Capítulo
44
Gone
Okuma se giró en la cama. Apoyándose en una mano
y despertándose gracias al sonido del péndulo de un
reloj dando diez campanadas. Miró la hora, las diez de la
mañana. ¿Era posible que ese hombre ya se hubiera
levantado a trabajar en el maldito reloj? Su hijo aún dormía
y Goro no estaba.
Salió afuera y bajó las escaleras hacia la tienda.
– Atsushi. – lo llamó. No estaba allí…
el reloj aún terminaba de anunciar la hora. Allí,
perfectamente colocado. Los cachorros no estaban, Goro tampoco y
ni rastro de Atsushi. Comenzó a ponerse más que nervioso,
recorriendo nerviosamente toda la casa. – ¡Atsushi!
– lo llamó por si estaba con Goro en su cuarto aunque
ya iba corriendo escaleras arriba y sentía que iba a parecer
un paranoico como estuviese tan tranquilo haciendo algo.
– ¿Papá...? – Seki se rascó la
cabeza, molesto por el escándalo que lo había despertado,
girándose y tocando... la cama vacía. Se sentó,
apartando las sábanas y saliendo de la habitación,
apretándose el yukata. – ¿Papá? ¿Qué
sucede? ¿Dónde está Goro?
– No lo se, no están… – el moreno entró
en el cuarto de nuevo. Su rostro se veía un tanto desencajado
y estaba nervioso. Comenzó a vestirse a las prisas, buscando
sus gafas por la mesilla y tirando las cosas. Maldijo, agachándose
y cogiéndolas de allí. – No están y tampoco
los cachorros, vístete si vas a venir conmigo.
– Sí... – asintió el chico corriendo
a su habitación para buscar unos pantalones, súbitamente
asustado. Bueno, a lo mejor sólo habían salido a dar
una vuelta, ¿no? ¿Por qué no? Claro, seguro
era algo así y su padre le gritaba a Atsushi pero nada más.
– ¡Mierda! – escuchó gritar a su padre
desde el otro cuarto. No era como que no supiese que la policía
no comenzaba a investigar desapariciones hasta las 24 horas siguientes
pero aún así ahora mismo odiaba esa regla. Corrió
escaleras abajo de nuevo, esperando a Seki mientras dejaba una nota
en la casa por si acaso. De pronto traqueteando la madera de la
cocina. – ¡Antes de bajar!... Mira si la ropa está
aquí… la ropa de ambos…
– Sí, está allí... – contestó
Seki bajando a las prisas. – A lo mejor sólo llevan
a pasear a los lobitos, hasta ahora... No se han comportado extraño
durante el día, papá. – le insistió el
chico, ahora asustado por sus mascotas y sintiéndose culpable
a la vez por desconfiar así.
– No, Atsushi ha arreglado el maldito reloj. Me da igual,
haz como quieras pero yo voy a buscarlos. No son personas normales,
no puedo quedarme aquí esperando a ver si vuelven o no…
Yo…– frunció el ceño, apretando el puño
sobre la encimera. Tratando de calmarse y pensar con claridad.
– Papá... – Seki colocó su mano sobre
la de su padre. – Yo también tengo miedo...–
confesó intentando pensar en donde podrían estar,
pero sólo se le ocurría el lago y el acantilado.
– Es que no sé donde pueden haber ido. – apretó
más la mano, ni siquiera comprendía cómo es
que Goro había podido despertarse tan pronto e irse después
del somnífero que le había dado pero no quería
poner más nervioso a Seki aún. – Como entren
de pronto por la puerta… Yo los mato. – dijo, sin mucho
sentido ya que era lo que estaba deseando.
– No... Goro siempre va al lago. O podemos ir al acantilado,
allí... donde estaban los drogadictos o lo que sea... –
le sugirió, haciéndose el fuerte y de paso, intentando
serlo. No podía asustarse así cada vez que Goro saliese
de la casa pero por alguna razón... sentía un ambiente
extraño.
– Está bien, vamos, no me puedo quedar así
esperando simplemente. – salió de la casa con su hijo
detrás. Parándose en la panadería ya que sabía
que abrían a las siete de la mañana, preguntando por
ellos. La mujer señalándoles hacia el monte.
Salieron ambos de nuevo, el moreno mirando a su hijo. – Tal
vez… sólo querían dar un paseo y estar solos
un rato. – trató de convencerse ahora él.
– Sí, tal vez... – asintió Seki, incluso
sonriendo un poco aunque ahora empezaba a pensar en que no era natural.
Atsushi-san siempre hacía desayuno y Goro... no se hubiera
levantado temprano si estaba durmiendo con él. Pero no quería
pensar más en eso. No quería admitir que algo estaba
mal.
…
Subieron por el monte hasta el embalse. No había nadie.
Siguieron caminando, llamándolos mientras atravesaban el
bosque, subiendo hacia el acantilado. –¡Atsushi! ¡Goro!
– Okuma seguía insistiendo. Ya no era normal, ya no
era ni remotamente normal pero no se sentía con deseos siquiera
de mencionarle a su hijo lo desesperado que se sentía. Echó
a correr de pronto, su mano asiendo la de su hijo con fuerza. Se
agachó, respirando con fuerza. Parte de la ropa de Atsushi
estaba allí, entre los árboles y las zarzas. Aquella
era la tela de su pijama.
– Papá... – apenas murmuró Seki con voz
temblorosa, sintiéndose como un niño pequeño
asustado. Sólo quería que de alguna absurda manera,
su padre le dijese que aquello era normal, que tenía una
explicación.
– Hay que llamar a la policía de nuevo, convencerlos
de que vengan aquí de una vez. No vas a decir que esto también
lo hemos alucinado… no… Ellos no se han podido ir así.
– se quedó allí agachado donde estaba, como
si el mundo se desmoronase. – ¡Atsushi! – lo llamó
de nuevo.
– Pero ahora... tenemos esto, ¿no? La gente no se
anda desnudando por allí... – Seki se agachó
observando la tela, temblando un poco, asustado. Se sacó
el móvil del bolsillo del pantalón. – Llama
a la policía ya... que tienen que venir ya...
El moreno cogió el móvil, llamando de nuevo y pidiendo
que le pusiesen con el mismo hombre que había hablado la
ocasión de los chicos. – Sí…No, no es
eso, es que hemos salido a buscarlos y hemos encontrado la única
ropa que llevaban, tirada entre los árboles. ¡Claro
que no! Le estoy diciendo que son personas enfermas. – suspiró
con fuerza, levantándose. – Lo comprendo… Sí…
¿Entonces tengo que esperarme a que se hayan suicidado o
algo así… Ver tele mientras espero a que vuelvan? –
se apoyó con una mano en un tronco, apretando la corteza
y rompiendo un trozo. – Hm… sí… sí…Está
bien… – dijo casi como si les diera la razón
a lo loco ya. Colgando y dejando la ropa donde la había recogido.
– Van a venir ahora.
– ¿Seguro? Pero... vamos a seguir buscando ¿no?
Porque a lo mejor están cerca... – le pidió
el chico, casi desesperado ya que sólo el escuchar la voz
de su padre así en el teléfono lo ponía nervioso.
– A Goro le gusta el pueblo así que no se va a ir muy
lejos.
–Ya... – el moreno no le dijo nada de lo que los policías
le habían dicho pero le estaba poniendo de los nervios. –
Vamos a seguir buscándolos. – le dijo casi sólo
murmurando. Sujetando su mano y llevándolo con él
monte arriba. – Dicen que desapariciones como estas se dan
todos los días y que en caso de dementes es más común
aun y siempre regresan o que sus cuerpos aparecen… Dementes
dicen. No son unos dementes.
– Claro que no... y no... van a aparecer sus cuerpos porque
están bien... Así que no digas eso por favor... –
le pidió, sintiendo las lágrimas agolparse en sus
ojos y pasándose la mano libre por los mismos. – Están
bien y nos vamos a ver como unos tontos histéricos.
– Ya lo sé. Sólo te lo decía para que
te dieras cuenta de que no vale para nada pedirles ayuda, tendremos
que encontrarlos nosotros mismos. No importa. Los vamos a encontrar.
– le aseguró, en realidad deseando que regresasen,
fuera en las circunstancias que fuera. Continuaron colina arriba,
subiendo por el estrecho sendero que llevaba hacia el monte. La
casa de aquella mujer con sus perros era lo único con movimiento
en mucha distancia a la redonda.
Tal vez ella vio algo... Está sola aquí, los perros
tuvieron que haber ladrado. Tal vez... tal vez incluso están
allí. – sonrió, un poco esperanzado, halando
a su padre para que se apresurase, casi echando a correr. –
¡Abuela! ¡Abuela! – la llamó, ya que no
recordaba su nombre en esos momentos.
La mujer sólo se asomó por la ventana sin abrir la
puerta siquiera. Sujetando una hoz de podar la maleza en la mano.
– ¿Qué ocurre? – preguntó con gesto
hosco.
– ¿Ha visto a Atsushi y a su hijo? – preguntó
el doctor al que no le estaba gustando nada aquella actitud, como
si temiese que se acercasen.
– ¡No he visto nada! – sentenció cerrando
las contras de la ventana de golpe. Okuma alzando una ceja y frunciendo
el ceño.
Seki parpadeó, frunciendo el ceño. – Pero ¿no
escuchó nada? Por lo menos... ¡Abuela! ¡¿Que
si no escuchó nada?! – insistió porque no le
creía. No había actuado así cuando fueron a
visitarla antes. Sin embargo, lo único que obtuvo como respuesta
fueron algunos ladridos y el sonido de una cerradura como si la
mujer temiese que fueran a entrar por la fuerza.
– Mierda… – Okuma miró hacia arriba. Al
pueblo abandonado, mesándose el cabello y mirando la hora.
– Volvamos a casa. La policía estará al punto
de llegar. Hay que informarles y asegurarse de que hacen lo que
tienen que hacer.
– Pero ¿y si están por aquí? –
insistió, empezando a desesperarse. – Y si me quedo
y sigo buscando...
– ¡No! – el moreno lo miró, sujetándole
los hombros y negando con la cabeza. – Tú y yo no vamos
a separarnos. ¿No ves que puede ocurrirnos algo? Vámonos.
– se lo llevó con él apretándolo un poco
contra sí. – Vamos a mirar los archivos del médico
sobre la mujer de Atsushi.
– ¿Tú crees que...? Goro me dijo... que a veces
tenía sueños sobre su madre... – confesó,
sintiendo que traicionaba su confianza pero ahora sólo le
interesaba encontrarlo. – No me quiso hablar mucho de eso
y yo no le insistí...
– ¿Qué clase de sueños? – le preguntó
el moreno que bajaba preguntándose si ella también
habría actuado extraño antes de desaparecer. Esto
no tenía sentido, sonaba a novela de terror.
– No lo sé, un poco... extraños. Me dijo que
soñaba con cosas normales de su vida pero por ejemplo que...
ella le echaba la leche al café de Atsushi-san. Y que él
pensaba al principio que era leche de sus senos, de la que le daba
a él pero ella le decía que no era su leche. No sé,
algo así... – lo miró a los ojos, angustiado.
– No le gustaban esos sueños, se sentía incómodo
hablándome de ello, lo noté. Pero pensé...
que tal vez era porque estaba enfadado con su madre.
– Puede que sí… aunque es un sueño un
poco extraño. Recuerdo que cuando iba a la universidad, en
algunas clases que tuve nos dijeron que soñar con esa clase
de cosas estaba relacionado con la ansiedad o con tratar de recordar
y recuperar la noción de ciertas cosas ocurridas en la infancia.
– quiso distraerse razonando mientras se daban prisa bajando
al pueblo.
– Pero no es posible, ¿verdad? Que Atsushi-san y la
madre de Goro... tuvieran la misma condición... No crees
que les haya sucedido lo mismo... – continuó el chico
siguiendo el ejemplo de su padre y distrayéndose con eso.
Claro, que prefería no pensar en que la madre de Goro jamás
había regresado.
– No lo sé… es difícil ignorar esa probabilidad.
Después de todo estaban en este pueblo miserable. La posibilidad
de que incluso ellos dos fueran familia no es para nada descarriada.
– meditó, subiéndose un poco las gafas y sintiéndose
sicológicamente agotado. – Por la noche le di un somnífero
a Goro. Atsushi tuvo que llevárselo en brazos… seguro…
Goro no podía estar despierto por la mañana tan pronto
y menos para irse así… ah…– dijo de pronto.
Recordando cómo había salido de la cocina para ir
al baño tras dejar los somníferos en la cocina. –
¡Déjame el móvil!
– Cla... claro... – Seki le entregó su teléfono
de nuevo, sobresaltado por el grito. – ¿Qué
sucede, papá? ¿Recordaste algo?
– ¡Maldito sea! – el moreno observó la
hora fijamente, eran las doce y media del medio día. –Atsushi
cambió la hora de los relojes de la casa, los ajustó
a la hora de ese reloj de péndulo. Los que han estado durmiendo
hasta las tantas hemos sido nosotros. Debió ponernos somníferos
en el té a nosotros. Mierda…
– Pero Atsushi-san... Pero anoche estaba bien, ¿no?
– el chico negó con la cabeza sin creerse lo que estaba
sucediendo. – ¿Por qué iba a hacer algo así?
No... Ya no comprendo nada...
– Porque está mal. Por eso. – le dijo el hombre
que estaba ahora muy convencido de su teoría, no podía
ser de otro modo. – Y si no… Nos haremos un análisis
de sangre para saber si hemos ingerido somníferos. –
asintió un poco, preguntándose qué pretendía,
en su locura, hacer con su hijo. –Atsushi estaba muy distinto…
Tú no lo viste.
– Pero Goro... Goro va a estar bien, ¿verdad? –
desvió la mirada sin atreverse a acusar al novio de su padre
pero estaba muy preocupado. Por otro lado, Goro tampoco era él
mismo cuando le daban esos episodios. Se sujetó la muñeca
acariciándose aquella marca que aún se notaba en su
piel.
– No lo sé, hijo, sinceramente, no lo sé. Esperemos
que sí. Vamos a encontrarlos… si es que Atsushi no
se da cuenta antes de que está perdido. No… No puede
ser que haya empeorado tanto de golpe. – se detuvo, de pronto
sintiendo un miedo estúpido e irracional. Ya no tenía
sentido pero no pudo de pronto evitar sentirse remecido al preguntarse
qué hubiera sucedido de haberse llevado a su propio hijo
también. Lo abrazó, extrañamente para él.
Apretándolo con fuerza y mirando hacia la clínica
que ya se veía a lo lejos. Esperaba que aquellas antiguas
fichas dilucidasen algo.

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