.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 49
Lupercalia

–Allí no había nada. Sólo las cosas que abandonasteis. Justo donde estaban. – dijo Okuma, pasándose la mano por el cabello. Tenía la frente sudada por el calor que hacía y su camiseta se había mojado también en la línea de la espalda. Alzó la vista hacia la colina arriba, observando aquel pueblo a lo lejos que tanto secretismo tenía para todos. No quería llevar a su hijo allí sin saber qué iban a enfrentar.

– Deberíamos subir allí. – comentó Seki al notar su mirada, contradiciendo los deseos de su padre. – ¿Recuerdas cómo se ponía Atsushi cuando lo mencionaba Goro?

– Sí, en eso pensaba pero no quiero que vengas. – confesó sincero, el cigarro colgando de sus labios, la ceniza desprendiéndose sin que apartase la mirada de aquella torre semi derruida a lo lejos.

– Mala suerte, porque no hay manera de que no vaya. Además... yo voy. – sentenció, sin querer decir lo que le había pasado por la mente en realidad. Pero no pensaba separarse de su padre bajo ninguna circunstancia.

– Lo sé. Eres un necio. – lo miró de soslayo, con cara de cabreo, sujetándolo luego por el cuello y dejando la mano en su hombro. – Vamos. A ver qué es lo que tanto esconden ahí arriba.

...

Poco después, ambos entraban en aquel pueblo abandonado. A pesar de ser sólo un montón de casas en ruina y maleza crecida, presentaba un aspecto extraño, como si el mismo lugar fuese un fantasma. En otros momentos, a Seki le habría parecido interesante pero ahora sólo lo ponía nervioso. – ¿Crees que haya vientos fuertes aquí arriba? – le preguntó de pronto a su padre como si pudiera saber eso.

– Probablemente. – le contestó el hombre que se sentía un tanto inquieto y bastante más porque no conseguía prender el nuevo cigarro que había apoyado entre sus labios. Penetró en aquel lugar silencioso, demasiado silencioso, observando las casas de puertas rotas o cerradas a cal y canto. Era extraño, desagradable, como si te estuviesen observando. – Parece que en el centro hay una plaza. Vamos allá.

Seki asintió, igual que su padre de nervioso, su mirada dirigiéndose a todos lados sin parar de estudiar sus alrededores. – Atsushi-san... ¿te dijo algo alguna vez? Sobre este lugar... Algo que no nos dijese a nosotros.

– No, nada, contestaba con evasivas. – le aseguró ya que a él también le había intrigado mucho aquel tema. Miró a su hijo y le apretó el hombro un poco. – Sólo es un pueblo abandonado. Hay más que temer en los que sí que hay gente. – quiso tranquilizarlo, tratando de utilizar la cordura, observando a su alrededor y por un momento cayendo víctima de la fascinación al cruzar una esquina y observar el enorme árbol que crecía en el centro de la plaza, la tierra reventada como si hubiera crecido y crecido hasta partir el pequeño espacio que le habían dedicado entre las losas.

– Sí, tienes razón... – contestó el chico no muy convencido, observando aquel árbol también y acercándose. – Es... impresionante, ¿no? – comentó, su mirada recorriendo el tronco del mismo hasta sus raíces, se preguntaba cuantos años tendría. Se quedó observando una pequeña mancha de color rojo oscuro en una de las losas, por un momento asustado aunque intentando mantener la cordura. Tal vez sólo estaba imaginando cosas y esa mancha era viejísima.

Efectivamente según bajabas la mirada podías observar salpicaduras en el tronco, se llevó los dedos a la nariz. Sí, apestaba a sangre seca. Okuma miró a su alrededor de nuevo, la sensación de no estar solos ahora más patente. Sabía que sólo era sugestión pero no podía detener el acceso de miedo.

– ¿Papá? – el chico lo miró, deseando que lo tranquilizara, que le dijese algo que negase aquella realidad, algún dato médico quizás. Dio un paso hacia atrás, mirando a su alrededor de nuevo, sintiéndose casi seguro de que en cualquier momento iban a ser atacados por alguna cosa, pensando incluso que aquella cabeza de lobo flotante no había sido un truco.

– No pasa nada. ¿Me oyes? – el moreno lo sujetó para que no se moviese de su lado, ahora sí hablando bruscamente, como solía hacerlo. Sin poder evitarlo. –Seguramente sea sangre de algún animal. Si fuera una persona habría sangrado mucho más. – le explicó, con un sesenta por ciento de fantasía en aquella teoría. Sintió que le temblaba la voz antes de alzarla. – ¡Atsushi!

– Sí... – asintió el chico aunque no estaba seguro. Aquella loba había sangrado bastante. De pronto agrandó más los ojos, pensando en sus mascotas y casi imitando a su padre gritando. – ¡Goro!

El mayor le sujetó la mano, caminando por el pueblo a gran rapidez, a punto de echar a correr mientras seguían clamando aquellos nombres que no habían dejado de resonar de sus bocas en los últimos días. – ¡Atsushi! ¡Goro! – los llamó de nuevo, pero nada, no había nada, ni rastro de ellos. Pétalos en el suelo… trozos de gasas… Prefería no pararse demasiado a mirarlos y aún así no podía dejar de hacerlo.

– ¡Se supone que este pueblo esté abandonado! – protestó Seki como si eso ayudase en algo, su voz temblando de nuevo. Todo lo sentía inútil. Inútil e incomprensible. – Papá... – le señaló una especie de escultura sencilla, tan sólo una pequeña columna pero la misma tenía una plaquita inscrita. No sabía por qué le había llamado la atención.

Okuma se acercó hasta donde su hijo le señalaba. “Lupercalia” se leía y en esta estaba inscrito un lobo montando a una muchacha. No era un grabado normal para estar en un pueblo.

– ¿Qué es eso? ¿Es el nombre del pueblo? – le preguntó Seki, mirando hacia atrás brevemente nervioso. Incluso la placa lo ponía nervioso. Jamás había visto algo así.

– Creo que es un rito pagano. – le aclaró el hombre, observando el grabado nervioso, pensando en Goro y en su padre. Ambos tan altos y masculinos, con aquel cabello negro y los ojos grises. Estaba fantaseando ya. Sacando todo de quicio. ¿Comparando a su amante con un lobo? – Vámonos de aquí.

– Pero... ¿y si están aquí? ¿Si les hicieron algo? – preguntó, dejando entrar al histerismo un poco en su mente. Cada vez estaba más asustado, nada de eso parecía normal.

– No podemos hacer nada desarmados e indefensos. Para mí está claro, Seki. – lo miró a los ojos fijamente. – Ellos están o han estado aquí, pero ni siquiera de ellos podemos fiarnos. Porque se fueron por su propio pie. Recuérdalo.

– ¿Estás seguro? Yo no los vi marcharse... – insistió, aunque no era lógico ni posible que alguien se los hubiera llevado. – La señora de los perros también nos advirtió de este lugar. Si pudiera hablar con ella...

Okuma miró a su alrededor, él también quería seguir buscándolos allí pero era estúpido. De haber estado allí los habrían escuchado, tenían suerte de que en aquellas circunstancias y tras esos gritos no les hubiera sucedido nada peor ya. –Vámonos. Tratemos de pedir ayuda antes de que nosotros mismos seamos los siguientes en desaparecer.

– Vale... – Seki accedió claramente desanimado. Necesitaba encontrarlos y ya. Se estaba volviendo loco. – Vamos, pero le pedimos ayuda a la policía de afuera... Ya ha pasado suficiente tiempo para que los declaren desaparecidos. Más que suficiente...

– Sí. – Okuma murmuró, mirando a su alrededor mientras salían del pueblo. Como si temiese que de pronto algo fuera a salir corriendo tras ellos.


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