.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 45
Everybody Stares

– Papá... quiero ir a buscarlos de nuevo. – insistió Seki que se la había pasado caminando de un lado a otro de la habitación incluso con la policía allí. No confiaba en ellos, no le parecía que les importase siquiera. Y ya había pasado mucho tiempo sin que tuvieran noticias.

Okuma miró la hora, eran las siete de la tarde y efectivamente. Rastreos, helicópteros y demás no parecían estar dando resultados. Les habían dicho que debían quedarse en casa esperando por ellos. Sobre todo durante la noche. –Podemos salir antes de que oscurezca, entonces es mejor volver por si regresan. Ya escuchaste a la policía. – dijo el hombre que leía los documentos de la madre de Goro. – Mira…– le entregó un papel que reportaba las conductas extrañas de la mujer durante los últimos días, era increíble… completamente increíble. ¿Recordaba estas cosas Atsushi? ¿Por qué no se las había contado? ¿Por qué nadie decía nada acerca de los paseos desnuda de aquella mujer y demás conductas extrañas que allí se leían?

Seki agrandó los ojos observando aquello, quizás Goro lo había presenciado. Tal vez por eso tenía esos sueños. – ¿Crees...? ¿Crees que se hayan ido por nosotros? Aquí dice que ella fue empeorando pero... ellos simplemente... – Hundió la cabeza entre sus brazos agobiado. No sabía qué hacer, jamás había tenido una circunstancia así. Lo más cercano a lo que había llegado era que su ex novio no le devolviera las llamadas.

Okuma le pasó el brazo por los hombros, aproximándolo un poco. –Tranquilízate, vamos a encontrarlos, esto no va a ser como lo que les sucedió a ellos. No voy a perder a Atsushi. – le aseguró. Besándole el cabello y ayudándolo a levantarse con él. – Vamos… Tratemos de preguntar por el pueblo, de saber qué se rumoreaba sobre ella… Yo qué sé.

Seki lo miró, asintiendo. A las claras se notaba que estaba reprimiendo las lágrimas de nuevo. – Seguro regresan. A lo mejor... la policía los trae... – trató de convencerse, poniéndose de pie, sujetando con fuerza la mano de su padre y dejándose guiar.

– Tal vez sí. – le calmó el hombre, llevándolo afuera y dedicándose a preguntar en las tiendas. Probando con la de la panadería que era quien los había visto salir y quien se pasaba el día cotilleando por las ventanas. Esperó a que todos salieran para hablar con ella y les pidió que pasaran a la trastienda donde los atendería. – ¿Sabe a qué hora salieron?

– Se lo dije a la policía… A cosa de las 6 de la mañana o así… El señor Atsushi llevaba a su hijo en brazos y los dos iban en pijama. Yo creí que tal vez el niño se encontraba mal porque los vi desaparecer en la esquina que va hacia el monte y ahí es donde suele tener el coche el relojero. Pero hace un rato me he fijado en que el coche sigue allí…

– Y ¿Goro? Se veía... ¿normal? – intervino Seki, sin querer preguntar directamente más que nada por miedo.

–Pues ya les dije, creí que estaba mal, pero tenía los ojos cerrados. Eso sí. – le contestó la mujer, moviendo un recipiente frente a ella. – Fue todo lo que vi.

– ¿Usted ha vivido siempre aquí?

– Sí, desde niña, igual que mi madre y mi abuela y su madre… y todas…– continuó hablando la mujer que prefería charlar a no tener nada que hacer.

– Entonces debía conocer a la esposa de Atsushi.

– Sí, todos la conocíamos. – asintió la mujer, extendiendo la masa en la encimera.

– ¿Conocía la clase de cosas raras que hacía?

– ¿Qué cosas raras? Era una mujer muy normal.

– Pero... los expedientes médicos dicen que tomaba paseos desnuda y que a veces hablaba de cosas sin sentido. Que perdía la memoria...

La mujer miró al chico de una manera que parecía indicar que lo veía como un niño fantasioso. – A ella le gustaba gastar muchas bromas, seguro que el relojero les ha contado. Tal vez tomó un baño de luna o algo así pero al viejo médico le gustaba exagerar. ¿No supieron que su hijo se lo llevó a un asilo? A mí misma una vez me recetó medicinas para el dolor y lo que tenía era una tos...

– Comprendo… Así que no tomaba paseos desnuda… No perdía la memoria y no la detuvieron mientras lanzaba a su hijo por el aire ¿No? Todo eso se lo inventó el doctor… que estaba perdiendo ya la cabeza.

La mujer se rió aunque su rostro de pronto adquiría una expresión de fondo un tanto extraña. – Todo eso son delirios de un hombre enfermo.

– Pero no inventó cosas de los demás pacientes... – murmuró el chico sin poder evitarlo desviando la mirada y preguntándose si era que no los tomaba en serio o qué. No era cuestión de salvaguardar el honor del pueblo, Goro y su padre estaban en peligro. Tan enfrascado estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de la mirada que le dedicaba la panadera.

– Vámonos, Seki.– le dijo su padre, un poco incómodo con todo aquello. Salió de la panadería con él, rodeándole los hombros de nuevo. Era como si en aquel pueblo se guardara un secreto extraño y antiguo. Profundo y calado en los huesos de todos los habitantes. Como si estuvieran protegiéndolo desde hacía años. Incluso Atsushi… Recordó que incluso él parecía tener un secreto.

– Papá... Yo no creo que el médico se inventara todo eso. – negó el chico pegándose a su padre de manera poco característica en él y observando a uno de los ancianos que pasaba mirándolos de manera extraña, sonriendo luego y saludando con una mano.

Okuma le devolvió el saludo, por supuesto sin sonreír. –Yo tampoco lo creo. Creo que aquí, en este pueblo pasa algo extraño, algo sucio que todos saben y de lo que nadie quiere hablar. Me pregunto si la policía los está buscando realmente, Seki. Esta noche permaneceremos en casa esperándolos pero si no regresan… Entonces iremos nosotros mismos a buscarlos.

El chico asintió, cada vez sintiéndose más asustado. Pero tenía que ser fuerte, ¿no? Le había prometido a Goro que permanecería a su lado y lo haría. – “Tengo miedo.” – susurró, apretando el brazo de su padre. Era la última vez que pensaba decirlo.

– Lo sé, yo también. – Okuma lo miró a los ojos y lo apretó con fuerza. – Pero vamos a encontrarlos y vamos a volver a Tokio con ellos. Te lo prometo.– Le besó el cabello. No tan seguro como predicaba, pero sí seguro de que haría lo que fuera por encontrarlos, cualquier cosa. Tal vez hubiera alguien que pudiese criticar que pusiese por delante encontrarlos antes que salvaguardar la seguridad de su hijo, pero él no. Sabía que su hijo quería estar allí, con él. Buscándolos hasta que los encontrasen. De una u otra manera.

– Voy a llevar a Goro a un spa, ¿sabes? Seguro nunca ha tenido un día así. Y luego lo llevaré de disco... Sí, eso haré. – Seki se puso a hacer planes, para darse valor y de paso, darle valor a su padre. Sabía que lo necesitaba por más serio que se pusiera. – Y ¿tú? ¿Qué le vas a mostrar a Atsushi-san?

–Mi cama. – le dijo reído, tratando de seguirle el juego. – Todo. Son unos paletos. – se burló por quitar peso al asunto. – Volvamos a casa… a esperarlos…

– Sí... A ver si sé hacer té yo... – se rió también sin muchas ganas.

– Eso es lo único que sé hacer y comida con aspecto de vómito. Pero no tengo hambre y seguro que tú tampoco.

El chico negó con la cabeza, murmurando. – De todas maneras no podemos comer... – bajó la cabeza de nuevo.

– Creo que queda algo de lo que hizo ayer para cenar. – Okuma respiró con fuerza, cogiendo un cigarro. El primero o el segundo que prendía en todo el día. Lo que quería era hundirse entre las sábanas de Atsushi y pensar que estaba allí. Pero no era como que su orgullo o su preocupación por Seki se lo fueran a permitir.

– No importa, sólo era una broma... mala por cierto. No tengo hambre, quiero acostarme un rato. – le confesó el chico, rascándose la nuca, rogando contra toda esperanza que ya hubieran regresado a la casa.

– Hazlo. Yo esperaré en el salón a ver si llaman o lo que sea.– Abrió la puerta de la casa, deseando lo mismo que su hijo y notando que estaba por completo vacía. Y aunque no le sorprendiese… De todos modos sintió como un bajón decepcionante e insoportable. Se sentó en el sofá con los archivos médicos de nuevo, repasando los de otros miembros del pueblo.

– Van a regresar... – murmuró Seki inclinándose para besarle la mejilla antes de subir hasta el cuarto de Goro, acostándose en su cama acurrucado y dejando escapar los sollozos finalmente contra su almohada. No lo soportaba, quería que estuviese allí. Ni siquiera tenía el consuelo de los cachorros.


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