.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 4
No Secrets

Atsushi carraspeó, un poco nervioso por conocer al nuevo médico. Era una tontería, pero no se le daba bien el conocer a la gente nueva. Y viendo a su hijo...

– Oh, Imamura-san... ¿viene a ver al médico? No se siente mal, ¿verdad? – le preguntó una señora que salía precisamente de su consulta y que claramente no estaba enferma.

– No, no, estoy bien, sólo...

– Pero pase, pase, es un joven muy agradable... Un poco extraño, pero ¿qué se le va a hacer? – le comentó la mujer en tono de secreto alejándose luego.

Atsushi suspiró seguro de que no era tan extraño, llamando a la puerta luego. No iba a entrar así nada más.

El hombre dentro, dejó escapar un resoplido con fuerza, dando por imposible su intento de guardar las cosas en los cajones y apoyando la caja de archivos sobre la mesa. – Está abierto. – dijo lo suficientemente alto como para que entrase quien fuera. Preguntándose si no sería la misma señora de nuevo, ya había sido terriblemente interminable su primera visita como para que encima regresase.

– Hola...me llamo Imamura Atsushi, creo que ya conoció a mi hijo... – se asomó el moreno, pensando que sonaba un poco amargado y quedándose de pie junto a la puerta al verlo. No se parecía en nada a la imagen que había tenido del médico. – Sólo venía a darle la bienvenida, sensei.

– Pasa si quieres. – Okuma se acercó, sorprendido al notar que era joven y aún más sorprendido por lo alto que era, se notaba que era el padre de Goro. –Masamune Okuma…– le estrechó la mano con firmeza y se pasó la mano por el cabello, girándose un poco. – Disculpa el desorden… pero no me han dejado hacer mucho en todo este rato… – se quejó. – Me alegra ver que no soy el único no jubilado del pueblo…– murmuró diciendo finalmente que eran todos del pleistoceno.

Atsushi se rió sin poder evitarlo, entrando en la consulta. – No... Nadie ha limpiado esto desde que el otro doctor se fue. Y todos están emocionados por su llegada... Supongo que lo comprende. – le sonrió extendiendo los brazos y entregándole una pequeña bandeja cubierta. – Le traje algo de comida ya que supuse que no tendría tiempo... y además, espero que Goro no le haya causado problemas.

– No… mi hijo se puso muy contento de ver que había otro joven… – le sonrió y cogió la bandeja en realidad aliviado. – Venga si quiere…– la dejó en la cocina y le echó un vistazo, pensando que iba a tener que hablarle de usted al parecer. –Gracias… la verdad es que no sé cocinar, no sé cómo me las voy a apañar… Pensaba preguntarle a alguna de las mujeres de la zona a ver si podían ocuparse, ¿sabe de alguien? Le pagaría, claro… ¿Tal vez su mujer?

– No... Mi mujer... Sólo estamos Goro y yo. – contestó para cortar explicaciones y porque no sabía realmente qué decir. Todos los del pueblo ya lo sabían. – Pero estoy seguro de que Yamamoto-san podría encargarse. Le gusta mucho cocinar aunque es un poco cotilla... – suspiró, pensando que ya le preguntaría.

– Cómo no…– dijo el doctor sin poner demasiado cuidado. – Quiero decir… No, quería decir eso– sentenció alzando un poco la ceja y mirando dentro de la nevera, cogiendo una cerveza. – ¿Una cerveza? No tengo mucho más a parte de eso, agua y café…– lo miró y abrió la lata bebiendo un poco.

– Cerveza está bien. Y sí quiso decir eso... – sonrió observándolo. Ni siquiera encajaba la idea que tenía de un doctor. – No es que no sepa cómo son... ¿Lo han acosado mucho?

– Bastante la verdad, desde ayer por la noche cuando llegamos…– le abrió otra lata y se la pasó, sentándose en la mesa de la cocina y apartando una silla por si quería sentarse. – Seki y yo también estamos solos, acabo de divorciarme… – le explicó, observando su aspecto. – ¿Cuánto mide?

– 2 metros... – enrojeció un poco, sentándose, ahora como consciente de su altura, bebiendo un poco de la lata. – ¿Qué le ha parecido el pueblo? No hay mucho pero es bastante tranquilo y seguro.

– Aún no he tenido tiempo de salir de aquí… gracias a mi hijo que me ayuda tanto…– frunció el ceño ligeramente y cogió un cigarro del bolsillo de los jeans, prendiéndolo, mirando fijamente al hombre que tenía enfrente. –Tutéame… Olvidaré hablarte de usted una de cada dos frases.

– Bien, es un poco extraño, siendo usted... tú... el doctor pero supongo que está bien. – se rió nervioso por la manera en la que lo miraba, era un poco imponente. – Vi a tu hijo con Goro... creo que se dirigían al lago... Bueno, sólo son chicos y es verano... Podría quedarme y ayudar un poco. No creo que nadie me necesite con urgencia.

– Gracias… la verdad es que me hace buena falta la ayuda… – se echó un poco hacia atrás en la silla recordando lo que había dicho aquella mujer la noche en la que habían llegado. – Así que eres relojero ¿no?...

– Sí... – asintió, imaginando que alguien le habría dicho, si no es que había sido Goro. – Me gustan mucho... los relojes antiguos.

– Es que tengo un reloj ahí…– se levantó esperando que lo siguiera. – Lo encontré en el desván y me gustó… es un poco raro…– se lo mostró, acuclillándose en frente y pasando la mano por el cristal cubierto de polvo que escondía el extraño péndulo. – ¿Crees que tiene arreglo?

– Oh... es una belleza... – comentó realmente emocionado al verlo, acuclillándose junto al médico, perdiendo un poco aquella rigidez que lo había acompañado en un principio. – Tendría que revisarlo, pero estoy seguro de que sí. Verás... lo maravilloso de los relojes antiguos es que son increíblemente duraderos. Casi siempre hay alguna manera de hacerlos funcionar de nuevo, sólo tienes que comprenderlo...

Okuma lo miró de soslayo, sonriendo levemente, apartándose el cigarro de los labios y con la misma mano subiéndose las gafas. –Ya veo que te dedicas a esto porque realmente te apasiona… ¿no?– se levantó y cogió un paño pasándolo por los grabados de la parte superior del reloj. – Podemos llevarlo si quieres tratar de arreglarlo…

– Por supuesto...Un reloj como este... – le sonrió, preguntándose si no lo creía un loco de pueblo. – Déjame hacerlo como regalo de bienvenida, ¿está bien? De todos modos, es un placer trabajar con algo así. No puedo creer que ese viejo... Perdón, el doctor, lo dejase poner así.

– Tranquilo… no le tenía aprecio al viejo ese…– el doctor le dio otra calada al cigarro y lo apagó en el cenicero, dejando salir el humo lentamente, cogiendo las llaves de encima de la mesa. No creía ni que fuera necesario cerrar con ellas en ese pueblo. – Te pagaré… Es tu tiempo y tu empleo, es lo justo… – se remangó el jersey y apoyó la mano en el reloj. – ¿Qué, me ayudas a llevarlo? Así también evitamos más visitas…

– Claro, pero creo que tendré visitas yo mañana... – sonrió, sujetando la parte de abajo del reloj, preparándose. Ya imaginaba que irían a preguntarle por el reloj del médico, como si tuviera algún secreto o fuese algo terriblemente citadino. Pero no le molestaba demasiado, estaba acostumbrado.

El doctor lo sujetó, saliendo hacia atrás y abriendo la puerta con el pie. – Ya imagino… es lo que pasa en los pueblos, sin ánimo de ofender… Presiento que se me va a hacer largísimo el periodo hasta que podamos mudarnos de nuevo… Pesa bastante ¿no?

– Sí, este tipo de relojes pesa. Supongo que es la desventaja... – explicó, caminando y cuidando de no dejarlo resbalar. – No me ofendo... pero esperaba que quisieras quedarte un tiempo... No es un lugar tan malo si te acostumbras. Y es bueno para los chicos...

– Mi hijo no opina lo mismo… aunque pensándolo bien…– se rió con maldad, pensando que le iría bien dejar de salir por ahí y cogerse esas borracheras. Ni siquiera quería pensar en qué hacía por las noches. – Pero no creo que me acostumbre… no hay nada que hacer aquí ¿no? Ni siquiera pienso en pasarme por el bar… ya me imagino el plan… ¿No hay algún lugar que no esté en el pueblo y donde se puedan tomar unas cervezas? Sólo con ir al supermercado ya me mostraron un pecho…

– Dios, lo siento... – se rió, pensando que era el colmo en serio. – Hay otro pueblo cerca... Bueno tiene tiendas y eso, y un bar... Podríamos ir supongo, aunque no lo acostumbro... Por aquí. – lo guió, moviéndose con suavidad para que no se fuera a tropezar.

Okuma se giró un poco, siguiéndolo y observando ya el escaparate de la joyería. Parecía más bien un anticuario con esos relojes tan antiguos expuestos. –… ¿y qué haces para no morirte de aburrimiento?

– Reparo relojes... – sonrió, enrojeciendo un poco. Seguro eso no le parecía muy entretenido. – Bueno, también veo televisión, leo... No soy de salir mucho de casa.

El doctor lo miró sorprendido de que enrojeciese de ese modo y dejó el reloj en el suelo con cuidado, esperando a que abriese la puerta. –Ya lo meto yo…– lo levantó por abajo y atravesó la tienda para dejarlo en una esquina cerca de la pared. – ¿Ahí mismo?– preguntó frotándose las manos un tanto adoloridas.

– Sí, no te preocupes. No tenemos ladrones en este pueblo. Y si los tuviéramos, no creo que les interesase esto. Además, se morirían a media carrera. ¿Quieres un vaso de agua? – le sonrió, pasándose el brazo por la frente.

– Sí, gracias y lavarme las manos…– se aproximó a él y se quitó el jersey fijándose que no hubiese nada sobre la mesa antes de dejarlo allí. – Lo preguntaba para dejarlo donde no te molestase…– sonrió de medio lado pensando que era simpático pero parecía tener la cabeza en las nubes. –Yo también leo mucho por cierto…

– Sí, lo supuse. Los médicos suelen ser personas cultas... – asintió haciéndole una seña para que lo siguiera a la parte de atrás en donde tenía el baño. – Ellos nunca me molestan. Este lugar es más suyo que mío...

Okuma lo siguió, pensando que era un poco friki y acompañándolo al baño, limpiándose las manos cuidadosamente. – Le he dicho a tu hijo que tiene que ponerse una crema… y que no se esfuerce… Por si no me hace caso…– lo miró de soslayo mientras se secaba las manos. – De hecho creo que ni siquiera me estaba prestando atención mientras le hablaba…

– Sí, así es Goro... Yo me encargaré de que siga tus instrucciones. Es muy descuidado. – se rió con suavidad, alejándose para buscar los vasos desechables que guardaba allí. – Yo también me alegro... de que haya otro chico de su edad.

– En realidad la culpa fue de mi hijo que se puso a hablarle y a distraerlo mientras yo trataba de explicarle…– le aclaró el moreno no fuera a ser que le riñese injustamente, sabía que su hijo distraía. Lo siguió afuera de nuevo y se quitó las gafas para limpiar los cristales en la camiseta. – Nunca había visto a un japonés tan alto… y yo creía que tu hijo ya lo era… ¿tus padres eran japoneses?

– Sí, aunque creo que teníamos familia extranjera. Tendría que revisar... – meditó ya que siempre había vivido en ese pueblo y nunca se había preguntado esas cosas realmente. – Tú tampoco eres bajo, para empezar...

– Normal supongo…– sonrió levemente y lo miró a los ojos aceptando el vaso de agua que le ofrecía. –¿Te molesta que digan que eres alto?

– No, pero nunca me lo habían dicho tanto como tú... – se rió, devolviéndole la mirada. – Sólo me hace sentir un poco consciente supongo...

– Pero es bueno, a las mujeres les gustan los hombres altos…– se puso las gafas de nuevo y cogió otro cigarro sin prenderlo finalmente por si no era correcto hacerlo en la tienda. – Demos una vuelta y me enseñas cómo va esto ¿quieres?

– Como gustes... – accedió, esperando a que saliera para cerrar la puerta. – Es un pueblo bastante pequeño y más que nada hay casas, pero también es un lugar muy relajante. Supongo que será un descanso de la ciudad.

– Supongo yo…– prendió el cigarro por fin y se colgó el jersey del hombro. –Habrás ido a la ciudad alguna vez supongo…

– Sólo una vez... antes de que Goro naciera, fui con Naoko. Era mi mujer... – suspiró recordando aquello y negando con la cabeza. – Fue divertido pero un tanto confuso. No me sentí a gusto...

El moreno lo miró de soslayo, preguntándose si es que su mujer estaba muerta y desde luego, sin entrar en el tema. – Pero siempre tienes algo en lo que poder entretenerte en la ciudad… al menos me podré mantener entretenido gracias al ordenador… pero creo que de todos modos esto no es lo mío… Aún así, mi hijo tiene que volver a la universidad al final de las vacaciones…

– Goro se pondrá triste... – murmuró, adelantándose a los hechos, pero conocía bien a su hijo. – He pensado que... sería bueno para él ir a la universidad aunque él dice que no quiere. Creo que a él sí le agradaría la ciudad.

– Bueno, es normal que tenga miedo a lo desconocido… Nosotros probablemente hagamos una visita dentro de no mucho tiempo… tal vez quieras dejarlo venir, no me molestaría y seguro que Seki está encantado…– En realidad le daba miedo que estuviese demasiado encantado.

– Sí, creo que le gustaría... Pero seguro te causará problemas, es un chico con muchas energías. – sonrió cariñosamente poniéndose un poco triste de sólo pensar en separarse de él.

– No creo, a mí me pareció un buen chico, cómo se nota que no conoces a mi hijo…– alzó una ceja y sujetó el cigarro con los labios. – ¿Dónde está el lago ese?

– Hacia allá, en las afueras... – señaló, mirándolo de soslayo y preocupándose de pronto. – Mi hijo es algo inocente, pero muy revoltoso.

– Tranquilo…– lo miró notando el gesto que había puesto. – Es un buen chico… está estudiando diseño de moda, por eso seguramente te parecería raro… ¿no? Pero lo peor que ha hecho en su vida ha sido ponerse un piercing, llegar tarde y cogerse borracheras…– se rió pensando que esas eran cosas que todos hacían de jóvenes. El las había hecho claro… menos lo del piercing.

– Sí, no dudo que sea un buen chico... – sonrió, por primera vez en su vida completamente convencido de que había hecho lo correcto al criar a Goro allí. – Bueno... Goro se hizo un tatuaje. No había quien se lo sacara de la cabeza. Pensé que al primer agujazo se rendiría, pero no...

– Sí, se lo vi… Bastante grande…– murmuró pensando que en realidad le había chocado que un chico de pueblo llevase tremendo tatuaje y tan visible. – Ya vienen por ahí…– el moreno se paró con el cigarro colgando de los labios.

– ¡Goro! – su padre lo llamó, alzando la mano para saludarlo, sus ojos iluminándose enseguida. – Bueno... no creo que se le vea mal, supongo... Mientras no le haga daño a nadie...

– Yo quería hacerme uno pero desistí pensando que no sería bueno para mi carrera…– dejó salir el humo entre los labios observando al chico que saludaba.

Goro salió corriendo y saltó sobre su padre como si hiciera siglos que no lo veía, pasándole el pelo mojado por la cara. – Nos bañamos…

– Ya veo...– se rió el moreno, abrazando a su hijo a pesar de cómo lo mojaba. – Ya quédate quieto.

– Y tú, ¿no me abrazas papá? – bromeó Seki, pegándose a su padre por molestar.

– No. – el moreno le apoyó la mano en la cabeza alzando una ceja consciente de que sólo molestaba. Goro se rió, pensando que era un borde, él se hubiera quedado cortado si su padre le respondía así por pedirle un abrazo.

– Eh… papá… – le dio con la mano en el pecho como si necesitase hacer eso para que le prestase atención. – ¿Pueden venir a cenar? Seki dice que su padre no sabe cocinar. – preguntó un poco inquieto. Okuma miró a su hijo y esta vez si que lo acercó a él pero para darle una nalgada, imaginándose a saber qué le había estado contando.

– Pero si es verdad... – protestó el chico sobándose la nalga como si le hubiera dolido algo. Se rió, poniéndose de lado aún sujeto al brazo de su padre. – Sólo intento ayudar...

– No... No importa. Si pensaba invitarlos de todas maneras... – sonrió Atsushi, sonrojándose un poco porque decía la verdad y no quería que ahora pareciese que se sentía presionado. – ¿Aceptas, sensei?

– Sí. ¿Por qué no? Si no, vamos a aburrirnos… y es verdad que cocino fatal…– sonrió levemente y rodeó los hombros de su hijo mientras volvían al centro del pueblo. – Vas a tener que ayudarme después de comer ya que no me ayudaste por la mañana ¿crees que te iba a dejar librarte?– murmuró casi en su oreja.

– Papá... – protestó, apesadumbrado, bajando la cabeza.

Atsushi le colocó la mano en la cabeza a Goro sonriendo también. – No te preocupes, Goro también ayudará ya que yo me he ofrecido y no va a dejar que su padre trabaje solo...

– Vale. – el moreno sonrió, de todos modos le parecía mucho más divertido que estar sin hacer nada. – Eh… papá, hemos visto que hay una torreta o algo así arriba del monte… ¿Sabes qué es? ¿Hay un pueblo ahí?

– No, ya no. Hubo uno hace mucho tiempo, pero está abandonado ahora... – suspiró, enseriándose de pronto. – Y no quiero que vayas por allí. Es peligroso, ¿entiendes?

– Vaale… aún no había dicho nada…– protestó de todos modos a pesar de que su padre había hecho bien, casi le había accionado un resorte mental sólo con decirle que estaba abandonado. Pero sería obediente…

– Goro, tu padre me ha dicho que nunca has ido a la ciudad, nosotros vamos a ir dentro de un tiempo en vacaciones ¿quieres…?

– ¡Sí!– le interrumpió el chico. – Sí, sí quiero… ¿me dejas papá?

– Depende de cómo te portes... – le advirtió, sonriendo un poco aunque sentía un vacío en el estómago. – Sí... te dejo.

– ¡Ya vas a ver! Te voy a mostrar toda la ciudad... – exclamó emocionado Seki, por supuesto deteniéndose a tiempo. Había estado a punto de mencionar los bares de ambiente.

Goro se rió, preguntándose cuando sería eso aunque sin decir nada no fuera a ser, mirando a su padre después. – ¿Papá, tú no quieres ir?... – se iba a sentir muy extraño si el no estaba… además… el padre de Seki daba miedo.

Atsushi negó con la cabeza. – Creo que sólo te estorbaría y de todas maneras, no es mi lugar... – le sonrió como para tranquilizarlo.

– ¿Por qué no?– el doctor lo miró intrigado, sacándose el cigarro de los labios. – Tal vez te haría bien cambiar de aires…– sonrió con algo de maldad y miró a otro lado. – Y hay un museo de relojes…

– ¿Un museo de relojes? – lo miró entusiasmado de pronto y sonrojándose, desviando la mirada. – No lo sé... aún así... no puedo simplemente irme de pronto... – suspiró, preguntándose por qué no. Naoko no iba a volver nunca. Y ¿qué demonios estaba haciendo tratando de alejar a su hijo? Pero le era difícil.

– Bueno, aún no nos vamos. Tenemos tiempo para convencerlo. – Seki se separó de su padre, yendo a colocarse frente al otro hombre poniendo cara de inocencia. – Veeeeeeeeeeeengaaaaaaaaaaa, padre de Goro...

– Tengo nombre, ¿sabes? – se rió el moreno porque simplemente no era para menos. Podría verse extraño pero sólo era un chico al fin y al cabo.

– No seas maleducado…– Okuma le riñó sin prestar atención en realidad porque a él le parecía gracioso claro, aunque no fuera muy dado a reírse. –No le des más la lata que seguro que viene…

Goro los miró, pensando que la gente de la ciudad era muy rara, no parecían tener vergüenza por nada. – Seki… ¿después de comer quieres venir a mi casa?

El chico asintió, contento, volviendo al lado de su padre. – Hubieras visto el lago, papá. Es todo cristalino...

– Ya veo que se han divertido. – Atsushi suspiró de nuevo, colocando la mano sobre la cabeza de su hijo. No podía negar que lo alegraba verlo sonreír así.

– Estuvimos nadando y hablando un rato…– Goro lo miró sonriendo. En realidad no podía dejar de hacerlo desde que había conocido al chico.

– Quería ir a ver el lago pero justo regresabais y la verdad…– miró la hora en su muñeca y se apartó un poco el pelo de la cara. – Ya es hora de comer… a este paso ni mañana tendré la clínica lista… y por cierto Goro, mi hijo lo siente pero no puede pasarse después de comer porque vais a ayudarme a limpiar…– sonrió levemente con el cigarro en los labios. – Si no, no os llevaré conmigo…

– Papá... – se quejó el chico de nuevo, frunciendo un poco el ceño.

– Tiene razón, todos nos ofrecimos. – asintió Atsushi quien lo había olvidado por un momento al ver el rostro de su hijo. – Pero podríamos organizar un paseo al lago todos juntos. Creo que sería agradable.

– Si me da tiempo a acabar… No puedo esperarme para tener las cosas listas…– Okuma se subió las gafas un poco, pensando que allí todo parecía ir a cámara lenta. Extrañaba el sonido de los coches por la calle y el ruido de la gente hablando a gritos por la contaminación del sonido que había en la ciudad. –Vamos a comer… nos vemos luego…– se despidió alzando ligeramente la mano de encima del hombro de su hijo, llevándolo hacia la clínica.

– ¡Luego voy!– les advirtió Goro, mirando a Seki o más bien a sus nalgas sin percatarse.

– Pero ahora vienes conmigo. – Atsushi le giró la cabeza con suavidad habiéndose percatado de lo que hacía su hijo.

–Ya voy…– Goro se rió, enrojeciendo al ver que su padre había notado lo que hacía, acercándose a él y cuchicheando. –“Es gay, papá…”

– Oh... – el moreno lo sujetó contra sí, enrojeciendo un poco y mirando hacia los otros dos chicos que se alejaban. – “Da igual, compórtate. No te quiero haciendo cosas que no debes, ¿eh?”

– Vale… no iba a hacer nada… ¿Qué quieres que haga? Ni que fuera un pervertido yo… – se rió enrojeciendo y pensando en cómo se habían besado, notando un calorcito por todo el cuerpo y mirando al suelo.

– Ya lo sé, ya lo sé. Sólo te lo advierto como padre que soy, ¿vale? – sonrió, alborotándole el cabello y preguntándose si su hijo estaría teniendo su primer romance juvenil. Sólo esperaba que no saliera lastimado pero él no iba a detenerlo.

– Pero ¿sabes? El padre de Seki me abrió sin camiseta la puerta… y está bastante bueno…– le dio con el codo en el costado, metiéndose con él.

Atsushi carraspeó, bajándole más la cabeza a su hijo. – No digas tonterías. Eso a ti no te concierne... – comentó, haciéndose el loco. Él también había notado lo atractivo que era claro, lo había dejado sin palabras en un principio.

– ¿Por qué? ¿Lo quieres para ti?...– se rió, metiéndose con él y encogiéndose un poco por si le gritaba. – Estaba haciendo pesas, está más cachas que yo… Pero Seki no… él está delgado…

– Es hetero... El padre, no Seki. – renegó, moviendo la cabeza y alborotándole más el cabello para no gritarle. – Ya deja de hablar tonterías, es hora de comer así que entra y come. – abrió la puerta de la casa entrando y tratando de actuar con naturalidad.

– Papá… mis amigos dicen que no puedes decir que no te gusta la carne si nunca la has probado…– el moreno entró en la casa sin percatarse de nada y sin dejar de meterse con él. – Tengo hambre de nadar… – se apoyó la mano en el abdomen y se ajustó una de las muñequeras, abriendo la nevera y bebiendo de la botella de leche de nuevo a morro. – Papá… cuando entró Seki estaba en gallumbos… – se rió.

– Te dije que no hagas eso... – le quitó la botella de leche, sirviéndole en un vaso. – Y claro, estabas en el médico, ¿no? Anda, siéntate que caliento la comida... – encendió el fogón, suspirando y prefiriendo no comentar más acerca de lo otro. No tenía esperanzas.

– Ya pero… me abrazó…– se sentó a la mesa esperando a que le calentase la comida y levantándose de nuevo para poner el mantel y los platos, aprovechando para beberse el vaso de leche que su padre le había servido. No se aguantaba sin decirle que ya se habían besado pero no quería un grito. Lo miró de soslayo como si pudiese averiguar de ese modo qué sucedería al decírselo.

– ¿Hay algo que quieras decirme? – Atsushi miró a su hijo de soslayo, revolviendo un poco la carne para que se calentara bien. Lo notaba hiperactivo y lo conocía bastante bien.

– No…– se rió y se sentó a la mesa de nuevo. – Me gusta Seki… – arrugó un poco el mantel con un dedo y observó la espalda ancha de su padre.

– Lo sé... Es muy guapo y parece un buen chico. – sonrió, relajándose y girándose para servirle antes de servirse su propio plato. – Ten cuidado, no te apresures demasiado, ¿está bien?

– Vale… Yo no me apresuro… pero él ya tuvo novio… aunque cortaron, no me dijo por qué… – se levantó de nuevo y cogió la jarra de agua, sirviendo en ambos vasos y sentándose otra vez.

– Claro, acaban de conocerse. A diferencia de ti, la gente no va por ahí contándole su vida a todo el que se encuentra. – se rió, bebiendo de su vaso y mirándolo con cariño. – El sensei me dio un reloj enorme para arreglar. Lo encontró en la clínica, lleno de polvo...

– Claro… es que como mi vida es tan misteriosa…– el moreno se rió y empezó a comer. – Lo vi al entrar, es super viejo… le iría mejor comprándose uno nuevo… – dijo en parte por molestar a su padre.

– Claro que no... – el moreno frunció el ceño, suspirando. Goro siempre estaba con esas cosas. – Un reloj nuevo nunca es lo mismo. Este tiene historia, carácter... Le durará más que esos que hacen ahora además. Se dañan con todo.

– Ya… pero ponte eso en la muñeca y te dará tendinitis…– se rió, dándole con un pie en la pierna. – Vale… que estaba de broma… pero es verdad… si hubiera llevado un reloj carca de esos ni siquiera habría podido bañarme ¿sabes?

– No tienes por qué bañarte con un reloj, la gente antes no lo hacía y no pasaba nada por eso. Además, prefiero los de bolsillo a los de muñeca... Supongo que los modernos sirven utilitariamente, pero no es lo mismo. No les coges cariño... – lo miró a los ojos, completamente serio. No estaba bromeando ni mucho menos.

– Vale, papá… eres un friki… no es bueno ser tan obsesivo con algo… – se rió pensando que metía miedo con esa cara. –No me mires así… me estás asustando…

– No seas tonto, Goro... – sonrió por fin, continuando con su comida. – No tienen nada de malo. Sabes que amo los relojes, pero te quiero más a ti...

– Ya… pero es que no quiero que me mires así…– protestó igual, comiendo y sonriendo de nuevo ahora que no lo miraba de ese modo. – El padre de Seki parece que tiene mala leche… aunque Seki no lo toma en serio… Hace lo que quiere, me parece a mí… Se puso un piercing y no le pidió permiso…

– Pues tú no lo vas a hacer. No sigas esos ejemplos, ¿eh? – lo miró serio de nuevo aunque de manera distinta ahora. Era precisamente el tipo de cosas que le preocupaban de la ciudad. – Y no quiero que hagas nada a mis espaldas.

– Pero yo no me quiero poner piercings que queda gay…– Goro se rió aunque sabía que no se refería simplemente a eso. – Él no le cuenta todo a su padre…

– Pues eso es problema de su padre, pero no será igual con nosotros. – le advirtió, sin dejar de comer a pesar de que le estaba cayendo pesada la comida. – Sabes que puedes confiar en mí. Me lastimarás si empiezas a ocultarme cosas...

– Pero yo te lo cuento todo…– bebió un poco sintiéndose algo culpable. – Nos besamos…– lo miró a los ojos y apartó la mirada.

– Así que eso era lo que querías decirme... – su padre dejó el vaso sobre la mesa observándolo. – Supongo que está bien... aunque me parece un poco pronto. Pero dime una cosa, Goro, ese chico, ¿te gusta de verdad? No es sólo su físico y que viene de la ciudad, ¿o sí? Porque un beso... puede ser algo muy especial.

– Me gusta… no sé… puede que sea también por cómo viste y el estilo que tiene… pero eso también forma parte de él ¿no? Hay cosas de él que me gustan y otras que no me gustan tanto…– lo miró a los ojos. – Pero lo besé porque él me lo dijo primero… y luego me dijo que había besado a varios y que le gustaban los besos… y me sentí un poco mal… pero supongo que es porque soy de pueblo…

– Bueno, no te sientas mal... Estoy seguro que no lo dijo con mala intención. – lo consoló, de nuevo seguro de su decisión de criar a Goro en ese pueblo en vez de mudarse a la ciudad. – Pero de ahora en adelante, no des tus besos con tanta facilidad. Es importante darte a valorar. Así como tú deseas que la persona que te gusta, guste de ti. Así mismo esa persona debería esforzarse por agradarte.

– Pero es que si no lo besaba iba a pensar que no me gustaba… además… yo también quería ver cómo era besar a un tío… ¿no te sientes mal papá?... Tú nunca has estado con un hombre… deberías ir a la ciudad con nosotros… y acompañarnos a un sitio de gays… y conocer a alguien…

– ¡Claro que no! Lo siento... – bajó la voz enseguida, tratando de evitar otra reacción como la de esa mañana. – No, eso no es lo que quiero. Y no quiero que vayas a ese tipo de lugares, Goro. Conocer a alguien y enamorarte está bien. Pero no es algo tan casual así...

– Pero así no vas a conocer a nadie… ¿crees que alguien llegará al pueblo y te dirá que es gay?... Papá… se sentía muy bien besarlo, no es como besar a una chica… ¿quieres que te bese?... – propuso de pronto poniéndose rojo al pensar en lo que había dicho, temiendo la consecuencia.

– Claro que no... – sonrió sin poder evitarlo. – Soy tu padre, no es lo mismo. Y anda, come, que luego vas por ahí diciendo que tienes hambre. Creerán que no te alimento. – bajó la mirada, comiendo más para ocultar lo que estaba pensando. Ya lo sabía, que esas cosas no ocurrían así como por arte de magia. Pero ¿qué quería? No deseaba una relación casual en un bar ni nada por el estilo. Estaba condenado.

– Vale…– Goro volvió a su comida aunque ya no tenía ganas. Se sentía mal porque su padre fuera así de necio pero al menos no le había gritado por decirle eso.


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