| Capítulo 48- I Won't Leave Your
Side
Kin le limpió el rostro al moreno, observándolo preocupado.
Había limpiado todas sus heridas, a pesar de ser un vampiro,
no sabía cómo tratar con eso. Al menos, no los habían
seguido, o ya estarían muertos. Le había costado trabajo
llegar hasta el piso. Depositó un beso suave en sus labios,
sintiéndolo débil y decidiéndose a pesar de
lo cansado que estaba y de la sangre que aún lo cubría.
Se rajó la muñeca con uno de sus propios colmillos,
colocándola contra los labios de Kanbei, alzando un poco
su cabeza para que bebiese.
El moreno entreabrió los ojos apenas un poco, bebiendo con
fuerza de su muñeca, descontrolado por la debilidad y las
ansias de vivir, sintiendo el sabor de su sangre, los sentimientos,
abriendo los ojos de pronto, observándolo, apartándose
de su muñeca con gran esfuerzo, jadeando un poco –Dije
que no vinieras!- trató de voltearse sin ser capaz de moverse
ni un mínimo.
- Y estarías muerto.... – suspiró, sujetándolo
contra el colchón, para que no hiciera esfuerzo, ofreciéndole
su muñeca de nuevo. – Bebe.... te sentirás mejor.
-No pienso hacerlo… estás débil…- apartó
su mano, tratando de hacer un gesto brusco pero sin la suficiente
fuerza para hacerlo de ese modo, frunciendo el ceño frustrado,
cansado, herido en su orgullo, su otro brazo destrozado, inmóvil.
- Tú lo estás más. – le acercó
la muñeca de nuevo igual de necio. – Tendré
que salir a buscar a alguien.
-No!- le sujetó la muñeca con fuerza, tratando de
erguirse un poco, sin poder en realidad, sintiéndose furioso
y golpeando el suelo dejando salir un sonido de frustración.
- Calma! Te estoy tratando de ayudar! – lo riñó
el chico, exasperado con su actitud alzándolo un poco junto
con los almohadones para que estuviese cómodo.
–Llama… a uno de esos sitios de entregas a domicilio,
pide cualquier cosa… no salgas…- lo observó,
agradeciendo cómo lo cuidaba a pesar de que su orgullo le
embotaba el pensamiento en aquellos momentos.
- Está bien – sonrió un poco, suspirando al
ver que cedía y poniéndose de pie para ir al teléfono.
Suponía que era un método que ya habría utilizado
antes.
El moreno lo observó, apartando la mirada, sintiéndose
furioso, apretándose el brazo herido con el otro. Apenas
le dolía, nada comparado con el odio que sentía en
esos momentos por aquellos dos chiquillos.
- Ya viene en camino. – Kin regresó a su lado, observando
su rostro, frunciendo el ceño al recordar, pero tratando
de no alterarlo. - ¿Te duele algo?
-El orgullo…- alzó la mano tocando su rostro, la herida
en su piel haciendo su pecho arder de furia de nuevo. Apretó
la mano, sintiéndose inútil, apartando la vista.
- Bueno, eso es comprensible, pero eran muchos.... – lo justificó,
sujetando su mano. – No es nada, desaparecerá dentro
de un rato...
Kanbei cerró los ojos, entreabriéndolos para mirar
al fondo de la habitación –Ponte el kimono… está
sobre la cama…
- Claro – asintió, pasándose una mano por la
mejilla a su vez. – Me lavaré el rostro primero....
-Lávate…- susurró el moreno, mirándolo,
serio aunque trataba de molestarlo un poco.
- Ya lo sé, no soy un cochino. – protestó el
chico, incapaz de creerse que se pusiera con esas en una situación
así.
Kanbei lo vio desaparecer en el baño, tratando de erguirse
de nuevo, sin poder conseguirlo, reservando sus patéticos
intentos para aquel momento, que Kin no estaba delante. Los mataría…
pero antes destrozaría el rostro de aquel chico, lo haría
pedazos.
Poco después el chico salió del baño, ya con
el kimono puesto, pues se lo había llevado previniendo. Se
detuvo frente al moreno, enrojeciendo. - ¿Cómo me
veo? ¿Me lo puse bien?
-Te ves… perfecto…- sonrió, observándolo,
sintiendo como si estuviese años atrás –Acércate
a mí…- alzó la mano, de nuevo maldiciendo el
sentirse tan débil, observando sus mejillas sonrojadas.
Kin hizo lo que le pedía, sentándose a su lado, tremendamente
consciente de sí mismo, pero tomando la mano de Kanbei entre
las suyas.
-Querría tocarte, abrazarte…- lo miró. Sus
ojos dejando entrever algo de tristeza, tal vez de melancolía
profunda –Pensaba tomarte… te deseaba más que
a nada… esta noche…
- Aún estaré aquí mañana. Y la noche
siguiente. Usaré kimonos todos los días si así
lo deseas.- le sonrió acariciando su rostro, deseando complacerlo
esta vez.
-No te sientes cómodo… irías por la calle como
si caminases desnudo, lo sé… conozco la sensación-
deslizó la mano de entre las suyas, tirando un poco de la
tela de su kimono, descubriéndole las piernas, acariciándoselas
suavemente.
- No importa, lo haría por ti. Quiero verte sonreír
como antes – le pidió, enrojeciendo de nuevo.
-¿No estás avergonzado de mí, Kin? Deberías
buscar otro compañero… - observó su rostro,
lo hermoso que se veía a pesar de la herida aún cicatrizando
en su rostro. Se movió con gran esfuerzo –No…
eres mío… no te dejaría hacerlo…- apoyando
la cabeza en sus piernas, mirando al techo –Suelta mi cabello…
- ¿Por qué me avergonzaría? – le soltó
el cabello cayendo en cuenta entonces de lo que seguramente estaba
pensando. – No abandonaste el campo de batalla, yo te saqué
de allí. ¿Estás.... molesto conmigo?
-No… me amas y yo a ti, habría hecho lo mismo, pisando
tu orgullo y el mío… no te he hecho nacer para abandonarte…
pero no se ha acabado aquí… lo pagarán…
el haber hecho esto en tu rostro…- alzó la mano acariciándoselo.
Kin sonrió, negando con la cabeza, a punto de responder,
pero en ese momento sonó el timbre. – Ya está
aquí.
-Está bien- se apartó, sujetándose con un
brazo, arrastrándose un poco hasta apoyarse en el respaldo
de la cama –Tráelo para mí… doblégalo…
no tengo fuerzas…
El chico asintió, poniéndose de pie, y abriendo la
puerta. – Hola... – le sonrió al chico tomando
la pizza, y entrando, pidiéndole que lo siguiera. Poco apoco
empezaba a acostumbrarse más a ese tipo de cosas, aunque
interiormente seguía estando incómodo.
El chico lo siguió, esperando su paga, pero Kin se dio la
vuelta de pronto, besándolo, mirándolo a los ojos,
sintiendo cómo sus defensas caían y cómo sus
brazos lo rodeaban, deseándolo. Lo apartó de sí,
susurrando. – “No, no soy yo...”- Y llevándolo
dela mano hasta donde se encontraba el moreno, haciéndolo
arrodillarse.
El moreno lo miró a los ojos –Ven… acércate
a mí…- susurró, el chico acercándose,
acostándose a su lado. Kanbei le tomó la mano llevándola
a sus labios, bebiendo de él, cada vez de forma mas intensa,
soltando su brazo lánguido, bebiendo de su cuello, al fin
sentándose sin esfuerzo, apretándolo contra él
ansiosamente.
- Kanbei... – lo llamó Kin, preocupado por el chico.
Suponía que no debía exigirle mucho ahora, pero no
tenía la culpa de lo que les había sucedido.
Los ojos amatista, lo observaron, casi desafiante, bebiendo de
él sin detenerse, hasta que casi no sentía sus latidos.
Apartó los labios de él, respirando con fuerza, conteniéndose
para no matarlo con la sed que sentía –Sácalo
de aquí… - casi gruñó.
Kin lo sujetó por debajo delas axilas, sacándolo
del piso, y llevándolo hacia fuera, revisando sus bolsillos
y sacando el mismo móvil del chico, llamando a su primer
contacto. – Estoy lastimado, ven a buscarme. – Fue todo
lo que dijo al teléfono, además de darle la dirección
de la calle, antela perpleja voz al otro lado de la línea.
El vampiro lo escuchó sonriendo con algo de molestia aunque
sin decir nada al respecto. –Tráelos a nuestra casa…
tendremos que mudarnos entonces…- suspiró débil,
levantándose tambaleante y sujetándose a la pared.
Caminando hacia el baño.
- Lo dejé fuera del edificio. No le va a ir muy bien si
lo abandono así,¿no? – refunfuñó,
consciente de que lo desaprobaba, pero no estaba en él hacer
ciertas cosas. –Necesitas ayuda – se acercó,
tratando de sostenerlo.
Kanbei se dejó sostener por él, quitándose
el destrozado y ensangrentado kimono, limpiándose la piel
aún dañada por zonas, el brazo visiblemente hecho
polvo aún –Tráeme un yukata limpio, Kin…
puedo sostenerme…
- Esta bien – lo miró, sin confiar del todo y soltándolo
para ir a buscar uno. Le preocupaba verlo así.
El moreno esperó por él, levantándose de
la pared donde se había apoyado mientras estaba lejos, observándolo
y dejándose vestir por él –Necesito más…
he de salir…
-No, y ¿si están afuera? Yo... yo iré contigo.
No se te ocurra pedirme que me quede. Porque no lo haré.
– le advirtió, acomodándole el yukata, y sujetando
su cabello luego para recogerlo.
-No, no quieres venir conmigo, pero tranquilo… no iré
muy lejos de aquí…- se calzó, mareado al agacharse
pero sin cejar en su empeño, la debilidad era lo peor que
podría sentir.
- Detente, Kanbei! ¿Porqué haces esto? Deja de alejarme!
– Kin lo miró, molesto y a la vez asustado de nuevo.
Sus ojos amatista se alzaron, escrutándolo –No quiero
que me veas débil! ¿Por qué no lo comprendes?
¿Por qué no puedes…- se quedó callado,
observándolo fijamente, rematando la frase en su mente puesto
que no deseaba pronunciar aquellas palabras.
- Porque no me interesa! Kanbei! – se acercó, aferrándose
de su kimono de nuevo, mirándolo a los ojos. – Tú
nunca eres débil, nunca te he visto así. Pero deseo
ayudarte, todo el mundo necesita ayuda de vez en cuando. Y si te
pasa algo... me suicidaré. –finalizó, decidido.
Kanbei alzó la mano serio, apretando el puño para
no golpearlo, bajándola de nuevo–No vuelvas a decir
algo así! Jamás!- le sujetó el hombro –Si
yo me muero, habrá más hombres para ti…
- No, no es así, y no podrás detenerme . –
le sostuvo la mirada serio, sin retroceder. – La única
manera es manteniéndote vivo.
El moreno observó sus ojos, necio –Bien, presencia
lo que quieras entonces- llamó a la puerta del piso de al
lado, y sujetó a la mujer que la abría tímidamente,
atrayéndola con brusquedad, bebiendo de ella hasta casi agotarla
por completo. Atravesó el salón, sintiéndose
mejor, moviéndose más rápido, alzando al marido
y bebiendo también de él, dejándolo caer sobre
el sofá, atravesando más cuartos, buscando más
sangre.
Kin lo siguió, en silencio, aquel gesto serio en su rostro.
No iba a detenerlo esta vez, si es lo que pensaba. No iba a retroceder,
y no iba a separarse de él, pasase lo que pasase.
Observó a los niños que se abrazaron en sus camas,
acercándose, bebiendo de ellos y dejándolos caer en
el colchón de nuevo, subiendo las escaleras a una velocidad
casi imperceptible, entrando en la siguiente vivienda, arrasando
también con cuanto humano encontraba a su paso y cerrando
la puerta, bajando las escaleras de nuevo, observando a Kin –Mañana
nos iremos de aquí…
- Como digas. – sentenció el chico, serio, devolviéndole
la mirada, sin poder evitar molestarse a pesar de todo. - ¿Regresamos
ahora entonces?
-Sí- observó la hora en la muñeca del chico
–No hay tiempo para recoger las cosas e irse, volvamos a la
casa- lo miró de soslayo frunciendo el ceño –Te
dije que no vinieras… No haberlo hecho…
- No voy a dejarte solo, incluso si decides matar a todo un pueblo
– refunfuñó mirándolo de soslayo también
y adelantándose a él.
-No los he matado, porque te amo y no quiero disgustarte…
demasiado…- pasó delante de él, neceando, entrando
en la casa con aire de orgullo de nuevo, aunque seguía impaciente.
Su brazo ya se había curado, pero había otras heridas
que no cerrarían con aquella facilidad.
- ¿No los mataste? – los ojos castaños del
chico lo siguieron estupefactos, finalmente entrando también
y cerrando la puerta tras de sí. – Lo siento, creí
que....
-Sé lo que creíste…- se recostó en la
cama, necesitaba descansar –Ven a mi lado… Ya no sé
descansar si no estás junto a mí.
Kin se acercó, completamente avergonzado por haber dudado
de él. - ¿Crees... que te cansarás de mí,
de mi forma de pensar?
-No, no lo haré… ¿crees que soportaría
a alguien tan necio e insoportable como yo? No… te amo a ti
y todo lo que tú eres- lo miró serio, recostándolo
en el colchón, aflojando el cuello del kimono para ver su
pecho, observando la herida aún en su rostro. Deslizó
un dedo entre sus labios, rajándoselo con uno de sus colmillos
y deslizándolo por su lengua.
Kin succionó su dedo, lo cierto es que estaba hambriento
también, pero podía aguantar un poco. Cerró
los ojos, dejando que la sangre fluyese por su garganta. “Lo
siento.”
-Kin… no te disculpes…- deslizó el dedo por
sus labios manchándolos de sangre, lamiéndoselos y
besándolo de nuevo –Estás débil también…
bebe de mí…
“Sólo un poco” Contestó, serio, pero
sin dejar de beber, recostándose contra él.
Se rasgó el pecho, acercándolo a él, observando
cómo lamía el corte en sus pectorales bebiendo ávidamente,
sonrió, acariciándole el cabello con suavidad, revolviéndoselo,
cerrando los ojos y dejándose hacer en aquella mezcla de
calor y calma que sentía.
|