.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 46
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Okuma se quedó mirando al reloj de péndulo fijamente. Aquello había sido lo último que Atsushi había estado haciendo. Arreglar aquello. ¿Por qué? No era un simple reloj para él. Se aproximó un poco más, recordando que cuando lo había cogido del sótano faltaban algunos números, se había molestado en recomponerlos en estaño. Lo que más le extrañaba es que uno de ellos no estaba… el cuatro.

– ¿Papá? Hay algo que quiero que veas... – lo llamó Seki desde la parte alta de la escalera, sujetándose al barandal.

–Ya voy… – el moreno se levantó, subiendo por las escaleras despacio porque no tenía ganas de nada. – ¿Qué ocurre? – preguntó, mirándolo a los ojos.

Seki lo guió hasta el ordenador de Goro, mostrándole. – Estaba un poco escondida así que me tomó tiempo pero... – le mostró la foto de Atsushi y Goro que había encontrado, una imagen perfectamente normal de no ser por las modificaciones que le había hecho el chico. Había dibujos e imágenes de lobos por todas partes y marcas extrañas en el rostro de Atsushi. Goro llevaba una coronita, un detalle que le hubiese parecido gracioso a Seki si se la hubiera mostrado antes.

Okuma cogió una silla y se sentó al lado de Seki, observando la foto y suspirando con fuerza. En cualquier otro momento habría dicho “Sí, ya veo, le gustan mucho los lobos.” Pero esa clase de trazos perdidos e inconcisos se veían casi como si fueran involuntarios. Como cuando uno deja la mano muerta, esperando a ver qué traza por sí misma. El rostro de Atsushi… Esas marcas en su cara y su cuerpo le hacían pensar en algún tipo de chamán de una religión antigua. La corona de Goro tenía unos enormes cuernos similares a los de un ciervo. – Esto…

– ¿Qué? ¿Qué es eso? – preguntó su hijo casi saltando como si Okuma pudiera comprenderlo todo con sólo ver esa foto. – Eso significa que... ya llevaba algún tiempo con este tipo de cosas ¿no? Tal vez me dijo algo... – Seki se sentó a su lado tratando de recordar.

– ¿Qué te dijo? – le preguntó el mayor, mirándolo a los ojos intrigado y cogiendo un cigarro de la cajita de su bolsillo.

– No lo sé. No sé si me dijo algo pero debió hacerlo, ¿no? Debió hacerlo si estaba así y yo no me di cuenta... – negó con la cabeza, frustrado. – ¡Ese lugar! – exclamó de pronto, mirando a su padre. – Hay una casa enorme... por donde encontramos a la loba, es como una mansión antigua.

– Pero ahora no debemos de salir de casa, Seki, y mucho menos a estas horas. A veces me pregunto si no nos han estado tomando el pelo. Esto… – señaló la imagen con una mano. – Parece como una especie de ritual. Tal vez una secta pagana. Goro parece simbolizar un Dios celta, probablemente Cerunnos. Nadie pondría esa clase de corona porque sí. No es estética, es extraña.

– ¿Una secta pagana? – el chico miró a Okuma pensando que él no hubiera tenido idea. Sólo le parecían garabatos. – Pero yo no lo creo. Goro no me mentía. Puede que yo no sepa nada sobre estas cosas pero sí sé cuando alguien me miente. Soy bueno para eso. ¿Crees que los que nos atacaron esa noche... fueran una secta? Yo... No imaginé nada de eso. – murmuró como recordando. – Al día siguiente cuando se lo dije a Goro. No quería hablar de eso. Me dijo que no quería creer que era verdad, que no quería pensar en los detalles.

El moreno negó con la cabeza, estaba completamente perdido. – Cerunnos es un Dios celta que suele ser representado con orejas y cuernos de ciervo. Un collar de oro. Acompañado por serpientes, ciervos, dos toros, dos lobos o incluso próximo a alguna criatura marina también. – Explicó mientras iba señalando en la pantalla con un lápiz lo que sentía que iba encajando a pesar de lo poco certero de los trazos.

– Dos lobos... ¿Goro y Seki? – siguió con la mirada los movimientos que hacía su padre, más preocupado ahora. No podía creerlo, se negaba a creer que todo eso fuera calculado. – ¿Qué hace... ese Cerunno?

–Cerunnos…– le corrigió el hombre. – Es el Dios supremo de la mitología celta. Amo de los animales salvajes. Manifiesta la fuerza, el poder y la eternidad. También la sexualidad, el poder animal… la fertilidad. A veces también se le representa con la acusación de símbolos fálicos. – se subió un poco las gafas, buscando una imagen del Dios en Internet para mostrársela. Se veía animalizado.

Seki se inclinó observando la imagen y luego la foto de Goro. – Los cuernos... son iguales... – murmuró, hundiéndose luego en su asiento. – Y ¿ahora qué? ¿Goro piensa que es ese dios? ¿Por eso me...? – se miró la muñeca sin comprender nada. Pero tal vez era lógico. Tal vez incluso el haber encontrado esos lobitos había despertado algo en él. Y luego lo sucedido. – ¿Crees que la gente del pueblo sepa algo? Me sentí incómodo cuando fuimos a hablar con ellos. Y la anciana de los perros no nos quiso ni abrir.

– Parece que saben algo pero no quieren hablar de ello. No es algo muy raro cuando la gente tiene miedo o cuando simplemente no quieren ayudar a los extranjeros. – se quitó las gafas, frotándose los ojos un poco y fumando, con ellos cerrados. Pensando. – No creo que sean tan buenos actores. Creo que alguien debía estarlos manipulando o aprovechándose de sus alteraciones mentales. No lo sé. – entreabrió los ojos de nuevo y miró a Seki. – Estos estaban siendo los mejores días de mi vida pero todo se ha ido a la mierda. Estoy cansado… Necesito comer algo. – se levantó de la silla, negando con la cabeza de nuevo y farfullando consigo mismo.

– Te calentaré algo. – se ofreció el chico recordando que había comida guardada en la nevera. Él seguía sin tener hambre, pero le sucedía igual que a su padre. Aquello parecía el paraíso y ahora era todo lo contrario. Pensaba ponerse a averiguar en la red toda la noche. Lo que realmente deseaba era salir a buscarlo de nuevo. – Seguro que están bien...

– Sí… seguro… – contestó Okuma, sin estar nada convencido en realidad, casi por reflejo ya.


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