Capítulo
50
The Hunt
Atsushi caminó hasta el centro del círculo, de la
mano de Naoko, sonriendo entre gritos de algarabía y el sonido
de aquellos melódicos tambores. – Demos comienzo. –
anunció, buscando a Goro con la mirada, de nuevo aquella
expresión de orgullo en su rostro. Una de las chicas se acercó
entregándole la copa grabada con imágenes de cazadores,
y guerreros, la imagen de la diosa en el centro. El moreno se giró,
como siempre ofreciéndosela a su mujer primero.
Esta bebió de ella, sin derramar una gota, sonriendo y devolviéndosela
a su marido para que también bebiese de ella. – ¿Dónde
está mi hijo?– preguntó. En realidad ordenando
que lo llevasen junto a ella.
Las chicas lo llevaron con ellas. Se veía ungido por aceites
que hacían su piel más oscura, sudoroso, una corona
de hojas sobre su cabeza. Caminaba firme pero su mirada parecía
enturbiada por una violencia extraña para nada típica
de él. Sólo una leve túnica lo cubría
y eso no era suficiente para ocultar aquel falo enhiesto delante
de su abdomen.
Miró a su padre no como siempre, si no como miraría
un joven lobo al jefe de la manada antes de saltarle al cuello.
– Hijo. – lo llamó ella, sonriendo como orgullosa
de su aspecto. Acariciándole el pecho con una mano y haciéndolo
arrodillarse. – Respeta a tu padre.
Atsushi se rió, limpiándose con un dedo la gota que
resbalaba por una de las comisuras de sus labios. – Está
bien, pronto él será el dios y no tendrá que
arrodillarse ante nadie. – le alzó el rostro para que
lo mirase de aquella manera nuevamente. – Esto me dice que
será un gran dios... – comentó casi como pensativo.
Sonrió de nuevo, mirando a Naoko, tan sólo desviando
la mirada al sentir que ya se acercaban con el sacrificio.
Goro se levantó de nuevo, observando al perro que llevaban
atado con una cuerda, inconsciente de su destino y asustado por
el bullicio. Ladrando a todos a su alrededor. Se apartó al
pasar al lado de él y su padre como si les temiese o su instinto
le advirtiera.
Brigantia mientras tanto, montaba aquel enorme macho cabrío
de dimensiones desmesuradas para su raza, como si fuera un potrillo,
completamente desnuda de nuevo, despertando aún más
sus deseos. Hizo un ademán de moverse pero la mano de su
padre le aferró el brazo reciamente mientras la mujer que
presidía aquel sacrificio se acercaba con un cuchillo.
Aquellas extrañas ninfas sujetaban la cabeza del perro,
las fauces cerradas ahora por un entramado de ramas mientras Naoko
sesgaba su cuello haciendo que se desangrara.
Atsushi sonrió, sujetando a su hijo contra sí aunque
era consciente de la manera en la que aún intentaba escapar.
Fue la misma Brigantia quien dirigió aquel macho cabrío
hacia donde se encontraban, observando a Goro con una sonrisa traviesa
en el rostro, mientras Naoko se acercaba con el cuchillo, para degollar
al animal ahora.
Seki se cubrió la boca con dos manos para no gritar, agazapado
en su escondite junto a su padre, los ojos aguados. Era como ver
una película de terror aquello, y lo peor... Goro y su padre...
allí, disfrutándolo.
Okuma lo sujetó contra sí, tratando de evitarle aquella
visión, cómo la madre de Goro ungía las frentes
de su marido e hijo con aquella hoja afilada aún manchada
por la sangre de los animales.
Brigantia cortó un trozo de lana del carnero, usando la
leche que la mojaba para limpiarle la frente a Goro que casi temblaba
sólo con que se acercase, tratando de asirla, de tocarla
por lo menos, aunque su padre no le dejaba para nada moverse. La
chica se rió, depositando un beso en su frente.
Naoko limpiando a su vez la frente de Atsushi. El doctor, agazapado
entre los árboles con su hijo, observando a aquel hombre,
odiándolo como nunca había odiado a nadie. Atsushi
estaba sonriendo…
Y Seki tenía ganas de llorar, no era posible que los hubieran
engañado así. ¿Por qué? ¿Por
qué Goro se comportaba así?
Justo en ese momento, Atsushi prorrumpió en una carcajada,
tanto su mujer como las demás personas allí congregadas,
acompañándolo, mientras la chica tomaba respetuosamente
el cuchillo de manos de Naoko para comenzar a cortar la piel de
los animales.
Naoko les cubrió la cintura con unas tiras de cuero, despojándolos
de todo rastro de ropa. Entregándoles después la piel
desollada de los animales como si se tratase de un látigo
o fusta.
Las chicas comenzaron a correr, reídas, perseguidas tanto
por Goro como por su padre que las golpeaban con aquellas pieles,
azotándolas y manchándolas de sangre.
– “Levántate despacio...” – le pidió
Okuma a su hijo, tratando de retroceder unos pasos al notar que
la tal Brigantia huía hacia donde ellos estaban, perseguida
por Goro al cual su padre seguía, vigilante.
El chico se puso de pie tan despacio como podía, sintiendo
el corazón en la garganta. Estaba espantado, helado por dentro.
Lo que quería era echar a correr. Se tocó el bolsillo
del pantalón asegurándose de haber llevado su móvil,
mientras Atsushi perseguía a Goro que justamente parecía
a punto de lanzarse sobre la chica.
Brigantia cayó al suelo, riéndose y empujándolo
de encima de ella. Goro tratando de asirla por el contrario completamente
serio. De pronto la joven prorrumpió en un grito, dejando
las risas y corriendo junto a Atsushi al ver a aquellos dos extraños.
– ¡Madre! – gritó, llamando a la mujer
que oficiaba los sacrificios.
Goro se quedó mirándolos como si no los reconociera.
Ambos de pie, como fosilizados por el terror. Okuma sujetó
la mano de su hijo echando a correr de pronto a toda prisa, tan
rápido como podía.
–¡Cogedlos! ¡Matadlos! – les gritó
Naoko furiosa, ella misma corriendo tras ellos junto a las otras
chicas.
Atsushi aún protegiendo a la chica con su cuerpo, súbitamente
sonriéndole a Goro y halándolo de la mano. –
Es una cacería, Cerunnos... – anunció mientras
echaba a correr con su hijo, tomando una ruta alterna para llegar
a los fugitivos.
Seki corría como nunca, sintiendo que se iba a morir él
solo del miedo.
Goro se rió, corriendo con su padre, apartando a las chicas
que pudieran haber llegado antes como si sólo fueran estorbos,
estirando el látigo para golpear a Seki aunque su verdadera
intención había sido tratar de enredarlo en su cuello.
Okuma tiró de la mano de su hijo para que corriese más
rápido pero aquel pueblo desconocido, aquel bosque profundo
en mitad de las ruinas era como un laberinto para ellos. Se escondió
dentro de una casa en ruinas, tratando de buscar una salida contraria
y desprovista de persecutores. Miró a Seki a los ojos, ambos
con la respiración entrecortada. Pero era demasiado tarde,
de sobra los habían visto esconderse.
Atsushi y su hijo entraron por entre los agujeros de la pared mientras
las mujeres se arremolinaban afuera como si fueran a observar un
espectáculo. Armadas con lanzas y guadañas rudimentarias.
Seki dejó escapar un grito finalmente al observar cómo
se acercaban de nuevo, aún huyendo con su padre pero allí
no había salidas, no había manera de escapar.
– Se acabó... – murmuró el moreno, asomándose
por la puerta de la habitación a la que habían ido
a parar, apartándose tan sólo para dejar pasar a su
hijo por delante, ambos aún moviendo aquellos látigos
como si pensasen azotarlos hasta la muerte.
– Atsushi. ¿Qué coño crees que estás
haciendo? – le preguntó Okuma, mirándolo a los
ojos y tratando de buscar un poco de cordura a aquello.
– ¡Matadlos, he dicho! – les gritó Freya
que entraba airada tras ellos. – Mátalos. – le
dijo luego a su marido, apoyando una mano en su hombro desnudo y
manchado de sangre.
El hombre apretó el látigo aquel, alzando un brazo
y bajándolo de nuevo para golpear a Okuma pero Seki se interpuso,
abrazando a su padre, consiguiendo tan solo recibir parte del golpe.
– ¡No! ¡Goro! Despierta... Estáis locos...
– murmuró sin poder siquiera razonar bien, nada tenía
sentido.
Atsushi se llevó una mano a la cabeza, girándose
luego para mirar a su mujer. – ¿Matarlos? ¿No
lo ves? Es una ofrenda... ¿cuántas veces tenemos una
oportunidad así? – la miró a los ojos, sin poder
evitar fruncir un poco el ceño a causa de su orgullo y mirando
luego a su hijo. – Tal vez deberíamos dejar que el
futuro dios decida.
– Lo quiero a él. – sentenció el moreno
señalando a Seki con un dedo, observándolo fijamente
y después a su madre. – Lo quiero. – insistió
sumamente serio y en actitud desafiante.
– Mamá… – Brigantia protestó, sujetándose
del brazo de su madre, tirando de este un poco para que no cediese.
La mujer levantó la mano y golpeó la cara de Goro,
alzando un poco la cara en señal de orgullo. Goro siguió
mirándola impasible y la mujer cedió.
– Después podrás tener a quien tú quieras,
pero tu esposa será Brigantia.
Goro la miró y de pronto echó a correr hacia Seki
al cual su padre sujetaba contra sí. Furioso y armado tan
sólo con un bisturí de no muy grandes dimensiones.
Echó a su hijo hacia atrás, tratando de protegerlo
ya que huir era imposible. El látigo que el chico manejaba
le golpeó la cara amoratándole la mejilla. Lo sujetó
después, tirando hacia él para aproximar a Goro sin
conseguir otra cosa que rajarle un hombro, aunque profundamente,
no lo suficiente.
– ¡Goro! – Atsushi golpeó la mano de Okuma
con su látigo para hacerle soltar el bisturí y haló
a Goro hacia sí, sus instintos paternales tan fuertes como
lo habían sido siempre a pesar de que casi lanzaba al chico
tras de sí. – ¡Obedece a tu madre! – le
advirtió, mirando a Seki y luego a su padre, preguntándose
si debía matar al chico para eliminar el problema.
Goro se apartó un poco, echándole una mirada furibunda
a su padre y luego a quien lo había herido aunque casi no
le dolía con la de sustancias que llevaba encima.
Okuma miró a Atsushi, preguntándose si iba a morir
y a su hijo no le quedaría más remedio que vivir como
el esclavo de una panda de tarados. Observó el bisturí
en el suelo, a unos metros de él, donde había salido
proyectado.
Una de las chicas arrastrándose por el suelo antes de que
pudiera cogerlo. Negó con la cabeza, quitándose las
gafas y apoyándolas en el pecho de su hijo para que las sujetase.
– ¿Vas a matarme, Atsushi? ¿Qué vas a
hacer? No voy a entregaros a mi hijo, antes lo mato yo mismo.
– ¡No! – Goro trató de acercarse pero
lo sujetaron entre varias. Entre ellas, la indignada Brigantia que
ya no se sentía tan deseada. Pero Freya se reía, divertida
por el espectáculo.
– Estás hablando con un Dios. Pobre iluso. –
le dijo a Okuma. – Mira, hijo. – alzó la cara
de su hijo que trataba de soltarse. –Observa a tu padre y
aprende a ser un cazador como él. Te queda poco para ser
un niño.
Sin embargo, el moreno lo miró aún serio, inmutable,
hablando perfectamente calmado a pesar de su mirada salvaje. –
Si mi hijo lo quiere, lo tendrá. Será mi regalo de
bodas... cuando ya no esté.
– ¿Papá? – Seki lo miró de soslayo,
aterrorizado, tanto su voz como su cuerpo temblando.
– Pero sigo pensando lo mismo... Es una bendición.
– sonrió Atsushi, abalanzándose sobre Okuma
con demasiada rapidez para que el hombre pudiese reaccionar, golpeándolo
en el cuello con fuerza, Seki gritando.
Okuma se tambaleó hacia atrás, golpeándose
contra su hijo sin poder evitarlo, pegándole un puñetazo
de vuelta a Atsushi pero este, a pesar de recibir el impacto, sonreía,
escupiendo la sangre como si no sintiese. Tenía que estar
drogado, tenía que estarlo o no comprendía nada.
Se lanzó sobre él, tirándolo al suelo y golpeándolo
sin cesar, tanto como podía y tan cargado de resentimiento
que ni siquiera pensaba en a quien golpeaba.
Las mujeres gritaban a su alrededor pero ni siquiera comprendía
sus jaleos.
Atsushi continuaba sonriendo de aquella manera, como si estuviera
disfrutando realmente aquello, mientras le propinaba un puñetazo
a Okuma, consiguiendo bloquear sus golpes por un momento y tumbándolo
de encima.
Seki se puso de pie para defender a su padre aunque de peleador
no tenía ni la uña del pie, sintiendo que lo detenían
sin embargo, sujetándolo con fuerza. – ¡Deteneos!
¡Papá! ¡Estáis locos! ¡Atsushi-san,
mierda!
Okuma se cubrió la cara con un brazo al ver el puñetazo
que se abalanzaba sobre esta. Alzó las manos después,
sujetando el fuerte cuello del moreno, apretándolo, tratando
de asfixiarlo. Atsushi haciendo lo mismo, como imitándolo
con ese gesto seguro aunque falto de aliento, como si supiera que
iba a ganar pasase lo que pasase.
El doctor lo sujetó con las piernas, apretándolo
contra él y volteándose de nuevo sobre el moreno.
Observando sus ojos empañados por la falta de aliento al
igual que él, el rostro rojo en señal de asfixie.
¿Por qué estaba pasando aquello? Se inclinó
sin poder evitarlo, apoyando los labios sobre los suyos y mordiéndole
después el inferior con fuerza.
Sintió un golpe por la espalda que lo tumbó sobre
Atsushi. Goro, que se había soltado por fin, le dio una patada
a su cuerpo inconsciente, observando a su padre y la sangre que
corría por su labio. –Yo lo hubiera hecho más
rápido. – le aseguró retador.
– No es... tan divertido si lo haces rápido... –
jadeó el moreno, limpiándose el labio con una mano,
sus ojos cansados mientras apartaba a Okuma de encima suyo, revelando
su excitación. – Ahora tenemos dos regalos...
– ¿Papá? ¡Papá! – lo llamó
Seki desesperado, intentando soltarse, las lágrimas bajando
por sus mejillas. – ¡¿Qué demonios hiciste,
Goro?! ¡Te odio! ¡¡Papá!!
– Me odia… – aseveró Goro serio, riéndose
después sin poder evitarlo, pegándole una bofetada
y forzando un beso en sus labios mientras las mujeres agarraban
a Seki.
– ¡Cerunnos! – Brigantia lo llamó, rodeándole
el pecho y separándolo de Seki. Los ojos grises de Goro sin
dejar de observar al chico, sonriendo excitado, volviéndose
luego hacia la joven y sólo porque esta lo sujetaba de la
quijada, negando con la cabeza. La chica se agachó y deslizó
la lengua por su sexo a modo de llamar su atención absoluta.
Goro jadeó, apoyando las manos en su cabeza y guiándola.
Atsushi se rió, negando con la cabeza y deteniendo a la
chica. – Pueden esperar hasta mañana... Es necesario...
Por ahora hay que asegurar las presas... – ordenó casi
en tono de broma, sin que le afectase la manera en la que lo miraba
Seki.
Brigantia se separó, sonriendo a Atsushi y obedeciendo sumisa.
– ¿Piensas quedarte con ese hombre?– preguntó
Freya quien pese a no estar de acuerdo, no tenía poder para
negárselo a su marido como Dios que era ante ella.
– Por supuesto, servirá como sacrificio... No solemos
tener muchos de esos ya... – le sonrió, tomándole
la mano y besándosela por si estaba celosa.
– Ya. – sentenció, tratando de no sonreír
ante su cortesía y apartando la mano por verse orgullosa.
– Entonces no vas a estar con él. Pueden encerrarlo.
¿No? – deslizó un dedo por sus pectorales y
lo bajó hasta su sexo erguido, tocándolo con las yemas
de los dedos.
El moreno jadeó pesadamente, mirándola aún,
seguro de que estaba a punto de enfadarse con él. –
Freya... Permíteme vigilarlo a mí, sólo por
unas horas. Regresaré contigo antes de la ceremonia.
– ¡Ha! Lo sabía. – observó al hombre
en el suelo y luego llamó a las chicas para que se lo llevasen
a una celda. – Encadenadlo mientras está inconsciente
y tú… Ya que quieres vigilarlo, lávalo y vístelo
tú mismo para el sacrificio. Encerrado en la misma celda
que él. – lo miró a los ojos, tocándole
el cuello con la punta del cuchillo de los sacrificios.
– Como tú digas, Freya... – refunfuñó,
frunciendo el ceño, harto de que no confiase en él
y sujetando sus manos, haciendo que el cuchillo le rasgase ligeramente
la piel, el hilillo de sangre resbalando por su pecho.
La mujer sonrió de nuevo débilmente, besando su pecho
y lamiéndolo hasta el corte, besándolo después
y sujetando su rostro con las manos. – Te amo. Por eso cuando
me traiga tu cabeza usaré este mismo cuchillo.
– Estaré esperando, entonces... mi diosa. –
sonrió un poco el moreno besando sus labios de vuelta con
suavidad, Seki observando aún a su padre tendido en el suelo,
sin poder hacer nada.

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