Capítulo
20
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– ¿Esto también lo has hecho tú?–
preguntó Goro mirando una camiseta naranja entre la ropa
que le estaba mostrando Seki. – Me gusta mucho. ¿Los
coses tú y todo? ¿O sólo haces los diseños?
– Algunos los coso yo aunque prefiero no hacerlo. Esa parte
no me gusta mucho... – se rió, observándolo
y dejándose caer en la cama boca abajo, moviendo las piernas
tras de sí. – ¿Lo quieres? Te quedaría
muy bien...
– ¿De verdad? – Se quitó su camiseta
y se puso la que Seki acababa de darle, pensando que le estaba un
poco ajustada para su gusto pero igual le quedaba fashion aunque
le diera un poco de vergüenza ponerse algo así. Se acostó
sobre él, dejándose caer para aplastarlo un poco y
le besó la mejilla. – ¿No me queda un poco gay?–
preguntó reído.
– Eres gay y te ves genial... Me gustas mucho... –
se rió, moviéndose bajo él. – De todos
modos tengo pensado diseñarte algo a ti, aún lo estoy
pensando pero puedes decirme si tienes alguna preferencia... –
continuó moviéndose por jugar.
Goro se acostó a su lado y le sujetó la cintura.
–Baka… no hagas eso…– se rió y lo
atrajo un poco. – Me gusta el azul con negro. – sonrió
un poco, jugando con su cabello y haciendo caracolillos con él
en un dedo.
– Vale... azul con negro... ¿Te gusta mi cabello?
– se rió molestando más que nada y tratando
de girarse. – Tú pareces un lobito...
–Y tú un gatito… y sí me gusta…
– lo aproximó a él después de que se
girase y le pasó la mano por la nuca para aproximarlo, besándolo
profundamente y levantándose él un poco por encima
del chico. Seki rodeó su cuello con los brazos, devolviéndole
el beso y cerrando los ojos.
Goro lo miró a los ojos, enrojeciendo un poco por lo nervioso
que se estaba poniendo y besándolo otra vez mientras su mano
comenzaba a acariciarlo por debajo de la camiseta, rozando su abdomen
y su pecho con suavidad. Le daba vergüenza concentrarse en
tocar sus pezones pese a estarlos rozando a cada rato y estarlo
deseando. Lo miró a los ojos de nuevo y le lamió el
labio superior.
– Goro... – le sonrió, besándolo nuevamente
y acariciando su cabello, subiendo una pierna por las caderas del
chico. No le importaba mucho lo que pudiera suceder. Goro le gustaba
más que nadie y su padre seguramente llegaría tarde.
Lo mejor era dejarse llevar.
– Seki… – el moreno lo siguió besando
como si le faltase el tiempo. Deslizando la lengua por fin por su
cuello y bajando la mano entre el colchón y el cuerpo del
chico para tocar sus nalgas. Estaba muy nervioso y seguro de que
estaba comportándose como un idiota. Comenzó a besar
su pecho sobre la camiseta y lo miró desde allí, tratando
de subírsela con los dientes para no dejar de tocar sus nalgas.
Seki sonrió, subiéndose la camiseta él mismo
y quitándosela a pesar de que estaba disfrutando cómo
lo hacía el chico. Le revolvió más el cabello,
arqueando la espalda para ofrecerse a él, respirando más
agitado al sentir cómo lo lamía.
– Seki, eres precioso…– Goro le sonrió
y se sentó sobre su cintura, tocándolo con ambas manos
y pasándolas por debajo de su espalda también, su
propio sexo palpitando sólo con los besos y las caricias,
con observar el cuerpo de su novio de aquella manera. Deslizó
los dedos por sus pezones y se arrastró sobre él para
estirarse un poco, succionándoselos y lamiéndolos
intensamente, respirando con fuerza contra su piel.
– Goroh... – jadeó el chico excitándose.
Le encantaba cómo lo tocaba, cómo lo miraba. –
Te quiero, Goro... – murmuró, abriendo las piernas
y sujetándolo suavemente con ellas, pegándolo a su
cuerpo, su propio sexo reaccionando ante el roce.
– ¡Yo a ti! – Sonrió pensando que por
fin se lo había dicho y deslizó la nariz por su cuello,
besándoselo y apretándose contra el cuerpo del chico,
rozando su sexo contra él, jadeando. Su mano bajó
para sujetarle las nalgas y aumentar así la fricción.
Echó una mano atrás y se quitó la camiseta,
abrazándolo con fuerza y sonriendo al sentir su pecho desnudo
contra el de Seki.
– Y me encantas... – continúo el chico, besándolo
de nuevo y bajando sus manos para desabrocharle el pantalón
y bajarlo un poco, acariciando el sexo del chico con suavidad, sintiéndolo
caliente y duro. Finalmente metiendo la mano por debajo de la ropa
interior para sentir su piel.
Goro se quedó quieto como una estatua. Sintiendo la mano
de Seki y dejándolo hacer pese a que no estaba seguro de
que fuese muy buena idea, su cuerpo estaba temblando y no se sentía
con muchas fuerzas para hacerse de rogar. Nunca había sentido
nada mejor en su vida, no se parecía en nada a tocarse uno
mismo. Lo miró a los ojos y le abrió el pantalón
también, como vigilando su reacción, deslizando los
dedos por encima de su sexo sobre la ropa interior, era de color
violeta y la tela era suave. Le bajó el pantalón un
poco para verlo así, estremeciéndose de golpe al sentir
los dedos de Seki rozarlo con más tesón.
El chico gimió con suavidad al sentir su propio sexo pulsando
contra la tela, deseando que lo tocase directamente. – ¿Quieres...?
– bajó su otra mano sin dejar de acariciar el sexo
de Goro, sacando su sexo de la ropa interior para mostrárselo.
– Puedes tocarlo... le gusta... – bromeó a pesar
de que se sentía seducido por esa manera inocente de mirarlo.
– Vale…– se rió enrojeciendo un poco más
y deslizando la mano por su sexo, sujetándolo y jadeando
al sentir su calor. – Me gusta… es muy suave…–
sonrió, separándole las piernas con suavidad y observando
sus testículos, su piel desprovista de vello. Lo miró
a los ojos un momento, se sentía ardiendo, era terriblemente
perfecto. Lo giró para subirlo sobre él y le apretó
las nalgas con fuerza, jadeando y rozando sus sexos mientras lo
besaba.
El chico rompió el beso apenas un momento para responder.
– Y el tuyo... es todo lo que su tamaño promete...
– se rió, besándolo de nuevo y acariciando su
rostro y su cuello, moviéndose contra él, mirándolo
a sus ojos grises. Le parecía el chico más guapo que
hubiera visto.
Goro sonrió, notando los testículos del chico contra
los suyos, era increíble. –Hum… Seki… –
pasó las manos por sus piernas y sus nalgas. Su cuerpo era
increíble, suave y flexible. No pudo contenerse a deslizar
un dedo entre sus nalgas, rozando su ano caliente y jadeando más.
Empujando un dedo tan sólo un poco y moviéndolo dentro
de él.
– Están en casa ya. – Okuma dejó las
bolsas sobre la mesa, notando que sus playeros estaban en la entrada
de la casa. – ¡Seki, Baja aquí un momento!–
le pidió.
– Ah...shhh... – el chico le colocó un dedo
sobre los labios a Goro, exhalando con fuerza molesto porque los
interrumpieran. – Ya... ¡Ya voy, papá! –
contestó para que no se hiciera sospechoso, poniéndose
de pie y vistiéndose rápidamente haciéndole
señas a Goro para que hiciera lo mismo.
– Cualquiera creería que no le dije nada antes de
salir... – murmuró Atsushi refiriéndose a que
Goro estaba de nuevo en la habitación de Seki.
– ¿Y qué creías? Estaba claro…
– Okuma se sentó en el borde de la mesa sin decir nada
pero rozándose un diente con una uña, pensando que
estaba tardando.
Goro se vistió rápidamente, rojo como un tomate y
sumamente desconcertado. No quería ver a su padre en ese
momento por nada del mundo. Sin embargo Seki se veía como
si nada, como si tuviera la técnica dominada. –Yo voy
al baño.– dijo casi huyendo ya hacía allí.
– Bien... Baja con Seki, así parecerá que jugabas...
– le sonrió, apresurándose y bajando con rapidez.
– ¿Ya llegaron? ¿Conseguiste lo que te pedí?
– el chico se abrazó a su padre para que no le fuera
a decir nada, besándole la mejilla.
– ¿Y Goro...? – preguntó Atsushi, sospechando.
Su hijo no era muy buen actor.
– Está en el baño. Ya le avisé...
– Hum…– Okuma alzó una ceja levemente
pensando “¿Descargando el arma?” y conteniéndose
de matar a Atsushi de la preocupación. Le apretó un
poco la nuca a su hijo y suspiró con el cigarro en la boca.
– Sí… y toma…– le dio el collar rosa
y negro, observándolo para ver si le gustaba o no.
Goro bajó igualmente rojo, cargando con los dos lobitos
en brazos para no dejarlos solos y de paso para distraer la mirada
en algo. – Hola… papá. – le besó
una mejilla y dejó a los animalitos en el suelo porque parecían
querer saludar.
– Hola... Te dije que no subieras sin permiso de Okuma...
– lo saludó, haciéndole ver que no se le pasaba
por alto, aún así, alborotándole el cabello
y sacando el collar que le había comprado. – Y esto
es para ti... y para vosotros... – se agachó a acariciar
a los animalitos, sonriendo.
– ¡Me encanta! ¡Gracias, papá! Es perfecto...
– Seki le besó al mejilla casi saltando. No era el
gusto de su padre aquello. Sabía que lo había comprado
pensando en él.
– Es precioso, papá. – Goro se agachó,
olvidándose de la vergüenza que tenía encima
y tratando de ponérselo al lobito aunque él parecía
mucho más interesado en comérselo que otra cosa. –
Jo… para. – le riñó reído, sujetándolo
como una croqueta para conseguirlo.
– Y ahora… – Okuma cogió al de su hijo
por el pellejo y lo levantó hasta tomarlo en brazos. –
Voy a vacunarlos mientras Atsushi calienta la comida.
– Espera, deja que le ponga su collar... ¿Podemos
ir contigo? – le pidió Seki, no queriendo dejarlos
solos si les iba a doler.
– Como quieras pero van a llorar…– le advirtió
su padre, Goro apretando a su cachorrito.
– ¿Y es necesario?
– Si no quieres que se ponga enfermo y no quieres…
sí. Y no es nada, sólo una, dentro de un tiempo más…–
dijo reído después.
– Es por su bien... Yo también he tenido que ver cómo
te vacunan a ti. – le sonrió Atsushi para consolarlo.
– Sé fuerte...
– Sí, yo no quiero dejarlo solo... – Seki acarició
a los lobitos que iban revolviéndose en los brazos de su
padre. – No te preocupes, mi papá es bueno en estas
cosas...
–Ya… Yo me quedo con mi padre poniendo la mesa que
no puedo ni ver las agujas. – se abrazó a su padre
riéndose y huyendo de ir.
– Qué pena… también traje unas que tocan
a los 18… así que… disfruta este año sin
vacunas que para el siguiente te toca una. – Okuma lo amenazó
aunque iba en serio, Goro palideciendo un poco incluso.
Atsushi lo rodeó con un brazo, apretándolo contra
sí como protegiéndolo y llevándolo consigo.
– Ven... ayúdame en la cocina y me dices qué
tanto hacías con Seki.
– Jugar con los lobitos y ¿Ves? Me regaló esta
camiseta y estuvimos hablando de lo que él me quiere hacer…
Diseñar. – se corrigió de pronto, enrojeciendo
un poco y acordándose de lo que estaba haciendo cuando justo
lo interrumpieron. Era la muerte… quería volver atrás
en el tiempo.
– Ahora venimos. – Okuma se llevó a los lobitos
con su hijo y salió de la casa.
– Sí vamos a salir esta noche. – le avisó
Goro a su padre. –Voy a llamar a Hideo y a Nao… y saldremos
con ellos y sus amigos…
– Vale, ya te sientes mejor entonces... – le sonrió,
suspirando. – Te ves bien en esa camiseta... – le comentó,
sacando la comida y abriéndola para empezar a calentarla.
– Goro... ¿no hay nada más que quieras decirme?
– ¿De qué?– preguntó inquieto
y enrojeciendo profundamente, sintiendo que le ardía la cara.
–Nos estábamos besando… y esas cosas. –
acabó confesando.
– Sí, ya lo imaginaba... – sonrió de
nuevo meneando la cabeza. – Goro... ¿sabes por qué
te digo que tengas cuidado? No es por molestarte.
– ¿Por qué?– preguntó más
que nada por saber qué iba a decirle. Mirándolo atentamente
–Me dijo que me quiere. Aunque yo se lo dije mil veces antes…
– ¿Sí? Es porque... es un paso muy grande,
sobre todo la primera vez aunque no lo parezca. Tienes que estar
preparado emocionalmente y no quiero que salgas lastimado, Goro.
– le contestó a sabiendas de lo sensible que era su
hijo. – No estoy diciendo que Seki te vaya a lastimar pero
las cosas suceden... No sé, sólo no quiero que te
hagan daño.
– Lo sé… pero tú lo has hecho con el
padre de Seki ya… ¿Verdad?– preguntó curioso
y alejándose un poquito por si le gritaba.
– Eso... es distinto. Somos adultos y... ya sé las
consecuencias. – contestó, enrojeciendo y dedicándose
a sacar la comida. ¿Por qué tenía que ser así?
Goro siempre sabía cómo devolvérselas y lo
hacía con tanta naturalidad. – Además, quiero
que lo pienses, no puedes hacerlo con cualquiera. No todos van a
ser como Seki y hay chicos que se ven muy bien pero...
– Pero es que Seki es mi novio, no quiero hacerlo con nadie
más… y me da igual cómo se vean los otros…–
colocó los vasos en la mesa, pensando en Seki y en lo guapo
que era, lo mucho que se divertía con él. –
Además no íbamos a hacerlo… sólo estábamos
jugando un poco… y no es distinto, los adultos también
lloran…
– Lo sé pero mi padre no está en condiciones
de preocuparse por mí y yo sí estoy en condiciones
de preocuparme por ti así que te lo aguantas. – le
contestó, suspirando y sonriendo luego. – Sabes que
te quiero... No puedo dejar de estresarme... – Ya ni sabía
qué estaba diciendo. Goro no era un chico que fuera a ir
por allí acostándose con cualquiera, pero tampoco
quería que se aprovechase alguien de él por ser ingenuo.
– Ya… Pero yo me preocupo por ti, no importa que sea
tu padre o tu hijo, lo que importa es que sólo nos tenemos
el uno al otro al fin y al cabo. – se lavó las manos
para cuando llegasen poder comer y miró a su padre. –
No sé si vamos a ser novios siempre pero inevitablemente
pasará y quiero que pase con él, porque es la primera
vez que me enamoro… y Seki es especial… Ya no me gusta
que haya tenido otro novio antes. Ahora es mi novio y no quiero
perderlo.
– Bien... pero prométeme un cosa... Suceda lo que
suceda, no vas a dejar de confiar en mí, ¿está
bien? – lo miró deteniéndose un momento de lo
que hacía para demostrarle que hablaba en serio. Él
tampoco quería perderlo y lo cierto es que le daba algo de
miedo.
– Sólo si tú me cuentas a mí. Okuma
le contó a Seki y yo me tengo que enterar por otros. –
sonrió levemente, apartando la mirada. – Ahora te preguntaré
cosas antes de hacerlo. – se rió, apartándose
y apuntándolo con un dedo. – ¡No me grites! –
le pidió sin dejar de reír.
Okuma abriendo la puerta con Seki que cargaba a los lobitos y tirándole
un poco de una oreja a Goro. – A ver qué has hecho
ya…
– No hemos hecho nada, papá... No seas malo... –
se rió Seki, acercando los lobitos a Goro. – Dales
amor que les dolió...
Atsushi les sirvió leche tibia en el plato que acababan
de comprar, dejándolo en el piso. – Pero apártenlos
de la mesa, chicos...
– Vale… que no tienen la peste…– protestó
Goro aún así haciendo lo que le pedían y besándolos
porque estaba seguro de que sí les había dolido un
buen rato. Se lavó las manos de nuevo, pensando que no le
había servido de nada lavárselas la primera vez. Se
sentó en la mesa al lado de Seki y le besó la mejilla,
sonriendo un poco por lo que había estado hablando con su
padre. – Papá, fuimos a ver a la abuela de los perros…
– ¿Sí? Te refieres a Itoh-obaasan... –
contestó, recordándole que la señora tenía
un nombre. Claro, que todos la llamaban “abuela”, pero
aún así... – Imagino que llevaron a los cachorros.
– Sí... Atsushi-san... –Seki se apoyó
en una mano, observándolo. – Nos estuvo diciendo cosas
muy raras... acerca del pueblo abandonado y...
– Bueno, sí. Es una anciana y tiene ciertas creencias.
Es buena persona pero no se tomen eso en serio. – suspiró,
sentándose también a la mesa. – De todos modos
no quiero que vayáis allá.
– Ya… ya nos lo dijiste…– Goro sonrió
levemente, cogiendo un trozo de sushi con los palillos y poniéndole
wasabi antes de comérselo. – Pero no nos dijo nada
claro… Sólo que seguro que se lo hicieron allí
y que ella nunca va a ese pueblo.
– ¿Qué pueblo?– preguntó Okuma
sentándose, apagando el cigarro para ponerse a comer y mirando
a Atsushi.
– Hay un pueblo, más arriba... Está abandonado
desde hace mucho tiempo. Pero los ancianos inventan muchas leyendas.
O quien sabe, a lo mejor son cosas que les contaron de niños...
– le explicó Atsushi, sirviéndole un poco de
agua, y tomando un sushi para sí mismo. – Es difícil
llegar y... bueno, es uno de esos lugares que te hacen preguntarte
a quien se le ocurrió que era buena idea vivir allí.
– Sí, pero lo de la loba... – insistió
Seki, pensando que los adultos daban muchos rodeos en vez de contárselo
todo ya.
– Es extraño… – Okuma bebió un
poco de agua, frunciendo el ceño ligeramente y pensando en
llamar a la policía. Lo hubiera hecho de no ser porque no
quería que les quitasen los cachorros a los chicos y tampoco
tenía ninguna evidencia. – No vayáis allí
y punto…– miró a su hijo y siguió comiendo
como si nada después. – ¿Vais a salir esta noche?
– Sí. – Goro lo miró como estudiándolo.
– ¿Y a qué hora pensáis volver?
– ¿A qué hora puedo volver papá?...
No me digas una hora rollo eh…
– A las doce... – lo miró serio el moreno, Seki
interrumpiendo.
– Pero si no es la cenicienta... No sea así... papá
de Goro... – le sonrió, molestando aunque tal vez no
fuera la mejor estrategia. – Regresamos antes de que salga
el sol, ¿vale?
– La una y no más tarde de eso. – accedió
Atsushi pensando que ni loco le iba a permitir eso de “antes
de que salga el sol”. Ya los conocía, seguramente regresaban
unos minutos antes del amanecer así.
Okuma se rió, comiendo y mirando a Atsushi. – Si cenan
a las 9 o así… cogen el autobús… llegan
ahí a y media y luego de dos horas ya tienen que irse de
nuevo… así no les merece la pena pagar la entrada siquiera.
– Mira, papá… hasta Okuma-san lo dice…–
Goro lo miró con cara de drama. –No beberemos nada
y no haremos nada malo…
– ¿Por qué no a las tres? Yo iré a buscarlos…–
propuso Okuma mirando a los ojos a Atsushi. Lo cierto es que él
quería su tiempo a solas con él también y estaba
acostumbrado a los horarios de Seki.
El moreno suspiró comprendiendo que no le quedaba de otra.
– Bien, a las tres... Agradece a Okuma, hijo... – sonrió,
meneando la cabeza. ¿Por qué le resultaba tan difícil
comprender que Goro estaba creciendo?
– Gracias Okuma-san. – el chico sonrió abiertamente,
comiendo de nuevo y mirando al lobito que mordía su pantalón
para que le hiciera caso. Le apoyó la mano en la cabeza para
distraerlo aunque por él lo hubiera cogido en brazos. –
Y ahora lávate las manos de nuevo…– Okuma lo
miró subiéndose un poco las gafas y reprobándolo.
– Hai…– el chico se rió, levantándose
y lavándoselas, riendo entre dientes sin poder evitar pensar
que era como tener dos padres ahora.

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