Capítulo
52
The Death of a God
– ¿Ya está? – preguntó la voz
femenina que entraba en las celdas. Okuma mirándola como
si desease arrancarle las entrañas. Apretando las cadenas
con las manos, cerrando los puños, tenso.
– Ya está... – le sonrió Atsushi, bajando
la mano por el ahora limpio pecho del moreno, intentando controlarse.
No podía dejarle saber a Naoko que estaba lúcido.
Se separó de él, deseando poder tranquilizarlo de
alguna manera y acercándose hacia donde se encontraba su
mujer, despacio.
Pero aquella mujer lo sujetó de la nuca, besándolo
profundamente y apoyándose en su pecho. – Hacerme pasar
esta noche sola… Frey… Espero que al menos hayas aprovechado
tu último día al máximo. Tu hijo ya está
vestido. Deberías verlo, todo de rojo…– le arañó
el pecho con las uñas haciéndole sangre. La misma
resbalando por el pectoral del hombre que ahora ella lamía.
El moreno frunció el ceño aguantándose. –
Seguro se ve increíble, justo como un dios... Y no te hice
pasar la noche sola... Dije que iría a tu lado pero... no
viniste a buscarme. – le sujetó las manos, alzándolas
contra sí con delicadeza. Lo cierto era que aún le
dolía que hubiese sido Naoko quien los hubiese hecho pasar
por todo aquello. Lo que quería era gritarle, eso por lo
menos.
– ¿Y mi hijo? – insistió Okuma, mirándola
como si fuera la persona que más odiase en el mundo.
– No seas insistente. Será para Cerunnos cuando se
celebre la ceremonia. Vamos, debes prepararte. – le dijo a
Atsushi, llevándoselo de la mano, el moreno dejándose
llevar pasivamente sin siquiera dedicarle una mirada a Okuma aunque
era lo que más deseaba hacer en esos momentos.
………………..
–Ah… ya vale… – se quejó Goro aunque
serio, apartando a las chicas que no lo dejaban día y noche
de torturar. De nuevo había tenido que beber aquella leche
de sabor dulzón y mareante. Lo habían vestido con
una túnica rojo sangre que colgaba desde las caderas, tapando
tan sólo su entrepierna. Lo habían lavado y ungido
con aceites y hierbas. – ¡Déjame! – le
gritó a una de ellas por fin, la que acariciaba su sexo.
Estampándola contra el suelo con un pie ya que sus brazos
estaban atados de nuevo al sillón en aquella plaza.
– Bueno, bueno…– dijo Naoko ayudando a levantarse
a la pobre muchacha. –Cerunnos está nervioso. ¿Excitado,
hijo? – preguntó orgullosa, acariciándole la
mandíbula, el moreno apartándose porque se sentía
increíblemente violento. No sabía por qué pero
sentía la sangre hervir de furia al más mínimo
estímulo.
– Por supuesto que lo está... Es el momento por el
que ha estado esperando... – sonrió Atsushi acercándose
y colocando sus manos sobre los hombros de Naoko, en un gesto que
casi parodiaba a unos clásicos padres amorosos. Llevaba aquella
pintura en el cuerpo de nuevo, pero a diferencia de su hijo, sus
telas eran blancas como señal de su sacrificio. – Hicimos
bien...
Seki apenas alzó la cabeza, atado como estaba con aquellas
cadenas recubiertas de flores como si eso suavizase todo el asunto.
A sus pies y atados por el cuello con pequeñas correas, se
encontraban los dos lobitos. No podía creer lo que estaba
pasando, era una pesadilla. Ni siquiera podía pensar claramente
gracias al extraño estupor que tenía encima y aquella
chica no dejaba de lanzarle miradas de odio. – “Papá...”
– murmuró ahogadamente contra la mordaza que habían
decidido ponerle finalmente.
Al poco tiempo, como si su llamada hubiera tenido efecto, el moreno
salía encadenado y sujeto entre varias mujeres que no lo
estaban teniendo nada fácil y alguna parecía haber
recibido algún golpe y mordisco que otro. Las mujeres lo
ataron contra el tronco del árbol con los brazos atrás.
El hombre mirando a su hijo, asegurándose de que no le habían
hecho nada. – Seki. – lo llamó sin poder evitarlo,
recibiendo un bofetada. Miró a la tal Brigantia a los ojos,
la hubiera matado de estar suelto.
Las antorchas comenzaron a prenderse al igual que una inmensa hoguera
en el medio de la plaza. Como si estuvieran esperando a algo, el
matrimonio se apoyó tras el altar blanco. Varias personas,
hombres y mujeres, todos con la cara cubierta con máscaras,
llegaban en gran cantidad al pueblo.
Atsushi sonrió, sujetando la mano de su mujer y alzándola
para darles la bienvenida, en un gesto que a Seki le hubiese parecido
gracioso si no estuvieran en esa situación. Las personas
empezaron a acercarse entre murmullos alegres, varios de ellos,
dejando lo que parecían ser regalos a un lado de la plaza
y arrodillándose luego ante el altar, los tambores empezando
a sonar.
Seki se removió inquieto, al igual que los lobitos que empezaron
a aullar, mientras el chico intentaba mirar a su padre, sus palabras
ahogadas intentando alcanzarlo. Era inútil y no muy inteligente,
lo sabía, pero no podía evitarlo. Estaba aterrado.
Goro fue desencadenado por fin, su rostro y cuerpo se veían
empañados por el sudor y su mirada encendida. Parecía
un animal enjaulado. A Okuma no le quedó ninguna duda de
que en ese momento estaba viendo a una persona drogada. Se veía
en estado completamente berserker.
Le cubrieron los hombros con una pelliza de lobo. Golpeándole
la cara como azuzándolo tal como se le haría a una
alimaña. Embistió contra la chica que le golpeaba
de un puñetazo, jadeando y gruñendo mientras lo cogían
de nuevo. La mujer le entregó un puñal y luego miró
a Atsushi.
La gente comenzaba a gritar y jalearlo, portando más antorchas
y entregándole una a Atsushi junto con un puñal. Su
mujer lo abrazó, besándolo profundamente y sujetándole
la cara con las manos. – Vuelve victorioso o no vuelvas…
– Ya sabes la respuesta a eso... – le sonrió
el hombre con algo de tristeza en la mirada a pesar de todo, apretando
luego el puñal con fuerza en su mano como haciéndoles
ver que no le se lo iba a dejar fácil a su hijo. Echó
a correr una corta distancia, girándose para sonreírle
a su hijo como retándolo a seguirlo, internándose
entre los árboles luego.
Las mujeres lo dejaron ir por fin. El chico corrió a toda
velocidad por la plaza, apartando a todo el que le molestaba lo
más mínimo, corriendo por el bosque, pisando ramas
y maleza con aquellos pies descalzos que no sentían nada.
Respiró con fuerza, como buscando su olor en al aire, totalmente
seguro de que en su cuerpo estaba ahora mismo el espíritu
del lobo. – ¡Frey! – le llamó furibundo.
– ¡Cobarde! – emprendió la carrera de nuevo
al escuchar el ruido entre los árboles, en la oscuridad tan
sólo iluminada por las calabazas agujereadas y les velas
que se derretían dentro de ellas.
Lo observó escondido tras las ramas y el cuchillo pasó
frente a su cabeza rajándole la mejilla.
El moreno se cubrió la mejilla, frunciendo el ceño
perlado de sudor y dejándose caer para proteger el resto
de su cabeza, rodando antes de ponerse de pie, echando a correr
de nuevo, escondiéndose tras los árboles e intentando
por todos los medios de encontrar a Goro antes de que este lo encontrase
a él. – ¡Cerunnos! ¡Así nunca vas
a ser un dios! – le gritó, con toda la intención
de desconcentrarlo, saltando encima del chico al escuchar una de
sus pisadas, pero apenas consiguiendo rasgarle la piel del hombro.
Goro se arrastró a cuatro patas por la hierba durante unos
segundos para que Atsushi no se le escapara. Clavándole el
cuchillo en la pierna y viendo frustrado como aún así
huía con él clavado, dejándolo desarmado. Se
levantó corriendo tras él. – ¡No puedes
huir así! ¡Deja de huir!
Pero el moreno se ocultó tras de un árbol, respirando
agitado por la lucha y el dolor. Se mordió el labio inferior
incluso sacándose sangre para poder remover el cuchillo de
su pierna, aún así sin poder evitar un gemido angustioso.
Tenía que pensar, tenía que ocurrírsele alguna
idea para salir de esta. Se pasó la mano por el rostro, restregándose
aquellas pinturas y arrastrándose tras de unos arbustos tan
rápido como podía. Sabía que el chico se estaba
acercando.
Goro echó a correr, deteniéndose un momento, riéndose
en alto al ver el rastro de sangre por la hierba, siguiéndolo
despacio y pensando en cómo poder atacarle por la espalda
ya que él estaba desarmado.
Se paró, acuclillándose y gritando como si algo terrible
le hubiera sucedido. – ¡Papaaaaaaá! ¡Ah!
Atsushi abrió los ojos, sorprendido, poniéndose de
pie y yendo hacia él como mejor podía. – ¡Goro!
¡¿Dónde estás?! – lo llamó,
siguiendo su voz, asustado, recordando cómo se había
despertado aquella primera noche.
El chico se quedó donde estaba, temblando aparentemente
aunque lo que hacía era soportar la risa histérica
que le estaba entrando. Su mano sujetaba una estaca de madera con
la que pensaba atravesarle el cuello en cuanto se acercase. –Papá…–
lo llamó de forma angustiosa ahora.
– Goro... – Atsushi se acercó, deteniéndose
de pronto, sintiendo que algo estaba mal. Miró a su alrededor
brevemente peguntándose si los vigilaban, llamándolo
de nuevo. – Goro... ¿te puedes levantar? Goro...
– No…– susurró el chico, clavándose
la estaca en un costado, tratando de que no se viese y mostrándole
luego su mano ensangrentada. – Me he clavado algo… me
duele… – susurró.
– Goro... – Atsushi corrió a su lado, ignorando
su propio dolor y sujetándolo contra sí, para revisarlo.
– Tranquilo... déjame ver... – le pidió
angustiado, deseando que Okuma estuviese allí.
El moreno se tiró entonces sobre su padre, bajando la estaca,
subido sobre él y apretándola contra su pecho, la
sangre fluyendo mientras él trataba de hacer toda la fuerza
posible. – ¡Muérete! – le gritó,
odiando aquellas manos que sujetaban la madera con mucha más
fuerza que la suya.
–¡No! ¡Goro! – lo llamó, comprendiendo,
las palabras forzadas por el dolor en su pecho. – ¡Cerunnos!
– Tuvo que hacer un esfuerzo enorme por no pensar en su hijo,
subiendo una pierna con brusquedad para girarlos a ambos del lado
en el que sabía que estaba lastimado, intentando quitarle
aquella estaca de las manos. Si hubiera estado drogado, se hubiese
dejado vencer en algún momento, pero seguía siendo
más fuerte que el chico.
La sangre de Goro comenzó a manar más y más
conforme hacía fuerza para tratar de vencer a su padre. Tal
vez la había hundido demasiado. Se estaba mareando incluso,
lo comenzaba a ver borroso y sentía que perdía las
fuerzas. Alzó las manos con fuerza iracunda y las bajó
de nuevo atravesándole el hombro por la dificultad en la
visión, cayéndose de frente sobre él, tratando
de levantarse a duras penas.
Atsushi se sujetó el hombro, jadeando, sacándose
la estaca con un grito sin poder evitarlo, su cuerpo entero cubierto
de sudor ahora, la sangre manando de sus heridas. Aún así,
no pensaba dejarse morir allí y menos aún, permitir
que su hijo se convirtiera en eso. – Goro... – lo llamó,
intentando alzarlo un poco, sujetando sus brazos aún así
para que no lo atacase más. Se veía débil,
incluso con aquella mirada determinada. – Goro... no cierres
los ojos... – le pidió a sabiendas de que lo que deseaba
era matarlo. Sin soltarlo, giró esta vez hacia el otro lado,
rasgándose la ropa sin que le importase quedar desnudo, en
primer lugar utilizando un trozo para atarle las manos aunque aquello
le dolía a él, tanto emocional como físicamente.
Encargándose luego de la herida en su costado.
El moreno dejándose hacer, demasiado cansado, perdiendo
el conocimiento.
La gente se apartó, con voces de asombro, sorprendidos por
la escena que emergía del bosque. Clamando a Frey, ensalzándolo
por haber matado al Dios que había estado alabando. El hombre
permanecería en su reinado hasta que se engendrase un nuevo
rey que pudiese derrotarlo.
Naoko no pudo evitar sonreír pese a todo, girándose
de un sólo movimiento y sujetando el cabello de Brigantia
la cual trataba de resistirse y huir, gritando aterrorizada hasta
que la mujer rebanó su garganta con el cuchillo que pensaba
usar para matarse a sí misma.
Okuma miró a Atsushi sin poder creerlo, abriendo los ojos
y mirando después a su hijo. No podría soportarlo.
Atsushi se iba a morir cuando despertase a la mañana siguiente
de aquella pesadilla.
Seki se removió, a pesar de todo, llorando, protestando
contra la mordaza. Lo había engañado, le había
mentido y aún así... No podía creerlo, y su
propio padre...
Atsushi mientras, sonrió, exhausto, comprendiendo lo que
estaba sucediendo. No había sido ese plan pero... podía
funcionar. Alzó con cuidado el cuerpo del chico, asegurándose
de no hacerle daño y alzando la voz. – ¡El dios
Cerunnos ha muerto! ¡He vencido! – exclamó antes
los gritos y las exaltaciones de las personas del pueblo. Miró
a su mujer, que lo observaba salpicada con la sangre de Brigantia.
– He de reclamar mi premio... – sonrió, blandiendo
uno de los puñales y dando la orden. – Traigan los
sacrificios a mí...
– Por supuesto… ¡llevadlos! – les dijo
la mujer a las chicas que soltaron a Seki arrastrándolo con
ellas, riéndose de sus lágrimas, los lobitos arrastrados
por las cadenas de las manos del chico que estaba bañado
en lágrimas.
Okuma se dejó llevar, con la esperanza de poder coger a
su hijo una vez estuviese frente a Atsushi. No sabía qué
hacer, sólo estaba desesperado por salvar a Seki y a Atsushi
aunque sabía que aún sacándolo de allí
después de lo que había hecho sólo sería
un muerto en vida.
Sufrió un empujón y cayó de rodillas a los
pies del supuesto Dios.
– Debes sentirte honrado... – le sonrió el moreno,
que seguía sin soltar a Goro. Por ahora podían verlo
como un trofeo, pero si lo soltaba, enseguida vendrían a
llevárselo. Se agachó frente a Okuma, colocando el
puñal contra su cuello y acercándose con aquel gesto
maldito en su rostro para que no sospechase. – “Cuando
baje el puñal, sujeta a Seki y echa a correr.” –
se puso de pie de nuevo luego de haberle hecho un pequeño
corte por las apariencias, su mujer acercándose un poco como
sospechosa pero Atsushi alzó el puñal en el aire,
bajándolo con violencia, a la vez que Seki gritaba contra
la mordaza. Sin embargo, el moreno cortó las ataduras de
Okuma, con el corazón latiéndole a mil.
Okuma cogió a su hijo sin poder pensar en nada más
que salvarlo, echando a correr con él como si fuera un mero
saco, mirando atrás, asegurándose de que Atsushi vendría
con ellos. En efecto, el moreno corría tras ellos, llevando
a Goro apretado contra su cuerpo. – “Un poco más.”
– le susurró por si lo escuchaba sin detenerse. Podía
escuchar a los demás gritando tras ellos, a Naoko gritando
que los detuvieran, escuchaba el sonido metálico de aquellas
armas punzantes.
Okuma le dio un puñetazo a un hombre que trataba de sujetarlo,
echando la mano atrás y tomando uno de los cuchillos de Atsushi,
utilizándolo a diestro y siniestro como podía. Dejó
a Seki en el suelo para que corriese por su propio pie, cargando
a los lobitos que ladraban histéricos y asustados.
Goro entreabrió los ojos, revolviéndose y tratando
de soltarse, mordiendo el hombro de su padre con sadismo y desesperación.
– ¡Esta vivo! – se oyó gritar.
– ¡No lo matéis! – gritó Freya.
– ¡No matéis a mi hijo! ¡Matad al traidor!
– ¡Goro! – le gritó su padre, apretándolo
y aguantándose el dolor aunque sentía que se iba a
desmayar por momentos. Pero no podía, tenía que mantenerse
concentrado. No importaba lo que sucediese, no iba a soltar a Goro.
Seki continuó corriendo detrás de su padre, sujetando
a los lobitos, tratando de no perderlos, aún mordiendo aquella
mordaza, no tenía tiempo de quitársela. Estaba seguro
de que iban a morir si tan sólo miraba hacia atrás.
Okuma empujó a un hombre, la máscara cayendo por
los suelos y revelando la faz de uno de los policías que
ahora veía claramente por qué no los habían
ayudado. El hombre rebotó contra el coche haciendo que el
doctor aún en medio de aquel histerismo se percatase de que
las llaves estaban en el contacto. Empujó a su hijo adentro
y le arrebató la pistola de la cintura a aquel hombre. Apuntando
a quien quiera que pretendiese acercarse mientras Atsushi subía
también.
El moreno casi se lanzó dentro del coche, sujetando a Goro
con fuerza, remeciéndolo un poco para que dejase de luchar.
Si hubiera sido cualquier otro, lo hubiera dejado inconsciente pero
tratándose de su hijo, no quería arriesgarlo más
con las heridas que tenía. – ¡Okuma! ¡Rápido!
– le gritó, mientras Seki aprovechaba para bajarse
la mordaza al cuello, con una mano.
– ¡Papá! ¡Vámonos! – gritó
también tosiendo un poco, observando a Goro y a Atsushi aún
asustado.
– ¡Ya sé! – le gritó Okuma, tirando
hacia atrás con el coche y arrasando con quien quisiera que
se pusiese delante. – ¡Baja la cabeza! – le dijo
a su hijo, un hacha rompiendo el cristal del todo terreno.
Aceleró aún más el coche, bajando por la pendiente,
rebotando bruscamente en las piedras. Tenía miedo de acabar
destrozándolo, si se quedaban estancados estaban perdidos.
Las ruedas chirriaron al girar por la entrada del pueblo donde
habían estado viviendo. Okuma dando un volantazo justo antes
de estamparse contra una de las paredes de la casa, echando el corche
marcha atrás y saliendo hacia la carretera.
– ¡Papá! ¿A dónde vamos? –
preguntó Seki exaltado, el corazón retumbándole
en el pecho, mirando hacia atrás para ver si los seguían,
pero parecían estar retrocediendo algunos.
– Van a buscar sus coches, tenemos que alejarnos... –
comentó Atsushi, mirando a Seki también, Goro aún
revolviéndose como un animalito salvaje. – Lo siento...
pronto estaremos a salvo. Y Goro volverá a ser el mismo.
– Le aseguró, rogando porque no se equivocase, respirando
afanosamente a causa del esfuerzo y las heridas.
Okuma miró un momento atrás, pisando a todo lo que
daba ese cacharro. – A la carretera, a cualquier lado, hijo.
– le aclaró, nervioso, hablando bruscamente y pensando
que lo dejaban todo atrás. El dinero, los papeles…
todo. Pero salvar sus vidas era mucho más importante. Ni
siquiera sabía cuando podrían dejar de escapar, hasta
donde se extendían los lazos de aquella religión.
Se escuchó un chirriar de llantas, una camioneta acelerando
a lo lejos, ganando terreno. – ¡Okuma, acelera! –
le gritó Atsushi aunque sabía que era inútil.
Estiró una mano hacia Seki sobresaltando al chico, pero sólo
quería arrancarle la mordaza para colocarla contra la boca
de Goro, evitando sus constantes intentos de morderlo.
– ¡Se están acercando! – gritó
Seki entonces, arrodillándose en el asiento para tenerlos
vigilados, aquella camioneta encendiendo las luces potentes como
para cegarlos.
– Mierda…– Okuma le dio un golpe al volante,
maldiciendo aquellos estúpidos coches de policía de
pueblo. –Seki… coge la pistola… Apunta a la furgoneta.
No mates a nadie. – le advirtió porque sabía
lo desesperado que estaba su hijo. Lo hubiera hecho él mismo
pero no podía soltar las manos del volante y no se fiaba
de Atsushi teniendo a Goro en ese estado.
– Okuma... – protestó Atsushi pero ya el chico
se había inclinado hacia delante, tomando el arma.
– Sí. – le aseguró, abriendo la ventana
y asomándose por la misma, disparando sin atinarle las primeras
veces. Era mucho más difícil disparar de lo que se
veía en las películas.
Okuma lo observó por el retrovisor, seguro de que le acabaría
dando como fuera. Ya no le importaba nada, la ley ya no tenía
significado para él. Era increíble cómo en
momentos como ese, cualquier barrera moral desaparecía.
Escuchó el sonido de la furgoneta frenando bruscamente,
cayendo al suelo y arrastrándose por la gravilla hasta tumbarse
de medio lado. El doctor frenó de golpe. Bajó a la
carretera, cogiendo la pistola de las manos de su hijo.
– ¡Papá! ¿A dónde vas? –
le gritó Seki estremecido, casi saliéndose por la
ventana del coche, Atsushi reteniéndolo con una mano, pero
Seki lo empujó con facilidad. – ¡Suélteme!
– le gritó furibundo, meneando la cabeza luego confundido.
– No, yo...
– Está bien... – asintió el hombre, que
no se extrañaba, aunque estaba igual de nervioso por lo que
hacía Okuma. Lo hubiera seguido de no ser por Goro. Esas
personas... Aún si estaban lastimadas, intentarían
vengarse.
– ¡Quédate ahí! – le dijo su padre,
señalándolo con un dedo mientras se aproximaba cautelosamente
al coche. Uno estaba claramente muerto pues sus sesos se hallaban
desparramados por la carretera, sin embargo el otro… Se aproximó,
apuntando con la pistola, dispuesto a pegarle un tiro al menor movimiento.
Pero sólo movió su mano, sin fuerza, inconsciente
por el golpe. Lo arrastró afuera, quitándole la ropa,
a este y al compañero así como las carteras y todo
lo que acertó a coger antes de echar a correr hacia el coche
de nuevo. Lanzó las cosas adentro junto a su hijo. –
Revisa las carteras y coge todo lo que haya de valor, tira lo demás.
Le devolvió la pistola tras ponerle el seguro. – Tres
balas. Son las que quedan. – le dijo.
Seki asintió, tomando la pistola enseguida con aquel gesto
de gravedad aún en el rostro, revisando las carteras y sacando
el dinero. – ¿Las tarjetas de crédito? –
preguntó sin estar seguro.
Atsushi negó. – A menos que sean para gasolina...
podrían rastrearlas fácilmente. – suspiró,
abrazando a su hijo que parecía haberse tranquilizado un
poco, aunque continuaba mirándolo de malas maneras.
– Sólo el dinero. – murmuró Okuma que
no estaba muy seguro de cómo salir de aquello. Observó
el cuadro de mandos del coche, preocupado. Angustiado en realidad.
–Tarde o temprano habrá que detenerse. No queda mucha
gasolina. Busca en el maletero a ver si hay algo útil. Ropa…
Tal vez haya algún uniforme de recambio. Algo…–
Desvió la mirada un momento de la carretera para abrir la
guantera del coche. Dentro habían papeles, un revolver y
varias chocolatinas.
Frunció el ceño, cogiendo el revolver y poniéndolo
a su lado en la puerta.
– Tienes razón, hay uno... – le avisó
el chico, suspirando a la vez que sacaba el uniforme, un poco mareado
en realidad, pero sin soltar el revólver en ningún
momento, uno de los lobitos halándole de la tela, contagiado
por el ajetreo. – Eso y herramientas de coche, una linterna...
– Mira la talla. Al menos a ti tiene que valerte, alguien
tiene que comprar ropa. Y coge la linterna, tal vez nos sirva. –
murmuró el hombre, girando el coche peligrosamente de nuevo
pese a que ahora no los seguían. No había querido
llamar la atención sobre ello pero no veía muy bien
sin gafas, suerte que no había nadie más a esas horas
en la carretera. En un pueblo tan recóndito. ¿Suerte?
Ya no estaba tan seguro. Se sentía agotado y desesperado.
Odiaba la sensación de no saber que sucedería.
Goro se apoyó en Atsushi, al parecer cansado de luchar,
la mordaza le molestaba y empezaba a tener extraños pensamientos
a cada rato. Ya no se sentía tan furioso y comenzaba a sentirse
perdido.
– “Tranquilo...” – le susurró su
padre, agotado, recostándose en el asiento. – ¿Quieres
que conduzca, Okuma? En el próximo pueblo... hay un lugar
de hospedaje. Casi nunca se queda nadie allí pero sigue...
– exhaló con fuerza, sin estar muy seguro. Lo cierto
es que quería ir tan lejos como pudieran pero le preocupaba
Goro. Le había vendado la herida pero no era doctor.
– ¿No nos van a encontrar allí? – preguntó
Seki aún con sospecha, mirando la talla y constatando que
en efecto, le servía. En ningunas otras circunstancias se
hubiese puesto algo tan horrible pero no era el momento de ponerse
en planes.
– No, no podemos perder el tiempo en cambiarnos de asiento…–
se apoyó con un codo en el marco de la ventana, apretándose
la sien y tratando de pensar. No podía mandar a su hijo sólo
a pedir un cuarto y no encontrarían una tienda de ropa abierta
a esas horas. Salir así, además de bochornoso, sería
llamar demasiado la atención sobre ellos. – No podemos
parar en ningún lugar hasta que amanezca. – volvió
a observar lo que quedaba de gasolina en el depósito, renegando
con la cabeza. Aquello parecía una pesadilla.
– Okuma... – Atsushi lo llamó, observándolo.
Sabía lo que estaba pensando, estaría asustado por
más fuerte que se viera. – En todo caso, tendremos
que escondernos... y el auto... – comentó por si acaso,
Seki terminando de vestirse y mirándolo aún de aquella
manera como si en cualquier momento les fuera a saltar encima.
– Lo sé. – se frotó la cara un momento.
Pensando en que incluso se estaba planteando robar otro coche, ya
no le importaba nada salvo salir vivos de allí. –Seki,
dale lo que llevabas a Atsushi.
El chico lo miró por el retrovisor, finalmente entregándoselo
al moreno sin decir nada. Aún llevaba la cadena guindando
de uno de sus brazos y se preguntaba cómo se iba a sacar
aquello.
– Gracias... – le sonrió Atsushi, cubriéndose
por fin un tanto rojo, absurdamente. – No te preocupes por
eso... Te la puedo quitar si me pasas las herramientas... –
le ofreció aunque con la cara que tenía el chico,
dudaba que se las diera.
– Deja que te ayude, Seki. – le pidió Okuma
que observaba a su hijo por el retrovisor. –Te parecerá
increíble pero Atsushi estaba drogado. Igual que lo está
Goro. – resopló un poco, agotado, buscando con la mirada
un lugar donde esconderse y saliéndose de la carretera de
pronto. Atravesando una campiña, descubrió un granero.
Se bajó, mirando a los lados, pero aquella explanada estaba
por completo desolada. Abrió los portones y se subió
al coche de nuevo para meterlo dentro. Por suerte el lugar era grande
y a la vista saltaba que abandonado hacía mucho tiempo.
Atsushi sujetó aquellas pinzas, girándolas contra
la cadena, haciendo un esfuerzo que en realidad estaba más
allá de sus habilidades en ese momento, pero tratando de
imaginar que era un reloj enorme, consiguiendo destrabar la cadena
por fin en su punto más débil, liberando a Seki y
a los cachorros. – Ya está... – jadeó,
sonriendo un poco y volviendo a sujetar a Goro con ambos brazos.
– Gracias... – Seki le sonrió inseguro, mirando
al chico, nervioso y preocupado a la vez, antes de bajarse del vehículo.
– “Papá... ¿seguro que están bien?”
– lo miró sintiéndose en cierta medida como
una mala persona pero luego de lo sucedido, tampoco podía
relajarse tan fácilmente. – “Goro volverá
a ser... ¿Goro?”
– “Sí, en cuanto se le pase la intoxicación
que tiene.”– le apoyó la mano en el cabello.
Cogiendo a Goro de los brazos de su padre a pesar de que el chico
por un momento se revolvió asustado incluso con el dolor
en su costado. – Para quieto o te desangrarás más.
– Okuma le amenazó con la realidad. Tendiéndolo
en el asiento de atrás y mirando la herida. – ¡Para!
– le gritó de nuevo. El chico mirándolo a los
ojos, furioso.
Okuma se lavó las manos en el grifo del granero, el agua
salió marrón hasta el cabo de un rato. Volvió
al coche y lo limpió cuidadosamente. – En la guantera
había una petaca. – le indicó a su hijo para
que se la trajera. – Atsushi, lávate las heridas pero
no las metas bajo el agua directamente.
Seki se acercó con la petaca, entregándosela a su
padre, mientras que Atsushi se iba a echar agua en las heridas,
frunciendo el ceño por el dolor, sintiéndose débil.
Y mirando aún así, hacia Goro, preocupado. –
Es... ¿está bien? No es... – le preguntó
a Okuma, temiendo la respuesta.
Okuma no le contestó, limpió la herida del chico
y cortó un trozo de aquella tela, humedeciéndola ligeramente
y atándola fuerte alrededor de su costado. El chico gimió,
mordiendo la mordaza y ahogando un grito de dolor. Le bajaba una
lágrima pero miraba al techo orgulloso mientras el mayor
lo examinaba. – Estará bien...– murmuró
antes de salir del coche.
Atsushi sonrió un poco, preguntándose si le mentía
pero en ese momento, prefería creerle. Se dejó caer
en el piso, sentado, agotado completamente ahora que la adrenalina
lo abandonaba.
Seki se acercó al coche, mirando a Goro por la ventana,
permaneciendo allí sin saber qué hacer realmente,
pero sin poder alejarse.
Goro lo miró a través del cristal, Okuma acercándose
a Atsushi y acuclillándose frente a el. Le apoyó una
mano en la cabeza, bajándola por su mejilla y apretándole
la mandíbula con la mano. Apartó la vista después
de sus ojos y observó sus heridas, vendándoselas con
fuerza y mirando a su hijo de soslayo. No quería ser cruel
pero no le gustaba que estuviera demasiado cerca de Goro. –
¿Por qué no miras si hay algo de utilidad por aquí,
Seki?
El chico asintió, mirando de nuevo a Goro y colocando una
mano en el cristal de la ventana antes de separase de él
para ir a explorar alrededor del granero, rebuscando.
Atsushi alzó el rostro, buscando la mirada de Okuma. –
“Goro no va a recordar... No quiero que recuerde...”
– le pidió casi rogando. Ya era suficiente con saber
lo que había hecho él, con saber que toda su vida
era una mentira, como para hacerle eso a Goro. Con lo sensible que
era.
– Encontré ropa de trabajo, papá. – le
avisó Seki, tomando aquella desgastada y vieja ropa seguro
de que les serviría. Se notaba que eran cosas abandonadas
pero mejor eso que nada.
– Gracias. – le dijo a su hijo. Sacudiendo la ropa
y pasándosela a Atsushi primero. – Vístete,
arriba. – lo ayudó a levantarse, mirándolo a
los ojos aún sin poder asegurarle que no recordaría.
– No, todo le parecerá una pesadilla. – quiso
fingir seguridad al final. Poniéndose aquel mono de trabajo
y pensando que olía a polvo.
Se subió la cremallera, acercándose al coche y mirando
a Goro que al fin parecía haberse dormido. Le quitó
la mordaza, tocándole la cara y notando que tenía
fiebre, necesitaba medicamentos por no hablar de que le preocupaba
la sangre que había perdido. Seguramente en el furor de la
droga no había sido capaz de calcular la magnitud del daño
que se había hecho y con la huída lo habían
zarandeado de un lado a otro sin descanso. Se veía pálido.
Atsushi se vistió, acercándose al coche. –
¿Puedo quedarme con él? No quiero que esté
solo... – le pidió al moreno. – Cuando despierte...
Va a estar bien... – aseguró más por convencerse
a sí mismo.
– Puedes quedarte con él.– Okuma salió
del coche, abriendo la guantera de nuevo y mostrándole a
su hijo las chocolatinas, entregándole una y pasándole
a Atsushi varias mientras llevaba a Seki a sentarse con él
en los asientos delanteros. – Mejor quedémonos dentro
todos, será más seguro.
Atsushi se sentó junto a donde estaba recostado Goro, acariciando
su cabello con ternura, bajando la mirada, aguantándose los
deseos de llorar. Era su culpa, no haberlo protegido, no haber comprendido
antes.
Seki se metió la chocolatina a la boca, mirándolos
por el retrovisor para no molestar, aunque también estaba
preocupado. No quería que Goro muriese, quería verlo
sonreír de nuevo de aquella manera casi infantil. Miró
a su padre sintiéndose como un chiquillo pero sujetando su
mano.
Okuma tiró un poco de él y lo sentó sobre
sus piernas, lo cierto es que él también necesitaba
un poco de calor humano. – “Duerme un poco si puedes.
Yo estoy aquí.”– susurró contra su cabello.
El chico asintió, cerrando los ojos, aunque dudaba que fuera
a dormir.

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