.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 53
The Long Road Ahead

Los ojos azules del chico se abrieron con lentitud. Al final sí se había quedado dormido ineludiblemente. Con el cansancio que llevaba encima y las emociones del día anterior, le había sido imposible mantenerse despierto. Miró primero a su padre que también parecía estar en el quinto sueño y luego se giró en el asiento para mirar hacia atrás, a Atsushi y a Goro, con aquel rostro tan pacífico, tan infantil que ponía cuando dormía. No podía creer que fuera la misma persona que se había comportado de aquel modo tan salvaje antes.

El moreno entreabrió los ojos como si se sintiese observado, mirándolo allí donde estaba acostado sin moverse un ápice, sonriendo un poco sin percatarse de que aquello no era normal. Estaban dentro del coche, en un granero oscuro. Tenía sed. Levantó la mano para sujetar la suya y cerró los ojos otra vez después de besársela. Estaba increíblemente cansado.

Seki continuó mirándolo sorprendido. No parecía darse cuenta de la situación. Por alguna razón le dolía, ver esa mirada en sus ojos le hacía sentir culpable. Le había dicho “te odio.” Pero no era el mismo Goro. Su padre le había dicho que estaba drogado. Deslizó una mano por su rostro acariciándolo con suavidad. – “¿Có... cómo te sientes?”

– Tengo sueño…– le olió la mano antes de besársela de nuevo y se giró un poco sintiendo entonces el dolor increíblemente punzante en el costado como si fuera el inevitable regreso a la realidad. Apretó las mandíbulas con fuerza, mirando abajo horrorizado y luego sentándose para mirar alrededor. Su padre… Okuma… ¿Qué hacían allí los cuatro? Las últimas imágenes que recordaba acudieron a él. Aquellas mujeres arrastrándolo en medio de aquella macabra celebración que su padre había parecido presidir. El corazón quería salírsele del pecho.

– Quédate quieto, te harás daño... – lo intentó tranquilizar el chico, notando la confusión en su rostro. – Mi padre te trató la herida, así que estarás bien... Goro...

– ¿Qué pasó? ¿Vosotros nos sacasteis de allí? Y mi padre… ¿Por qué?... Mi madre… – miró a Seki aún en medio de su conmoción, no comprendía nada. – ¡Papá! Despierta. – lo sacudió, nervioso por ver que estaba bien, los lobitos reacomodándose en las piernas de Atsushi molestos de que los despertase.

– Go...Goro... ¡¿sucede algo?! – se despertó el hombre sobresaltado, sujetando a Goro contra sí y mirando a Seki que negó con la cabeza, lentamente. – Tranquilo... no pasa nada. Estoy aquí... – murmuró Atsushi como si estuviera intentando dormir a un niño pequeño.

Goro se abrazó a él temblando asustado. – ¿Qué ha pasado? Papá… ¿Dónde estamos?... – lo miró a los ojos después, tratando de encontrarle lógica a algo.

Okuma, que había despertado sobresaltado y sujetado la camiseta de su hijo, lo soltó inmediatamente. Respirando con fuerza. – Estamos en medio de ningún lugar… huyendo de esas putas. – zanjó, bajando del coche y mirando por unas rendijas entre la pared de maderas. No se veía nada y no pasaban coches por la carretera. Sin embargo sí que había escuchado a uno de la policía por la noche. Seguramente buscándolos. Entró en la parte de atrás y le quitó las vendas. Estaba algo amoratado y sangraba de nuevo por culpa de que Goro no se estaba quieto. – Acuéstate. – murmuró, haciéndolo tumbarse y limpiándole la herida de nuevo, cambiándole las vendas y usando otra parte de las gasas que habían guardado.

– No te preocupes, pronto estaremos lejos de aquí y todo estará bien. Goro... – lo calmó Atsushi acariciándole el cabello con delicadeza. – Dime... ¿qué recuerdas?

– Que se enfadaron y después me quedé dormido y luego… nada… Después recuerdo cómo unas mujeres me llevaban a rastras. Estaba desnudo y…– no quiso ni decirlo, saltándose aquello. –Y tú estabas con mamá y no me ayudabas. Me encerraron y me ataron. Y luego hicieron algo… – se puso rojo de vergüenza e incluso algo humillado. – No recuerdo nada más. – miró a Seki, preguntándose si había vuelto a hacerle daño.

Okuma le limpió la pierna a Atsushi mientras, sin querer meterse, observando la herida y vendándosela cuidadosamente.

– Bien... No importa, no importa nada de eso, ¿me oyes? – Atsushi lo abrazó contra sí, mirando a Okuma agradecido. – Sólo esto, estuvimos drogados. Por eso no lo recuerdas bien... Tu madre... esas mujeres... No son buenas, quieren matarnos, a los cuatro. Si no fuera por Okuma y Seki no estaríamos aquí... – le aseguró, pensando en que era una mentira a medias, uno de ellos sí estaría. Pero no sabía cómo explicarle aquello. Tal vez algún día podría hacerlo de una mejor manera. – Les debemos nuestras vidas...

– ¿Quieren matarnos? – Goro miró a su padre a los ojos. – ¿Por qué? Llamemos a la policía. ¿Qué vamos a hacer?

– La policía. – Okuma volvió a sentarse en el asiento del conductor tras abrir las puertas del granero. Dejando pasar los primeros rayos de la mañana. – Está con ellos, el por qué, no lo sabemos. – sentenció. Arrancando el coche y sacándolos de allí, bajándose de nuevo para cerrar las puertas y no dejar huellas de su paso.

– Seki, ¿estás bien? – Goro lo miró a los ojos, quería estar con él. También con su padre pero sabía que su padre lo seguía queriendo y sin embargo Seki y Okuma estaban en toda esa mierda al parecer por culpa de ellos. Nadie le decía por qué querían matarlos. – Seki, ¿puedes venir conmigo?... Por favor…– le pidió, mirándolo a los ojos.

Okuma deteniendo el coche porque no tenía ganas de que su hijo saltase por los asientos.

El chico se pasó al asiento de atrás, sentándose a un lado y mirando a Goro. – Estoy bien... No te preocupes, no tengo ni un arañazo y... – le sonrió intentando comportarse normal. – Mira, recuperamos a Gorito y Sekito...

– Sí. – Goro lo miró, no tenía ni idea de haberlos perdido siquiera. – “¿Me quieres?” – le susurró al oído, mirándolo después fijamente, serio.

– Atsushi. – murmuró Okuma. Esperando a que pasase adelante si es que podía despegarse de su hijo un segundo. Lo comprendía pero necesitaba que condujese. Entre no tener gafas y el cansancio no se sentía muy capaz. –Conduce tú. – le pidió, sentándose en el otro asiento.

– Sí, gracias. Lo siento... – se disculpó el hombre, realmente sintiéndose mal por todo aquello. Una vez estuvieran a salvo seguramente no querría verlo más. Lo miró de soslayo, concentrándose en conducir.

Seki abrazó a Goro con cuidado de no tocarle la herida, susurrando. – “Te quiero...” – sintiéndose extraño. La noche anterior estaba aterrorizado de él.

– Te quiero. – Goro lo estrujó contra él, oliéndole el cabello y entrecerrando los ojos, alargando la mano para coger una chocolatina que estaba viendo en la puerta. La mordió, tenía hambre y sed. Se la ofreció a Seki sin dejar de mirarlo. –Esta camiseta no es tu estilo. – le dijo por ver si le arrancaba una sonrisa, no tenía ni idea qué habrían pasado y no se veían muy interesados en contarle. Ni siquiera estaba seguro de querer saberlo.

Okuma apoyó el brazo en el borde de la ventana, dejando reposar la cabeza en su mano. La maldita carretera de pueblo parecía no ir a tener fin nunca al igual que los campos de maíz que se extendían a los lados. Miró a Atsushi de soslayo mientras encendía un cigarro, no se fiaba del todo. Tal vez no debía haberlo dejado conducir. No, eso era irracional.

– No, es horrible, ¿verdad? – sonrió el chico, por complacerlo, tomando la chocolatina que le ofrecía y metiéndosela a Goro en la boca también. La necesitaba más que él. – “¿De verdad... no recuerdas nada?”

– “No recuerdo nada…”– Contestó Goro a su vez a Seki. – “¿Me lo vas a contar?”

– “No puedo... Eso es cosa de tu padre.” – negó Seki porque además le daba miedo de que si le contaba, volviese a comportarse así. – “No te preocupes... Ahora vamos a ir a Tokio, ¿ves?”

Atsushi los miró por el retrovisor, suspirando sin dejar de conducir, apretando un poco las manos en el volante. Sólo deseaba alejarse de allí rápido. Y no quería ni pensar en lo que iba a suceder luego.

El doctor, que había escuchado el ruido de sus manos apretarse en el volante de cuero le apoyó la mano sobre el muslo aunque sus ojos seguían fijos en el paisaje. Le apretó la pierna con fuerza y luego relajó la mano, mirándolo de soslayo. – ¿Te duele la pierna al conducir? – decidió preguntarle ya que le estaba preocupando pero no había querido hablar.

Atsushi negó con la cabeza, mirándolo de soslayo, suspirando. – No... Estoy bien. Gracias a ti. – le aseguró aunque sí le molestaba ligeramente pero no era nada como para detenerlo.

–Vayamos a ese motel de que hablaste anoche. Goro necesita descanso y todos necesitamos comida y ropa. – sacó la cartera que había conservado. Contando el dinero que tenían, había bastante en realidad. Seguramente aquella furgoneta la usaban para el reparto de algo y aún tenían allí varios pagos. Podrían ir tirando al menos para salir de allí. – Intentaré encontrar unas gafas y podrás descansar. – se pasó la mano por la cara, cerrando los ojos y pensando en robar un coche de nuevo.

– “Está bien.”– susurró Goro a Seki. – “Pero nos quedaremos sin nada… nuestras cosas…”– lo miró, pensando que seguro que no iba a seguir queriendo estar con él. Seguro que sólo era por la situación. Lo iba a odiar. Él ni siquiera era capaz de asimilar que quisieran matarlos.

– “No importa. Se van a quedar con nosotros hasta que resolvamos algo. Y... todo se va a arreglar.” – le aseguró el chico, confiando en que la policía de Tokio se encargaría. Claro, seguía nervioso mientras estuvieran en ese pueblo. – ¿Verdad, Papá? Se pueden quedar con nosotros...

Atsushi miró a Okuma de soslayo, serio. – No le impongas cosas a tu padre, Seki. No queremos ser una molestia...

– Claro que se van a quedar con nosotros. – el moreno sacudió la ceniza por la ventanilla y miró a Atsushi, preguntándose si había estado preocupado por eso. Sonrió levemente y le pasó la mano por la nuca, rozándosela con los dedos de forma acostumbradamente brusca.

Goro los miró aliviado aunque seguía mareado y confuso además de tener miedo. – ¿Por qué llevo un tapa rabos? – preguntó de pronto. Se le veía todo. Él así no salía.

Atsushi suspiró de nuevo, sonriéndole un poco a Okuma de aquella manera agotada. – Porque no encontramos más ropa... y es mejor para tu herida por el momento. – contestó sin querer dar más aclaraciones. No quería matar a su hijo de vergüenza.

– “Y te ves mejor así.” – le susurró Seki, pensando que tendría que empezar de nuevo lo que había estado haciendo para él. Había perdido todos los diseños en los que había trabajado esos últimos días.

– “Baka… yo no quiero salir así…”– le besó una mejilla, rozando la nariz contra él y abrazándolo un poco más. ¿Cuánto tiempo habría pasado y qué habría sucedido durante aquel periodo de su vida en el que no recordaba nada?

– Hay que encontrar algo para él antes de entrar en el motel. – Okuma miró atrás preocupado, no podían ir por ahí de esa forma tan escandalosa.

– Podríamos detenernos y comprar algo... Hay una tienda de segunda... – comentó Atsushi, pensando que ellos también se veían extraños con esa ropa de trabajo, estaban hechos un desastre.

– Está bien. Pararé el coche delante de la tienda y mientras, tú compras con Seki. – le dijo el moreno quien no quería dejar ni a uno ni a otro solo ni un minuto.

– Está bien... Al menos tendré un profesional conmigo... – intentó bromear Atsushi ya que sentía la tensión en el ambiente. Sabía que aún no confiaba en él, lo había visto observarlo mientras conducía. Pero era de esperarse. Pasó el letrero que les daba la bienvenida al nuevo pueblo, girando en una esquina para dirigirse a aquel local.

Okuma miró a Seki y se fijó que llevase la pistola. Podía parecer un irresponsable por dejársela a su hijo pero sin embargo a él le parecía que Seki sabía muy bien lo que hacía. –Tened cuidado y no habléis con nadie. – dijo más bien advirtiéndole a Seki de que no dejase a Atsushi hablar con nadie.

El chico asintió, mirándolo a los ojos y bajando junto con Atsushi. El moreno se detuvo para entregarle las llaves del auto a Okuma, como diciéndole que comprendía, antes de entrar en la tienda.

Okuma las recogió, mirándolos por la ventana todo el tiempo, consciente de que Goro lo vigilaba aunque probablemente era sólo porque no entendía su actitud. Lo miró por el retrovisor y Goro bajó la mirada.

Al cabo de un rato de insoportable silencio para el chico, por fin Atsushi y Seki regresaban. Sonrió con los lobitos sobre sus piernas. Deseando que entrasen ya como si su sola presencia lo mejorase todo.

– Te traje una camiseta azul... – le sonrió el chico, entrando al coche y entregándole la bolsa con la ropa, pensando que igual y Goro terminaba viéndose más presentable que todos ellos.

Atsushi se colocó al volante de nuevo, mirando a Okuma. – No quería gastar mucho dinero... Pero había una oferta de tres por uno, así que compré camisetas para nosotros también. Así podremos asearnos un poco en el hotel.

– Gracias. – Goro le sonrió poniéndose los jeans y luego la camiseta, pasándose la mano por el cabello y sintiéndose aliviado de no estar medio desnudo.

– Está bien. He separado el dinero suficiente para salir de aquí. Gastemos lo menos posible pero pasar desapercibidos es un dinero bien gastado. – Okuma le contestó a Atsushi y lo miró fijamente. – ¿Está cerca?

– Sí, no es una metrópolis precisamente... – le sonrió, conduciendo hacia el motel. Era uno de esos con pequeñas habitaciones separadas. Así tendrían algo más de privacidad. Aparcó el coche, pasándose la mano por el cabello y echándoselo hacia atrás. – Creo que debes ser tú quien pida la habitación. A mí podrían conocerme y les resultaría extraño...

– Vale. – El moreno salió del coche, cogiendo a Goro del brazo y sacándolo con él, pese a lo reacio del chico que no quería separarse de nuevo de su padre. –Ahora vengo. – les dijo, llevándoselo y suspirando con fuerza.

– No le voy a hacer nada a Seki. – protestó Goro, haciendo una mueca de dolor al andar derecho.

– Ya… – murmuró Okuma en un tono poco conciliador.

– Con cuidado... – protestó Atsushi también desde el auto, preocupado por la herida de Goro.

– Mi padre es médico... No le va a hacer nada... – lo tranquilizó Seki, sonriendo un poco. No le parecía que estuviese engañándolos ya... Atsushi no era tan buen actor o no hubiera tenido esas peleas con su padre al principio de su relación.


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