Capítulo
25
Fear Less
– Es sorprendente... – Atsushi le pasó el pequeño
trapo una vez más a la superficie del reloj, observando los
detalles en la madera, la manera en la que estaban grabadas aquellas
letras. No podía esperar para abrirlo y revisar su mecanismo.
– Goro... ¿estás teniendo problemas allí
atrás? – le preguntó al chico casi sin poder
apartar la vista aún del objeto.
– Nooo – le dijo el chico que estaba subiendo unas
cajas de relojes en la parte de arriba de un mueble, subido a una
banqueta. Acercándose a su padre después y colgándose
de sus hombros, abrazándose luego y rozando la cara con su
espalda sonriendo. No podía evitar estar feliz por lo sucedido
ayer, incluso un poco hiperactivo, quería contárselo
a alguien pero definitivamente su padre no era la mejor opción.
– ¿Dónde está el petardo? – dijo
echando un vistazo y observándolo luchar con un ovillo de
lana, lanzándolo a todos lados. – Aún no lo
has abierto desde que te lo dejó el doctor, se nota que has
estado con cosas más interesantes que arreglar relojes…
jiji… seguro que pensabas que no existían…
– Calla... no seas irrespetuoso con tu padre... – sonrió
el moreno, sujetándole los brazos contra su pecho. –
Hoy voy a dedicarme a revisarlo... al menos hasta que llegue Okuma.
Y supongo que no te olvidarás de ayudarme al ver a Seki...
– No…– se rió y tiró de él
hacia atrás, tratando de tirarlo al suelo con él,
pero definitivamente no podría con su padre ni aunque lo
intentase el resto de la tarde. – Eh… papá ¿No
querías hablar conmigo a solas de algo ayer?
– Sí pero me hiciste hablarlo en público. –
suspiró, sujetándolo con más fuerza jugando
un poco con él. – Sólo estaba preocupado. Dime
una cosa, Goro. Tú crees... ¿qué mi modo de
vivir está mal?
– No, pero yo… estaba molesto porque no me aprobases…
y… no quiero hacer nada por la presión de la sociedad,
me da igual… – se sentó en el suelo a su lado,
abriendo la puertecita del reloj y mirando el péndulo por
dentro. – Si no les gusto, a mí no me gustan ellos…
porque papá… si Seki me quiere no me importa nada más.
– lo miró y sonrió. – Y que tú
me quieras, pero me vas a querer siempre.
– Sí, te voy a querer siempre y me voy a preocupar
siempre. Y cuando tenga canas te echaré la culpa... –
se rió, observando el reloj luego por un momento distrayéndose.
– Y voy a defenderte de lo que sea y de quien sea... Por tu
culpa... van a pensar que me he convertido en un gruñón.
Le hubieras visto la cara a Yusuke... – se rió, haciéndole
cosquillas al chico de pronto.
– Estaba escondido mirando…– se rió el
chico. – Y vi como te tocaba las cachas Okuma…–
le acusó señalándolo con un dedo y tirándose
al suelo.
El doctor carraspeando en la puerta y tocando con los nudillos,
alzando un poco las cejas al ver que Goro lo miraba. – Buenas…
– Ho... hola... – lo saludó Atsushi enrojeciendo
y rogando al cielo que no hubiera escuchado eso último.
– Hola... – canturreó Seki asomándose
con el lobito entre brazos y sonriendo. Le guiñó un
ojo a Goro como saludo secreto.
Goro enrojeció un poco, mordiéndose el labio antes
de levantarse a darle un beso en los labios completamente inocente.
– El petardo está luchando con una lana asesina…–
le explicó señalando al lobito que por entonces ya
estaba completamente enmadejado con la lana azul.
Okuma entró en la tienda aunque le tocaba bastante “la
moral” tener que levantarse pronto un fin de semana para ir
a limpiar nada. Se acuclilló al lado de Atsushi con el cigarro
en los labios y miró el reloj también, preguntándose
que tanto miraba. – ¿Estás en ello? –
preguntó, mirándolo de soslayo.
– Sí, creo que tiene algo roto y por eso no funciona.
Seguramente no es nada al final... – le sonrió, mostrándole
cómo el péndulo sólo se movía hasta
cierto punto como si fuera la cosa más fascinante del mundo.
Seki pasó, dejando a Gorito junto al otro lobito, el animal
mirando al otro como si no comprendiera y dándole con una
pata en la cabeza. El chico se rió dejándolos en su
juego y sujetando a Goro de un brazo. – ¿Qué
es lo que tengo que hacer?
– Pf… no sé…– sonrió, mirándolo
y deseando besarlo de verdad, apartándose un poquito, reído
y pasándole un paño. – Limpiemos las estanterías…
sacamos las cosas de encima, le pasamos el paño y las ponemos
de nuevo… no hagas lo de limpiar sólo lo que se ve…
– ¿Y nosotros?...– el doctor respiró
por la nariz y se sacó el cigarro de los labios, rodeándole
la espalda al relojero y apoyándole una mano en el hombro.
–¿Sólo nos quedamos aquí adorando el
reloj?– sonrió levemente, metiéndose con él
y apretándole un poco la nuca con los dedos después.
Goro le dio un codacito a Seki para que mirase. Se le hacía
tan raro ver cosas así.
Seki se rió en bajito, deseando ir a molestar a su padre,
pero suponía que si lo hacía, sólo lo reprimiría
más. Y no deseaba eso.
– No, lo siento... es sólo que no he tenido tiempo.
– le sonrió Atsushi al médico, enrojeciendo
un poco. – Necesito acomodar algunas piezas... ver cuales
sirven y cuales tengo que tirar. ¿Me ayudas? Sólo
tienes que pasármelas, están en esas cajas.
– Sí…– el moreno levantó el reloj,
pensando de nuevo que pesaba los mil demonios y apoyándoselo
en una mesa austera de madera. – Hazlo ahí, te vas
a romper la espalda así agachado…– le riñó
el hombre, llevándole la caja con las herramientas y comprendiendo
que él estaba ahí solo para estar con Atsushi, no
le molestaba tanto, ya dormiría después entonces.
– ¿Qué? – le preguntó a los chicos,
notando cómo miraban todo el rato cada dos por tres. Goro
enrojeciendo y negando con la cabeza serio.
– Nada, nada, uy, cómo se pasa el tiempo – se
rió Seki halando un poco a Goro del brazo. – Enséñame
a limpiar que no sirvo.
Atsushi sonrió, meneando la cabeza. – Siempre suelo
trabajar de esa manera. Disculpa por hacerte venir tan temprano...
– Pues no lo hagas, seguro que tienes la espalda hecha un
desastre…– el moreno se apoyó con una mano en
la mesa, observándolo trabajar y apoyándose tras él
mientras Atsushi estaba mirando el reloj. Le tocó la espalda
con ambas manos, siguiendo la línea de su columna con los
pulgares. Le apoyó una mano en el pecho y volvió a
tocarle la espalda con la otra. El humo saliendo de su cigarro entre
los labios mientras fruncía ligeramente el ceño.
– Esta... es una nueva manera de trabajar... – comentó
el moreno, enrojeciendo ligeramente y tratando de concentrarse,
revisando las piezas con cuidado aunque no pudo evitar mirar de
soslayo hacia los chicos al escuchar una risita por parte de Seki.
– ¿De qué te ríes tú?–
le preguntó Okuma a su hijo. – Sólo le estoy
mirando la columna… Si Atsushi-san no se escapase de las consultas
no tendría que hacer estas cosas…– le riñó
de paso al mayor también. Apoyándose en la mesa y
hablándole. – No quiero que sigas haciendo eso. Vas
a acabar con la espalda hecha papilla. Le dices a Goro que te ayude
a subirlos a la mesa. – lo sentó y lo acercó
a esta. – Te sientas y no te excedes horas con eso.
Goro que seguía mirando como alucinando, se sintió
de pronto un tanto avergonzado por ver aquello, sonriendo y apartando
la mirada, pensando que Okuma se preocupaba mucho por su padre e
imaginando que debía sentirse feliz. – Papá
¿Podemos dormir en una tienda?– aprovechó a
insistir.
– Claro, sólo pon la tienda en la sala... –
le contestó su padre, esquivando y sonriéndole Okuma
luego. – Sí, sensei. No te preocupes, apenas he podido
trabajar estos días de todas maneras. A veces miro sus mecanismos
y son como pequeños mundos, ¿sabes? Me imagino la
tierra así. – continuó, moviendo piezas dentro
de aquel reloj a sabiendas de que Goro le insistiría pero
estaba deseando que se distrajese.
– Hum... nos ignoran. – se quejó Seki, por un
momento algo celoso de que sólo le prestase atención
para reñirlo. Pero se le pasaba rápido. Se acercó
a ambos apoyándose en la mesa, interrumpiendo descaradamente.
– ¿No podemos?
– No, no podéis, ¿Creéis que no sabemos
por qué queréis dormir en una tienda? – Okuma
miró a su hijo a los ojos y le dio una palmadita en la cabeza.
–No – sentenció.
– No es por eso…– Goro suspiró con fuerza,
acercándose a Seki para reforzar la presión. –
Son las vacaciones de verano… ¿Por qué no podemos
hacer las cosas que hace todo el mundo? ¿Porque somos novios?
Pues no es justo…
– Dormid con más personas en la tienda y entonces
haréis lo que hace todo el mundo y no los novios…
– Pero no conocemos a más personas... Bueno... ¿y
si invitamos a Hideo y Nao? ¿Nos dejan? – preguntó
Seki sonriendo, divisando una estrategia para sus adentros. Algo
era algo.
– No, no me gusta eso de que durmáis afuera de noche.
Y no creo que esos chicos sean muy buenos chaperones de todas maneras.
– respondió el moreno, mirándolos. – ¿Ya
terminasteis de limpiar?
– Sí…– mintió Goro que estaba
enfurruñado porque no le dejasen. – Nos vamos a dar
una vuelta. – se llevó a Seki de la mano, los lobitos
siguiéndolos en cuanto notaron que salían a la calle.
Okuma mirándolos irse de soslayo y luego observando a Atsushi.
– Si estuvieran en la ciudad se irían a un hotel para
estas cosas con la misma facilidad que quien va a una cafetería…
Creo que deberíamos dejarles su noche fuera y confiar en
ellos… dentro de unos días… – se sentó
en una silla al lado del otro hombre, observándolo. –
¿Qué va a suceder? Nada del otro mundo, a la mañana
siguiente volverán a estar aquí siendo los mismos
que antes.
– No terminaron de limpiar... – murmuró el moreno
mirando las estanterías y suspirando, dejando a un lado sus
herramientas luego para mirar a Okuma. – Creo que es tiempo
de que te hable de eso. Acerca de Naoko. Si le preguntas a cualquiera
en este pueblo, te dirán que se fue, que nos abandonó.
Incluso Goro lo piensa. Pero yo... nunca he podido creer eso, ella
no haría algo así. – se recostó un poco
contra el respaldo de la silla, mirando la puerta pensando que no
deseaba que viniese a molestarlos nadie ahora. – Y sé
que probablemente es una tontería de mi parte pero desde
que ella desapareció... he sentido miedo. De que Goro también
desaparezca algún día.
Okuma lo miró a los ojos y se ajustó un poco las
gafas. – Sí, lo encuentro lógico. – suspiró
con fuerza y se apoyó en la mesa. – Pero Goro no va
a irse a ninguna parte. No sé qué le ocurriría
a tu mujer pero a veces las personas hacen lo que menos te esperas.
Yo sé que mi hijo puede parecer un cabeza hueca… pero
también sé que es mucho más maduro y responsable
de lo que aparenta.
– Lo sé... No me preocupa Seki, no es eso. –
le sonrió por si lo había ofendido. – No puedo
evitarlo. Y sé que es una tontería porque a la vez
pienso que es un pueblo muy seguro para los chicos. Pero ella no
se fue simplemente, no tenía motivos para hacerlo. –
suspiró, sin esperar que comprendiese realmente, mirando
el reloj de nuevo. – ¿Crees que debería permitírselo
entonces? ¿Que pase la noche fuera?
– Atsushi…– se tocó un poco la frente
con dos dedos y lo miró a los ojos. – No es una decisión
que yo pueda tomar por ti, si algo sucediese me odiarías,
es una decisión que sólo tú puedes tomar. Yo
no quiero que mi hijo viva esclavizado por mis miedos… –
golpeó un poco la mesa con el mechero y encendió otro
cigarro. – Respecto a tu mujer… ¿Puedo decir
algo con libertad?
– Creí que ya lo hacías... Claro – asintió,
mirándolo y pensando que sólo le había pedido
su opinión. Pero tal vez sí estaba dependiendo mucho
de Okuma en esos momentos.
– Tú estás convencido de que tu mujer no te
habría abandonado, supongo que porque entiendes que te quería
a ti y a tu hijo… y si tanto te quería… tal vez
se fue por eso…– lo miró a los ojos y bajó
la mano con el cigarro.
– ¿De qué estás hablando? ¿Por
qué alguien haría algo así? Además no
tienes idea de cómo amaba a Goro. – negó con
la cabeza sin comprenderlo.
Okuma le dio una calada al cigarro, pensando que parecía
estarlo ofendiendo. – Tal vez quería dejarte la libertad
de ser quien eres.
Atsushi sonrió, apoyándose en una mano. – Pero
no hubiera abandonado a Goro para eso... Creo que comprendo lo que
dices pero Naoko no era así. Yo pienso... que si me hubiese
enamorado de alguien, en todo caso, hubiera sido ella quien no me
dejase en paz hasta que me sincerara. Teníamos esa clase
de relación. – bajó la mirada planteándose
la posibilidad aún así. – No creo que pudiese
perdonarla...
– Tal vez era ella quien quería sentirse deseada,
no quiero ofenderte… y tampoco comprendo mucho la homosexualidad…
El moreno se rió sin poder evitarlo. No, definitivamente
no la comprendía pero eso le encantaba de él. –
Yo tampoco soy un experto, ¿sabes? Pero yo tampoco la hubiera
detenido si me lo hubiera dicho. En realidad... el único
problema con tu teoría es Goro. Ella no era una mala madre
y nunca tuvo dudas acerca de él.
– Pero ella sabía que tú te encargarías
de él perfectamente aun si ella no estaba…– frunció
un poco más el ceño porque se riese de él.
– No importa… Goro no es ella y nadie se lo va a llevar
lejos de ti.
– No, ¿verdad? – le sonrió, negando con
la cabeza y tocándole la mano con suavidad. – A veces
me preocupa convertirme en un viejo amargado de pueblo.
Okuma sonrió levemente, imaginándoselo. – No
vamos a quedarnos aquí para siempre…– se quedó
en silencio, llevándose el cigarro a los labios y percatándose
de lo que acababa de decir cuando ya era demasiado tarde.
– Okuma... ¿Planeas secuestrarme o algo sí?
– bromeó, nervioso, más bien por aligerar la
situación. No podía negar que se había emocionado
estúpidamente.
El doctor lo miró de soslayo y se apoyó en la mano
que sujetaba el cigarro, girándose para mirarlo mejor. –
Si me obligas a ello…– bromeó aunque seguía
serio.
– No te puedo obligar a secuestrarme... Es extraño.
– se rió de nuevo, inclinándose hacia él.
– ¿Cómo podría yo hacer eso?
– Si te niegas… me obligas a ello… y si empiezas
con esas me obligarás a otras cosas…– metió
dos dedos por el cuello de su camisa y lo aproximó más
de golpe. Estaba seguro, completamente seguro de que ni un sólo
hombre que no fuera él le haría tan siquiera pensar
de ese modo en lo más mínimo.
– Te amo, Okuma... – confesó de golpe enrojeciendo
y deseando poder haberse detenido antes. En vez de eso, besándolo
apresuradamente, como intentando distraerlo.
Okuma le sujetó la cara con la mano en la que sujetaba el
cigarro ya que ni siquiera le había dado tiempo a apartarlo
casi. Lo miró mientras lo besaba y deslizó los labios
por su cuello, mordiéndoselo, abriéndole la camisa
ligeramente y marcándolo con sus dientes hasta llegarle al
hombro. Le besó el cuello de nuevo, succionando su piel y
apartándose para mirarlo a los ojos. –Deja de hablarme
de ella como si fuera mejor que yo.
– ¿Qué...? Ella... – sonrió, aunque
seguía rojo, negando con la cabeza de nuevo. – Acabo
de decirte... No, no era mejor que tú. – le cedió
finalmente sintiendo que se enredaba por los nervios. No quería
tener que repetírselo y presionarlo de esa manera. –
“Nadie lo es...” – susurró, tocándole
el cuello.
El moreno se rió entre dientes, pensando “por supuesto
que sí” pero dejándolo por no discutir algo
como eso. Apagó el cigarro y lo acercó, sujetándolo
por la cintura y sentándolo en sus piernas a horcajadas.
– Hoy no o te verás confuso con tus normas… la
próxima vez que insistan en dormir fuera, déjalos
que lo hagan… Yo también quiero pasar una noche entera
portándonos mal.
– Eres un tonto, Okuma... – sonrió, echándose
el cabello hacia atrás y desviando la mirada, sintiéndose
como un chiquillo de nuevo. – Yo creía que no ibas
a tomar esas decisiones por mí.
Okuma se rió de nuevo, silenciosamente y se echó
atrás contra el respaldo, metiendo una mano por dentro de
sus jeans para apretarle las nalgas. –No tengo mucha fuerza
de voluntad.
– Yo sí... pero no contigo... ni con Goro... –
se rió porque igual estaba diciendo lo mismo.
– A eso me refería…– le aclaró.
Besándole el cuello de nuevo y pasando los dedos entre sus
nalgas sobre la ropa interior. No se comportaba de ese modo desde
hacía años pero a él no podía dejar
de tocarlo.
– Okuma... – el moreno se estremeció, aferrándose
a su camiseta como siempre. – Si regresan los chicos...
– Verán que tenemos deseos sexuales. Qué horrible.
– se burló aunque él tampoco quería que
los vieran de ese modo. Metió la otra mano bajo su ropa interior,
deslizándola desde atrás hasta casi sus testículos,
apretándole las nalgas y pegándolo contra él.
Lo besó profundamente sin dejarlo separarse un milímetro
y luego lo miró a los ojos, apartando las manos a su espalda
– Está bien…
– Está bien... – repitió Atsushi pensando
que no iba a poder concentrarse por un buen rato. Sentía
su sexo duro contra los pantalones. – Creo... que voy a tener
que mandar a pedir una de las piezas... – comentó,
sin apartar la mirada de los ojos azules de Okuma.
– Pídela. – sentenció el otro sin apartar
la mirada, pegándole una nalgada. –¿Quieres
enseñarme a cocinar?... antes de que no me aguante y te empotre
contra la mesa…
– Sí, será lo mejor... – se rió,
enrojeciendo de nuevo, en su interior pensando que no quería.
Quería que lo empotrara contra la mesa. Por Dios, ya estaba
mayor como para no poderse controlar. – Vamos... tendremos
la comida lista para cuando los chicos dejen de refunfuñar.
– Pues levántate…– le dijo, sonriendo
con algo de malicia y levantándolo en brazos con él.
Dejándolo resbalar contra su cuerpo para que sintiese su
sexo duro. Apretándolo de nuevo al sentir el suyo. –Vamos…
– lo empujó un poco con su cuerpo, besándolo
y haciéndolo caminar de espaldas, sujetándole la cintura
con una mano para que no fuera a caerse. – Voy a estar deseando
que coman y se vayan a jugar cuanto antes…

Continua leyendo!
|