.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 34
The Path of the Wolf

Las nubes habían ocultado la luna momentáneamente, la oscuridad reinante parecía adentrarse incluso en la pequeña tienda en donde los dos chicos dormían exhaustos por sus propios juegos. Los ojos azules de Seki se entreabrieron somnolientos sin comprender qué lo había despertado, seguramente sus propios sueños. Se pegó más a Goro para resguardarse del frío y esta vez lo escuchó. Una risa apagada, macabra. O tal vez era su miedo lo que le daba esa cualidad. Remeció suavemente al chico que dormía a su lado sin siquiera pensarlo pero lo que se volteó de golpe, como un peso muerto… fue un rostro sin vida, descarnado y podrido, los gusanos cayendo de él a borbotones blandos y morbosos...

– ¡Ahhhhhhhhhhhhhh! – Seki gritó, apartándose contra la tela de la tienda, sin poder ni pensar. Eso no era Goro, ¿verdad? Claro que no... No, no lo era. Gateó, intentando buscar su linterna y abriendo la cremallera de la tienda, con un zapato en una mano dispuesto a golpear a lo que se le acercase.

Goro se sentó de golpe, mirándolo asustado. – ¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué haces?! – le preguntó, sujetándole el brazo.

– ¡Ah! – el chico gritó de nuevo, los ojos dilatados por el terror, respirando agitado al ver que era Goro y abrazándose a él. – Al lado... tú... había gusanos y...

– ¿Qué? ¿Qué había unos gusanos? – lo abrazó con fuerza, sonriendo con suavidad. – Pues los mato… baka… ¿Dónde están? – cerró la cremallera, girándose a buscarlos. La sangre congelándose en sus venas, la respiración acelerada al notar la sombra que se movía alrededor de la tienda. Apretó a Seki con fuerza contra él. Buscando en su pantalón, cogiendo un cuchillo de montaña.

– “Había un cadáver... aquí.” – susurró el chico para que lo comprendiera, apretándose contra él, aterrorizado observando cómo dos sombras más pasaban a rápida velocidad.

– “Sh…”– le pidió silencio Goro que sólo escuchaba el palpitar de sus pechos, observando cómo una de aquellas sombras se paraba frente a la puerta, agachándose. Apretó el cuchillo. El sonido de la cremallera… abriéndose poco a poco… helaba la sangre a cualquiera. Echó a Seki detrás de él, jadeando aterrorizado. Deseando que su padre estuviese allí para protegerlo. Echó la mano adelante, atravesando la tela con la navaja salvajemente, desesperadamente.

Seki escuchó un grito de sorpresa así como varios pasos apresurados alrededor de la tienda. Aguantó la respiración por un segundo aunque realmente ya no servía de nada hacer eso y sujetó a Goro de la mano antes de salir corriendo a lo loco.

El moreno le apretó la mano, corriendo a su lado pero sin poder evitar mirar hacia atrás. Deteniéndose de golpe, respirando agitado y girándose hacia todas partes. ¿Pero de qué demonios estaban huyendo si allí no había nada? Ahora no sabía en qué dirección huir. Se metió entre los árboles, apoyando la espalda contra un tronco, tratando de escuchar algo que no fueran sus propios latidos. Sujetando el cuchillo como si fuera su única esperanza.

Seki se pegó a él. En esos momentos no le importaba mucho verse o bien o lo que fuera. Sólo sabía que tenía mucho miedo. Tampoco había visto nada pero ni siquiera había intentado mirar, sólo quería huir de ese lugar. Sentía su respiración excesivamente fuerte.

– “No… no pasa nada.” – le aseguró Goro aunque ni él mismo podía creerse sus propias palabras a pesar de que le hubiera gustado. Pero no podía pasar nada, era literalmente imposible. En toda su vida jamás había ocurrido nada en el pueblo. Salió lentamente de detrás de los árboles. Obligándose a ser valiente, a creer que no pasaba nada.

Sus pasos sobre la hierba y la hojarasca se escuchaban solitarios y amplificados por el silencio de la noche. Escuchó cómo se rompían unas ramitas tras ellos, se volteó de golpe. La sangre helada, el corazón galopante. No veía nada, sólo a Seki y la oscuridad de la profundidad de los árboles.

Escuchó entonces como si corriesen hacia ellos y volvió a correr con el chico de su mano, apartándose de los troncos como podía, chocando y arañándose con las ramas. Ya no sabía ni lo que hacía. Sólo quería salir de esa.

– Espera, Goro... ¡Goro! – Seki lo llamó, su voz llena de pánico. Acababa de ver algo rojo pasar entre los troncos justo al lado de ellos. Aquellos pasos parecían estarlos rodeando. Súbitamente se podían escuchar como susurros aunque eran casi indistinguibles del viento.

– ¿Qué… por qué? – le preguntó Goro, mirándolo angustiado. No sólo estaban huyendo por el boque en plena noche si no que estaban descalzos y medio desnudos. No lo había pasado tan mal en su vida. Nunca antes había tenido tanto miedo.

Las ramas de los árboles comenzaron a sacudirse violentamente como si alguien zarandease aquellos troncos enormes, imposibles de mover. Entonces vio algo imposible… irreal como todo aquello. La cabeza de un lobo, los ojos como vacíos, a una altura increíble… como si volase… como si estuviera de pie a dos metros del suelo. – ¡¿Quién está ahí?!– preguntó irracionalmente. Tratando de que aquello acabase.

– ¿Que...? Goro... – a Seki le empezó a temblar el aliento inevitablemente. Sentía el cuerpo helado, era incapaz de moverse ahora aunque lo que seguía deseando era salir corriendo. Una delicada voz como de niña pequeña se alzó en el silencio nocturno canturreando de pronto.

– “Quien ha visto en los ojos del lobo y conoce su profundidad, a otro lado ya no mirará. Sigue sus pasos, él te guiará...” – la voz dejó escapar una risita nada inocente, las lágrimas bajando por el rostro de Seki a causa del terror que sentía. Estaba convencido de que iba a morir allí.

De pronto la flotante y desmembrada cabeza del lobo alzó su hocico en el aire, aullando antes de desaparecer.

Goro abrazó a Seki, no sabía qué hacer. Tenía muchísimo miedo. – Vámonos… vamos al pueblo… – le pidió, tembloroso. – Hay que seguir huyendo… y… ¡Ah! ¡Dios! – gritó, separándose de Seki, por poco empujándolo horrorizado. Observando a una persona completamente diferente a su lado. Un hombre maduro y enjuto, de ojos hundidos bajo cejas espesas. Tropezó con las ramas y cayó hacia atrás. Un dolor agudo y de pronto nada. Sus ojos se cerraron al impacto de la cabeza contra el tronco a su espalda.

– Váyanse... – advirtió el viejo con aquella voz enjuta, inclinándose un poco para mirar a los ojos de Seki, el chico espantándose más si se podía y remeciendo a Goro.

– ¡Despierta! ¡Goro!

El chico entreabrió los ojos, sobresaltándose y casi apartándolo, percatándose de que era Seki y levantándose. Observando a aquel hombre que los miraba tan fijamente.

– Fuera… – repitió con voz de mujer.

Goro apretó la mano de Seki, corriendo por el bosque de nuevo, atontado por el bosque y doloridos sus pies de correr descalzo, los tenía llenos de heridas. Podía sentir cómo le escocían. Salió por fin al camino de tierra, pensando que sería un alivio pero el viento se levantaba con fuerza, agresivo, como siguiéndolos, arrancando guijarritos y golpeándoles la piel. Las hojas de los árboles moviéndose nerviosas, creando ruidos el crujido de las ramas.

Seki se tropezó con una piedra, lanzando un grito pero consiguiendo mantenerse en pie aunque cojeando. Tenían que continuar huyendo. Aunque sentía esperanzas, les habían dicho que se fueran ¿no? Tal vez se habían metido en alguna tierra mágica rara y una vez que salieran de allí, podrían ir a casa y todo estaría bien.

El moreno lo sujeto con más fuerza, mirando su rostro agotado de correr y aterrorizado. Suponía que él no estaba mejor. Sintió que iba a llorar cuando vio por fin la plaza del pueblo. – Ya está Seki… Ya está… – le tranquilizó. Cogiéndolo en brazos lo que restaba de camino aunque casi lo llevaba como un saco. Llamó a la puerta de casa, así con aquel aspecto, sentía que mataría a su padre de infarto. – ¡Papá!

Atsushi se despertó bruscamente, esperando un momento, sacudiendo a Okuma en cuanto volvió a escuchar la voz de su hijo y bajando inmediatamente casi saltando los escalones. Abrió la puerta, sintiendo que se le paraba el corazón al ver a los chicos así. – ¿Qué sucedió? – preguntó sujetando a Goro por un brazo y haciéndolos entrar.

– Había... gente y un lobo... Creí que iba a morir. – Seki se echó a llorar por fin sin controlarse más, aliviado de ver aquellas caras familiares.

Okuma bajó también, poniéndose algo por encima y asustándose de inmediato. Bajando las escaleras a toda prisa. Encontrándose con la dantesca imagen de los chicos en ropa interior, dañados y con aquel gesto de horror en sus caras. – ¡Seki!

Goro lo dejó en el suelo para que fuera con su padre que más bien se lo estaba arrebatando y sintió cómo le bajaban las lágrimas por el rostro abundantemente. Abrazándose a su padre y temblando.

– Goro, ¿qué sucedió? ¿De qué están hablando? – le preguntó Atsushi apretándolo contra sí, él mismo temblando al ver a su hijo en aquel estado. Lo llevó consigo para que se sentara, Seki abrazado a su padre también, aún sollozando.

– Nos persiguieron... desde la tienda...

– ¿Quién? – preguntó el doctor alterado. Sentía que iba a matar a alguien. Notando que estaba descalzo e imaginando que así había huido y debía tener los pies hechos polvo. Lo sujetó en brazos, sentándolo sobre él en el sofá también.

– Una… algo raro… y el viento… había unas sombras fuera de la tienda…– Goro se quedó sumamente pegado a su padre, apretando las manos en él y sintiendo su calor y olor reconfortantes. Ahora ya no le podía pasar nada.

Atsushi suspiró, cerrando los ojos y apretando a su hijo con más fuerza. Le besó el cabello, acariciándolo. – Están a salvo ahora... Cálmate... Yo no voy a dejar que te suceda nada. Ni a ti ni a Seki.

– No puedo calmarme… Tú… no viste eso papá… No era normal… no era algo normal…

Okuma se quitó el jersey y se lo puso a su hijo por encima, acariciándole el rostro y frunciendo el ceño. – “¿Estás herido?”– le preguntó, hablando casi contra su sien.

Seki negó con la cabeza, murmurando luego. – “Me lastimé el pie...” – del susto, sin percatarse de cómo tenía las plantas de los pies y de los arañazos producidos por las ramas de los árboles.

– No importa... Yo te voy a proteger de lo que sea... lo sabes. – Atsushi lo separó un poco de él, mirándolo a los ojos. No quería alterarlo más, pero era mejor que le volviera a contar aquello una vez hubiera descansado un poco. – Van a dormir con nosotros esta noche.

– Sí. – sentenció Goro sin discutir ni una palabra. Ya pensaba dormir con Seki al menos, le dejasen o no. Pero lo cierto es que ahora de quien necesitaba el calor era de su padre. Necesitaba sentirse protegido. – Me golpeé la cabeza…

Okuma se levantó, mirando entre su cabello y tocándolo con la mano. Le iba a salir un buen chichón. – Pues ya sabes que no puedes dormir en un rato… – se agachó, observando los pies de los chicos, estaban destrozados y su hijo tenía una zona amoratada. Se fue a la cocina para buscar agua caliente, apretando las mandíbulas y cerrando la puerta una vez estuvo dentro. Tocándose la frente con una mano y pensando en llamar a la policía de inmediato. Pero no podía exigirle ahora mismo a su hijo que le contase lo sucedido.

– Déjame buscar algo con qué cubrirte... – le pidió Atsushi a su hijo aunque no quería dejarlos solos de nuevo. Pero desgraciadamente había bajado vistiendo solamente la ropa interior y la camisa. No lo había pensado dos veces al escucharlo gritar.

– Atsushi-san... – Seki lo llamó, bajando un poco la voz a sabiendas de lo alterado que había sonado. – ¿Puede... puede esperar a que mi padre regrese?

Goro sujetó a Seki bajo su brazo, abrazándolo contra él y su padre mientras Okuma no regresaba. El moreno volviendo al cabo de un rato para limpiarles las heridas, fumando para no pensar demasiado. No eran muy profundas pero sí tenían los pies hechos un desastre. Se levantó tras echarles yodo y ponerle una venda a su hijo en la zona del pie golpeada. – Atsushi… quédate con ellos, voy a salir un momento.

– ¿A dónde vas? Okuma... – Atsushi le sujetó la mano, sintiéndose infantilmente asustado de pronto sin poder evitarlo.

– A buscar una pomada. – Okuma le pasó la mano por el cabello y lo soltó. –Vengo ahora. – sentenció porque estaba completamente furioso.

Goro miró a Seki, abrazándolo más y sintiendo que no lo había protegido lo suficiente. – Papá… la cabeza flotaba… la del lobo…

Afuera, Okuma miró hacia el camino, su mirada perdiéndose en la oscuridad sin que pudiese vislumbrar algo. Deseaba salir ahí y buscar a quien demonios le hubiera hecho eso a su hijo. Machacarlo hasta matarlo… pero sabía que era una estupidez. Debía tranquilizarse un poco. Eso debía hacer.

– Flotaba... – murmuró el moreno, girándose y pensando que seguramente estaría en estado de choque aunque no descartaba que les hubieran jugado una broma pesada. No podía creer otra cosa.

– Es cierto, yo... yo la vi también. Y aulló aunque no debía... – le insistió Seki, murmurando luego. – Nos cree, ¿verdad?

Atsushi asintió, seguro de que decían la verdad sobre lo que habían visto. Se sentó junto a ellos, abrazándolos. – Cuando Okuma regrese, os haré un poco de té. Necesitáis dormir un poco...

– Que me ha dicho Okuma que no puedo…– le dijo Goro, tocándose el golpe en la parte de atrás de la cabeza. – Y además no puedo… después de ver eso… Papá… nos estaban abriendo la tienda… No sabes qué miedo pasamos… No… Había un hombre y nunca lo había visto en el pueblo…

Okuma entró y abrió la pomada, frotándosela a Goro en la cabeza y en la espalda donde le había visto amoratado también. Después en la rodilla, a su hijo. – ¿Qué hombre? – preguntó porque acababa de oír eso. – ¿Sabes cómo era? ¿Te acuerdas de su cara?

Goro negó con la cabeza. – No… sólo… que tenía los ojos muy hundidos… y… llevaba ropa de… viejo de pueblo…

– Y era viejo, de hecho. Pero luego habló con voz de mujer... – añadió Seki, inquieto.

No podían tener contusiones los dos, pero no, no podía creer aquello. – Chicos... ¿en dónde estaban acampando? ¿Están seguros de que no se alejaron demasiado? No quiero que vuelvan por esa zona. – les advirtió Atsushi, más bien recriminándose el haberles dado permiso de acampar.

– Estábamos donde siempre… En el acantilado después del bosque. – Goro suspiró, pensando que no le iban a dejar hacer nada solo ya, aunque ahora mismo no tenía muchas ganas. Miró a Okuma que parecía inquieto y quien les trajo unos pijamas. Se lo puso igual que Seki, sin muchos ánimos para nada.

– Mañana iremos al cuartel de la policía a explicar lo sucedido. – sentenció Okuma. – Ahora a la cama. – Levantó a Seki en brazos porque notaba que hacía caras de dolor cuando apoyaba el pie y no quería que subiera así las escaleras.

Seki se abrazó a su padre, sintiéndose como un niño pequeño pero por ahora no le importaba. Sólo quería sentirse a salvo.

– Vamos a mi habitación, la cama es más grande... – sugirió Atsushi, tomando a Goro en brazos también y acariciando su cabello. ¿Personas extrañas? Por allí no había nadie que no conocieran, ni siquiera en el otro pueblo.

– Papá… no me cojas en brazos que tienes mal la espalda…– se quejó Goro enrojeciendo de que hiciera eso frente a Seki aunque se había agarrado más, dejándose cargar de todos modos más por el miedo que no se iba que porque lo necesitase realmente por más que le dolieran los pies.

Okuma abrió la cama de nuevo y metió a su hijo en el medio, suponiendo que preferiría dormir lo más protegido posible. No recordaba la última vez que habían dormido juntos.

– No me protestes que al menos no estoy lastimado... – le riñó a medias Atsushi, colocándolo luego junto a Seki, que se giró, abrazándolo por la cintura.

– “Ahora no puedes dormir con tu novio tu primera noche…”– murmuró Goro, dejándose abrazar y rodeándolo también.

Okuma se sentó en la cama, estaba demasiado nervioso para dormirse, alterado. Apoyó la mano en el cabello de su hijo, acariciándolo y desviando la mirada a su propia mano, cómo el cigarro temblaba ligeramente por el pulso acelerado.

– “No importa, será mañana. Tú no te preocupes.”– le sonrió Atsushi sentándose a su lado, observándolo y pensando que por más que creciera siempre lo iba a ver como a un niño al que debía proteger. – ¿Está bien si se duerme ahora, Okuma? No es peligroso, ¿verdad?

– Puede dormirse pero habrá que despertarlo cada dos horas. Lo siento, pero es lo más seguro… es un golpe bastante grande… Lo mejor sería ponerle algo de hielo en realidad. – se levantó, en parte porque necesitaba hacer algo además. –Ahora lo traigo. – Goro lo observó cohibido de estar siendo una molestia, además se sentía culpable. Si no hubieran salido no habría pasado nada de eso y él había insistido sin parar.

– ¿No le va a pasar nada? – Seki miró a Atsushi preocupado como si este tuviera todas las respuestas, el moreno acariciando el cabello de Goro.

– No, claro que no. Sólo son precauciones. Además... ¿cuántas personas tienen la suerte de vivir con un médico que los vigile toda la noche? – sonrió para tranquilizarlos. – Vosotros no os preocupéis por esas cosas, para eso ya estamos nosotros.

Goro se acercó más a Seki, abrazándolo con fuerza y buscando su calor. Sintiendo cómo Okuma le ponía aquello tras la cabeza. – Sujétalo ahí…– le pidió a Atsushi. Pasándole la mano por el hombro antes de volver a acostarse al lado de Seki, observándolo fijamente. Si le hubiera pasado algo…


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