Capítulo
35
Lazy Day After
– Tomad... Os traje algo de desayunar y no os acostumbréis.
– les sonrió Atsushi, colocando la bandeja en el colchón
entre los dos chicos. Sabía que los estaba tratando como
si se hubieran enfermado pero no podía evitarlo. Luego del
susto pasado.
– Mi papá nunca me trae comida al cuarto. –
sonrió Seki acomodándose con cuidado y tomando una
tostada para morderla.
– Ya pero tu padre se quedó toda la noche despierto
para ver que estuviera bien… – Goro se metió
la comida en la boca, apoyándose en el respaldo. –
A ver si vuelve pronto… total… No le van a creer nada,
incuso a mí me parece como si sólo hubiera sido una
pesadilla ahora.
– Eso porque te golpeaste la cabeza, que yo sí le
vi la cara a ese viejo... – se rió Seki aunque claramente
se lo tomaba mucho más a la ligera que la noche anterior.
– Y ahora tenemos lo mejor de dos mundos...
– Comed y dejad de quejaros... Okuma regresará pronto
y claro que le van a creer. No hay muchos desconocidos dando vueltas
por aquí. – Atsushi se sentó en una silla junto
a la ventana, suspirando. Lo que fuera que hubiera sido eso, sólo
esperaba que los atrapasen rápido.
– Ya… pero papá… como les cuente lo de
la cabeza del lobo y todo eso… pensará que sólo
era una broma y que nos pusimos histéricos. No pueden detener
a alguien por decirte que te vayas y hacerte una broma pesada…
creo…– bebió del vaso de leche que le había
puesto su padre y suspiró mirándolo.
– No lo sé... Okuma es bastante lógico, él
sabrá qué decirles... – le aseguró Atsushi.
– Y pudisteis haberos matado corriendo por el bosque en plena
noche... Es suficiente, ¿no?
– Sí, pero no te encarcelan porque persigas a nadie...
A menos que seas un stalker. – Seki se rió de nuevo,
bebiendo un poco de zumo. – ¿Quieres ser mi stalker,
Goro?
– Nadie es stalker de nadie... – les riñó
el moreno, pasándose la mano por la frente.
–Yo creí que ya era tu stalker…– Goro
se rió, besándole la mejilla y pensando fugazmente
en lo que habían hecho ayer. Le dio la mano bajo las sábanas
y se acercó más a él, acariciándose
con su rostro y apoyándose en su hombro. – No te amargues
papá… el caso es que no nos pasó nada y ya te
ganaste que no quiera dormir fuera más.
– Esa no era la idea... No sé qué hubiera hecho
si os llega a pasar algo... – se alborotó un poco el
cabello, poniéndose de pie de nuevo. – Voy a bajar
un rato, si queréis algo, llamadme.
– Que no estamos tan mal, Atsushi-san. – le sonrió
Seki pensando que se veía todo estresado, se le estaba contagiando
de su padre. – ¿No pueden venir Gorito y Sekito? –
preguntó, aún así, aprovechándose un
poco.
–Sí, papá… Están llorando tras
la puerta que los escuché anoche. – protestó
Goro uniéndose. – No es como que estemos enfermos o
algo así, yo ya mañana puedo andar, seguro.
– Bien, pero no los dejéis comer del plato, que os
conozco... – exhaló Atsushi, sin poder resistirse a
esos ruegos, eran terribles juntos. Abrió la puerta dejando
que los dos lobitos entrasen corriendo felices y saliendo por fin,
escuchando a los animales aullar seguramente para que los subieran
a la cama.
Goro los subió y sonrió, besando a su lobito y estrujándolo
un poco contra él. –Con esta cara de baka…–
dijo mirándolo a los ojos. – Seguro que sólo
nos estaban asustando, Seki.
– Sí, seguro, a lo mejor son drogadictos, ¿sabes?
Y no les gustó que estuviéramos allí porque
les jodemos la fiesta... – se rió, alzando a su lobito
en brazos también, el mismo colocando una pata sobre su nariz.
– Sí… era el viejo pastillero… ya te digo…–
Goro se rió y lo empujó un poco. –Yo creo que
eran unos viejos de pueblo tarados… ya sabes… de estos
que no quieren que vayas a sus tierras y todo eso…
– Pues es que no conozco muchos... – se rió
el chico empujándolo de vuelta y tomando un trocito de jamón
para acercarlo al hocico del lobito a ver si quería. –
Serán amargados, sienten envidia de nuestra belleza y juventud.
– Debe ser… – Goro se rió y lo besó
mientras su lobito trataba de arrebatarle el trocito de fiambre
al de Seki. – Te quiero. Siento que pasase eso y que me asustase
tanto…
– No... Si yo me asuste más. – lo besó
de vuelta. – Fue mi culpa... yo salí corriendo como
un loco.
–Ahora tiene gracia… pero no pienso salir de noche
solos más. Al menos no por ahí. – lo rodeó
por la espalda y le besó el cuello. – Mierda…
se suponía que fuese una noche especial… no una horrenda.
– Ya tendremos una noche especial... No te preocupes... –
se abrazó a él, el lobito tomando otro trozo del plato,
justo como les había advertido Atsushi.
– ¡Eh! – Goro le riñó, tirándole
un poco del rabo. – Que luego me riñen…–
lo tapó con la sábana para que luchase solo y abrazó
a Seki. – Qué rollo va a ser como pretendan tenernos
en la cama a saber por cuanto tiempo.
– Creo que es sólo por esta noche. Susto de padres...
– se rió, moviéndole la sábana al lobo
riendo, el otro saltándole encima jugando con él.
– Mira, mi padre no es tan hogareño así... Nunca
lo había visto de esa manera.
–Ya… pero es por el susto…– le dijo Goro,
suponiendo que por eso sería. –Pero yo no quiero que
duermas solo… Me colaré en tu cuarto.
– Por mí no hay problema... – Seki sonrió
maliciosamente, pasando un dedo por su pierna bajo la sábana.
– Esta clase de cosas no sucede en la ciudad...
– Aquí tampoco. ¿O que te crees? – Goro
se rió, moviendo la pierna e inclinándose en la cama,
separándole el pantalón y lamiendo su sexo fugazmente,
riéndose al ver que su lobo venía a ver también
qué pasaba ahí. –Que no… que es mío,
tú saca.
Seki se rió, cubriéndose. – Eres un lujurioso,
le darás malas mañas a Gorito.
– Calla… baka… – se rió, rojo como
un tomate, preguntándose cómo se había atrevido
a hacer eso. – A ver si llega tu padre…– cambió
de tema.
– No, aún no llega y no es tan silencioso... –
Seki se acercó, apartándole el pantalón a Goro.
– Yo también quiero ver...
– No quieres… Está pachucha…– se
rió, enrojeciendo más y tapándose. –
Para, a ver si van a venir y nos ven así. – lo empujó
un poco.
Mientras, abajo, efectivamente Okuma aparcaba el coche y entraba
en la casa, dejando las llaves por cualquier lado y a la vista cansado
además de cabreado.
– Okuma... – Atsushi salió a recibirlo inmediatamente
aunque sólo había estado preocupándose. –
¿Qué sucedió? ¿Van a ir a investigar?
– Dicen que van a pasarse por aquí en cuanto tengan
tiempo pero no me han prestado mucha atención, eso ya se
les veía en la cara. – se quitó las gafas y
se frotó los ojos con los dedos, sentándose en el
sofá como derrotado. – Es inútil… Ahora
iré a buscar las cosas de los niños y a ver si veo
algo.
– Es el colmo. Sé que exageraron un poco por el miedo
probablemente pero Goro no miente. Y cuando lo hace... bueno, miente
fatal. – sonrió un poco pensando que siempre le decía
la verdad finalmente. – Me preocupa que vayas solo.
– ¿Qué va a pasar a plena luz del día?
– lo miró serio, apoyando un brazo en el respaldo del
asiento. –Te prometo que si me sale un viejo con una cabeza
de lobo lo mato.
– Aún así me preocuparé. – se
agachó, junto al asiento, observándolo. – No
quiero que te lleves una mala impresión. Este pueblo nunca
ha sido peligroso.
–Ya imagino, Atsushi…– lo miró y se puso
las gafas de nuevo para verlo bien – ¿Cómo están?
– Mejor que nosotros. – sonrió, negando con
la cabeza. – Les he llevado algo de comer y están con
sus lobitos... seguramente en la cama, metiendo la cabeza en sus
platos. Los chicos son resistentes.
– Bueno pues que sigan así. No van a hacer nada amargándose…
como yo. Estoy cansado de no dormir y apuesto a que tú también.
– frunció el ceño por cansancio.
– Sí... Gracias por cuidar de Goro anoche. No tenías
que permanecer despierto también. Tal vez debas acostarte
un rato. Nadie se va a robar las cosas... – le sugirió,
pasándole una mano por el cabello.
– Los dos deberíamos dormir un rato. – el moreno
palmeó el sillón para que se sentase a su lado. –
Ya llamarán si quieren algo, no son bebés.
– No, no son bebés pero... – Atsushi se sentó
a su lado de igual manera. – Me preocupo, toda la vida, me
he preocupado por Goro. Por más tonto que parezca.
– Es tu hijo. No es tonto preocuparse por él, pero
todo tiene un límite. Ahora debes preocuparte por ti. –
lo recostó en el sofá, tumbándolo, con una
mano en el pecho. – Duérmete. – le dijo. Poniéndole
la manta del sofá por encima.
– Tú también, Okuma. No vas a atender a muchos
pacientes con esa cara de zombie... – suspiró, sujetándose
a su cintura, frunciendo un poco el ceño por si le protestaba.
El moreno lo miró de soslayo frunciéndole ceño
a su vez. Lo cierto es que había pensado esperarse despierto
mientras dormía Atsushi y después dormir él
un poco en todo caso. Se quitó las gafas y las dejó
a un lado. – Deberíamos subir al cuarto de Seki al
menos…
– Fuiste tú quien me tumbó aquí. –
sonrió Atsushi abrazándose un poco más. –
Subamos...
– Vale… – el moreno se levantó, sonriendo
un poco y sujetándolo de la cintura. Nunca lo habían
tratado de esa forma tan cariñosa, lo cierto es que a pesar
de todo no podía hacer otra cosa que sentirse extrañamente
adicto a él.
– Realmente... Me sentí muy aliviado de que estuvieras
aquí anoche. – murmuró Atsushi dejándose
llevar por el moreno, subiendo las escaleras.
– Ya… No es lo mismo pasar por estas cosas solo que
con alguien. – abrió la puerta de los chicos sin llamar,
desde luego y los miró, tenían cara de espantados.
– ¿Qué?– les preguntó al ver semejantes
caras.
Goro negó con la cabeza y luego sonrió. – Nada…
estábamos hablando y nos sorprendieron.
– Hm…– el moreno alzó una ceja y les cerró
la puerta una vez. Mejor no queriendo saber y pensando que seguro
que se recuperaban rápido esos niños. –Vamos
a dormir… que si no…
– Sí... – Atsushi miró hacia la puerta
acabada de cerrar, escuchando las risitas detrás de la misma
y sonriendo, demasiado cansado como para ir a reñirlos. –
Espero que Goro descanse algo...
– Seguro que sí. Tarde o temprano se van a dormir
quieran que no. – el moreno dejó su puerta abierta
y lo levantó en brazos, acostándose en la cama y dejándolo
sobre él, tal y como había quedado. Le alzó
la cara por la mandíbula con el brazo que lo rodeaba y le
besó los labios, observando sus ojos, serio.
Atsushi le devolvió el beso, cerrando los ojos y volviéndolo
a mirar, una vez se hubo roto el mismo. – ¿Sucede algo?
– Nada. – contestó, resoplando un poco y girándose
de frente en la cama, tapándose la cara con un brazo para
no molestarse en cerrar las cortinas.

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