.Novela homoerótica para mayores de edad.
 
Capitulo 2

¿Estamos metidos en un libro?

Rei salió del parque a paso lento. Se le había perdido el manga, aunque, de todos modos no era algo para lamentar. Aún así le molestaba, había pagado por él. (Genial, pagué para que me dijeran que una puerta es una puerta.) – refunfuñó dentro de su propia mente.

A cada paso, se sentía algo más desorientado. Parecían las mismas calles, pero era como si todo estuviese organizado de distinta manera. ¿Realmente era tan malo para orientarse? Le daba la impresión de que en vez de estar caminando hacia delante, estaba recorriendo camino ya andado.

Sin saber ni cómo, se encontró frente al local del que había salido en un principio.
Decidió entrar de nuevo, más por inercia y costumbre, que por otra cosa. Pero cuando entró, era una librería jurídica. Eso no tenía sentido, ¿cómo podía cambiar tan rápido? Escuchó una voz detrás de él, y se giró para mirar

– Eh, chico. ¿No deberías estar en clases? –
Rei lo miró con una media sonrisa en los labios. ¿De nuevo con eso? ¿Cuál era la obsesión de la gente con que fuera al instituto? – Tatsumoto-san? ¿No me diga que usted también...? ¿Dónde está Tatsumoto-san? –preguntó sorprendido ante la cara desconocida que lo miraba

– Y ¿ese quien es?

– Pues... el dueño. – miró a su alrededor, algo confundido. ¿Se habría equivocado de lugar? Pero si iba casi todos los días.

– No, yo soy el dueño. Aquí no hay ningún Tatsumoto-san. Pero, chico, en serio... – el hombre lo miró con una curiosidad extraña – ¿Por qué no estás en clases?

– ¿Cómo que por qué? Porque no me da la gana. – Empezaba a cabrearle que todos le preguntaran lo mismo.

– Pero si a todos los chicos les encanta. – el hombre lo miraba como si estuviera viendo una rareza.

El chico le sonrió de medio lado, lanzándole una mirada de incredulidad. – Sí, claro, amo el instituto... – salió, riéndose en bajito, pensando en lo raro que era ese tío. No se imaginaba la clase de chicos que conocía, pero normales, seguro que no eran.

Siguió su camino en la dirección contraria. Probablemente se había equivocado, por si acaso iba a asegurarse, de todas formas no tenía nada mejor que hacer. Su sorpresa fue, cuando al dar la vuelta a la esquina, se encontró al chico engreído del instituto; en medio de la calle, sin camiseta, y con una toalla alrededor de los hombros.

Sin poder aguantarse, se echó a reír a carcajadas.
Kamio se levantó, mirando al moreno y poniéndose la toalla en la cabeza, hacía un sol impresionante, ¿pero no estaba lloviendo hacía nada de tiempo? ¿Y no estaba él en su casa? – ¿Tú de qué coño te ríes? – le preguntó a pesar de que era muy obvio.

– ¿Tú de qué crees? Doy la vuelta a la esquina, y me encuentro con un show gratuito. – Rei continúo riéndose, sin hacer ningún caso de la cara de cabreo del otro. – ¿Es que ahora te gustas tanto que haces strip tease, para que todos te aprecien?

–Nah, sólo para que tú lo hagas. ¿Es que no te gusta lo que ves? De hecho, debe gustarte si tanto lo miras. – se frotó el pelo con una sonrisa socarrona. No iba a reconocer que estaba allí porque… ¿su cama era un teletrasnportador a la calle?

– No gracias, prefiero ver otras cosas. Y si tanto lo miro, será porque me sorprende lo mucho que te debes amar, para salir así a la calle. – le contestó ladeando la cabeza en actitud desafiante, y sin apartar la mirada de su rostro.

–Pues lo siento, para ver mi polla hay que pedir cita previa. – dijo chasqueando los dedos y colgándose la toalla del hombro. Con el pelo totalmente revuelto.

Miró a su alrededor, pero aunque parecía que esa calle era la de siempre… estaba perdido, y por más que le costase…iba a hacerlo. Iba a pedir ayuda al “enano guay.” Carraspeó un poco, mirando al chico. – ¿Qué cojones de calle es esta?

El chico lo miró con seriedad por un momento. Realmente era muy engreído. – Pues… No es una calle nudista, eso es definitivo. – le sonrió de medio lado, apartándose el flequillo con un movimiento de cabeza.

– ¿No es una calle nudista? Oh no lo sabía. – habló irónicamente, mirándolo a los ojos.

– Por cierto, ¿cómo llegaste aquí? ¿Es que no sabes por dónde caminas?

–Pues si quieres que te sea sincero, estaba duchándome…pero ahora estoy aquí en la calle, hablando con un niñato que se cree muy guay.

– Pues no tienes que hablar conmigo si no quieres. Allá tú, y tus lapsos de memoria. – se dio la vuelta, aún llevaba la mochila suspendida de un hombro. Tampoco sabía a donde dirigirse. Había caminado miles de veces por aquellos lugares, y ahora, no reconocía la calle. – Total, no soy yo el que va por ahí a medio vestir. – continuó, aunque pronunciando la frase de una manera algo distraída.

Kamio lo miró como si quisiera sacarle los ojos con una cucharilla y comérselos. –He dicho que estoy hablando con un niño que se cree muy guay, no que no me divierta hacerlo. Además, el hecho de que yo ande a medio vestir, es un regalo para la humanidad. – sonrió de medio lado. –Coño, niño, estoy perdido. Se correcto con tu sempai, y dile qué calle es esta. – dijo apoyándose en el hombro del chico como si fuera un mueble.

– Pues no te digo nada, porque no tengo idea de qué calle es esta. – se apartó del chico, dejando caer su mano bruscamente, y cruzándose de brazos, al darse la vuelta para observarlo. Detestaba esa actitud condescendiente. Le sonrió con ironía. – Pero al menos, yo recuerdo haber caminado hasta aquí.

–Así que tú también estás perdido, pues no sirves de nada. – le empujó la frente con el dedo índice, y acercando su cara a él. –Engreído, enano y encima desorientado. – Miró a una persona que pasaba, y observaba escandalizada su aspecto sin camiseta. Suspiró resignado, mirando al moreno. –Pregúntale a alguien qué calle es esta. – dijo en tono de orden desinteresada.

– El engreído serás tú. ¿Qué te crees? ¿Mi jefe o algo así? – lo miró bastante molesto por todos esos insultos. – Pregunta tú. ¿Es que no tienes boca?

– Sí, tengo boca, pero lo que no tengo es camiseta. Y teniendo en cuenta que no todos son tan pervertidos como tú, lo más seguro es que si me acerco a preguntar a alguien, salga huyendo y llame a la policía. – lo señaló algo cabreado. –¿Por qué tienes que tomártelo todo por el lado malo? Tu también estas perdido, ¿no? Pues arrea y pregunta de una vez.

– Agh…mierda – giró los ojos con desgano. Tenía razón, pero no quería reconocerlo. Se aproximó a una señora que pasaba, intentando ser amable a su manera. – Perdone, ¿qué calle es esta?
La mujer lo miró sorprendida por el acercamiento súbito. –Es la 54.

– ¿La 54? – esa mujer estaba más perdida que él.– No, yo vengo de la 54. Queda para allí.

– Nooo… – La mujer lo miró como si estuviera loco. – esta es la 54. Mira el letrero.

El chico hizo lo que le pedía, maldiciéndose a sí mismo por ser tan distraído como para no haberlo visto antes. En definitiva, era la 54, pero no tenía sentido. Había pasado mil veces por allí, y no se veía así. Además, estaba seguro de haber venido de esa calle. La mujer siguió su camino, sin una palabra de agradecimiento por parte del confundido chico.

Rei se giró hacia su compañero de instituto. – Pues no entiendo nada.

–No, esa vieja no entiende nada, yo vivo en la 53. Esta no es la 54, si así fuera, mi casa estaría al final de la calle. – lo cogió de la mano, arrastrándolo con él, lo cual hacía una pareja más que extraña. El rubio no miraba a Rei, se limitaba a remolcarlo calle arriba en busca de su casa. Se paró de pronto. –No está mi casa…no está mi calle. – Levantó la mirada al letrero que ponía “53” – ¡Ahg! Me desespero. – Protestó, apoyando la espalda contra la pared, y soltando por fin a Rei. –Llévame a tu casa y déjame ropa. – le ordenó de nuevo muy sentencioso.

– Al menos me has soltado. ¿Piensas que soy tu novia? – refunfuñó, casi más para él que para el rubio. – No suelo llevar hombres semi desnudos a casa, y dudo mucho que te siente mi ropa. – echó a andar con cara de cabreo, y se giró en la esquina por la que había llegado allí. – ¿Vienes? Porque sino, no sé para qué te auto invitas.

El rubio no pudo evitar reírse. –En el fondo te gustaría ser mi noviecita. – Le rodeó los hombros, soplándole el flequillo para despeinarlo. –Siempre hay una primera vez para todo. Incluso para llevar hombres semidesnudos a tu casa, y ten en cuenta, que no recibirás una oferta tan maravillosa como esta nunca más en tu vida. Pack de hombre semidesnudo, desorientado y recién duchado por sólo tragarte tu orgullo y una camiseta. ¿No suena tentador?

–Agh…deja. – el chico protestó, sacudiéndoselo de encima como mejor pudo. – No, no es tentador. Las rubias no me van. – echó a caminar sin acomodarse el flequillo. Tal vez si llegaba a un lugar conocido, podría orientarse y regresar a us casa, pero ningún lugar le era familiar. Sólo vagamente parecido a lugares en los que había estado antes. Por fin encontró la calle, aunque se veía distinta. Y cuando se paró enfrente de la que debía ser su casa, miró al rubio de nuevo. – Yo no vivo aquí.

Kamio lo miró con desdén, aún cabreado porque le hubiese llamado rubia. Ya le llegaba a él con tener el pelo, y más aun con su moreno de Okinawa, que contrastaba a las leguas. –Pues te jodes, me alegro mucho. Y aunque tenga que seguir semidesnudo, me regocijaré toda mi vida de esto. – Le palmeó la cabeza como si se tratase
de un niño pequeño o un perro. – ¿Qué coño hacemos? Y digo hacemos, porque estamos en las mismas, tú y yo…– Lo miró de arriba abajo. –Déjame tu jersey. –Ordenó de nuevo.

El chico se pasó la mano por el cabello, cabreado y bastante preocupado, alborotando aún más sus mechas rojas. – Eres un idiota. ¿Por qué voy a dejarte mi jersey? Mejor regocíjate un poco más, a ver si sigues así cuando llegue la noche y te conviertas en témpano.

–Me lo dejas, porque sino te lo quito. Ya sé que te agrada verme desnudo todo el tiempo, pero tengo frío, y mira. – dijo señalándose los pezones totalmente contraídos por el frío. –Con estos pezones puedo cortar cristales. Así que déjame tu jersey, o yo mismo te lo quitaré.

– No me extrañaría que encima fueras un abusón. – lo miró molesto, mientras empezaba a quitarse el jersey. Y se lo pasó con una mano, volteando el rostro para molestar. – Anda, toma, cúbrete tus corta vidrios, que me destruyes la imaginación.

–Pezones de diamante. – dijo el rubio riéndose mientras se ponía el jersey. Su cuerpo era delgado, pero estaba fibroso, y era bastante más grande que el del otro. –Me queda ajustado, eres un enano. Genial, ahora parezco un marica. – se apartó el pelo aún húmedo, y tiró la toalla a la basura. –Ya estoy hasta los huevos de cargar con esto. A ver… ¿Qué coño hacemos?

– ¿Y yo qué sé? ¿Me ves cara de manual? No tengo idea. – le dirigió una mirada más, al sitio en donde debía estar su casa, y ahora se encontraba…otra casa. – Ahg… genial. Esto es genial. – repitió mientras se alborotaba el cabello, desesperado.

–Por cierto, no es que tengas cara de automático precisamente. – Dijo riéndose sin perder la paciencia, y apoyándose en la cabeza del chico como si fuera un estante, en actitud de pensador. –Sí, es genial, muy genial. Veamos… ¿tú cómo llegaste a perderte? Yo salí de la ducha, me acosté en mi cama, y aparecí aquí, semidesnudo para seducirte. ¿Y tú?

– Hm… – protestó Rei, intentando salirse de debajo del otro. – ¿No te cansas, eh? – cruzó los brazos, pensando un poco. – Pues, yo estaba en el parque, y…cuando salí, todo estaba así.

–Tú estabas en el parque con tu asqueroso jersey para pigmeos…Yo también fui al parque antes de ir a mi casa, y no te vi. – se pasó una mano por el pelo, pensando. – Vamos al parque.

Rei lo miró con un gesto de exasperación en el rostro. – Si tanto te molesta mi...”jersey para pigmeos”, pues devuélvemelo, y lárgate a cortar diamantes. – alzó la vista hacia la dirección de la que habían venido. – Supongo que no es mala idea ir al parque. Al menos, eso estaba igual, creo.

–Vale genio, pues tú diriges la expedición, pero era cortar cristales…no cortar diamantes. En fin, no se te puede pedir más. Eres de primero. – No pudo evitar reírse del chico y su ocurrencia. Era odioso. –Seguro que quieres que te devuelva el jersey, para meneártela con el aroma de mi piel recién duchada.

– Ahg, que asco. ¿Quién quiere meneársela pensando en ti? Así se le baja a cualquiera. – apretó los puños enervado, y empezó a andar hacia el parque sin avisar.

El rubio lo siguió con las manos en los bolsillos, riéndose entre dientes. –Es genial joderte la paciencia. ¿Tienes de eso?– dijo alcanzándolo y caminando a su lado, sin sacarse las manos de los bolsillos.

Se giró, y vio a unos chicos de su edad trajeados de la cabeza a los pies. –Joder, que pijos. Mira…– le dio un toquecito en el hombro para llamar su atención – ¡Unos como tú!

– ¡Ja! – el moreno le sonrió cínicamente. – No, mira, a mí no me metas en tus fantasías secretas reprimidas con oficinistas. – pero no pudo evitar mirarlos nuevamente. De veras, qué estupidez querer andar por ahí, vestidos de esa manera.

– Bueno, si son oficinistas de esa edad. Los desnudas y punto, pero no creo que sean oficinistas. Si tienen tu edad, ya es mucho decir. – se quedó mirando al parque. –Ese es el banco donde yo estaba echándome la siesta. – sonrió señalándolo. –Y entonces empezó a llover, y salí cagando leches con el tomo en la cabeza…– explicó como si aquello fuera inteligible.

– Pues yo estaba un poco más allá. Bajo aquel árbol, ¿ves? – le explicó señalando hacia el lugar. – Estaba leyendo… Pero no recuerdo que haya llovido.

–Hum…– el mayor se frotó las abdominales, pensando, o al menos haciendo que pensaba. Se sentó en el banco, con los brazos estirados en el reposa espaldas y las piernas abiertas –Estamos jodidos… ¿Qué leías? ¿Porno?– entreabrió un ojo para mirarlo. –No te imagino leyendo.

–Pues yo no te imagino imaginando. – el chico lo miró con cara de enfado, y cruzándose de brazos. – ¡Porno! –resopló ofendido, aunque no era como si nunca mirase porno. – No me confundas contigo. Para que sepas, leía un manga, pero se me perdió. Da igual, no era la gran cosa.

– ¿No? Mira, mira. – Le tocó el hombro de nuevo, y lo abrazó contra su pecho, comenzando a jadear con fuerza. –Oh… jooder…que bien me la comes…– se paró de sopetón, separándolo un poco. – ¿Cómo te llamas? Sino, no puedo imaginármelo bien.

Rei lo empujó con fuerza, completamente rojo. ¿Cómo se le ocurría hacer eso? ¿Es que estaba loco? – Agh, eres un asqueroso. Ahora no te diré mi nombre, que no quiero ser parte de tus fantasías obscenas. Y no te la comería, aunque fueras el único que quedase en el mundo.

–Ya, eso porque aún no me conoces bien…Pero comerla no es asqueroso, es genial. Follar mola, pero claro, tú eso no lo sabes porque eres un estrecho… ¡Oye! ¿No dijiste que estabas viendo un manga, que era una mierda rara?

– No dije que fuera asqueroso comerla, el asqueroso eres tú. – Rei lo miraba de lado, con los brazos nuevamente cruzados sobre su pecho. – Y tampoco dije que fuera una mierda rara… – ese tío sacaba conclusiones muy aceleradas. – pero sí, lo era. Era extraño, y no tenía autor, ni se entendía nada. ¿Por qué?

– Es que yo encontré un tomo en este banco, y lo use para taparme del sol mientras dormía, pero empezó a llover…– se levantó del banco. –Y me lo lleve para casa, me duche, me puse el pantalón y me tiré en la cama a leer. No, es una memez…

– ¿Y me dices desorientado a mí? La primera página estaba en blanco, y casi no se podían leer las letras en la Segunda. Espera, ¿lo estabas leyendo cuando tuviste tu lapso de memoria y te fuiste a exhibir en mitad de la calle? ¿Es eso? – lo miró, pensando que tal vez estaban llegando a algo.

–Sí…estaba intentando leerlo mientras me secaba el pelo con la toalla, ¿pero, qué insinúas con eso?– el mayor lo miro escéptico. – ¿Qué historia vas a contarme?

– No pienso contarte ninguna historia. – lo miró con recelo, probablemente si le decía en lo que estaba pensando, pensaría que era un idiota. De todas formas ya lo pensaba. – Bueno, está bien. Es que cuando estaba leyendo eso… me pasó algo extraño. Y pensé que me había desmayado o algo así, pero no recuerdo haber estado inconsciente, y luego me caí y me golpeé el trasero. Pero ese es el asunto, yo estaba sentado en el suelo, no me puse de pie, y por consiguiente, no tenía modo de caerme. ¿Ves a lo que me refiero?

–Te explicas como la mierda, pero sí, te entiendo, porque a mí me paso lo mismo. ¿Quieres que te masajee el trasero? No, olvídalo, no lo haría a no ser que me pagaras. – Se rió un poco, analizando la situación.

– Ajá, y tú te explicas como los dioses, ¿no? Y si te pagara por sobarme el trasero, tendría que suicidarme luego. Idiota…

–A pesar de que yo estoy pensando lo mismo que tú… ¿No crees que es una imbecilidad imposible?

Rei se rascó la cabeza, pensando. – Pues no sé, eso parece, pero… Mira, lo único que recuerdo, es que tenía una puerta dibujada con un letrero, y en el decía: “Esto es una puerta” y yo pensé que era una bobería, y luego…sucedió todo lo demás.

–Sí, y yo pensé, eso es obvio. ¿Qué se creen, que somos imbéciles?– el rubio se sentó en el banco de nuevo. – ¿Estamos metidos en un libro? ¿Y qué más?

– ¿Yo qué sé? – protestó Rei, sentándose al lado del rubio. – ¿Cómo vamos a estar metidos en un libro? Eso no es posible. ¿No será que lo que tenía el libro encima, no era polvo sino droga? ¿Y si estamos teniendo una alucinación? –lo miró por un momento. – Mi nombre es Rei, por cierto.

–Ya me has dicho tu nombre, ¿significa eso que quieres que tenga fantasías contigo? Pues lo siento, no estas a la altura, eres un paranoico y me quieres volver loco. – se rió a carcajadas. –Kamio. – dijo extendiéndole la mano muy educadamente.

Rei no le sacudió la mano, más bien se encogió en el asiento, cruzándose de brazos. – No, gracias, seguro que te la meneabas en el baño. Y para que lo sepas, eres tú quien no está a la altura de tener fantasías conmigo.

El rubio se rió, mirándose la mano que el otro le había obligado a dejar en el aire. –Que fino, ni que tú no te la hayas meneado nunca, vamos. Seguro que tienes cayos de tanto hacerlo, porque con ese carácter no te aguanta ni tu madre. – se acercó a el y le pasó la lengua, por la mejilla babeándolo. – ¡Besito de vaca!– dijo antes de partirse de la risa. Si estaba encerrado en un libro, mejor que mejor, eso era divertido.

– ¡Agh! – el chico entrecerró un ojo, limpiándose la saliva de la mejilla con una mano, para después pasársela por el pantalón. –Oye, ¿estás loco o qué? ¿Qué te pasa para andar por ahí babeando a la gente? ¡Y para tu información, el que me la haya meneado o no, no tiene nada que ver con que no quiera infectarme con tus líquidos!

Kamio se levantó. – ¡Vamos a buscar mi casa! ¿Estamos en un libro? Pues genial, puta madre, se ve divertido, ¿no? En la portada había un espejo, yo vivo en la calle 53, pero en esa no esta mi casa…pues vayamos a la 35, ya sabes, ¿no? ¡Modo dislexia!

– ¿Crees que todo gira acerca de ti? ¿Por qué mejor no buscamos la mía? – sepultó la cabeza en su mano, con desesperación. – Ah, da igual, vamos con tu modo dislexia. – de cualquier manera, no veía qué más hacer. No reconocía nada, y ya estaba cansado de pensar.

–Eres un repelente, tío…quiero ir a mi casa, porque por si no lo notas, llevo un jersey que parece un puto condón de lo ajustado que me queda. – lo miró con sarcasmo. –Ya me tienes harto, eres un insoportable. ¿Qué te he hecho yo? Además, en mi casa esta el libro, ¿no es más lógico que vayamos a ella?

– ¿Que soy insoportable? ¿Que qué me has hecho? Pues…–empezó a contar con los dedos. – Además de mirarme mal cada vez que nos encontramos…Me has llamado enano engreído, pigmeo, idiota que solo mira porno. Me amenazaste para quitarme el jersey, me lamiste la cara, me usas de recostadero… ¿quieres que siga? Porque creo que me dejo unas por fuera. – lo miró, resoplando de manera que su flequillo se movió un poco.

– ¿Yo te miro mal?– se levantó señalándolo. – ¡Eres tú el que va por ahí mirándome mal! Esta es mi cara. – dijo poniendo su cara seria. –No me gusta la gente, no me gusta el colegio, y me aburro. Además, tú te reíste de mí. – Lo miró de soslayo – ¿Vienes a mi casa o me voy solo?

–Pues esta también es mi cara. – le contrarrestó el chico, señalándose a sí mismo. – ¿O te crees que falto porque me encanta la escuela? Ya estoy harto de que me digan lo que tengo que hacer. Y tú también te hubieras reído si hubiera sido el caso contrario, ¿o me lo vas a negar? – se metió las manos en los bolsillos, refunfuñando. – Mueve, pues, que no soy adivino.

Kamio lo miró de soslayo –Eres un mal follado. ¿Por qué no te quitas la camiseta, te tiras en el suelo y miras mi reacción?– siguió caminando sin más, hacia donde imaginaba que estaría la calle 35.

– ¡Ah…mierda! ¡Te dije que no me imaginaras! – continuó detrás de él, sin mirarlo siquiera, más bien mirando el cemento bajo sus pies.

–Tarde, ya te imaginé de todas las maneras posibles. ¿Cuánto te mide? Es que sino, se me hace difícil. – se rió.

– Genial, ni eso puedes imaginar. ¿Ves? – le sonrió de medio lado. – Pues no te lo digo, quédate con las ganas. – finalizó, sacando la lengua con deliberación.

– ¡Oh Dios! ¡Tienes dientes! ¡Y sonríes! Se paró en el portal, que no era de su casa, pero según su teoría caótica, si debía serlo. Metió la llave y se abrió. – ¡Se abrió!– miró al chico y subió escaleras arriba, al segundo piso. –Bueno… ¿abro? Es que no es mi casa, si es, pero no es…

– Y si ya estamos en tu casa, me devuelves mi jersey, que a mí sí me vale.

–Joder, ni tiempo me das a coger uno nuevo, y ya estas deseando verme el topless otra vez. – se quitó el jersey, y abrió la puerta. –Ven, pasa…vamos a ver el tomo ese, que lo deje en mi habitación.

Rei no dijo nada. Se limitó a subir con expresión seria y algo de lentitud. ¿Cómo era posible que una teoría tan loca como la de Kamio fuese cierta? Pero allí estaban y era su casa.


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