no... Yo sólo tengo a
Goro.
– … pero creo que tú eras su semental…
eran tus hijas. – insistió el moreno que internamente
estaba irracionalmente molesto. Para empezar, le hubiera gustado
pisarle la cabeza a esa puta por toda una eternidad.
– Que no lo son, Okuma... – lo miró, un tanto
molesto porque insistiera. – Era una cosa de ceremonia...
Okuma lo miró de soslayo, sonriendo de medio lado. –
Semental…
– No me llames así. – le advirtió el
moreno, con el ceño fruncido sin comprender qué le
pasaba.
Okuma se rió entre dientes sin querer pensar en que tenían
que irse de allí y seguir huyendo sin saber hasta dónde
en realidad. – ¿O qué?
– ¿O qué? – Atsushi lo miró, confuso,
girándose y dándole la espalda. – O nada. Sólo
no me llames así.
El doctor le dio una nalgada, tirando de uno de sus brazos y girándolo
hacia él. – Ven aquí. – murmuró,
besándolo profundamente aunque no se trataba de lujuria en
aquel momento si no de presión, de estrés y de miedo
a perderlo. Lo apretó contra su boca, apartándose
después y bajándolo contra su pecho.
– Okuma... – murmuró Atsushi pensando que sólo
él se ponía así en un momento como ese. Pero
no quería alejarlo, no iba a pelear con él justo ahora,
cuando le debía su vida. – Quiero seguir a tu lado.
– Lo sé. – murmuró serio, sin soltarlo.
– Duerme un poco, estoy agotado.
Atsushi suspiró, besándole el pecho y cerrando los
ojos. Se sentía protegido en sus brazos pero se preguntaba
si realmente querría permanecer con él luego de que
estuvieran en Tokio.

Continua leyendo!
|