Capitulo
1
The Door
Era un día bastante normal para Rei. Uno más de esos en los que,
en vez de estar en el instituto, se encontraba caminando hacia su
tienda de entretenimiento favorita, con la corbata guindando de
forma suelta por encima del jersey, una mano en el bolsillo, y la
otra sosteniendo su mochila por encima del hombro de manera despreocupada.
Llamaba bastante la atención por su aspecto. Ya le habían reñido
en varias ocasiones en el instituto por llevar aquellas mechas rojo
brillante sobre su cabello negro, pero seguía así. Era de la filosofía,
de que, su aspecto, nada tenía que ver con su capacidad para resolver
una ecuación, o memorizar algún dato innecesario.
Una campanita sonó sobre la puerta al empujarla, y el dueño de
la tienda, se levantó desde detrás del mostrador. – Rei, ¿de nuevo
por aquí?
El chico no le contestó, se limitó a hacer un gesto con la cabeza
en señal de saludo, mientras esbozaba una excusa de sonrisa. No
le desagradaba el señor Tatsumoto. No le reñía por faltar a clases,
ni le daba sermones sobre su futuro. Claro, eso era en gran parte,
porque el chico gastaba la mayoría, por no decir toda su paga, allí.
Pero el caso es que lo dejaba en paz, y eso era suficiente.
Rei paseó sus ojos negros por los anaqueles, observando toda la
mercancía que contenían. No había llegado nada nuevo en lo que él
estuviera interesado, pero aún así se detuvo a hojear algunos mangas
que no conocía muy bien, para ver si alguno lo atrapaba. Si tenía
suerte y el señor Tatsumoto no se daba cuenta, hasta podría leer
uno entero sin necesidad de comprarlo.
Permaneció así por bastante tiempo, pero se aburría, así que se
fue a revisar la parte trasera del almacén, allí donde guardaban
aquellos, que ni la peste quería tocar. En otras palabras, el rincón
de las rebajas. Por supuesto, iba más por curiosidad y ocio, que
por interés. Allí todo era terriblemente malo, pero nunca se sabía.
Siempre se podía encontrar aquella joya que era tan, pero tan terrible,
que llegaba a resultar divertida.
Estaba en eso, cuando algo captó su atención. Un manga se había
caído entre dos estanterías, y le hubiera resultado invisible, (como
probablemente lo era para la mayoría de los clientes), sino hubiera
sido por el nivel de aburrimiento que llevaba el chico. Se agachó
para recogerlo con dos dedos, y lo sopló, tenía algo de polvo encima.
Debía de haberse caído hacía tiempo.
Le llamaba la atención el estilo de dibujo de la portada, no era
muy tradicional. Más bien, parecía una carta de tarot, pero jamás
había visto ese símbolo. En la cubierta se divisaba un espejo, y
había una figura dentro, pero no se distinguía rostro ni nada especial.
Uno de sus brazos, salía a través del espejo, con la palma vuelta
hacia arriba, como invitándole a seguirle. El título iba tanto en
japonés, como en ingles. Podía leer en kanji: (dibujado de manera
libertina) “Kagami”, y debajo, en letras más pequeñas: “The Miror”;
evidenciando que, quien lo hubiese escrito, no era precisamente
experto en el inglés.
Le dio algunas vueltas al libro en sus manos, pero por ningún lado
decía quien era su autor. Era extraño. Tan extraño que decidió preguntar
por él.
Se acercó al mostrador, en donde se encontraba el señor Tatsumoto,
mostrándole el libro en cuestión.
– ¿Sabe qué es esto?
– Cielos.... – el hombre lo miró con desagrado, al ver lo “limpio”
que se encontraba el objeto. – ¿De donde has sacado eso?
– De atrás. – hizo un gesto con la cabeza, señalando la esquina.
El hombre lo tomó en sus manos, dándole vueltas y pasándole un
trapito. – Pues no sé, no recuerdo haberlo visto antes. A lo mejor
lo trajo algún chico y se le perdió.
Rei lo miró algo decepcionado. Había esperado más información.
– Bueno, lo que sea. El caso es... ¿Está en venta? – el libro tampoco
llevaba precio.
El hombre vio la oportunidad de hacer dinero en seguida, pero a
juzgar por el aspecto del libro, no podría cobrar mucho, la verdad.
Rei llevaba algo de experiencia comprando allí, y no era fácilmente
engañado. Tatsumoto suspiró con resignación. – O.K. Págame el precio
de oferta y te lo llevas.
Rei le entregó el dinero, (que era lo mismo que lo que costaban
todos los libros en esa esquina, casi nada), mientras el hombre
lo colocaba en una bolsa.
Una vez hubo salido de la tienda, bolsa en mano, se encaminó hacia
el parque. Allí podría leer tranquilo sin que le molestaran.
En el camino hacia allí, notó a uno de los chicos de su instituto.
Tenía unos años más que él, y le parecía un engreído. Siempre lo
miraba mal, así que lo miró de la misma manera, y continuó su camino
como si nada.
Se sentó debajo de un árbol, en uno de los rincones más alejados
del lugar. Mientras menos gente pasara por allí, mejor. Siempre
le estaban queriendo dar consejos. Pero no tuvo buena suerte. Al
otro lado del árbol que había elegido, se encontraba situado un
de los bancos del parque, y precisamente allí, estaba sentado un
hombre de edad madura, que ya se disponía a marcharse.
El hombre pasó rodeando el árbol, y casi se tropieza con las piernas
del chico, que miró hacia arriba sin mucho interés, comprendiendo
inmediatamente que hubiera sido mejor no hacer contacto visual.
El hombre le sonrió amablemente.
– ¿No deberías estar en clases, hijo?
– ¿No deberías estar en el trabajo, abuelo? – le contestó de manera
irónica con una mirada de hastío en sus ojos.
– Lo estoy. – el señor le mostró su maletín de cuero negro, con
una expresión que obviamente decía “la juventud de ahora no tiene
respeto”.
– Oh… Pues yo también. – Rei levantó su mochila con los libros,
mostrándosela de igual manera. El hombre se rió, aunque el chico
permanecía serio. Finalmente se alejo, aún riéndose un poco, y meneando
la cabeza en una clara muestra de desaprobación.
De todos modos, a Rei sólo le importaba que se hubiera largado
de una vez. Sacó el libro de la bolsa, y se dispuso a hojearlo.
Era realmente extraño, notó que casi no tenía hojas. Tal vez había
sido un gasto estúpido, mejor se lo hubiera ahorrado para el próximo
mes, pero ya no tenía remedio. Lo miró con detenimiento. Al parecer
se había fijado mal. La figura de la portada, no tenía un brazo
fuera del espejo, sino los dos.
Se encogió de hombros, debía haber sido por el polvo. Le dio vuelta
a la primera página. Estaba en blanco. Ni aparecía ni el autor,
ni el dibujante, ni distribuidora, ni nada. ¿Sería alguna especie
de manga amateur? ¿Un doujinshi? Pero, ¿qué clase de autor no querría
darse a conocer?
Le dio vuelta a la segunda página. Casi no contenía viñetas, y
los dibujos eran algo simples y extraños. Por un momento se preguntó
si le estaría fallando la vista. Las letras se veían excesivamente
pequeñas, casi no podía leer nada. Con razón nadie lo compraba.
Parecía un manga diseñado para dar dolor de cabeza. Acercó el libro
cada vez más a su rostro, achicando los ojos e intentando ver qué
era lo que decía en una viñeta. Repitió las palabras en voz alta,
como para ayudarse. Aparecía el dibujo de una puerta, y en ella
había un letrero.
– Es...Esta...esta es…una... puer...ta. – levantó el rostro, con
gesto sarcástico. – Genial, es una puerta, pues.
En ese preciso momento, sintió una leve presión en la cabeza, y
le pareció como si un torbellino de viento lo rodease. Todo se oscureció,
no entendía lo que estaba sucediendo, y tampoco podía ver nada.
Justo cuando empezaba a desesperarse, todo se detuvo y el chico
se cayó de culo, quejándose, al parecer en el mismo lugar en el
que había estado sentado antes.
Se levantó, sobándose el trasero, sin comprender lo que acababa
de suceder. Se había caído, eso era obvio, pero ¿de dónde? Si no
recordaba ni haberse puesto en pie. ¿Y qué había sido ese mareo?
¿Se habría desmayado?
Mientras, bajo el verdadero árbol, en el que momentos antes Rei
había estado sentado, el libro que había estado sosteniendo entre
sus manos, caía al suelo, libre de testigos.
Kamio se pasó las manos por su pelo castaño claro, (o eso decía
él para no admitir, que se trataba de rubio oscuro.) –Que sueeeño.
– bostezó sonoramente, abriendo la boca de una cuarta, y sacando
la lengua mientras se rascaba el pecho. –Necesito una cama…– miró
a su alrededor, sonriendo. Había ido con la idea de comprarse algún
CD en la tienda de la esquina, pero el hecho de haberse cruzado
con aquel enano, (que obviamente se creía “muy guay”) le hizo cambiar
de rumbo inmediatamente.
Llevaba la cartera guindada de la frente, y mordisqueaba la punta
de su corbata. – ¿Comprar, o dormir? He ahí la cuestión…– suspiró,
mirando al cielo y hablando para sí. –Dormir es gratis. – dictaminó
muy serio, encaminándose al parque.
Se acercó a uno de los bancos sobre los que daba el sol, murmurando:
–Un manga…– lo cogió tras dejarse caer sentado, estirándose. –Espero
que no sea shojo. – se rió un poco y lo abrió, acto seguido tapándose
la cara con él. –A dormir. – dijo con una sonrisa en los labios.
Al poco rato, el cielo comenzó a oscurecerse, y sintió como unas
gotas caían sobre sus manos. –Joder…– se sacó el manga de la cara
–ahora se pone a llover. – y lo usó para taparse la cabeza, echando
a correr hacia su casa con la bolsa de los libros guindando de su
mano.
–Tadaimaaaaaaaaaaaa…– Dijo tras abrir la puerta, dejando la bolsa
tirada, y dirigiéndose a la habitación, sorteando toda clase de
cosas que había dejado tiradas por el suelo. Por él, allí seguirían
durante toda la eternidad. –Joder, que asco de pocilga...– dijo
riéndose de su propio desorden, y lanzando el tomo sobre la cama,
antes de dirigirse al baño para darse una ducha caliente.
Al cabo de un rato salió del baño, frotándose el pelo con una toalla.
–A ver qué mierda es esto…Está lleno de polvo, pero no de polvos
por lo que veo…– Se rió de su propio chiste –Joder que chiste más
malo. – lo miró una y otra vez, pero no tenía autor, ni nada. –Que
cosa más cutre.
Comenzó a leerlo, o al menos a tratar de hacerlo. Aún más interesado
por lo extraño que era. –Marea. Esto es como leer “X”, tiene efectos
mareantes…– se quedó serio de pronto, sintiendo algo extraño. –Una…
puerta, genial.
El tomo se cayó en la cama vacía, abierto por aquella pagina. Mientras,
“al otro lado”, Kamio miraba a su alrededor, frotándose una nalga
sin comprender nada, y preguntándose qué cojones hacia allí, si
antes estaba en su habitación, y peor aún. Llevaba una toalla en
los hombros, y estaba en la calle sin camiseta.

Sigue leyendo!
|