.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 37
In My Sleep

Okuma se giró en la cama, buscando a Atsushi con la mano y entreabriendo los ojos al ver que no estaba. Frunció el ceño, sentándose en el colchón y poniéndose las gafas. – Atsushi… – lo llamó, preguntándose si había pasado algo a los niños o si estaría en el baño. No le contestó nadie pero escuchaba ruidos abajo. Tal vez estaba en la cocina.

Bajó las escaleras despacio, no estaba en la cocina, en realidad le parecía como si estuviese en la tienda. Atravesó el pasillo y abrió la puerta, observándolo sobre el reloj, trabajando como si fuera plena tarde. – ¿Qué haces?

– Okuma... – Atsushi giró el rostro sonriendo un poco como sorprendido de que hubiese bajado. – Estaba trabajando... no he tenido tiempo, eso está mal... – continuó revisando dentro del reloj murmurando casi para sí mismo. – No le gusta que lo haya dejado abandonado, ahora me está dando problemas. Y eso que ya me disculpé...

–Ya…– el moreno siguió en el marco de la puerta, respirando con fuerza y esperando que ese comportamiento se debiese a que estaba alterado por lo sucedido. No le estaba resultando nada tranquilizador. –Deja eso y vamos a la cama.

– No, ve tú, yo subo luego, tengo que terminar esto... Es mi trabajo... – sonrió de nuevo sin apartarse del reloj para nada.

Okuma se acercó y le quitó las pinzas que tenía en la mano. – Ahora no es el momento…– una de las tuerquitas que manejaba el relojero rodó por la mesa y el suelo, perdiéndose de vista.

– Y ¿cuándo sí? – Atsushi lo apartó con algo de brusquedad, agachándose para buscar la tuerquita, refunfuñando. Se sentía irritado de pronto. – Estoy harto de no poder trabajar, siempre hay algo...

– ¿Algo como qué? Es de noche… no es el momento de ponerse a arreglar relojes y mucho menos ese. Déjalo ya. – el moreno lo miró molesto.

– ¿Por qué? Si es de noche, ve a dormir. De día no tengo tiempo... ¿Qué tiene de malo que quiera trabajar ahora? – el moreno se sentó en el piso mirándolo como si de verdad no comprendiera qué le molestaba tanto.

– ¿Quieres hacer el favor de subir a dormir? – le preguntó en un tono ya bastante molesto que denotaba que se había colmado su poca paciencia. –Tu comportamiento no es normal.

– Déjame trabajar... Okuma... – Atsushi se puso de pie, tocando una de las mejillas del moreno. – No soy un peluche... puedes dormir sin mí.

Okuma siguió serio y aún más molesto. – No, no te dejo, ahora no es el momento de trabajar y cualquiera podría verlo. Son las cuatro de la mañana. ¿Es que no lo sabes? Comprendo que estés alterado pero no es el modo. Si no puedes dormir te daré un somnífero, pero ahora ve a la cama.

Atsushi miró el reloj como si le costara un mundo separarse de él, suspirando. – Bien... iré a la cama sólo porque no me vas a dejar en paz. Pero pienso trabajar todo el día mañana. Tengo que arreglarlo...

– Vale,…lo que quieras, pero ahora vete a la cama. – el moreno suspiró un poco aliviado de haberlo convencido. Seguro que mañana ya no veía las cosas tan ciegamente, le estaba poniendo nervioso con esa tontería. Se sentía como si de pronto hubiera sorpresas desagradables en lo que había creído una relación agradable.

Atsushi salió de la tienda, subiendo las escaleras apesadumbrado casi, en realidad sintiéndose cansado de pronto como si la fuente de su energía hubiera sido el reloj. En realidad le molestaba un poco que Okuma se sintiera con derecho de decirle lo que debía o no hacer pero no tenía ganas de ponerse a discutir.

Okuma cerró la puerta, acostándose y esperando a que el moreno lo hiciera, pensando “A ver si ya tenemos la noche en paz”.

Sin embargo en el cuarto de al lado, Goro, que había aprovechado para colarse en el cuarto de Seki, se había sentado en una silla frente a la cama y lo observaba completamente desnudo. Su sexo terriblemente erguido y su piel morena sudada pese a que su rostro estaba inusualmente serio, su postura hierática.

Seki se movió en la cama, dejando escapar una pierna por debajo de la sábana y abriendo los ojos, parpadeando un poco al ver a la figura sentada frente a sí, casi gritando antes de poder enfocar bien. – “¿Goro? ¿Qué haces...?” – se sentó, observándolo sin moverse. Ya sabía cómo era y no quería traumarlo o algo así.

– Observarte. – contestó el otro, su mirada siguiendo la visión de la pierna de Seki. Volviendo a sus ojos y levantándose, subió a cuatro patas sobre la cama y trepó sobre el chico. Besándolo al tiempo que lo tumbaba en el colchón bajo su cuerpo caliente y húmedo. El robusto sexo arrastrándose contra la pierna de su novio.

Seki empezó a respirar agitado, sintiéndose excitado por supuesto, pero sujetando a Goro por los hombros, separándolo un poco de sus labios. – “¿Y si vienen nuestros padres? ¿No se supone que querías esperar?”

– No quiero. – le contradijo el moreno, abriendo la boca y deslizando la lengua por sus labios, forzando su peso sobre Seki para que la distancia desapareciese, respirando agitado y caliente contra su boca mientras ganaba espacio. Lo besó de nuevo por fin y le abrió el yukata.

– Go... Goro... – Seki lo empujó con suavidad, nervioso. Así no era él, a lo mejor estaba sonámbulo o algo. – Goro, detente. Tú no quieres esto, ¿verdad? Nuestra primera vez... quieres que sea especial.

Goro lo miró a los ojos, como molesto porque lo interrumpiese pero su rostro permanecía sereno. Separó sus piernas, observando su sexo erguido e inclinándose para lamerlo.

– Goro, que no... – le pidió Seki, colocando una mano sobre su cabeza intentando detenerlo, a pesar de lo caliente que se sentía. No tenía idea de qué le sucedía pero lo estaba asustando un poco.

– ¿Por qué me rechazas? – lo miró a los ojos, serio. Como si no lo comprendiese por nada del mundo.

– No te rechazo, Goro. – le sujetó una mano halándolo un poco para colocarla sobre su pecho. – Estoy agitado, me vuelves loco pero... no te estás comportando como tú.

El moreno lo miró igualmente serio, acostándose a su lado y respirando pesadamente como si llevase un buen tiempo durmiendo.

– “Goro... ¿Goro?” – Seki suspiró, comprendiendo y sonriendo un poco, girándose de lado para abrazarlo. Por lo menos podía haberle advertido que era sonámbulo. De verdad lo había asustado y ahora parecía un angelito.

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