.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 47
Amidst the Laughter of Nymphs

Los fuegos brillaban intensos y se escuchaban risas y voces por entre los árboles. Cualquiera pensaría que en aquella área no se estaba llevando a cabo una investigación policíaca o que por lo menos, a este grupo de personas no les interesaba aquello en lo más mínimo. Atsushi se giró, sonriendo tranquilamente, completamente desnudo a excepción de las marcas que llevaba por todo el cuerpo y el rostro. Colocó el collar de oro en el cuello de su hijo. – Felicidades. Estoy orgulloso de ti, Goro.

El moreno lo observaba recio. Sereno, la corona dorada de astas de ciervo adornando su testa. Sentado en un sillón de ramaje natural, entrelazado seguramente por aquellas mujeres, blancas como ninfas. De cabellos azabache oscuros como la noche.

Su cuerpo moreno estaba sudando a chorros por el intenso calor de las llamas que lo rodeaban. Las ardientes velas dentro de las calaveras de ojos rojizos lo tenían como hipnotizado, las constantes friegas de las jóvenes que lo lavaban con agua de flores le hacían estremecerse algo mareado por el sofocante calor y el olor de aquellos ungüentos. La sangre recorriendo su cuerpo veloz y agitada, su sexo palpitante. Sus manos tratando de asir a cualquiera de aquellas ninfas que se escapaban sonrientes.

Su madre apareció, hermosa como la recordaba, el cabello negro y ensortijado. Estaba riéndose, embriagada como las otras y cubierta de gasas doradas y rojas. Llevaba con ella a un cerdo ataviado con un collar y una cuerda de zarzas y flores como si fuera un hermoso animal salvaje.

– Naoko... – Atsushi se puso de pie, haciéndose a un lado, incluso inclinándose un poco. Se veía hermosa, aún más de lo que recordaba, justo como la diosa que era. El moreno aceptó la copa dorada y laboriosamente ornamentada con figuras de animales y flores, que le acababa de entregar una de las sonrientes chicas y se adelantó, ofreciéndola a aquella mujer en actitud de servicio.

La mujer bebió de la leche de loba. Sonriendo y alzándola después. – ¡Con la fuerza secreta de la luna, la tierra, las montañas y las bestias! ¡Hoy el hijo de Freya será un hombre! ¡Pronto será un dios! – dijo, hablando de sí misma como una diosa. Sujetando la mano de su esposo y hermano. – Frey… – le llamó a Atsushi, haciéndolo beber de su copa y observando después a su hijo sujetarse de las ramas de los árboles que se trenzaban sobre sus extremidades, casi al borde del clímax que no alcanzaría.

El moreno bajó la copa de sus labios, observándolo también con una leve sonrisa. – Ha crecido tan fuerte y tan grande. Nadie será capaz de compararse a nuestro hijo. – miró a su mujer de nuevo, su sexo completamente erguido y su mirada como intoxicada. Alzó su mano unos centímetros, con delicadeza, acercándose junto con ella al trono en el que se hallaba sentado Goro. La mujer lo soltó, acariciándole el rostro, notando su mirada perdida por la extrema intensidad del placer mezclada con la reacción de aquellos ungüentos en él.

Lo besó profundamente mientras se levantaba, el chico devolviéndole el beso y abrazándola con fuerza, sus manos desbocadas tratando de tomarla. Las jóvenes trataron de apartarlo reídas. Sin conseguirlo. Goro besando el cuello de aquella mujer.

Atsushi sonrió, sujetando al chico y apartándolo, sujetando su quijada con una mano, suave pero firmemente, llevando la copa a sus labios y vertiendo el líquido por entre los mismos, mirándolo a los ojos.

El chico lo miró, bebiéndose aquella leche espesa y demasiado dulce. Sujetando después el cuchillo que le entregaba una de las chicas. Despojándose de toda su ropa, Goro se echó adelante para tratar de tomarla pero su padre lo sujetó de nuevo, deteniéndolo mientras la chica, riendo sin cesar se ponía a cuatro patas a modo de altar.

Naoko llevó al cerdo hasta la chica. –Vamos, hijo… celebra el sacrificio. – Lo instó. Usando la cuerda para colgar al animal boca debajo de las ramas del árbol. El mismo balanceándose unos instantes antes de que Goro lo atravesase con aquel puñal. Abriéndolo en canal. La sangre corrió por la espalda de la joven que parecía extasiada, resbalando bajo esta. Los gritos del animal eran estridentes mientras moría, infestando todo el bosque.

Goro le cortó el pene al animal aún vivo y se lo mostró a su madre antes de introducirlo en la vagina rezumante de aquella virgen que parecía extasiada y que sin embargo empujaba a Goro, lanzándolo contra el suelo, rechazando sus intentos de tomarla.

Su madre se rió ostentosamente. – ¿Qué haces? Si no eres más que un niño. ¿Crees que así eres digno de Brigantia?

– Pero a partir de hoy será un hombre y dentro de poco, no habrá quien se le resista. – sonrió el moreno, sentándose a horcajadas sobre su hijo, acariciando su rostro, a la vez que arrastraba su sexo excitado por el pecho del mismo. – Primero tienes que fortalecerte más... Toda mi fuerza será tuya. – le aseguró, colocando su sexo luego contra los labios del chico, acariciándose contra ellos.

Goro lo miró a los ojos, observando después su potente sexo, fuerte y duro contra su pecho. Volvió a subir la mirada aún sintiendo aquel calor en los labios, separándolos y lamiéndolo. Cerró los ojos, sumiéndose en aquello. Sus manos sujetándolo de pronto con fuerza. Lo tumbó en la hierba de golpe y lo lamió, sumido en el calor que le brindaba, en la sensación de poder que le daba aquel sexo tan grande en la boca. Se frotó contra las hierbas buscando el consuelo de aquellas caricias que sólo acrecentaban su deseo. Tratando de liberarse de aquellas raíces extrañas y trenzadas que apretaban su sexo sin dejarlo alcanzar el alivio.

Las jóvenes comenzaron a echarse sobre Atsushi, besándolo y lamiendo cada rincón de su piel. Goro tratando de tocarlas pero le sujetaban las manos y las llevaban a su espalda sin darle más opción que lo que ya hacía.

El moreno se estremecía bajo todas aquellas caricias, completamente extasiado, su sexo pulsando con fuerza dentro de los labios de Goro que succionaba sin darle descanso, desesperado, la lengua de una de las chicas introduciéndose en la boca de Atsushi mientras otra le lamía el pecho.

La madre de Goro se agachó entre gasas, acariciando el cabello del chico con suavidad y sonriendo como si acariciase a un perrito que simplemente se alimentaba. – Así… – le dijo, bajando su mano por el sexo de Atsushi y acariciándolo a la vez que Goro lo succionaba, ayudándolo a que de este manase semen a borbotones, apoyando su mano bajo la quijada de Goro para que no se derramase nada.

El chico lo bebió ávidamente, lamiendo después la mano de su madre con devoción. Jadeando enfebrecido y tirando de sus gasas, hundiendo la cara en sus amplios pechos y besándolos. Lamiéndolos y mordisqueándolos, besando sus pezones hasta que lo apartó delicadamente, negando con la cabeza. – No… Cuando seas un hombre tendrás a Brigantia y a quien quieras.

Atsushi se hizo a un lado, riendo, las chicas aún tocándolo y jugando, riendo con él como si realmente se tratase de ninfas, el moreno jadeando aún un poco por el esfuerzo. – Las tendrá a todas... cuantas veces quiera...

– ¿Qué tengo que hacer? La quiero ya… – extendió un brazo, tratando de alcanzarla. La chica lamiendo sus dedos y besándolos, empujándolo de nuevo al ver que se acercaba y escondiéndose tras la espalda de Atsushi reída. Casi tímida.

– Aún debes hacerte más fuerte… Tu padre cuidará de ti. Como siempre.

– No te desesperes, no falta mucho... – Atsushi lo atrapó, apretándolo contra sí ante el nuevo intento del chico por atraparla, riendo con suavidad. – Conviértete en un dios primero.

– Papá… – le llamó el chico. Suplicante, besándolo y buscándolo a él entonces. Fuera quien fuese… Lo necesitaba.

La mujer lo sujetó, apartándolo de Atsushi pues temía que lo ablandase. Nadie debía dejarlo tener aquel placer antes de la fecha o perdería su hombría. Su virilidad se disiparía y perdería la batalla. – No, Goro… Para ti es la hora de dormir. Ya sale el sol.

– Freya tiene razón, debes descansar, recuperar energías... – asintió Atsushi aún así sintiendo un aguijonazo en el corazón al ser separado de su hijo de aquella manera. – Es por tu bien.

– ¡No! ¡Papá! – el chico lo llamó ahora más desesperado al ver que lo alejaban de él, un terror profundo y enterrado en lo más profundo de su ser despertando. – ¡Papáaa! – le gritó, desgarradoramente mientras lo alejaban de él, como despertando de una pesadilla horrenda y sin comprender nada. Rodeado de aquellas mujeres desnudas en lo que le pareció de pronto algo vulgar, un aquelarre infernal y horrendo.

– Es por tu propio bien, Goro... Lo comprenderás... – el moreno le aseguró con voz calmada, algo dentro de sí removiéndose, deseando ir con él, rescatarlo. Pero permaneció allí, sacudiendo ligeramente la cabeza debido a la migraña que le estaba creando aquello. – Tal vez es muy pronto...

– Es el momento. – zanjó Freya, sujetando su mano y llevándolo con ella tras la arboleda, siguiendo los pasos de las jóvenes y de su hijo. – Supongo que no podré dejarte sin vigilancia esta noche. – lo acusó por adelantado sin fiarse de su magnanimidad.

– Estoy bien, Freya...– le aseguró el moreno con un tono de voz algo molesto aunque dejándose llevar.

– De todos modos… – la mujer sonrió de pronto, colgándose de su brazo y buscando sus labios para besarlo. – Has de compensarme estos largos años.

– Nunca cambias, ¿verdad? – le sonrió el hombre olvidando su discusión por el momento y sujetándola por la cintura antes de besarla.


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