.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 42
The Person Lying Next to You

El moreno se encontraba inclinado sobre el reloj completamente, trabajando a cabalidad, tenía que terminarlo esa noche. Ya lo había esperado demasiado. – “Pero está bien, no estás molesto conmigo ya, ¿verdad? Todo está bien. Tan solo déjame mover esta pieza acá...” – continuó murmurando como si el objeto le estuviese contestando, su voz el único sonido en toda la planta baja.

Okuma se sentó en la cama. Frunciendo el ceño y levantándose con ímpetu. Como si le estuviera molestando increíblemente a pesar de que sospechase que se trataba de insomnio. Pero algo no le encajaba. –Atsushi. – lo llamó al llegar al marco de la puerta. – ¿Otra vez?

Atsushi lo miró apenas un momento, volviendo al reloj como si no le interesase nada más. – ¿Otra vez? Pero si es mi trabajo... Ya casi termino... ¿ves? – sonrió inclinándose de nuevo sobre el objeto, pasando un paño por el péndulo para limpiarlo de cualquier suciedad que le hubiera podido caer mientras trabajaba.

– ¿Y cuanto te falta?– le preguntó, acercándose y sentándose frente a él por ver qué sucedía. No estaba sonámbulo.

– No mucho, sólo tengo que ajustarlo un poco para que suene con claridad y la hora a la que debe. – le explicó, apretando una pequeña pieza con unas pinzas y sonriendo. – Los relojes tienen sus propias mentes, ¿lo sabes? Y este es muy necio... “Ya lo sé...” – frunció el ceño, suspirando y volviendo a hablarle a Okuma. – Si lo dejo así, sonará un minuto antes siempre.

– Pues qué trauma. – se pasó la mano por el cabello, mesándosela. – Atsushi… tú no estás sonámbulo. ¿Qué demonios haces?

– ¿Cómo que qué demonios hago? – lo miró como confundido, con esa mirada extraña en los ojos. – Es mi trabajo, ya te lo dije. No lo comprendes... Los relojes son mi vida y este en particular... Es especial.

– Lo voy a tirar a la basura como no vengas a la cama de una vez. Te dije que estabas sonámbulo pero no es verdad. Te estás comportando como un obsesivo y vas a tener que ajustarte a un tratamiento, Atsushi. Levántate y deja eso. – se levantó él mismo, sujetándole un brazo para que fuera con él.

– ¡Déjame en paz! – Atsushi sacudió el brazo, soltándose, molesto. – Tú no comprendes... Sólo tengo que ajustarlo dos vueltas más y luego lo limpiaré. Soy responsable de él, no puedo dejarlo así.

Okuma lo miró a los ojos alterado. Le daban ganas de pegarle una bofetada a ver si así espabilaba. – ¡O subes conmigo ahora mismo o me voy de aquí!

Atsushi lo miró con deseos de gritarle y luego al reloj en silencio por unos segundos como si estuviera meditando o algo así. – Bien... subiré contigo. Ya lo terminaré luego... – murmuró dejando el paño sobre el reloj y subiendo por las escaleras lentamente.

El moreno subió delante de él, pensando en que mañana por la mañana ese reloj iba a volar de la casa al contenedor de basuras. – Tendrás que ir a un siquiatra.

Atsushi dejó escapar una risita como si aquello le hiciera mucha gracia pero sin decir nada más.

– ¿Te hace gracia? – le preguntó el moreno, pensando de pronto que estaba desequilibrado perdido. Dios, no se había imaginado eso… ¿Cómo era posible algo así?

– No, claro que no. Iré al psiquiatra... – contestó el moreno haciendo un esfuerzo por enseriarse de nuevo.

– Bien, porque si no vas a hacer nada yo no tengo por qué aguantar esto y mucho menos si esta va a ser tu actitud. No tengo que soportar que se burlen de mí. – abrió la puerta y lo miró a los ojos. Esperando a que se acostase. No quería dormir con él, lo estaba sacando de quicio.

– No me estoy burlando de ti... – murmuró, suavemente deslizando una mano por su quijada, antes de dirigirse a la cama, apartando las sábanas luego de acostarse. – Ven aquí, tienes que dormir...

Okuma se metió en la cama, respirando con fuerza y tratando de ser mínimamente tolerante por más que aquella sorpresa tan desagradable para comenzar su vida con Atsushi le estuviese minando la moral por completo. No había salido de una para ir a otra peor. Se giró de espaldas a él, tapándose un poco los ojos con la mano. No iba a poder dormir, si estaba desquiciándose de los nervios y cualquiera se tomaba un somnífero con ese por ahí. Pero Atsushi ya se encontraba profundamente dormido a su lado sin enterarse de las preocupaciones de Okuma ni de nada más.

Se giró, pegándose el moreno y acomodándose a su lado. El otro tensándose pero tratando de no moverse del sitio por más aprensión que le hubiese causado aquella extraña discusión.

....

Seki se giró de nuevo entre las sábanas, despertando una vez más con aquella sensación incómoda, extraña. Se sentó en la cama observando a Goro allí, justo como la noche anterior, desnudo, sudando y con esa mirada tan inquietante. El chico se subió el hombro de la yukata que se le había resbalado, sonriendo un poco. – “Goro... ¿me esperas aquí un momento?” – sugirió delicadamente, apartando las sábanas para ir a buscar a su padre. No le gustaba delatarlo exactamente pero no podía dejarlo así.

Goro lo sujetó del brazo, atrayéndolo con fuerza hacia él y besándolo, subiendo la otra mano por debajo del yukata. Su tacto brusco y para nada similar al habitual.

– Goro... – Seki lo remeció un poco, asustado. – Despierta, Goro...

– Estoy despierto, para. – le apartó la mano con la que lo vapuleaba, frunciendo el ceño molesto. – Ya me estoy cansando… – murmuró de pronto, tirándole del yukata.

– ¿Cansando de qué? – se sujetó el yukata con una mano, ahora sí, asustado. Así no era Goro. ¿Tendría otra personalidad o algo así? – ¡Goro, despierta! ¡Papá! – lo llamó, a la vez intentando mantener a raya al chico sin hacerle daño.

Okuma se levantó de la cama de golpe ya que ni siquiera estaba dormido. ¿Qué demonios? Hoy iba a matar a alguien. Abrió la puerta de golpe. – ¡¿Qué haces, Goro?! ¡Basta! – sujetó a su hijo contra sí, apartándolo bruscamente de él y estrujándole la mano para que lo soltase. Goro apretando más hasta que Okuma le pegó una bofetada sonora que lo hizo tambalearse hasta la cama. Apretó a Seki más contra él. Observando al chico que tenía los ojos abiertos como platos.

Se tocó la mejilla, nunca lo habían golpeado. – ¡Papá! – lo llamó, sin saber por qué de pronto se despertaba, desnudo, completamente desorientado y a base de tremendo golpe.

– Papá... – protestó Seki porque lo hubiera golpeado aunque aferrándose a su padre, temblando un poco.

– ¡Goro! – su padre llegó como si lo hubieran lanzado con un resorte, mirando a Okuma y agachándose junto a su hijo, abrazándolo como si lo quisiera proteger del mundo. – ¿Qué sucede? ¿Por qué lo golpeaste?

Okuma le sujetó el brazo a su hijo, mostrándole lo morada que estaba su muñeca. – ¡¿Ves esto?! ¡¿Lo ves desnudo?! Estaba tratando de forzar a Seki y te puedo asegurar que no era un insomne mientras trataba de arrebatarle a mi hijo de sus manos. No sé qué os pasa a vosotros dos.

Goro se quedó mirando a Seki, su muñeca y luego a sus ojos, el corazón galopando en su pecho, notando en ese mismo momento que estaba desnudo por completo. – Seki…

– ¡Claro que estaba dormido! ¡Mi hijo no haría eso! – protestó Atsushi aún así, halando una de las sábanas para cubrir a Goro, herido por sus palabras. – Tú lo sabes... Seki...

– Papá... Goro no... – el chico negó con la cabeza pero a él tampoco le había parecido un sonámbulo. Quería ayudarlo de todas maneras, quería permanecer a su lado.

– Di la verdad. – le dijo Okuma a su hijo, haciendo que lo mirase a los ojos. – ¿Qué sucedía? ¡Por Dios! Te escuché gritar, estabas aterrado. Vi tu rostro.

Goro no podía creerlo. ¿Eso había sucedido? – Yo… no recuerdo nada…– bajó la mirada. Estaba claro que no mentía, era una estupidez y además podía ver esa marca en la muñeca de Seki.

– Necesitáis ayuda siquiátrica, los dos…

– Okuma, ¿qué te sucede? ¿Cómo dices eso? – Atsushi lo miró a los ojos, obviamente dolido, sin comprender. ¿Qué no sabía que Goro aún era un niño?

– Es verdad... Goro... no eras tú... – Seki lo miró a los ojos, sintiéndolos aguados. Odiaba hacerle daño, verlo así, era claro que no comprendía nada. – No te despertabas...

– Porque no estaba dormido. – Okuma los miró a ambos. – Lo siento, eso es lo que hay, necesitáis acudir a un siquiatra. Ser un niño o no, no tiene nada que ver aquí y aún así tampoco lo es. Los niños no hacen esto. – dijo mostrándole de nuevo el hematoma en la muñeca de su hijo. – Mucho menos otras cosas. ¿Atsushi, recuerdas haber bajado de nuevo al reloj? Porque bajaste. Hasta limpiaste el péndulo y de nuevo te comportaste como un obsesivo compulsivo. Incluso te burlaste de mí. ¿Lo recuerdas?

– No, claro que no. Yo nunca me burlaría de ti, Okuma... – apretó a su hijo contra sí, cerrando los ojos. ¿Qué estaba pasando? ¿De verdad se estaba volviendo loco? No podía creerlo. Nunca antes había hecho algo así. Mucho menos Goro y eso era lo que más lo asustaba.

– Pero está bien, ¿no? Nosotros... vamos a ayudar... ¿verdad, papá? – preguntó Seki nervioso observándolo. No sabía qué estaba pensando pero él no iba a abandonar a Goro.

– Sólo si quieren ser ayudados. – Okuma miró a Atsushi. Ahora volvía a estar como siempre y no soportaba verlo así. Observó a Goro, seguía pareciendo entre confundido y terriblemente torturado por haber hecho aquello. No, estaba llorando. Se le notaba por más que bajase la cara. – Sí… pero por esta noche dormimos todos juntos.

Atsushi asintió, sin soltar a su hijo, protegiendo incluso su llanto. Se sentía morir cada vez que sollozaba de aquella manera aunque sólo lo pudiera escuchar él. Comprendía muy bien lo que estaba sintiendo. Él mismo tenía miedo. – “Ven, vamos... tienes que ponerte el pijama...“ – susurró, ayudándolo a levantarse, Seki sintiendo que le bajaban las lágrimas también.

– Goro... te quiero...

– Lo siento. – sólo pudo susurrar el chico que no comprendía nada y tampoco podía mirar a los ojos a Seki. Se sentía fatal por lo que le había hecho, fatal por la incertidumbre de saber qué le iba a pasar, de si los iban a dejar… Se abrazó a su padre en cuanto entró en su cuarto, llorando desconsoladamente.

Okuma se llevó a su hijo hacia el dormitorio de Atsushi, apretándole un poco los hombros porque hasta él escuchaba a Goro llorar. Ahora se sentía un poco mal de haberle pegado aunque no mereciera menos que eso. Aún así, claro, él mismo estaba estresado. Se sentó en el borde de la cama, preguntándose si había sido un error meter a su hijo así, en la casa de alguien que apenas conocía.

– Papá... ¿qué va a suceder? – Seki se sentó junto a él de malas aguantándose los sollozos él mismo. No soportaba escuchar a Goro así y no poder ir a su lado. – No voy a dejar a Goro. – le advirtió débilmente.

– No te he dicho que lo dejes pero no vas a volver a dormir con la puerta abierta y no quiero que lo dejes entrar aunque te llame, ni que te quedes sólo con él. – se pasó las manos por los ojos, cansado y agotado sicológicamente.

– Pero hoy estuve solo con él todo el día y no pasó nada... Papá, no entiendo nada. – apoyó el rostro en su hombro observando su muñeca. Goro jamás le haría daño, estaba seguro de eso. – Y ¿Atsushi-san? ¿Qué vas a hacer tú?

– ¿Qué quieres que haga? Acompañarlo al médico a que le hagan un examen psiquiátrico. – negó con la cabeza, frotándose la frente. – No lo sé, hijo. Sólo soy un doctor de medicina general. Supongo que a Atsushi lo podrán tratar con antidepresivos, psicoterapia… No lo sé. En cuanto a Goro me siento aún más perdido, no lo he visto más que un momento y yo mismo estaba alterado ya. Dios… – se pasó las manos por el cabello, echándoselo hacia atrás y mirando luego a Seki, pasándole el brazo por la cintura y acariciándolo. – Y sobre todo mucha paciencia y comprensión por nuestra parte. Si realmente eliges permanecer con estas personas… va a ser duro.

– Yo lo amo, papá... – murmuró el chico abrazándose a su padre nuevamente. – Ya no quiero estar sin él y tengo miedo... Me siento horrible.

– No tienes que tener miedo, es un desequilibrio. Bueno, esas cosas tienen tratamiento. – el moreno lo miró, rogando por ello en realidad. Pero ya no sabía si debía maldecir el haber ido a ese pueblo. Que le sucediese a él… vale, pero a su hijo, cuidar de un enfermo con lo joven que era.


………………….

Goro seguía amarrado a su padre también, aunque ya se comenzaba a aliviar su llanto. Más por cansancio que porque hubiera consuelo al miedo que tenía.

– Tranquilo... Ya pasó... – murmuró Atsushi, acariciando con suavidad como cuando era niño y tenía alguna pesadilla. No sabía qué más hacer. – No te preocupes por nada.

El chico no supo que decir. ¿Cómo no iba a preocuparse? Había atacado a Seki y le había hecho daño. ¿Lo había intentado violar? Encima Okuma le pegaba y le decía que estaba loco. Era el peor momento de su vida.

Atsushi lo apretó más contra sí, continuando con aquello. Lo cierto era que él mismo necesitaba un abrazo. No tenía idea de qué estaba pasando pero era su responsabilidad, de eso sí estaba seguro. Nunca había tenido tanto miedo en su vida. – Goro... Tú no tienes la culpa de nada, lo sabes ¿verdad? Vamos a solucionar esto.

– Estoy pirado. – le dijo a su padre, igualmente sollozando, apretándose más contra su pecho. Ni siquiera quería mirar a Seki, no quería acercarse a él y a la vez necesitaba hacerlo, comprobar cómo lo miraba, si no lo odiaba.

– No lo estás, tienes un problema y es mi culpa. – Atsushi le acarició el cabello, sintiendo que se le aguaban los ojos a él. No quería que lo viera así, tenía que mantenerse fuerte por él. – Vamos a buscar ayuda como dijo Okuma. Yo voy a velar por ti, sin importar lo que pase, ¿comprendes? No voy a dejar... No voy a permitir que te suceda nada, Goro.

– No es tu culpa. Seguro que fue por eso… por eso que pasó. ¿Verdad?– lo miró a los ojos con algo de desesperación. – Es algo pasajero… Estamos nerviosos… Es por eso…

– Sí, eso quiero pensar yo también... – le contestó, sonriendo con algo de tristeza pero esos niveles de nerviosismo tampoco eran normales. Le pasó un dedo por detrás de la oreja, acariciándolo con ternura. – Todo va a salir bien. Escuchaste lo que dijo Seki antes de que saliéramos del cuarto, ¿verdad? No tienes que tener miedo.

Goro asintió con la cabeza. Aún así temeroso, sujetándole una mano a su padre y llevándosela a la cara, eso le calmaba, el calor, el olor y lo grande que era sobre su rostro.

Okuma se levantó, estaba tardando demasiado. – Voy a decirles que vengan a acostarse de una vez. – le dijo a su hijo, levantándose. – Tú acuéstate. – le pidió por si acaso les estaba dando otra rara.

– Papá... Tú sabes... – Seki lo miró a los ojos sin atreverse a decir lo que estaba pensando pero no quería que fuera demasiado brusco o que le volviera a pegar a Goro. Se acostó para que no lo riñera, permaneciendo con los ojos abiertos, nervioso.

Atsushi mientras, acunando a Goro entre sus brazos sin pensar en el tiempo ni en nada de eso. Sólo quería hacerlo sentir bien y sentirse un poco mejor, aún mientras intentaba luchar contra las lágrimas. Alzó el rostro al ver a Okuma en la puerta, parpadeando un poco. – ¿Cómo está Seki?

– Mal… preocupado, quiere ver a Goro. – tomó aire con fuerza y miró al chico, pasándole la mano por el pelo, notando la tensión en Atsushi. Goro lo miró, incluso se había encogido un poco al ver que iba a tocarlo. – ¿Por qué no vas con él? – Goro negó con la cabeza y Okuma se acuclilló, ahora que ya no se sentía para nada como antes, sin reflexionarlo, molesto, cansado y preocupado por su hijo. – Es tu novio ¿No?

– Puedes ir, Goro. Estás bien ahora... Y Seki quiere verte. Sé que comprende...– lo alentó Atsushi seguro de que aquello lo haría sentir mejor, estar con Seki, sentir algo de seguridad en todo aquello.

Goro se levantó, mirando de nuevo a su padre y luego a Okuma, susurrando. – “Lo siento.” – y echando a correr hacia el cuarto de Seki, tirándose en la cama con él. Lo abrazó y se echó a llorar sin poder evitarlo de cualquier modo.

Okuma miró hacia fuera y después a Atsushi. – Lo siento. – sentenció en un murmullo, mirando a otro lado, respirando con fuerza y observándolo de nuevo. – No he sido muy comprensivo. Me siento avergonzado.

– ¿Avergonzado? – Atsushi negó con la cabeza, sin mirarlo, demasiado abatido ahora que no tenía a Goro entre sus brazos. – Seguro te arrepientes de haberte mudado conmigo, lo comprendo... Pero no es culpa de Goro.

Se sentó a su lado y le pasó la mano por la espalda a modo de tentativa de acercamiento. Un poco nervioso incluso. – Puede que lo pensase… Pero no estaba pensando bien.

– O tal vez sí... – el hombre lo miró de soslayo, nervioso también. – Okuma... yo no lo sabía... no sé si ha sucedido antes... Te lo juro. No te he ocultado nada.

– Ya lo sé pero es duro, acabo de salir de un divorcio, tengo que hacerme yo sólo cargo de un hijo… que ha cambiado mucho. Para mejor pero… intento rehacer mi vida con alguien que creo que… quiero estar para siempre. – se tocó la frente con la mano, apoyándose con los codos en las rodillas y mirando al suelo. No soportaba hablar de esas cosas. – Y de pronto todo se convierte en algo extraño. Tu conducta violenta y que te rieses de mí… sinceramente. – lo miró a los ojos de nuevo. – Me dieron ganas de irme.

– Yo nunca... me reiría de ti. No... – bajó el rostro de nuevo sin poder soportarlo más, vencido, sus hombros estremeciéndose un poco bajo el peso de sus sollozos. – Por favor... no te vayas... No me dejes solo...

– No. No lo haré. Lo siento. – lo miró fijamente. Nunca había visto a un hombre adulto llorar salvo a su padre una vez de pequeño y le había marcado terriblemente en realidad. Lo apretó con fuerza, tirando de él un poco para aproximarlo por completo. – No llores. Me pones nervioso.

– Lo siento... Te amo, Okuma, te necesito... – le pidió, sin poder detenerse en realidad, aunque lo intentaba. Nunca se había sentido tan solo, ni siquiera cuando lo estaba físicamente. Se aferró a él, cerrando los ojos buscando consuelo. – Yo jamás te haría daño.

– Lo sé. – le besó los labios superficialmente pero apretándoselos con fuerza, estrujándolo más contra él. – Habrá un tratamiento y punto. Os vais a poner bien. No lo digo por fe ciega. Estas cosas son controlables y de todos modos estáis perfectamente todo el día. – hizo una pausa para alzarle el rostro – Estoy seguro de que todo irá bien.

– Sí, ¿verdad? – le sonrió casi como un niño asustado sintiéndose un poco estúpido. – Todo va a ir bien... todo se va a arreglar...

– Te lo digo como médico, se va a arreglar. – le aseguró de nuevo, tratando de asegurarle que aquello no era una fe ciega aunque tal vez en un treinta por ciento sí lo era. – Te… – lo miró a los ojos. ¿Qué? Se había callado al notar lo que iba a decir con tanta seguridad y naturalidad de pronto. – Te amo. – sentenció, por primera vez aquellas palabras saliendo de su boca. Se le habían atravesado como una piedra en la garganta.

– Okuma... – murmuró Atsushi sonriendo un poco y besándole los labios. Aquello era justo lo que necesitaba escuchar para sentirse mejor. – Haré todo lo que pueda, todo lo que se necesite... Y cuidaré de Goro también. No tendrás... No seré un peso para ti.

– No debí pegarle. Me siento fatal ahora. – suspiró con fuerza. Pensar que le había pegado a un enfermo no le hacía nada de gracia. Pero se había tratado de su hijo, no había podido contenerse. – Hay que empezar a cambiarse el chip. Vamos a estar juntos. Entonces no son tu hijo y mi hijo, si no esto será una locura. Nos acostumbraremos.

– Sí... Seki y Goro... son nuestros, de ambos. Los dos estarán bien... – asintió mirándolo a los ojos. – Sé que Goro comprende, sé que te asustaste. Yo tampoco hubiera reaccionado bien si hubiera visto a Goro en peligro.

– Y menos aún después de discutir conmigo. – le explicó, no por liberarse de toda culpa sino porque deseaba que lo comprendiese. – Ven… Hagamos un té. Le voy a dar un calmante a Goro. Sólo para que se tranquilice.

– Sí, será lo mejor. O no dormirá en toda la noche. – sonrió, pasándose una mano por los ojos y poniéndose de pie. – Muchas gracias, Okuma.


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